- Domingo, 31 de enero de 2010 -

 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani
IV domingo del Tiempo Ordinario
Domingo, 31 de enero de 2010
Basílica Catedral de Lima

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús

Tengo la alegría de estar nuevamente aquí en la Catedral, en esta Santa Misa que es el centro de la vida de la Arquidiócesis, la misa en la Catedral presidida por el Obispo.

Me acompañan miembros de las parroquias de la Vicaría VIII, presidido por su Vicario Episcopal, P. Juan Mendoza, SCV, los saludo a todos, les doy la bienvenida  y les agradezco este unirse al pastor en la misa dominical.

Hoy, estamos recordando la visita de Juan Pablo II al Perú, mañana se conmemora 25 años de su primera visita, 25 años en que el Papa justamente aquí delante de la catedral, se dirigió al todo el pueblo de Lima, especialmente a los sacerdotes.

25º aniversario de primera visita de Juan Pablo II al Perú

Por eso, en este año sacerdotal, en este recuerdo de Juan Pablo II podríamos resumir lo que tanto nos conmovió y lo que tanto nos enseñó ¡Fue muy sencillo! Y es que vimos en él a Cristo que pasaba por nuestro lado. Quien recuerda esos días, le basta tener presente el momento en que pudo estar en una reunión con dos millones en el hipódromo de Monterrico; o pudo estar en las diversas concentraciones en diferentes lugares del Perú. Y al pasar por esas calles poderlo ver. Era esa fe en Cristo que pasaba por nuestro lado.

Digo esto porque creo que es la gran enseñanza que hoy quisiera recordarles. Debemos todos preguntarnos ¿Soy Cristo en mi casa con mis amigos? ¿Cristo, por mi manera de hablar, de comportarme, por mi manera de comprender? ¿Cuando los demás me oyen o me ven sienten la fuerza de ese Cristo vivo? Es el gran desafío de ese siglo XXI: ¡Muéstrame a Cristo! ¡Muéstrame que crees! ¡Muéstrame que amas! ¡Muéstramelo!

Esto hacía Juan Pablo II. Y eso es lo que hoy la Iglesia nos pide a todos. No nos pide cosas extraordinarias, pero sí me dice que si recibes el Cuerpo de Cristo, si Él habita en ti,  ¿No podrías ser más alegre? ¿No podrías dar mejor ejemplo? ¿No podrías ayudar un poco más?

Entonces, nos puede venir a cada uno un pequeño examen, tal vez me ocupo poco de mi relación con Dios, tal vez a lo largo del día, -por ejemplo hoy- le has dicho ya a Jesús ¡hola! Cualquier persona cuando se levanta, se encuentra con un hermano o amigo, hay una frase familiar. Yo te pregunto ¿hoy, has tenido ese encuentro familiar con Jesús? Porque de allí surge todo. ¡Qué ocurriría en tu casa si se encuentran en diferentes momentos y todavía no ha habido ese momento tan sencillo! ¡Estaríamos muy preocupados!

La vida del cristiano tiene que tener esa facilidad ¡Jesús, que yo te vea! ¡Jesús, que yo te ame! Que te vea en mis hijos, en mis hermanos, en mi trabajo, en mi dolor, y que te vea para hablarte y ¡para escucharte!

Seamos testimonio de Cristo

Nos dice san Pablo en esta carta a los Corintios “Ambicionen los carismas mejores”. Es decir, hay que ambicionar esa amistad con Dios, ese momento tan especial en el sacramento de la eucaristía en donde me da ¡a comer!; en el momento de la reconciliación en donde como buen padre, buen médico, ¡me cura!

Allí arranca todo el misterio de la vida de los santos. Juan Pablo II rezaba, levantaba su corazón a Dios, aprovechaba cada minuto libre para coger su rosario y rezar. Por eso cuando te veía, te amaba; se alegraba. Y cuando tú lo veías a él ¡veías a Cristo que pasa!, porque él estaba en Cristo.

Hermanos, esta doctrina requiere de la experiencia, esforcémonos para que al levantarnos en la mañana pueda haber ese ¡Hola!, ese ¡Buenos días, Jesús! Y al acabar el día, ese despedir ¡Gracias! ¡Hasta mañana!, ¡como en una casa común y corriente! Si ese propósito pequeño se pone en práctica, nuestra vida estará llena de Jesús.

Y entonces, si podemos decir con san Pablo “Ya podría yo repartir limosnas, ya podría ser un profeta, conocer todos los secretos, si no tengo amor, de nada sirve”. Y es que el amor viene ¡de Jesús! La iniciativa es de Él, no es que yo fabrique el amor, es que al tener con Él esa relación, esa amistad, ese saludo, ¡Él pone en mi alma el verdadero amor! El amor que se entrega, el amor que se preocupa de los demás, como lo dice san Pablo “El amor es paciente, no tiene envidia, no presume, no es maleducado, se alegra, goza con la verdad, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites. El amor no pasa nunca”

Hermanos, no es que se pongan a pensar ¿Cómo hago? ¿Qué estrategia? ¿De qué manera? Toma una decisión, ten una relación con Jesús más intensa desde que te levantas hasta que te acuestas; procura ver en todos ¡a Cristo! Verás cómo cambias, tus sentimientos pasan a ser lo de ese amor que nos dice san Pablo.

Cuando uno vive así, vive en paz, vive sereno. En cambio al mundo de hoy lo veo lleno de movimiento, ¡mucho activismo, mucho ruido! Pero ¡Falta paz! ¡Falta serenidad! ¡Falta amor!

Procura buscar en esta semana a Jesús, a lo largo del día, aunque sean instantes; y lo mejor de todo, si puedes acercarte a recibir la Eucaristía, a recibir la Confesión; o si puedes coger el Rosario, ir lentamente con María, acompañando a Jesús. Te aseguro que de esa manera tendrás una cercanía, una amistad con Dios ¡Que no cansa! ¡Que no aburre! ¡Que da mucho fruto!

Hoy también quería recordar a nuestra madre la Virgen, que en estos días celebra la fiesta de la Virgen de la Candelaria, especialmente en la parte del Sur Andino de gran devoción. A Ella le pedimos que en estos días que nuestros hermanos están pasando  por momentos difíciles por las lluvias, por esos fenómenos naturales ¡Madre mía, que tengan lo más grande, tu compañía, tu ayuda! Y que a todos los demás nos muevas para ayudarlos.

De esa manera no nos quedaremos solo en el ruido de los periódicos y de la televisión, que parece nos quiere mostrar todo lo negativo. Cuando veas esas escenas levanta tu corazón a María, ¡María, apiádate de ellos! ¡Ayúdalos! Que todos nos acerquemos para tratar de consolarlos, apoyarlos.

Hermanos, estaremos recordando con gozo estos días cuando el Papa estuvo en el Perú ¡Qué gran hombre! Va camino a la santidad. Lo veíamos, no estaba en las nubes, estaba como nosotros, alegre, entusiasta, animando, trabajando, ¡sufriendo!

Todo esto les deseo hoy al empezar el mes de febrero: Más amor a Jesús, aspirar a ese amor que viene de Él y transmitirlo a los demás. También pedimos oraciones especiales por nuestros hermanos que en estos días están sufriendo las inclemencias del tiempo, pero sobre todo para que el Señor les de esperanza, paz, serenidad, por nuestros hermanos de Haití.

Esa es la vida humana, unos rezamos por otros, de esa manera viviremos con el gozo, con la paz, con la esperanza. El Señor los bendiga a todos, especialmente a nuestros hermanos de la Vicaría VIII, y no olvidemos, le pedimos al Señor ¡vocaciones!, para que la Iglesia tenga ¡más apóstoles!, y así podamos recordar a Cristo que pasa.
 
 

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