- Domingo, 10 de febrero de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Jornada del Enfermo

Domingo, 10 de febrero de 2008

Queridos hermanos todos en Cristo:

Este primer domingo de Cuaresma, nos da algunas lecciones que con la ayuda de Dios tratamos de aprender toda la vida. La primera lectura nos cuenta como al comienzo de la humanidad, en el Génesis, cuando no había casi técnica, ni ciencia, ni televisión, cuando Dios modelaba al primer hombre, cuando lo ponía en el jardín del Edén, entró la gran enfermedad: el pecado; entró el gran contagio: el demonio; y entró el camino del contagio: la mentira.

El pecado: enfermedad de las enfermedades

Tres elementos que desde ese primer momento nos acompañan a todos. El demonio, que con engaño quiere inocularte la enfermedad terrible que es el pecado. Es la enfermedad de las enfermedades, la causa de todas las demás enfermedades, y sin embargo ¡Qué poco caso hacemos para no contagiarnos! Qué rápidamente nos ponemos en el riesgo de un contagio! ¿Que dice este pasaje? Nos habla de cómo la serpiente, -el demonio- el más astuto de todos los animales empieza a dialogar con la mujer y le dice una mentira: ‘¿Por qué Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol?’, Dios les había dicho de ‘éste árbol’, no de todos lo árboles, empezó con una ¡mentira!
                                                             
Siempre empieza así el demonio cuando quiere hacer daño en nuestras vidas, con una mentira. “No te preocupes, no te va a pasar nada, es muy buena persona, ya pasará, no es para tanto”. Y ¿que hizo el demonio con esa mentira?, entablar amistad, diálogo.  Te pregunto cómo anda tu inteligencia, tu corazón, tus pensamientos. ¿Dialogas fácilmente con la mentira en tu propia vida?, pues es el demonio.

Y una vez que empezó esa amistad con una mentira, la mujer le respondió: “Nosotros podemos comer los frutos de todos los árboles, solamente de este no puedo”. Entonces el demonio con otra mentira: “Si comes de ese árbol serás como Dios”. Y como la fruta era atractiva la mujer cayó, y aceptó. Eva podría haber dicho: “Yo no quería ser mala, no me di cuenta, no sabía”. Podía decir mil excusas pero el demonio venció, la engañó y la contagió de la enfermedad más grande, la que nos ha hecho a todos nosotros sufrir todos los días para ser buenos.

Hermanos, lo primero que quisiera decirles este domingo es que la tentación que permanentemente nos va a rodear parte del demonio y su sistema es la mentira. Por eso hoy que hablamos de las enfermedades me parece muy importante recordarles que la gran plaga que arrasa con el mundo es la plaga del pecado y como era tan grave, Dios manda a su hijo, a Jesucristo, para que nos enseñe, nos cure, nos proteja. ¡El gran médico, la gran medicina!

Y entonces vemos cómo esas tentaciones de las que nos habla el Evangelio no perdonan ni al gran médico. El demonio quiere saber si ese joven que está allí es el Hijo de Dios. Es todo lo que le interesa, y entonces permanentemente en las tres tentaciones le dice, ‘si eres el Hijo de Dios…’, es todo lo que le interesa, saber si está delante de Dios porque sabe que no puede.

La tentación aparece con una apariencia moral

La tentación a cada uno de nosotros tiene –como dice el Papa- una apariencia moral. No nos invita a hacer el mal, sería demasiado grotesco y lo rechazaríamos, finge mostrarnos lo mejor. Nos anima a mejorar el mundo y nos dice que la realidad es lo importante: ‘Hay que dar de comer, hay que sanar a los enfermos, no solo prediques. Dios, Dios, Dios…’ y ¿el hambre, y los enfermos, y los niños? Hermanos, ¡es tal cual lo hizo Satanás con Jesús! Una tentación muy sugestiva pero ¡falsa!

Lo primero que llevamos nosotros a los enfermos es la paz de Cristo, la bendición de Dios, la palabra de cercanía y por supuesto todo lo que podamos para ayudar a los enfermos. Pero la Iglesia no es un hospital para resolver las epidemias mundiales. ¡No!

¿Por que no se resuelve el hambre o la enfermedad? ¡Por el pecado!, ¡Por el egoísmo, el abuso, la irresponsabilidad de mucha gente! ¿Qué cosa es eso?, ¡Pecado!  Ese gran problema de la humanidad va a existir siempre, no lo vamos arreglar, pero Jesús nos quiere salir al paso para decirnos: ‘Enfermedad va haber, hambre va haber, si tu corazón sana ayudarás a que haya menos hambre y menos dolor’. Pero a Jesús le está diciendo el demonio: ‘Si tu eres el Hijo de Dios cura a este, dale de comer a todos’. Lo pone a prueba, y el Señor como en el pasaje del evangelio de aquel paralítico a quien meten por el techo de su casa, dice: “Tus pecados son perdonados”.

Y la gente murmura: ‘Mira a este espiritualista de Jesús, le ha perdonado sus pecados y  tiene al pobre en su camilla tirado, insensible’, ¿Qué pasó? Jesús los mira, se da cuenta de la crítica y le dice: “Para que veas que tengo poder, ¡levántate! Toma tu camilla y anda. Y el enfermo se levantó.

El Papa lo dice con gran claridad, “lo real, lo que tanta gente puede decir que hay falta de pan, que hay mucha enfermedad, ante esas cosas, Dios parecería que no es importante”. Esto preocupa mucho al Papa, apartar a Dios ante lo que parece más urgente, como si nosotros fuéramos Dios.

En esta Cuaresma, ¡Que bueno es que cada uno de nosotros realmente revise su propia vida! ¡Cómo anda esa fe en el Señor!, ¡Ese pecado en mi alma! ¡Cómo está esa confianza en Dios! ¡Cómo lucho para evitar las tentaciones! Todas estás cosas –honradamente- preocupan mucho. En los tiempos actuales preocupa olvidarse de que hay demonio, preocupa olvidarse que hay perdón. El Santo Padre hablaba hace pocos días del infierno y se escandalizaron unos cuantos. ¡Sí, hay infierno! El amor de Dios nos muestra el castigo para ayudarnos a pensar.

Todo este clima de Cuaresma nos obliga a pensar con seriedad, ¡Qué bueno es Dios!, ¡Qué soberbia la del mundo de hoy! ¡Cuánto me cuesta aceptar mis limitaciones y pecados!, ¡Cómo desafío a Dios! “Si eres el Hijo de Dios, cúrame”. Hay gente que se deja llevar por esa manera de pensar equivocada y empieza a hacer todo tipo de cosas para simular milagros, ¡No! el gran milagro es la conversión. Si eres un hombre como Teresa de Calcuta, San Vicente de Paúl, Santa Luisa de Marillac, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Agustín, gente que se tomó en serio a Jesús harás maravillas. ¡Anímate!

Unción de los enfermos: señal visible de lo invisible

Y a ustedes queridos hermanos que van a recibir la unción de los enfermos sepan que el sacramente es un señal visible de lo invisible. Habrá una cruz, un óleo, unas palabras, lo que ustedes ven, lo que oyen; pero lo más grande es lo que no ven ni oyen, -sino que creen- y es la acción de Jesucristo en sus almas y en sus cuerpos.

Le ponemos todo esto a Nuestra Madre, la Virgen de Lourdes. Que ella nos convenza de este mensaje de paz, de lucha frontal contra el demonio. De despertar y no dejarse llevar por el engaño en la tentación. De acudir a la confesión, de tener paz en el alma, y verás que ‘con el alma sana el cuerpo baila’. Es un dicho italiano, y ‘cuando el cuerpo está sano el alma baila’, son dos amigos que están unidos para toda la vida: cuerpo y alma. Pues, tengamos el alma sana, alegre entusiasta, allí está Jesús; y el cuerpo hasta donde se pueda. Les agradezco mucho a todos lo que trabajan y colaboran en estas tareas de apoyo en el área de la salud, que Dios los bendiga a todos.

Así sea.

 
 

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