- Domingo, 23 de marzo de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Misa de Pascua de Resurrección

Domingo, 23 de marzo de 2008

Señor Presidente de la República, doctor Alan García Pérez, señora Pilar Nores (es una alegría poder celebrar esta eucaristía, con la presencia del presidente de la República y de su esposa); muy queridas autoridades, religiosas, religiosos, muy querido señor Nuncio Apostólico, monseñor Rino Passigato; monseñor Adriano Tomasi; sacerdotes; queridos hermanos todos:

Nuestra vida, misterio de lo humano y divino

El Santo Padre Benedicto XVI nos escribió en la encíclica sobre la esperanza “Spe Salvi” (Salvados en la esperanza) lo siguiente: “La redención obrada en la cruz, la resurrección que hoy celebramos no es simplemente un dato de un hecho que ocurre, sino que estos hechos por ser hechos por el hijo de Dios, son humanos y divinos”.

La Iglesia es una realidad fundada por Cristo, humana y divina. Permanentemente encontramos en nuestra vida esa profunda humanidad y ese sello del bautismo que nos incorpora a la divinidad; ese misterio de lo humano y divino atraviesa toda la historia de la salvación.

Por eso, en un día como hoy se nos ofrece la salvación, se nos ha dado esperanza, una esperanza ¡fiable! gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente. Aunque el presente sea fatigoso se puede vivir y aceptar si es que nos lleva a una meta, y podemos estar seguros de esta meta y si ésta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino.

La meta es muy grande, tan grande que el propio Dios se ha incorporado a este programa, enviándonos a su hijo Jesucristo, muriendo para rescatarnos y resucitando para incorporarnos a esa vida eterna ¡Programa de Dios! Es una esperanza que tiene un cimiento tan profundo que merece la pena reflexionar en ella y por la cual merece la pena jugarse la vida.

El Señor nos regala el don de la esperanza y de la fe

A lo largo de la existencia, cada uno de nosotros tiene muchas esperanzas. A veces puede parecer que una de esas esperanzas lo llena totalmente, que no necesita ninguna otra.  En la juventud puede ser la esperanza del amor grande, satisfactorio, la esperanza de cierta posición en la profesión o de un éxito determinante para el resto de la vida. Sin embargo, cuando cumplimos esas esperanzas, o cuando no las cumplimos y la vida sigue, nos damos cuenta que eran esperanzas temporales, de una época, esperanzas que no son ¡la gran esperanza!

Hoy, en esta Pascua de Resurrección está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá; es evidente que sólo podemos contentarnos con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podemos alcanzar, esa sed de esperanza grande, no solamente no nos aleja de las esperanzas, de los trabajos y de las fatigas del día a día, sino que alimenta esas esperanzas que nos llevan día a día a buscar en los demás lo mejor, a buscar lo mejor en nuestras familias, en nuestro trabajo, a llevar un momento de esperanza a gente que no la tiene; ¡a buscar caminos de esperanza!, que no brotan de esos pensamientos puramente temporales, se alimenta de algo que no es nuestro.

Ese regalo, ese don de la esperanza y de la fe que el Señor nos da y nos dice ‘trabaja con tus talentos, ¡haz producir lo que te he dado!’

Cristo nos habla de una esperanza que trasciende

La gran esperanza que hoy estrenamos con la Pascua de Resurrección es un llamado a una gran responsabilidad para poner en práctica esa maravilla que es el ser humano creado a imagen y semejanza, redimido al precio de la cruz, elevado a la condición divina ¡Hijo de Dios! ¡Miembro de la familia trinitaria!

Como le cuesta a la humanidad, al tiempo moderno y actual trascender a lo espiritual, a lo sagrado, al misterio; y más que nunca, que sed tiene la gente de que los llevemos a ese mundo maravilloso que el Señor tiene pensado para cada uno.

Tantas veces, estos tiempos desarrollan la esperanza de la instauración de un mundo perfecto, que parecía poder lograrse gracias a los conocimientos de la ciencia.  Así la esperanza bíblica del reino de Dios, tantas veces es desplazada por la esperanza del reino del hombre, por la esperanza de un mundo mejor que pretendería reemplazar el reino de Dios.

Hermanos, se ha visto, basta repasar la historia de nuestra vida y la historia de la humanidad, que esa esperanza de pretender que la misión humana se convierta en el reino de Dios, esa utopía que nos vendió el marxismo ¡fracasó!, haciendo un daño terrible, no sólo como doctrina política ¡como doctrina humana! Y del mismo modo podemos hablar del nazismo, y así podemos ir viendo grandes movimientos que pretendieron instaurar el reino del hombre para sustituir el reino de Dios. Y ante eso, nos dimos cuenta que siempre se hablaba de la esperanza del mañana ¡que nunca llegaba!

Cristo nos habla de una esperanza que trasciende, es ¡hoy, fue ayer, será mañana y será eterna!, estoy anclado por la fe a una verdad que hoy celebramos ¡Cristo ha resucitado! ¡Ha vencido a la muerte! ¡Ha desatado el pecado! Y nos ha invitado a una vida que entre en la eternidad.

Pensemos que cuando una esperanza no es para mí, esa esperanza del mañana para todos, no hace fácil la vida diaria; todos buscamos una esperanza que nos comprometa. Este momento, este misterio de la resurrección incorpora esa grandeza del ser humano, y al mismo tiempo esa humildad del ser humano. Mi grandeza, Señor, es ser tu hijo; y al ser tu hijo participar como heredero de tu luz, de tu sabiduría, de tu estado de ánimo, de tu perdón, de tu fuerza.

¿Cuándo es mejor el mundo?  ¿Qué es lo que lo hace bueno? ¿Según que criterio se puede valorar si es bueno? Evidentemente, hay tareas urgentes en el campo material, pero hoy la Iglesia nos anima –lo hemos leído en la segunda lectura- “Busca lo de arriba”, ¡acércate a Dios! ¡Educa a la juventud en valores, en la fe! Esto es efímero, se nos va de las manos; y cuando pongamos la mirada en lo alto, el Señor nos dirá ‘mira hacia abajo, allí están mis hijos, allí está tu tarea’. Cuando más nos metemos en Dios, más nos vuelve a decir Jesús ‘amo al mundo apasionadamente, salió de mis manos y quiero que todos me ayuden en esa tarea’.

Tengamos la mirada en la eternidad

Es el momento de preguntarnos de manera clara, ¿Mi fe, -ahora-, es una esperanza que sostiene mi vida?  Mi fe, como dice el Papa, es preformativa, un mensaje que plasma un modo nuevo de vivir; o es una ‘fe solo información’. ¡No, hermanos!, la gracia de Dios cambia, genera, crea un corazón, un pensamiento nuevo, es Él.

Por eso, en el bautismo cuando el sacerdote pregunta a los padrinos y papás ¿Qué le piden a la Iglesia? ¡La fe! Y, ¿qué te da la fe? ¡La vida eterna!

¡Qué distinto es el panorama cuando no tiene la mirada encendida en la eternidad! Hay pequeñeces que adquieren gran valor, y hay grandes cosas que se hacen pequeñas; es una formidable manera de vivir el presente en atención a la eternidad.

Hoy, -hace pocas horas- el Santo Padre, en Roma, se dirigía al mundo, les recuerdo unos breves pasajes: “Hermanos y hermanas cristianos de todos los rincones del mundo, hombres y mujeres de espíritu sinceramente abierto a la verdad, que nadie cierre el corazón a la omnipotencia de este amor redentor. Jesucristo ha resucitado, ha muerto por todos, Él es nuestra esperanza, esperanza verdadera para cada ser humano”.

Hermanos y hermanas dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de este día solemne, habrán unos con sincera confianza en Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros, en nuestras familias, en nuestros países, se manifieste en todas partes del mundo.

Junto a María siempre, la cogemos de la mano con confianza y nos acercamos con Ella y desde aquí con un saludo muy especial a los enfermos, atribulados, gente humilde, alejada, matrimonios sin familia, juventud, medios de comunicación; a todos “buscad las cosas de arriba”, desde ese balcón privilegiado de la Santísima Trinidad, veremos con un gozo insaciable el acontecer diario. Sabremos poner en nuestro corazón, con un dolor infinito, lleno de misericordia que se conmueve y que nos lleva a buscar mejorar las cosas y seremos sembradores de gozo y de alegría cristiana.

¡Muy feliz Pascua tengan todos ustedes!

Así sea.

 
 

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