- Domingo, 11 de julio de 2010 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
XV Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo, 11 de julio de 2010
Basílica Catedral de Lima

Queridos hermanos en Cristo Jesús,

Acabo de regresar de Roma y siempre es un motivo de especial alegría para un católico encontrarse con Pedro, con el Vicario de Cristo, con el Papa Benedicto XVI y recibir de él, para todos, esa bendición apostólica que les transmito ahora para todos, para ustedes, para sus familiares, para todos los peruanos; ese amor del Papa como padre para toda la familia de la Iglesia, en estos días de manera especial se ha hecho presente. Por eso, mis primeras palabras de amor a Dios y de fidelidad al Papa, rezando por él, obedeciéndolo, queriéndolo.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios hoy? En el Antiguo Testamento nos dice Moisés con palabras reveladas: “Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de esta ley, conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma. Escucha la voz del Señor tu Dios”. Esa actitud que debe ser frecuente en el hombre de fe: escuchar. Para escuchar hace falta separarse un poco de las preocupaciones, de las dificultades. Para escuchar cuando hay mucho ruido como vemos en el mundial de fútbol con esas trompetas; hay tal cantidad de ruido que se aturden todos, nadie escucha a nadie.

Piensa en tu vida y en la mía si a veces no tenemos demasiado ruidos, existen problemas, existen egoísmos; pensar en mí, en mi trabajo, en mis hijos, y todo el día dándome vueltas con un ruido y de repente Jesús, en el fondo de tu alma, te está hablando pero en voz baja y con tanto ruido no se oye. Para eso hermanos está la meditación, aprender a separar un poquito la vista de toda la curiosidad, el oído que todo lo quiere saber y mirar y oír. Por eso nos dice Moisés: “Escucha la voz del Señor tu Dios”.

Es una primera reflexión. Aprendamos cada día a empezar nuestra jornada con unos minutos en que delante de Dios le dices: Aquí estoy, gracias por un día más de vida, ¿qué quieres hoy de mí? Y uno escucha en ese trabajo, en ese esfuerzo, en ese estudio, en esa enfermedad y el Señor te va a decir qué quiere de ti. Unos minutos al empezar el día y otros minutos al acabar el día, antes de acostarte. Jesús, ¿estás contento de mí?, escucharás, te has olvidado de esto, podías estar más alegre. Te está esperando ese amigo para que lo visites o aquel pariente que está enfermo, te hará recordar. Señores, queridísimos hermanos, Dios habla, sino que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Por eso en el Evangelio escuchamos esas palabras: “Teniendo ojos no ven, teniendo oído no oyen”. Tú, yo, ¿seremos de esos que no oímos la voz de Dios, que no vemos a Dios? Pero está diciendo el Antiguo Testamento: “escucha la voz del Señor”.

Y San Pablo en la Epístola a los Colosenses nos dice: “Jesús es la imagen de Dios”. O sea que si hay que escuchar la voz de Dios, la voz de Dios la tiene Cristo. ¿Dónde encuentro la voz de Dios? En el Evangelio. Coge el Evangelio, léelo, ve qué te dice unos minutos. Pero nos dice San Pablo con mucha claridad: “En Cristo quiso Dios que recibiera toda la plenitud” y por eso él quiso reconciliar consigo todos los seres haciendo la paz por la sangre de su cruz. Cristo en la cruz ha hecho brotar abundantes palabras, pensamientos, arrepentimientos, conversiones, alegrías. Contempla la cruz, que también ahí encontrarás en Cristo su palabra. Mira la cruz, escucha ese latido del corazón, esa mirada de Cristo, esas heridas que le hemos hecho nosotros, lee el Evangelio.

Por qué te digo esto. Porque a veces parecería que decimos sí, yo tengo fe, pero no se nota en nuestra vida. Si tienes fe que se vea por tu manera de hablar, por tu manera de trabajar, por tu manera de estar en tu casa, por la manera de ayudar a tus amigos, por la manera de descansar. Que se vea esa mujer tiene fe. ¿En qué se nota? No la ves que es alegre, no la ves que tiene paciencia. Y aquel hombre y aquel joven ¿en qué lo notas? Son buenos amigos, son gente recta, no engañan, no odian, no insultan, se ve que aman a Dios, se ve que leen la Palabra de Dios, porque sino la gente puede decir: “Yo también creo, pero creo e insulto, creo y no voy a Misa, creo y odio”. Y uno dice qué escándalo es este.

Hermanos, Dios nos llama a ser testigos, que se vea que tienes fe, que amas. Por eso el Evangelio de San Lucas nos habla de esa experiencia: un hombre que está ahí enfermo, caído, lo han asaltado y los que tienen fe van pasando delante y no hacen nada; y aquel hombre samaritano que digamos no era amigo de aquel enfermo, ese se detiene, lo recoge, lo cuida, lo lleva para que lo curen. Hermanos, fe con obras. Una fe sin obras es una fe muerta.

Por eso, cuando en este pasaje del Evangelio le preguntan a Jesús: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”. Y Jesús les dice: “Pero ¿qué es lo que está escrito?” Y él contesta porque era un hombre que conocía la Escritura: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo”. Y Jesús le dice: “Conoces la ley, has escuchado, pero ahora cúmplela”.

Yo sólo quisiera terminar esta breve reflexión diciéndote: Aprende a meditar la Palabra de Dios, a leer el Evangelio, a mirar el crucifijo y después date cuenta que todos somos débiles y a veces uno dice: “pero yo qué puedo hacer si soy poca cosa, si no tengo grandes méritos”; pero Jesús dice: “eso poco si me lo das es mucho”. Por eso si sonríes a tu esposa a tus hijos, es mucho; si rezas un Ave María pidiéndole a la Virgen que te ayude a ser bueno, es mucho; si vas a visitar a aquel amigo que tal vez está solo o enfermo, es mucho; si evitas una palabra de crítica, es mucho. Hay tantos ejemplos en que lo poco hecho con amor es mucho.

Por eso hermanos, hoy los invito a que hagamos ese examen: fe con obras, cada día al levantarte y al acostarte unas palabras, unos momentos para escuchar ¿qué quieres Dios de mí? Tú pensará el Cardenal nos habla de Dios, de la fe, y hoy todo el mundo está pendiente de la final de fútbol. Yo también. Pero voy a ver el fútbol acordándome de Dios, dándole gracias por un rato agradable con los amigos, con alegría, es bueno; pero por qué no invitamos a Dios para que junto a nosotros pase ese rato agradable. No tenemos que separar los momentos bonitos de nuestra amistad con Dios; al revés, tenemos que, junto con Él, vivir esos momentos como puede ser el fútbol o como puede ser un amigo, cualquier cosa buena que Dios quiere compartir con sus hijos.

Vamos a pedírselo a la Virgen María. Vamos a pedírselo, especialmente a través de la Virgen del Carmen, que nos ayude a escuchar a su hijo y a tener una fe con obras.

Así sea.

 
 

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