Muy queridos hermanos todos en Cristo Jesús:
La misa dominical de hoy coincide con la Acción de Gracias por el aniversario de la Congregación de los Oblatos de San José; y leemos en el Salmo Responsorial estas palabras: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”; y estos hermanos nuestros que se encuentran en diferentes lugares de nuestra geografía cumplen ese único propósito, no somos los sacerdotes ni los obispos los protagonistas, ¡es el Señor!
“Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”, es lo grandioso de la naturaleza sacramental de la Iglesia, ya que el que actúa es el mismo Señor Jesucristo y lo que pide de nosotros es fidelidad. “Haz mi voluntad”, esto es lo que me pide el Señor, y eso supone una lucha fuerte contra nuestras pasiones desordenadas, contra las dificultades normales que se encuentran en el mundo.
Jesucristo es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo
Esta Acción de Gracias, es una Acción de Gracias a Dios. ¡Qué bueno ha sido!, ¡cómo nos bendice, nos acompaña!, ¡cómo vemos que se extiende por todo el país ese amor a Dios de su Iglesia!
En el Evangelio que hemos leído, cuando san Juan ve que Jesús viene hacia él reconoce una característica fundamental: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Una verdad que parece muy sencilla, pero que tantas veces se nos olvida. A veces nos parece que todo es bueno, que el mal es una especie de mala suerte, ¡no hermanos! “Aquí está el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” nos recuerda que el Señor ha venido a redimir, a desatar, a volver a unir, a perdonar; y por eso nos encontramos en una Santa Misa cuyo centro es Sacrificio. La dimensión más fuerte de la Eucaristía es que el Hijo de Dios, Jesucristo se entrega. Entrega su cuerpo, renueva el Sacramento, la muerte en la cruz, el amor a cada uno de nosotros.
Hermanos, que el Señor abra nuestra fe a un mayor ardor, porque es un regalo muy grande. Si hay un pecado, Él viene para perdonarlo, a redimirlo, pero viene a personas libres, que pueden decir ¡no! San Juan Bautista anuncia: “Este es aquel de quien yo dije, detrás de mí viene un hombre que está por delante de mí porque existía antes que yo, yo no lo conocía”. Juan Bautista va mostrando lo que también nos pasa.
Señor, tantas veces no te reconozco en la calle, en el trabajo, en los amigos, en la enfermedad. ¡Cuantas veces, hermanos, somos nosotros los que retardamos ese deseo que tiene el Señor de ayudarnos, de librarnos del pecado, de unir la familia, de mejorar a los hijos, de resolver tantos temas de injusticias que no son de orden solo político! ¡Moral!
Pío XII lo decía de una manera impresionante hace más de 50 años. “El gran pecado del siglo XX es no reconocer que hay pecado”. Si nos hemos acostumbrado a una bondad espontánea, o a una maldad que viene desde la política, que viene de la guerra. ¡No! Viene del corazón del hombre y del pecado.
Al agradecerle a esta gran familia de los Oblatos de San José evocando a su fundador, San José Marello, les quiero recordar que son instrumentos en las manos de Dios, de su gracia; también los laicos, cada uno en su nivel y en su naturaleza.
Al final del Evangelio, dice San Juan: “Yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”. Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, es el Hijo Unigénito de Dios, y la gran verdad es que tú y yo somos hijos en Cristo. Si me uno a Él y dejo que Él venga a mí en el Sacramento, en la oración, en la vida de la gracia; vivo en Él y Él vive en mí; pero la puerta de entrada es el Bautismo, los Sacramentos de Iniciación.
Por eso, la Iglesia mantiene ese camino maravilloso del Catecismo que en las misiones se usa tanto para llevarnos a esa intimidad con el Hijo, Cristo, y en Él soy Hijo de Dios y de allí surge la paz, la felicidad, la justicia, la unidad, el amor, la familia.
Ser humildes para llegar a Dios
Solamente le pido al Señor que ofrece este sacrificio en el cual nos unimos todos: Señor, perdona nuestros pecados, acoge nuestro deseo de buscarte, de amarte. De esa manera creo que para ése amor tan grande que todos estamos buscando cada día, esa felicidad, en el trabajo, enfermedad, sean jóvenes, sean mayores; ese vivir en el amor, por amor, de un verdadero amor en Cristo, al prójimo, miramos a nuestra Madre, porque hay una gran condición, si falta la humildad no hay nada y la humildad que me pide el Señor es la verdad, “Déjame ser tu padre, amarte”.
Fíjate la humildad que nos pide, “Reconoce tu limitación, eres mi hijo, eres una criatura mía, no te pido más, reconoce que eres mi hijo y que yo soy tu Padre”. ¡Qué bonito el mensaje de Juan Bautista, el testimonio de nuestra madre Santa María! Y en esa senda animo a nuestros hermanos de la congregación de los Oblatos de San José a recorrer el camino misionero que la Iglesia les agradece y que con la gracia de Dios va creciendo de manera generosa y también con fidelidad, no número ¡Santidad! Hagamos en esta Santa Misa propósitos de ser mejores hijos, mejores hermanos, mejores padres. Y con mucha paz.
Así sea.