- Domingo, 30 de marzo de 2008 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la Fiesta del Señor de la Divina Misericordia

Domingo, 30 de marzo de 2008

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Estamos viviendo estos cincuenta días de alegría pascual, ¿Qué quiere decir?  Que la Iglesia ante la alegría tan grande de la Pascua en la que Jesús nos ha redimido del pecado, nos ha dejado la eucaristía, ha muerto por nosotros, ha resucitado y vive con nosotros dedica cincuenta días en la liturgia para que tengamos tiempo de meditarlo, de vivirlo.

Ese es el centro del mensaje pascual de la Iglesia, para que después de cincuenta días “Pentecostés” podamos empezar a vivir cristianamente ese ritmo de la liturgia con sus fiestas, con sus pasajes de la sagrada escritura que ayudan a todo el pueblo de Dios a vivir en el mismo ritmo de la salvación. Y, alegría ¿por qué? Porque nos ha redimido, nos ha invitado a algo que no existía antes de su muerte y resurrección que es la vida eterna.

El Señor de la Divina Misericordia quiere acogernos a todos

Hoy, segundo domingo de Pascua, el Papa Juan Pablo II estableció que se celebrara la Fiesta del Señor de la Divina Misericordia. ¿Por qué?  Porque el mismo Jesús se lo pidió a Santa Faustina Kowalska (religiosa polaca propagadora de esta devoción); en esas revelaciones privadas le dice a esa religiosa que este domingo se dedique en el mundo entero a recordar esta dimensión misericordiosa del corazón de Jesús. El Papa Juan Pablo II que fue muy devoto de esta piedad al Señor de la Divina Misericordia, siendo pontífice, lo incorporó a la Iglesia universal.

¿Qué cosa podemos meditar hoy? Podemos meditar el núcleo de ese mensaje ¿Qué le dice Jesús a esta religiosa y qué nos dice a nosotros? Nos dice que su capacidad de perdón es infinita, que Él quiere perdonar a todos y también le dice que hay almas que no dejan que el corazón de Jesús las perdone; hay almas que pese a todo no se arrepienten.  Son verdades muy fuertes, nos alegra mucho saber que Jesús tiene ese deseo de perdonarnos, de ayudarnos, de acogernos a todos ¡nos alegra mucho! Pero también nos da un santo temor que Jesús diga que hay almas que no dejan ¡no está hablando de otras religiones! Está hablando de almas católicas.

También nos sorprende, nos asusta ¿seré yo? Que a veces por la soberbia, por la falta de fe no permito que el Señor me perdone, me convierta. Y todo el diálogo con esta religiosa es invitarnos ¡a la santidad! ¡a unirnos a Él! De mil formas, ese es el mensaje ¡Estamos hechos para la santidad!, para ser felices ¡con Cristo!  Y, junto a ese mensaje está la música de fondo ¡hay algunos que no quieren!  Por eso la invitación a rezar, a rezar, a rezar.

Todo el mensaje de felicidad y misericordia pasa por un solo camino: la cruz. Esta religiosa nos transmite esa devoción. Está muy unida a las 3 de la tarde a la meditación de la pasión de Cristo, al desagravio.
La Gran Misión de Lima, oportunidad para extender la devoción a Cristo Misericordioso

Hermanos, los animo, la alegría fácil no es cristiana, la alegría cristiana surge de la cruz, de la pasión y de la muerte. ¿Cómo andan esas pasiones? ¿Cómo anda nuestro temperamento? ¿Dónde está?  No todo el que me dice “Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”.

Por eso, cuando Jesús se presenta a los apóstoles, les dice: Miren estas heridas, miren estos clavos, no es una alegría simplemente entusiasmante de los amigos, aquí están las causas: el dolor, la muerte, el sacrificio. Un cristianismo sin sacrificio es fofo, inútil, ¡no hay resurrección sin muerte en la cruz! ¡No hay resurrección sin sacrificio!

Hay que cumplir mejor los deberes, hay que procurar vivir mejor. No vale simplemente venir a una piedad un poco a la ligera.  Esta religiosa muere a los treinta y tres años (Santa Faustina Kowalska), ¡jovencísima! Pero muere con la experiencia del sacrificio diario. Juan Pablo II conoció esta devoción desde muy joven, recordamos sus últimos años, exprimido por el dolor, inmovilizado, limitado por el dolor; y allí seguía en paz, alegre, piadoso y por eso el Señor lo acogió en la Vigilia de esta fiesta, sábado por la noche anterior a este domingo.

Hagamos ese propósito ¡Jesús, en ti confío! Y el Señor me dirá ‘Hijo mío, yo también en ti confío’. Y allí nos invitará día a día a dejar los pecados, la flojera, los caprichos, la comodidad ¡tantas cosas que conocemos que no nos llevan a Dios! 

De esa manera verás como la Gran Misión de Lima, que les encomiendo lleven al Señor de la Divina Misericordia por todas las casas de la Arquidiócesis, que lleven esos actos de piedad, el rezo de la coronilla, la meditación de los dolores de Cristo, que se extienda por todos los hogares, especialmente a la juventud, colegios, escuelas, universidades, en todos los rincones ¡allí está el voluntariado del Señor de la Divina Misericordia! Conocer bien esta experiencia de amistad con Cristo, con María; y voluntarios para dedicar horas visitando hogares explicando estas devociones, promoviendo la distribución de estas imágenes, para que Él toque los corazones.

Allí tenemos una manera maravillosa de ser fieles a lo que hoy la Iglesia nos enseña, a lo que hizo el Papa Juan Pablo II, a lo que Cristo quiere. Como Pastor de la Arquidiócesis los llevo de la mano para que esta maravillosa devoción al Señor de la Divina Misericordia sea un camino privilegiado de llevar a muchas almas alejadas al encuentro con Cristo Misericordioso, Cristo Sufriente, Cristo Resucitado.

Vamos a pedirle especialmente por las vocaciones sacerdotales, -hacen falta muchas y firmes- el Señor nos oiga, esto es lo que necesita la Iglesia de Lima: familias que con generosidad acojan y respeten la vocación de sus hijos y de sus hijas. Es una señal de privilegio delante de Dios, no es motivo de queja, sino de ¡agradecimiento a Dios!, que el Señor se fije en una persona de la familia para que le sirva con una entrega total.

Así sea.

 
 

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