- Lunes, 28 de julio de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani el 28 de julio de 2008

Catedral de Lima

Lunes, 28 de julio de 2008

Señor Presidente de la República,
Señora Pilar,
Dignas autoridades,
Queridos hermanos en el episcopado,
Miembros del cuerpo diplomático,
Hermanos y hermanas todos en Cristo:

Acción de gracias
El 29 de julio de 1821, por invitación del general José de San Martín al arzobispo de Lima Monseñor Bartolomé de las Heras, se celebró la Santa Misa y se cantó el Te Deum en esta Basílica Catedral de Lima, en acción de gracias a Dios por la declaración de la independencia del Perú.

Cumpliendo esta tradición, que nace con la República, nos hemos reunido también hoy para la celebración del 187 aniversario de nuestra independencia y dar -una vez más- gracias a Dios por los dones y beneficios recibidos en el último año por esta familia peruana, que ahora está constituida por más de 28 millones de habitantes.
Nos dice el Apóstol San Pablo:

“Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres” (2ª lectura: Filipenses 4, 4)
Los valores más altos, arraigados en el corazón de las personas y en el tejido social, son como el alma de los pueblos, valores que los hacen fuertes en la adversidad, generosos en la colaboración leal, e ilusionados en la construcción de un futuro mejor y lleno de vida, en el que todos, sin excepción, tengan la oportunidad de desarrollar su plena dignidad de seres humanos.

La familia célula básica de la sociedad
Destaca entre estos valores superiores, ciertamente una «cultura de la vida», generosa y creadora de esperanza. No sólo por motivos estrictamente confesionales, porque todos los credos religiosos dignos de ese nombre defienden la vida; y todos los humanismos auténticos también, por mucho que difieran unos de otros. La Iglesia defiende la persona, hoy más que nunca, porque ve con preocupación, algunas tendencias que tratan de limitar el valor inviolable de la vida humana misma, o de disociarla de su ambiente natural, como es el amor humano en el matrimonio y la familia.

El Santo Padre, Benedicto XVI, nos confiesa que «su deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio. Ésta es una institución insustituible -nos dice- según los planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre con sentido de responsabilidad y alegría» (Cf. Valencia, España, 8 de julio de 2006).

Atentados contra la familia
Sin embargo, vemos que son cada vez más fuertes las presiones de ciertos grupos ideológicos para conseguir la legalización del aborto en los países de América Latina, también en el nuestro. Estos grupos minoritarios, haciendo mucho ruido mediático y con campañas millonarias del exterior, pretenden intimidar al ciudadano común y corriente, recurren a la liberalización de nuevas formas de aborto, bajo el pretexto de la “salud reproductiva” y otros slogans que llevan a la confusión. Nada más falso. Lo que consiguen es incrementar así las políticas del control demográfico, a pesar de que a éstas ya se las reconoce como perniciosas, también en el ámbito económico y social.

El valor sagrado de la vida humana y primacía de la familia
Por ello, queremos recordar en esta solemne ocasión que el derecho a la vida es un derecho que debe ser reconocido por todos, porque es el derecho fundamental con respecto a los demás derechos humanos. Lo afirmó con fuerza el querido Juan Pablo II. En la encíclica Evangelium Vitae nos dice: «Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, (…) puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. Es el reconocimiento -dice el Papa- en el que este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política» (n. 2).  

Escuchamos todos con asombro como recientemente el Papa Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud, en Australia, hizo esa revelación realmente profunda, dijo: “¿Cómo es posible que el seno materno, el ámbito humano más admirable y sagrado, se haya convertido en un lugar de indecible violencia?”

Tenemos que despertar una y otra vez la sensibilidad por la vida humana. Para dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad, los pueblos no pueden ignorar el bien precioso de la vida y la familia, fundada sobre el matrimonio. «La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio para toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole» (CIC c. 1055), Recordamos hace pocos días con profundo agradecimiento, la profética enseñanza de Pablo VI al hacer pública la Encíclica Humanae vitae, cada año se ve con más claridad la necesidad de esas enseñanzas.

Quienes creemos en Jesucristo sabemos que “el Señor está cerca” (Filipenses, 4, 5) y poseemos un motivo ulterior y más fuerte para proponer esta defensa de la vida, esta primacía de la familia, pues sabemos que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estemos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien. 

Llamado a las autoridades civiles
Hermanos, aunque parezca paradójico, hay malestar en los pueblos contra el llamado “Estado de Bienestar”. Se percibe que algunos grupos del  llamado primer mundo quieren reducir los beneficios de la globalización estableciendo un “dogma” que afirmaría que “todo lo serio en la vida se reduce a las transacciones de poder, dinero e influencia, que acontecen en los ámbitos de la política, la economía y la comunicación social”.

¡Hay que decir que no a esa visión reductiva de la globalización! Es una visión producto de un materialismo pragmático, que deshumaniza y maltrata la condición y dignidad de las relaciones humanas especialmente de las grandes mayorías.

Por eso invito a los gobernantes, legisladores y magistrados a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran a la vida humana, al matrimonio y a la familia, aspectos neurálgicos de la sociedad. No olvidemos que el objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones.

Ciertamente, también es necesario hablar de los criterios morales que conciernen a estos temas con profesionales de la educación, de la economía, de la medicina, de las leyes, para comprometerlos a elaborar un juicio competente de conciencia y, si fuera el caso, también una valiente objeción de conciencia.

“todo lo que es verdadero, noble justo, puro, amable, todo es virtud o mérito (…) pónganlo por obra”. (Filipenses 4, 9)

La Educación
Así llegamos al importantísimo rol que tiene la educación, que se inicia en la familia, que tiene a los padres como los primeros responsables y que debe encontrar en la escuela su complemento subsidiario. No podemos descuidar las aulas, porque en las aulas se forma orgánica y sistemáticamente a la juventud, durante un número considerable de años.

Sabemos que la añoranza del tiempo perdido no sirve para recobrarlo. El vasto problema de la pobreza y la marginación representan un desafío apremiante. Pero es más urgente aún seguir impulsando con firmeza una reforma educativa en la que tengan un lugar principal los padres de familia, y que contemple y priorice la formación de personas en valores cristianos.

Que se ponga en el centro de todo proceso educativo, la dignidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural; el respeto a la estabilidad de la institución del matrimonio; que reconozca los padres como principales responsables de la educación de sus hijos; y que promueva la moralidad pública como parte importantísima del bien común.

Invitación a los medios de comunicación
Para finalizar quiero recordar –brevemente, pero con especial urgencia- la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en los tiempos actuales. Va siendo un lugar común repetirlo, pero cada día es más urgente la necesidad de su participación. Vivimos en una realidad televisada, en una «sociedad-espectáculo», donde las imágenes son «reales» y la realidad es «imagen». Se trastoca, por lo tanto, la verdad en su misma esencia. Por ello, es especialmente urgente una respuesta positiva a esta invitación que con todo respeto formulamos a los medios de comunicación escritos, radiales  y audiovisuales, para que asuman a cabalidad el rol que les corresponde en la educación de la niñez y de la juventud y en la formación de un coherente tejido moral que sea sustento espiritual del desarrollo material que contemplamos. Es necesaria esta promoción de valores morales en los que los medios de comunicación tienen un rol principalísimo. Y no olvidemos, los medios de comunicación funcionan apoyados por la fuerza del empresariado que es quien lo financia, y por lo tanto debemos todos unirnos en este verdadero deseo de que nuestra patria tenga una cohesión mayor en el campo moral, en el campo del respeto a la dignidad de la persona humana.
Nos dice nuestra Madre Santa María:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador” (San Lucas 1, 47)

Quiero enviarles desde aquí una bendición especial a toda la familia peruana,  a todos los hogares del país, a todos los rincones en donde hermanos nuestros hoy nos siguen a través de la televisión, a todos ellos el saludo por las Fiestas Patrias, la petición de que el Señor derrame sobre cada uno de nosotros su gracia para vivir como verdaderos cristianos unidos a nuestra Madre la Virgen María, Madre de Dios, Esperanza Nuestra, y Reina de la Paz.

Así sea.

 
 

[Notas del Arzobispado de Lima] [Homilías del Cardenal Cipriani]
[El Santo Padre] [Archivo Arzobispal] [Notas sobre el Legado Riva Agüero]