- Viernes, 26 de junio de 2009 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Misa por San Josemaría Escrivá
Viernes, 26 de junio de 2009
Basílica Catedral de Lima

Hoy, al conmemorar un año más del nacimiento de San Josemaría a esa vida eterna que a todos debe entusiasmar, quiero por un lado, recordar ese aspecto característico de la espiritualidad del Opus Dei: la Filiación Divina.

Recordar frecuentemente, cada día, que soy hijo de Dios. San Josemaria nos relataba cómo por allá por el año 31, en un tranvía, de la manera más natural sintió en lo más profundo de su alma esa fuerza: soy hijo de Dios. Y comentaba: “no hice más que repetir una y otra vez Abba Pater. Habrán pensado –decía- que estoy loco”. Fue esa moción interior que es doctrina común en la iglesia.

Por el Bautismo somos incorporados a la familia de la Iglesia, somos hijos de Dios en Cristo. De ahí surge en la vida de San Josemaría esa natural sobrenaturalidad. El decía: “es muy cómodo reaccionar naturalmente, eso lo hacen todos. Hay que reaccionar frente a los sucesos de la vida cotidiana con los ojos de la fe. Mi Padre Dios, ¿qué quiere de mí en esto, en lo otro?”

Ese ser hijos de Dios, esa realidad de la filiación divina ilumina fuertemente el carisma de esta Prelatura Personal. Y ese ser hijos de Dios nos da a todos una obligación muy grande, no perder de vista en nuestra acción apostólica la relación entre la fe y la vida diaria, saber que la gente espera esa propuesta del Evangelio como respuesta positiva, convincente a esas expectativas, a esas inquietudes, a esas interrogantes.

Santificación del trabajo

Tenemos que dar razón de nuestra fe y esperanza como hijos de Dios en ¡la vida diaria!, santificando el trabajo, haciéndolo bien; santificándonos en el trabajo, convirtiéndolo en un lugar en donde se ejercitan las virtudes: la humildad, la justicia, la generosidad, la sinceridad, la lealtad, ¡en esa lucha!; y santificar a los demás, que vean vuestras buenas obras, el trabajo bien hecho.

Qué maravilla y qué panorama en este mundo globalizado, en este mundo que se mueve en la oscuridad de tantas situaciones que a veces parecen como especialmente difíciles de afrontar ¿No será el trabajo el vehículo para llevar las almas a Dios?, ¿para llevar la justicia a todos los rincones?, ¿para saber ser solidarios?, ¿no será el trabajo santificado ese valor trascendente?, no solo un valor social, político, económico; sino como decía San Josemaría, ¡materialismo cristiano!, que se opone a aquel otro materialismo que ahoga la fe.

Acabamos y seguimos viendo en el país con dolor ese mundo del trabajo mal entendido, pues ahí tenemos, y esa es una de las grandes luces que San Josemaría incorpora a esos carismas de la Iglesia, santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás. Los animo, el tiempo no puede ser mejor para esta tarea del trabajo.

La pasión por las almas

Y junto a este santificar el trabajo y filiación divina, aquella pasión que tenía San Josemaría por las almas. Nadie se tropezaba con él sin encontrar un rincón en su mirada, en sus palabras, en sus gestos y muchas veces en esa transformación de su vida. ¡Qué pasión por amar a los demás! Pasión que él nos recordaba: “los primeros años del Opus Dei me los pasé entre los pobres más pobres de Madrid, entre los enfermos más desahuciados de Madrid, de un lado para el otro con el Rosario, buscando las almas”. Y lo decía con verdadero gozo, recordando aquellos años. Situación difícil en la que se movía.

Y el Papa Benedicto XVI, hace pocas semanas al hablar del apostolado, de esa tarea de llevar a Cristo a todos los rincones, decía “Se trata de una aventura fascinante que tenemos por delante en la que vale la pena embarcarse para dar nuevo impulso a la cultura de nuestro tiempo y para hacer que en ella la fe cristiana tenga plena ciudadanía”.

La respuesta de Dios: el testimonio de los santos

Hermanos, a veces uno piensa, ¿Cuál es la respuesta de Dios ante los diferentes momentos de la historia? Y la respuesta es muy clara, la respuesta de Dios a través de los tiempos ha sido siempre la misma, ¡el testimonio de los santos! Es decir, hombres y mujeres que conocen a Dios directamente, que tienen una profunda amistad personal con Jesús y que comparten con los demás los mismos sentimientos de Cristo. Así fue San Josemaría.  Y eso hoy, él mismo lo quiere recordar en el silencio de cada corazón, animándonos. ¡Qué tarea, qué trabajo! Nada de temores, nada de pesimismo. ¡Alegría!, es Jesús el que quiere responder a las necesidades de tantísima gente.

Por eso, con gran alegría celebramos este nuevo aniversario. Con gran alegría los acojo en esta Basílica Catedral, para lanzarlos a ese remar mar adentro en la Gran Misión de Lima.

Hace pocos días, el Santo Padre ha inaugurado el Año Sacerdotal. Decía San Josemaría “¿cuál es la identidad del sacerdote?”. Y respondía: “la de Cristo”. Todos los cristianos podemos y debemos ser, no ya alter Cristo (otro Cristo), sino Ipse Cristo (el mismo Cristo) y en el sacerdote esto se da de manera inmediata de forma sacramental.

La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz

Sabemos que íntimamente unida a la Prelatura del Opus Dei, está la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz. Sacerdotes diocesanos con su propio obispo que procuran santificar su ministerio sacerdotal. ¿Y los demás? en este año sacerdotal en donde todos queremos rezar, para que nosotros sacerdotes seamos más limpios, entregados, vibrantes. Que la gente pueda ver en esa Misa bien celebrada, en esa confesión bien atendida, en ese ejemplo diario, que vean que está Cristo. ¡Recen por nosotros!
                                                                                                
San Josemaría era apasionado en esta tarea y empieza sin saber cómo. Encuentra un poco solos a los sacerdotes diocesanos, y piensa: “¿Qué hago, qué puedo hacer?” -y hasta piensa en esa decisión heroica- “el Opus Dei ya está encaminado, yo comenzaré una cosa nueva para los sacerdotes diocesanos”.

Y cuando ha ofrecido al Señor ese sacrificio inmenso, el Señor le hace ver: Josemaría, si el trabajo es el lugar de santificación, si lo que yo te pido es poner en la cumbre de toda actividad humana a Cristo, cómo no van a poder ver los sacerdotes que su tarea es el ministerio sacerdotal, su mismo trabajo sacerdotal. ¡Caben todos, pero junto al obispo!, obedeciendo al obispo, en la misma línea que el obispo; y así se ha hecho siempre a lo largo de estos largos años con abundantísimos frutos.

Alma sacerdotal

Por eso, en este Año Sacerdotal también les pido a todos, encomendemos intensamente la santidad de los sacerdotes, las vocaciones sacerdotales: y en esa llamada universal a la santidad, los fieles laicos, también alma de sacerdote, uniendo todas nuestras acciones al sacrificio de Cristo en la cruz que se renueva en la Santa Misa.

Un hondo espíritu de reparación, como el alma informa todos los miembros del cuerpo sin dejar de vivificarlos en ningún momento, así también en esta vocación ofrecer a Dios los acontecimientos, realidades, todo lo que compone nuestra jornada, todo debe ser diálogo con Dios, alma que ofrece sacerdocio. Sacerdocio real, no ministerial.

Hermanos, en este día en que San Josemaría nos bendice a todos con esa sonrisa, les recuerdo -para terminar- unas palabras muy suyas: “Si en algo quiero que me imiten es en el amor que tengo a la virgen –y añadía en otra ocasión- y comprobarás que con la virgen hasta lo difícil se vuelve fácil”.

Por eso, esta pequeña familia en la Iglesia solo quiere servir, ¡unidos al Romano Pontífice!, ¡unidos a los ordinarios del lugar! llevando esa semilla, esa sal para darle sabor.

Se comenta en estos días que el Santo Padre estaría a punto de publicar una Encíclica que trata sobre el trabajo, sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Los animo a leerla si es que es así y a descubrir esa llamada universal a la santidad en lo ordinario. Como dijo Juan Pablo II refiriéndose a San Josemaría “El santo de lo ordinario”. Tan sencillo, tan al alcance de todos, y al mismo tiempo tan exigente.

Que Dios los bendiga.

Así Sea.

 
 

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