Palabras que el Cardenal dirigió en memoria de Chiara Lubich, antes de la santa misa.
Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, cumple el día de mañana el primer mes de su tránsito al cielo. Y, justamente en este recordatorio que se ha hecho en su memoria, leemos unas palabras de Chiara “Si hoy tuviese que dejar esta tierra y me pidiesen una última palabra para expresar nuestro ideal, les diría –segura de que me comprenden en el sentido más exacto-: Sean una familia”, más adelante “ámense mutuamente… para que todos sean uno”.
Y, también el Santo Padre, con ocasión de su fallecimiento envió este mensaje. Fue una generosa testigo de Cristo, que se entregó sin reservas por la difusión del mensaje evangélico en todo ámbito de la sociedad contemporánea, siempre atenta a los signos de los tiempos.
Hay muchos motivos para dar gracias al Señor por el don que ha hecho a la Iglesia en esta mujer de fe, intrépida, mansa mensajera de esperanza y de paz, fundadora de una gran familia espiritual que abarca campos múltiples de evangelización. Sobre todo quisiera dar gracias a Dios por el servicio que Chiara ha ofrecido a la Iglesia, un servicio silencioso, incisivo, siempre en sintonía con el Magisterio de la Iglesia.
Hoy, al recordarla en esta Eucaristía, rezamos por su alma, pero especialmente nos encomendamos a ella, para que así, esta familia de los Focolares siga creciendo en el mundo entero siguiendo la huella de esa pasión por la unidad, que Chiara nos ha dejado como herencia espiritual.
Homilía domingo 13 de abril de 2008
Muy queridos hermanos todos en Cristo Jesús:
Hoy celebramos el domingo del Buen Pastor, día en que la Iglesia universal lo ha convertido en la Jornada de Oración por las Vocaciones Sacerdotales. Hoy, de manera muy especial, en todas las misas, en todas las comunidades religiosas en el mundo entero, le rezamos al Señor de la mies para que envíe operarios ¡Hacen falta!
El Buen Pastor conoce sus ovejas
La oración es el camino más importante para lograr que esas vocaciones crezcan, maduren, sean fieles. Y, justamente, el evangelio que acabamos de escuchar, habla de la figura del Buen Pastor, habla de cómo es el corazón del Buen Pastor. Vale la pena meditarlo, porque de una manera muy clara nos dice Jesús mismo que el Buen Pastor atiende sus ovejas, y sus ovejas lo reconocen y conocen su voz.
‘Conocen mi voz y yo conozco sus nombres y los voy llamando uno a uno; y cuando los saco fuera, ¡Camino delante! ¡Abro camino! ¡Muestro el camino! ¡Te enseño el bien, evitamos el mal! ¡Voy cuidándolas! Y llevando los riesgos y el peligro de quien va abriendo el camino’. Jesús nos dice: “Yo soy la puerta de las ovejas, Yo soy esa voz que llama, Yo soy quien las conoce”.
La falta de unidad es el cáncer del tercer milenio
Hermanos, esto nos lleva a esa constante que la Iglesia nos enseña, y actualmente el Papa Benedicto XVI recuerda: “¡Cristo lo es todo!”. Y, vale la pena que muchas veces al día de una manera muy sencilla, te mires como en un espejo ¡en la cruz de Cristo!, y le preguntes: Jesús, ¿Soy yo tu imagen, tu voz, tus palabras? ¿Soy el instrumento que tú quieres? ¿Me parezco a ti? ¿Hablo lo que tú quieres? ¿Actúo como tú me lo pides? O soy yo que me impongo, porque el Señor cuando habla de ese que no es el buen pastor, le llama asalariado, ladrón. Querer hacer la Iglesia por nuestra cuenta es muy grave.
Hoy, cuando rogamos por las vocaciones sacerdotales, tenemos que pedir que muchas familias eduquen y alimenten en Cristo a sus hijos, desde pequeños, qué aprendan quién es Jesús, que aprendan el catecismo menor para que sepan claramente que la fe es un don, que sepan rezar el Padre Nuestro, ¡Soy su hijo, es mi Padre!; catequesis en las familias, en las escuelas, ejemplo de los padres, porque en ese clima surgen abundantes vocaciones.
Papás y mamás ¡no escondan a sus hijos! Cuando el Buen Pastor pasa y los llama por su nombre ayuden a que esos jóvenes –hombres y mujeres- que sienten la llamada tengan el respaldo de sus padres, el acompañamiento, el ejemplo de sus padres. Una respuesta muy clara a como unirnos a Cristo nos la dio el Siervo de Dios, Juan Pablo II, quien nos decía: “Haced de la Iglesia, la casa y la escuela de la comunión”. Este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en este milenio, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. La falta de unidad es el cáncer del tercer milenio.
Cuando hoy recordamos a Chiara y el movimiento que ella fundó promoviendo la comunión a todo nivel, encontramos tantas respuestas del Espíritu Santo que van naciendo en el mundo entero; y a veces nos cuesta acogerlas, integrarlas bajo la guía del único Pastor ¡Cristo!, y en la diócesis ¡El obispo!
Espiritualidad de la comunión en la unidad profunda del Cuerpo Místico
Y que decía el Papa “esa espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón, sobre todo hacia el misterio de la trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo Místico, y por tanto como uno que me pertenece para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”.
Me quedo con esta mirada del corazón, aprender a mirar con el corazón, una mirada que va más allá de mis gustos, de mis maneras de pensar, de las pequeñas o grandes dificultades; porque es una mirada que con la luz de la fe, con la luz de la vida de la gracia en la trinidad, -que no es mío ¡es de Dios!-, voy más allá y contemplo la belleza que cada hijo de Dios refleja en su infinita variedad; pero ya no hay la oscuridad del egoísmo, de la división, de la soberbia, sino que ¡que hay luz!, donde resplandecen las personas, las familias, la alegría ¡de otro modo! Hoy, vemos miradas materialistas que sólo se fijan en dinero, en egoísmos, en análisis de todo tipo, menos en esa grandeza de ser ¡Hijos de Dios! ¡Hermanos en Cristo! ¡Iglesia, cuerpo de Cristo! ¡Cuántas veces tenemos que recordar estas verdades para vivirlas!
Recemos por las vocaciones ¡Cuidemos a los sacerdotes! Encomendemos estas intenciones a esta mujer que con tanta piedad, ilusión, vehemencia, desde muy joven se entregó a esta causa de la comunión. De esa manera verás como el Señor nos bendice abundantemente. Es lo que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado como tarea: el desafío para la Iglesia en el tercer milenio es ser casa y escuela de la comunión, de esa mirada del corazón.
Le decimos a nuestra Madre ¡Enséñanos a ir a esa escuela a aprender a mirar con el corazón muy unidos a tu hijo Jesús!
Así sea.