Queridos hermanos todos en Cristo:
Contemplamos la célebre cruz del Padre Urraca, -aquí delante de nosotros- una señal visible de lo que es el centro de nuestra vida, de manera especial en estos días cerca ya de semana santa ¡La Cruz! La cruz como decía Santa Rosa de Lima, la escalera por la que llegamos al cielo. La cruz lugar de alegría, señal de vida, símbolo del amor y del perdón.
Debemos rescatar en nuestra mente, también en nuestras obras que la cruz no es todo lo negativo, que no es señal solo de castigo. Jesucristo con su muerte en la cruz la convierte en trono de su realeza, de su perdón, de la alegría; y todos sabemos que en la naturaleza misma de nuestra vida nos acompaña el sufrimiento, la penitencia, y nosotros los cristianos, nos abrazamos, buscamos y besamos la cruz.
Creer en Jesús nos debe llevar a una vida con obras
El pasaje del Evangelio de hoy, nos relata el milagro de la resurrección de Lázaro. Y hay una pregunta que Jesús le hace a Martha a mitad del Evangelio. Jesús le dice: “Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto, vivirá. Y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. Y le pregunta: “¿Crees esto?”. Y nos pregunta a nosotros, hoy. ¿Crees? Contestamos como Martha: “Sí Señor, si creo”. Pero te vuelvo a preguntar: ¿Crees? Y porqué si es que creo, ¡no actúo, no obro, no decido en mi vida cortar, cambiar, convertirme!
¡Qué fácil es decir “yo también creo”, y no hago nada! Recuerdo, estando aquí el Padre Sebastián (Vazhakala), fundador de la Rama Laical de las Hermanas Misioneras de la Caridad, de la Beata Teresa de Calcuta, destacaba que aquella mujer le dijo al Señor: “yo creo’ y se puso a trabajar, a recoger niños que nadie quería, cuyas familias los iban a abandonar, o los iban a abortar; y esta mujer pequeña, diminuta decía: ‘Dénmelos a mí’; y aquellos otros ancianos, vidas que venían al mundo mutilados, con enfermedades incurables, con situaciones sumamente dolorosas y en tantos lugares, la gente se preguntaba: ¿Qué hacemos con este?, y la madre repetía: ¡Dénmelos a mí! Y por todo el mundo se fueron abriendo casas de acogida, de consuelo, de vida ¡Madre Teresa de Calcuta creía y actuaba!
Hermanos no seamos como los fariseos, ¡dicen y no hacen!, ¡creo y sigo igual! A todos hoy el Señor nos está diciendo como a Martha: ¿crees? Y al final de este pasaje, dice Jesús: “Quiten la loza donde está Lázaro”, y ¿qué dice Martha, la misma que dice que cree? ‘Señor ya huele mal, lleva cuatro días enterrado’. ¡La que cree, no cree! Porque el Señor está dando pasos para hacer un milagro, para sanarme, para convertirme, para buscarme otra vez, para darme fuerza, me está buscando para levantarme. Y aquella mujer, igual que nosotros, descubre que no tiene fe. Y Jesús le hace ese pequeño reproche: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”.
Son tiempos, hermanos, en que las palabras se han hecho vacías. La gente dice yo creo, yo amo, pero en sus obras falta la fe y el amor. Se ha hecho fácil jugar con las palabras, pero el corazón está vacío. En esta cuaresma, en esta cercanía ya de la Semana Santa, ¡Dale contenido a tu vida, no solo de palabra, obras! ¡Dale contenido! Si creo ¿Qué debo hacer en mi hogar, trabajo, sociedad? Estamos cansándonos de ver que hay muchas palabras, muchos gestos, pero los corazones están vacíos y fríos.
La Cruz, símbolo del amor y del perdón
El Padre Urraca, -nos dice la tradición- en esta cruz recorría el Vía Crucis caminando en esa maravillosa devoción de los viernes, recordando ese camino de Jesús al calvario. Los animo, ya estamos a una semana de iniciar la Semana Santa, corramos, busquemos en esa cruz sin temor, con sinceridad, siempre es tiempo para el perdón. Y si Jesús toca tu alma, ¡cambia!, yo sé que solo no podemos. Jesús nos pide que junto a Él lo acompañemos en ese camino del dolor, del arrepentimiento y de la resurrección. Junto a Él, Él nos invita.
Por eso, de esta manera cuando vemos este milagro, muchos que habían venido a la casa de María a ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él, al ver lo que había hecho, no lo que había dicho, lo que había hecho. Creo que la iglesia, y aquí en Lima en la Gran Misión, nos pide hechos, obras. Amor al prójimo, ¡con obras!; amor a la familia, ¡con obras!; amor a los niños ¡de verdad!, amor a la paz, ¡con obras!; amor al perdón ¡con obras!
El Papa nos dice: “Quien reconoce que es débil y pecador, confía en Dios, y obtiene de Él gracia y perdón”. Este es el mensaje que hay que transmitir, lo que cuenta es hacer comprender. En el sacramento de la Reconciliación, cualquier pecado que se cometa y reconocido humildemente, al acercarse con confianza al sacerdote confesor, experimenta siempre la alegría pacificadora del perdón de Dios, ese encuentro personal con Dios, Padre de bondad y misericordia.
Por eso, nos pide a los sacerdotes más tiempo dedicado a atender a los fieles, más horas para que puedan venir a Dios a través nuestro. Y nos dice: “Sacerdotes, hay que esforzarse para resaltar el lazo estrecho existente entre el sacramento de la reconciliación y una vida orientada totalmente a la conversión”. Ahí tenemos una obra: ¿crees?, ¡confiésate!; ¿te confiesas?, ¡conviértete!; ¿te conviertes?, ¡busca a otros! ¡Verás como la alegría invade tu alma!
Le pedimos a Nuestra Madre, Nuestra Señora de la Alegría, ¡Ayúdanos en este camino a veces angosto, a veces oscuro de la fe, confírmanos que ese es el camino que tu Hijo te enseñó! ¡Ven por la cruz, no evites el dolor, la penitencia, el sacrificio! ¡Muere un poco al pecado, a las pasiones! ¡Por ese camino encontrarás luz, alegría, paz, serenidad, familia, hijos, educación! ¡Todo! Dejemos ya de estar buscando el camino fácil, ¡no existe!, confirmemos la fe en que esa cruz redentora es luz, paz, fortaleza y es camino de verdadera alegría.
Así sea.