- Domingo, 27 de enero de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en el III Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 27 de enero de 2008

Queridos hermanos todos en Cristo, Jesús:

Antes de proclamar el Evangelio se hacen tres cruces pequeñas: una en la frente, otra en la boca y otra en el corazón. Cuando el sacerdote termina de proclamar el Evangelio, besa la Palabra; quiere decir que la palabra de Dios está en mis pensamientos, en lo que medito; está en mi boca, en lo que hablo; y está en mi corazón. ¡Que sea lo que realmente le de vida a mi vida: mente, palabra y corazón! Con este ánimo veamos brevemente las palabras de la Liturgia de hoy.

Eucaristía: Unidad en Cristo

San Pablo escribe a los de Corintio y les dice: “Poneos de acuerdo, no estén divididos, hay que estar unidos con un mismo pensar y con un mismo sentir. Pero, ¿quién nos da esa unidad?, no es un problema solo de diálogo, tampoco de negociar de quien tiene la razón, la causa de esa unidad es porque todos estamos unidos en Cristo, Él es el que impulsa dentro de mi corazón ése empeño de buscar esa unidad”.

Y el lugar en donde encuentro esa unidad es la Eucaristía, aquí en la Santa Misa y cuando recibo su cuerpo ¡con el alma limpia! Alimentarnos del Cuerpo de Cristo hace que Él personalmente entre dentro de mí y me anime a buscar su amor, su luz y me esfuerce en encontrarla en mis hermanos, familiares, mis compañeros de trabajo. Y por eso somos sembradores de paz, alegría y unidad.

En  cambio, si no tengo esa unidad en Cristo me separo del cuerpo, es como un dedo que al cortarlo lo separan, se pudre, se seca, muere. No puede haber vida si no hay unión con Cristo y Él quiere de manera especial preguntarte: “¿Qué hay en tu interior?”. Porque del interior del hombre brotan los buenos pensamientos, las buenas acciones, las ilusiones, las decisiones, la perseverancia, el perdón.

¿No estaremos dejando a ese hombre interior vacío?

La beata Teresa de Calcuta, tenía en su interior un volcán de amor y en su exterior miles y miles de niños, de enfermos, de desposeídos, de religiosas que siguiendo ese volcán del amor de Jesús han hecho realidad obras maravillosas; ¡en todo el mundo es igual hermanos!, Jesús nos pregunta: “¿Qué hay dentro de ti?”.

Cuando se habla de educar, no solo es aprender un idioma, o aprender cómo se fabrica una casa, o cómo se cura a los enfermos, ¡claro que tengo que aprender esto!, pero… ¿basta? ¡No!, la grandeza de la educación es formar ese hombre y esa mujer interior, dónde hay sentimientos buenos, correctos; donde hay un amor al prójimo insaciable; dónde hay un servicio a los demás; en dónde la verdad se custodia como un gran tesoro; en dónde no hay lugar para la discordia, venganza, mentira.

A veces pienso, ¿No estaremos dejando a ese hombre interior vacío?, muy preocupados de todo lo externo; pero ¿cómo voy a dar lo que no tengo?, ¿de dónde voy a sacar la alegría, la fuerza, la justicia, la verdad, el perdón?  Jesús nos busca permanentemente dentro de nuestras almas, no es intimismo, ¡No! No es una vida separada de las preocupaciones, ¡falso!, ‘como te quiero mucho quiero quererte, conocerte, acompañarte, enseñarte’. Y para eso no bastan técnicas, no basta dinero, no basta sueldo, hace falta ese hombre interior, esa mujer interior.  En el hogar, no se trata quien le da la comida a los niños  a la hora que le toca; ese niño quiere ver a su madre, oírla, quiere sentir la ternura de su mano; y esa madre quiere llegar a su casa y que aquella criatura se le eche al cuello y le de besos y se establezca esa dimensión fundamental de la vida.  Esto no es psicología ni sociología, esto es Amor en Cristo.

Jesucristo no hizo planes para construir. Jesucristo nos decía: “Conviértanse”. ¿Cómo esta tu interior? ¿Hay diálogo con Jesús?, ¿es mi amigo?, ¿ese diálogo se manifiesta en el trato que doy en mi casa, en el trabajo a los demás? No puede ser un ámbito cerrado, ¡No!, el amor en Cristo me lleva hacia los demás.

Preparando la Gran Misión de Lima

Estamos preparando la Gran Misión de Lima y se trata de ir preparando con nuevo ardor una nueva luz; un nuevo calor en la mente, conociendo mejor nuestra fe; en la palabra, sabiéndola enseñar a los demás; en el corazón, dando ejemplo. ¡Cuando el ejemplo va unido a la palabra es una maravilla!

Cuando Jesús pasa junto a unos pescadores, vio a Simón al que llamaban Pedro, a Andrés, su hermano que estaban echando las redes para pescar; Jesús –lo repito siempre- nos busca a cada uno en su lugar, en su trabajo, en el hospital, en la playa, en el cansancio, en el descanso; al joven, al que está casado, al sacerdote, a las religiosas, a cada uno nos busca y en el rincón donde estamos –como los apóstoles- te dice: ‘¡Sígueme!, porque te voy a llevar a ese mundo donde estoy yo, donde hay paz, donde hay alegría, donde hay amor. ¡El mundo no está así porque los cristianos rezamos mucho! ¡No!, esa no es la causa de tanto egoísmo, violencia y mentira; el mundo está así porque se ha olvidado de rezar y se ha endurecido su corazón porque ya no tiene amistad con Dios. No digamos que para arreglar las cosas de los demás hay que dejar a Dios porque nos quita tiempo, ¡falso!

Esos apóstoles estaban pescando, como tú trabajando, en la casa, en la cocina, en el mercado, en las vacaciones, en el estudio, en los mil afanes de la vida y Jesús pasa y te mira ¡La Gran Misión!  ¡Sígueme! Vamos, no te voy a sacar de tus cosas, pero te voy a dar una nueva luz. Te voy a dar una nueva chispa y verás que tus mismas obligaciones son un lugar de encuentro, de amor al prójimo, a tu esposa, a tu marido, a tus hijos, a tus padres, a tus abuelos, de visitas a los enfermos, de acercamiento a quienes se encuentran solos.

¡Pero iré en nombre de Apolo, de Pablo! ¡No!, iré en nombre de Cristo, y de esa manera veremos esa realidad maravillosa. Te leo para terminar unas palabras de Juan Pablo II que resumen lo que te he querido decir hoy: “Toda la vida cristiana es hacer la voluntad de Dios, buscar la santidad, todos los cristianos de cualquier clase o condición están llamados  a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Este don de la santidad se da a cada bautizado”. Si ustedes están bautizados, tienen ese don que el Señor nos ha dado Recordemos en este mundo tan lleno de ruido, tan lleno de noticias, que en tu alma en gracia está Jesús en la Cruz esperándote. San Agustín buscaba a Dios en el mar, en los libros, en la arena, en la creación y decía: ‘No lo encuentro’. Un día Jesús le dice: ‘Agustín, me buscas fuera, yo estoy dentro de ti’. Y empieza esa conversión maravillosa. ¿No nos pasará lo mismo? ¡Está dentro de nosotros!

Le pedimos a Santa María, la Madre de Dios y Madre nuestra, porque “Ella conservaba en su corazón todo lo que veía de su hijo, y lo meditaba”, no cansarnos de meditar, de estar con Jesús. Él siempre es una novedad. Nadie se cansa de amar a sus hijos, a sus padres, nadie se cansa de hacer el bien. Por eso nuestra Madre nos ayudará en esta Gran Misión a llevarnos a ese tratar a Jesús, conocer a Jesús, a hablar de Jesús con nuestras obras y de verdad.

Así sea.

 
 

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