- Domingo, 31 de mayo de 2009 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Solemnidad de Pentecostés
Domingo, 31 de mayo de 2009
Basílica Catedral de Lima

Hoy la Iglesia celebra una Solemnidad muy importante: Pentecostés. En estas semanas y meses hemos llegado a ese centro de la Redención, la Cruz de Cristo, la Resurrección, la Pascua, el paso del pecado a la salvación, la Ascensión del Señor y hoy estamos celebrando el envío del Espíritu Santo.

Hermanos, son momentos en la vida personal de gozo, de esperanza, de confianza, pero sin olvidar que todo esto ha nacido en la cruz. Sin cruz no hay resurrección, no hay ascensión, no hay venida del Espíritu Santo, ¡no hay vida!

El Espíritu Santo le da vida a la Iglesia

Vemos en el Evangelio de San Juan como el Señor promete y dice con mucha claridad: “Yo les digo la verdad, conviene que me vaya, pero conviene que me vaya, les conviene que muera en la cruz, que resucite, que ascienda al cielo”. Esto es para nosotros, conviene que yo muera al pecado, conviene que resucite a la vida en Cristo, conviene que mire las cosas de la eternidad, de esa manera el Espíritu Santo, la vida de la Trinidad, el amor, la paz, la alegría, la sabiduría será mi vida.  “Por eso, conviene que yo me vaya porque si no me voy, si no muero en la cruz, si no resucito en la vida, si no me meto en ese mundo de la eternidad, el Espíritu Santo no vendrá a ustedes. En cambio, si me voy, os lo enviaré”.

Entonces, procuremos hermanos, darnos cuenta que el Espíritu Santo está aquí, es el alma que le da vida a la Iglesia. Por lo tanto, qué importante es para todos morir a nuestros pecados, caprichos, rebeldías, un día y otro, para que Cristo habite en mí, para que yo sea otro Cristo con mis palabras, con mis trabajos, en mi casa, en mi familia, en mis estudios, en mi enfermedad, pero que sea ese otro Cristo porqueel Espíritu Santo es quien habla por mí, quien piensa por mi.

Jesucristo es el primer Paráclito

Esta lucha no es fácil, todos tenemos la inclinación a querer ser un poco los dueños de nuestra propia miseria, ¡pero dueños!: de mi opinión, me gusta esto, no quiero lo otro, porqué tengo que obedecer, porqué tengo que pedir perdón, este es mi dinero, porqué tengo que ayudar a otros. Una manera de vivir muy egoísta que se opone a la vida del Espíritu Santo. Por eso, cuando dice el Señor: “conviene que me vaya, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros”; y al mismo tiempo, en este mismo Evangelio de San Juan, lo dice de una manera mucho más clara: “si me aman guardarán mis mandamientos y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito”.  ¡Jesucristo es el primer Paráclito!, ¡el primer consolador!, ¡el primer abogado!, ¡el primer intercesor!, lo hemos visto y contemplado vivo, ¡que está en la Eucaristía!

Pero Él me dice: “voy a enviarte otro Paráclito” y ese otro Paráclito “te enseñará, te explicará, te dirá tantas cosas que yo no he podido decirlas”. Y, ese es el Espíritu Santo que hoy celebramos, que está con nosotros; que cuando haces oración, rezas, meditas; cuando te acercas a la confesión y a la comunión esa voz, ese consejo, ese recuerdo, es el Espíritu Santo que habla. La gran pregunta es: “¿Crees en el Espíritu Santo? Si crees, ¿Por qué haces lo que él no te indica? ¿Por qué no sigues sus consejos?

Hermanos, no vamos a ser tan idealistas de pensar que esto es fácil, pero este es el camino de la Iglesia. El mismo Jesús me dice: “yo he venido para perdonar al mundo del pecado”.

El Espíritu Santo enseña una manera de vivir

Tu vida es una maravilla, todo es una maravilla, pero hay un demonio que convierte la maravilla en un desastre y surgen los egoísmos, la mentira, la corrupción, la violencia, la injusticia, el abuso, la falta de respeto al cuerpo, los abortos. Surge esa ¡agenda del demonio!, y que curioso, ¡tantas veces parece que se impone, porque tú y yo nos callamos!, ¡porque tú y yo no damos ejemplo!, ¡porque no actuamos con la misma firmeza!

Pero esto es el Espíritu Santo, no eres tú ni soy yo, déjalo actuar, ¡conócelo! En tus ratos de oración cuando medites dile: “ven Espíritu Santo ilumina ni pensamiento, quita de mí esos deseos, dame esa fuerza, riega ese corazón que a veces está árido, fortalece ese cuerpo que a veces se doblega ante la enfermedad, dame paz”; y, verás como ese Espíritu Santo cumple con su deber, nos enseña una manera de vivir.

El cristiano tiene una manera de vivir, no es de este mundo, vive en el mundo, ¡sí!, pero va a la vida eterna. Si te preguntan: ¿Tú, a dónde vas? A la vida eterna, al cielo y voy junto a los demás. Y a los demás habría que preguntarles: ¿A dónde vas? y más de uno tendría que decir: “al infierno”, por eso, te maltrato, te engaño, abuso, miento y hago violencia. Vamos por la misma pista, ¡el mundo!, pero ¡yo voy  a la eternidad!, procuro corregir mis defectos, participo con los demás de todo, pero mi rumbo cristiano, el timón de mi carro lo maneja el Espíritu Santo aquí dentro de mi alma, y me dice: “frena, dobla a la izquierda” y la gran cantidad de carros siguen en una pista ancha llena de juerga y alegría, ¡al infierno!

El Espíritu Santo quiere que no seamos tontos, quiere que despertemos a su amistad, quiere que recordemos que toda nuestra vida arranca en esa cruz de Cristo, en esa presencia de Jesús en tu alma, en la Eucaristía y que Él ha venido, para salvarnos.

Hemos leído hoy en el Evangelio ese pasaje en que Jesús se le presenta a los apóstoles y les dice: “reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”; y, se llenaron de alegría”.

Con este gozo en la verdad, con este compromiso de mantener viva esa amistad con el Espíritu Santo acudimos a Nuestra Madre: “fue concebido Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo”. María es el lugar más importante del Espíritu Santo, fue Él quien le dio vida en su vientre a esa criatura nueva.

Vamos a pedirle a Ella que sepamos seguir sus consejos. Acuérdate durante el día que quiere de mí ese Dios maravilloso; y el Espíritu Santo te dará la fuerza para actuar.

Hermanos, venimos como lo saben, de visitar al Papa, les envía una bendición, los tiene tan cerca en su oración y su cariño. Que también nosotros seamos obedientes, amemos en la oración y en las obras a ese Vicario de Cristo, el Papa Benedicto XVI.

Estamos ya de regreso, hemos estado todos estos días lejos -pero cerca- recordando la misa dominical en la Catedral como el corazón del domingo en la Arquidiócesis de Lima.

Que Dios los bendiga.

Así sea.

 
 

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