- Domingo, 24 de febrero de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en el III Domingo de Cuaresma

Domingo, 24 de febrero de 2008

Queridos hermanos todos en Cristo:

Hemos escuchado un pasaje largo del Evangelio. Una escena de la vida de cualquiera de nosotros, se habla de Jesús que está cansado y va a descansar, se habla de los apóstoles que van a comprar comida a un pueblo cercano, se habla de una mujer que como era habitual va al pozo a sacar agua: un encuentro.

El encuentro con Jesús en la vida diaria

Y de ese encuentro brota todo este misterio que Jesús nos revela en este pasaje. Nos habla de un agua que da vida eterna y la mujer le contesta un poco preocupada: “Cómo me vas a dar agua si ni siquiera tienes un balde”. Y Jesús vuelve a decirle: “Si supieras quien soy”, allí está uno de los grandes mensajes que Jesús a través de este pasaje nos envía hoy; ese encuentro con Cristo ocurre en circunstancias de nuestra vida diaria. Aquella mujer había ido a buscar agua al pozo, no había ido a la iglesia a rezar, ni siquiera era mujer judía, sino samaritana, es decir no tenía una relación buena con los judíos. No había en ella grandes señales de piedad, se ve que su vida era más bien no muy limpia. “Cinco maridos has tenido”.

Pero Jesús en nuestra vida, nos ronda permanentemente, nos da vueltas ansiando que por la fe lo descubramos, no por grandes milagros, no por situaciones especiales. Jesús es ese amante que está constantemente –casi diría yo- mendigando nuestro amor.

Si ese encuentro con Jesús se realiza en tu vida cada día y a cada momento nos pasará como aquella mujer, ‘no entendemos, ¿porqué me hablas, si no nos hablamos judíos y samaritanos?, ¿porqué me ofreces agua si no tienes balde?’. Situaciones en las que uno puede decir: ‘Jesús no me escucha, este pecado no tiene arreglo, no hay manera de que cambie esta persona’, tantas manifestaciones de esa ¡falta de fe!

Por eso en el Evangelio de hoy, en este camino de la Cuaresma, de penitencia, de sufrimiento, de arrepentimiento el Señor sí me puede decir: ‘No me vas a encontrar, no vas a verme si tu corazón no está limpio. Yo estoy ahí pero tienes un velo en tus ojos, en tu corazón, el velo de este pecado, de esta cólera, de esta impureza, de este egoísmo’. A veces será una ceguera: ¡no veo!, necesito ir al médico, a la reconciliación, a la confesión. Otras veces será que no veo bien, veo deforme, estoy influido por preocupaciones, cóleras, fastidios, falta de salud, entonces veo borroso, no veo como Dios está aquí en esta Eucaristía, o no veo ese encuentro en aquel amigo, o en aquel familiar.

Nuestra religión es una persona: ¡Cristo Vivo, Palabra de vida eterna!

Entonces, claro, si reduzco mi vida a unos momentos, unos minutos cuando vengo a la misa del domingo, o cuando yendo a mi casa tal vez rezo un Ave María o saludo a la Virgen, ¿y el resto del día?, ¡ciego! Entonces me viene sed, hambre y se manifiesta en esa actitud de desánimo, de cansancio. El Papa nos lo enseña de una manera muy clara, últimamente insiste una y otra vez: “Nuestra religión no es un libro: la Biblia, ¡No! nuestra religión es una persona: ¡Cristo Vivo, Palabra de vida eterna!”. Que saco leyendo, investigando, si no se produce esa acción del encuentro del Espíritu Santo que genera un algo que es nuevo, ¡el amor de Dios!

Ese encuentro evidentemente a veces ocurre como esa gran conversión después de muchos años. En el encuentro de Cristo con la samaritana, allí vemos todos los detalles de ese encuentro. “Eres tú más que nuestro padre Jacob”, y Jesús le contesta: “Tú me estás hablando siempre de lo material, de la sed y del agua, y te estoy hablando de la vida eterna, te estoy diciendo que esa agua la tomas y vuelves a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed, el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Podríamos decir entonces, si yo que rezo, procuro portarme bien, acercarme a los sacramentos, si yo vuelvo a sentir sed ¿Qué está pasando?, y tendríamos que concluir: ¡Tu encuentro con Cristo es muy frío!, no llega esa conversión del todo, porque no le dejo, porque me pide algo que no le quiero dar; y allí vemos con mucha fuerza como más adelante en el Evangelio, el Señor dice de una manera muy clara: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Y otra vez están preguntándose: “¿Quien le habrá traído de comer?”, están igual que nosotros, preocupados de la plata, de la comida, de los problemas, del cansancio, de la salud como nosotros. Y vuelve Jesús a levantarles la mirada: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió, y llevar a término su obra”.

Valores: frutos del encuentro con Cristo

El encuentro con Cristo requiere que la primacía, lo más importante de tu vida ocurra en el interior de tu alma, de tu vida, en ese corazón donde está el arrepentimiento, el pecado, la alegría, el dolor, en ese centro de la persona humana en donde hoy se dan los valores. Pero los valores no son cosas extrañas que se venden en las bodegas, los valores son expresiones, frutos de ese encuentro con Cristo, que me va enseñando. Sé sincero, alegre, valiente, trabajador, quiere a tus padres, a tu esposa; toda esta enseñanza del Gran Maestro ocurre dentro y podemos decir que surge lo que hoy se repite con más frecuencia: valores.

Hermanos, en resumen una Cuaresma que nos lleve a mirar más a Jesús, a purificar lo que hay dentro, y a tener la certeza que cuando un hombre de Dios pone todo su esfuerzo en algo, el Señor da el fruto y es una señal de que Él está allí. Cuando uno pone todo su esfuerzo y no sale nada, no sé si Dios nos acompaña o si es un empeño tuyo, no de Él. Todo esto va muy unido a ese pasaje del Salmo Responsorial: “Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón”.

Eso le pedimos a nuestra Madre Santa María, que no endurezca mi corazón, que escuche esa palabra de Dios y verás ese encuentro diario. Hay que encontrar a Jesús en los acontecimientos de cada día, y Él en ese encuentro nos dará un modo de ser ¡nuevo! eso es la misión, el discípulo en Cristo, con Cristo, por Cristo a los demás y así quienes se encuentren contigo le pasará como a la samaritana y dirá: ‘Estuve con esa persona, ese consejo, ese silencio, esa palabra, esa mirada, esa corrección ¡como me ha ayudado!’. De ahí brotará ese fruto que lleva a la vida eterna.

Así sea.

 
 

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