- Miércoles, 14 de julio de 2010 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
Fiesta de San Francisco Solano
Miércoles, 14 de julio de 2010
Basílica Catedral de Lima

Muy queridos hermanos en el Episcopado, saludo a los Ministros Provinciales: Fray Emilio Carpio Ponce, de la Provincia de los Doce Apóstoles del Perú; Fray Mauro Vallejo, de la Provincia Misionera de San Francisco Solano; a todos mis hermanos franciscanos, a toda la familia, religiosas, religiosas, que inspirados en el carisma de San Francisco hoy nos acompañan; a los miembros de las hermandades, de los colegios, y a todos muy queridos hermanos en Cristo Jesús.

Hoy se conmemoran 400 años del paso a la casa del Padre de este ejemplar hijo, de nuestro seráfico padre San Francisco. Es bueno que contemplemos en la presencia de Dios que este carisma, esta gracia, este modo de vida que Dios quiso entregar a este hombre fue un don para la Iglesia, fue un don para todos y para  siempre.

Por eso, al celebrar esta Eucaristía, elevo mi oración de manera especial a la familia franciscana por la gran responsabilidad de custodiar un carisma impresionante, un carisma que aunque son todos muy buenos, ha querido Dios que brinde a la Iglesia  multitud de santos y multitud de conversiones a lo largo de los siglos y en toda la geografía del mundo.

Por eso, estas palabras de la Primera Lectura de Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva!”. Al recordar hoy a San Francisco Solano nos viene a la conciencia, a la mente, a todos y ¿por qué yo no un San Francisco Solano?, ¿por qué ese ardor de este hermano nuestro no puede ser el mío?, ¿por qué esa entrega tan absoluta que iluminó miles y miles de almas, que recorrió miles de kilómetros en todo América, es algo sólo para contemplar en la historia o es algo que le pedimos a San Francisco hoy? Enséñame a recibir ese amor de Dios, que fue el que te llevó a hacer tantas maravillas. La iniciativa fue de Dios, pero tú fuiste generoso, tú correspondiste a esa gracia.

“Señor, auméntame la fe”

Escribe de él Luis Jerónimo de Oré, que recopila testimonios prácticamente de la época. Dice: “Del copioso fruto de su predicación se colige, se concluye, que importa mucho más la santidad y el buen ejemplo del ministro del Evangelio que los muy retóricos predicadores sin virtud.

Hermanos y hermanas, cada uno tenemos que ponernos delante del Señor para decirle: Auméntame la fe, porque de esa unión contigo, Jesús, brotará ese ejemplo y entonces nuestra predicación será con el ejemplo, porque mucha predicación y poca virtud no da frutos.

En la Primera Epístola a los Corintios también hemos leído: “Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero los llamados judíos o griegos, un Mesías que es fuerza de Dios, sabiduría de Dios, pueblo necio de Dios, es más sabio que los hombres, lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

San Francisco Solano, ejemplo de penitencia y oración

Hermanos, al leer la vida de San Francisco Solano descubrimos que fue un hombre muy penitente. No han cambiado los tiempos. ¿Cómo anda ese espíritu de penitencia?, ¿cómo anda ese amor al sacrificio para cumplir la voluntad de Dios?

San Francisco –nos relata Luis Jerónimo de Oré- practicó una penitencia muy generosa y no era un problema de épocas, era tal cual lo hemos leído: escándalo para los judíos. No será esa una lección que el Señor nos quiere recordar hoy porque ese fruto de la virtud brota de abrazarnos a la cruz. Cuesta la puntualidad, la obediencia, cuesta la paciencia, cuesta el buen humor, el levantarse temprano, cuesta; pero son pequeñeces, y por eso nos dice, con tanta serenidad, con tanta paz en el alma: “Ninguna cosa exterior le turbaba, aunque le quisieran hacer agravio. Su conversación era honestísima, sana y muy poca, porque andaba buscando darse a la oración.

“San Francisco es de las almas más agradables que Dios tiene en su Iglesia”, lo escribe en 1675 Fray Jerónimo de Oré. En esos años, en estos barrios limeños, quiso Dios que muchas almas se encendieran en un amor tan grande. Fíjate en estos santos: Santo Toribio de Mogrovejo muere en 1606, nuestro Santo Fray Francisco Solano muere en 1610, cuatro años después; Santa Rosa de Lima, muere en 1617. Son todos contemporáneos, caminan las mismas calles, tienen las mismas costumbres y son de estos barrios.

Por eso, cuando hablamos de santidad, esta no es cuestión de calles, de costumbres ni de tiempos; es ese latir del alma en una sinfonía con Dios, un diálogo, una oración, un amor a la cruz.

Y por supuesto San Martín de Porres, en 1639; San Juan Macías, 1645. Qué grupo de hermanos nuestros, hombres y mujeres, que realmente es, no sólo un privilegio para la Iglesia de Lima, sino una llamada muy grande a la responsabilidad de cada uno. Ya lo decía Juan Pablo II: “La santidad no es para un grupo de genios especiales, para ti y para mí”.

“San Francisco, acompaña a tus hermanos”

Hermanos franciscanos, con orgullo santo y con responsabilidad profunda, Dios ha querido adornar a la orden franciscana con esta corona de la santidad, con esta corona de amor a la Iglesia, con este sendero maravilloso de misioneros. Gracias a ustedes, a sus hermanos mayores, se sembró la fe en nuestras tierras, gracias a ese bendito hábito, todavía nuestros hermanos en toda nuestra geografía, al ver a un fraile franciscano, le late el corazón de gozo, de paz, de agradecimiento.

Le pido a él, San Francisco, acompaña especialmente a tus hermanos, renueva en ellos el espíritu franciscano, anímalos a ser fieles, para que las vocaciones vengan selectas, fieles, abundantes; para que la formación sea serena y profunda y para que nuevamente la Iglesia reluzca con ese esplendor de nuestro Padre, tesoro de la Iglesia, San Francisco.

Por eso, como Pastor de esta Iglesia local, como sucesor de Santo Toribio de Mogrovejo, les digo a todos ustedes con enorme cariño y esperando esa respuesta generosa: "Paz y bien".

Así sea.
 
 

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