Iniciamos en esta Eucaristía las celebraciones por el próximo cuarto centenario del ingreso en la patria celestial de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, II Arzobispo de Lima y Patrono del Episcopado Latinoamericano.
“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”
(Mt 28)
Fue un Jueves Santo de 1606 que, informado de la enfermedad mortal que padecía, el Santo Arzobispo de Lima, a 590 kilómetros de su sede, a causa de la Visita Pastoral que realizaba entonces, con sus ojos llenos de luz exclamó: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!». Y luego de recibir la Unción de los enfermos, en Jueves Santo, día de su muerte, pide al prior agustino que tañese el arpa y rezó: «A ti, Señor, me acojo…En tus manos encomiendo mi espíritu». Fue la del Arzobispo Toribio Alfonso de Mogrovejo una muerte santa, como santa fue toda su vida, como santo fue el modo de ejercer su ministerio episcopal. ¡Cómo late el corazón con fuerza al recordar a nuestro amadísimo Juan Pablo II!
Santo Toribio de Mogrovejo fue muy consciente de que el ministerio pastoral sólo tiene sentido si se vive en santidad y promueve santidad: fue una evangelización para la santidad.
Contemplar la figura de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo es contemplar la figura de un Obispo que se entrega con exuberante generosidad a su ministerio sin importarle las dificultades e inconvenientes que pueda encontrar. Puede surgir entonces la legítima interrogante ¿Cuál es la fuente de tan eximia santidad vivida a través del ministerio pastoral? ¿Cuál fue el secreto de la santidad de Santo Toribio de Mogrovejo?
El secreto de la santidad de Toribio como la de cualquier santo, fue su cercanía con Dios, su fidelidad a la oración, elemento fundamental de su ministerio apostólico. Y es que en la vida espiritual se progresa en la medida que se reza. Impresiona leer a los biógrafos del Santo Arzobispo cuando cuentan su horario cotidiano:
Se levantaba a las seis de la mañana, sin que a vestirle y calzarle asistiesen mozos o ministros de cámara porque su honestidad no se sujetó jamás a estilos de palacio, ni circunstancias de grandeza.
Decía sus devociones primero, y después en su humilde aposento, rezaba las Horas canónicas. Satisfecha esta obligación, bajaba por camino reservado de la casa arzobispal a la Catedral, donde celebraba la Misa, “con tanta devoción y ternura, como pide aquel divino misterio”.
Acabado el santo sacrificio discurría por todo el templo y sacristía, haciendo de rodillas oración en cada uno de sus altares (…) Hechas estas piadosas visitas se volvía alegre a su palacio, sin permitir que ningún ministro de la Iglesia le acompañase, y entrando en su oratorio, puesto de rodillas, empleaba dos horas en oración mental (…) En anocheciendo, se recogía a su oratorio, donde hasta las ocho, “se suspendía en contemplaciones celestiales de la divina bondad”.
Después salía fuera, y junto con sus capellanes rezaba con atenta y devota pausa y reverencia, a coros, los Maitines. En acabando el oficio se iba a cenar, y abreviando su cena con una ligera colación de pan y agua, volvía a su cuarto, en el cual, decía el oficio parvo de Nuestra Señora, el de los Difuntos y otras devociones particulares1.
Nos recordaba en Lima Juan Pablo II: que “la primera evangelización germinó haciendo de la fe el sustrato del alma latinoamericana (cf. Puebla, 412).
El amor de Cristo le urgía a una insaciable sed de salvación de las almas. Prueba de este deseo de comunicar la vida en Cristo son sus visitas pastorales, La complejidad del territorio hizo que emplease más de seis años en su primera visita; más de tres años en la segunda; y un año, dos meses y once días en la tercera, durante la cual entregó su alma al Señor. Él mismo escribe al papa Clemente VIII acerca de sus visitas pastorales:
Después que vine de España a este Arzobispado de los Reyes, por el año de ochenta y uno, he visitado por mi persona y estando legítimamente impedido por mis Visitadores, muchas y diversas veces el Distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando lo que ha parecido convenir, y predicando los Domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua, y confirmando mucho número de gente…y andando y caminando más de cinco mil y doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos, y ríos, rompiendo por todas las dificultades, y careciendo de todo2.
Pero no sólo las Visitas Pastorales testimonian la sed de almas del Santo Arzobispo, sino también su interés por cumplir cabalmente el ministerio de la Palabra. La preocupación del Santo por instruir a aquellos que le fueron confiados es muestra de su interés por el bien espiritual de los suyos. Cabe destacar la publicación, bajo el gobierno del Santo Arzobispo, del catecismo trilingüe: castellano, quechua y aymara, así todos los fieles podrían conocer los fundamentos de la fe cristiana.
El amor por los necesitados fue también un rasgo característico de la fisonomía espiritual del Apóstol del Perú. Este amor por los pobres se hacía patente en los innumerables gestos realizados por el Santo, que van desde el trato afable que brinda a los indios y a los necesitados, pasando por la entrega a los pobres de los bienes que podía percibir llegando hasta la donación de sus propios vestidos y enseres domésticos.
Los Concilios y Sínodos celebrados por Santo Toribio muestran su afán de cooperar con el Espíritu Santo en su misión de gobierno episcopal. Especialmente importante fue el célebre III Concilio Limense orientado a aplicar las directrices emanadas del Tridentino. Baste recordar que el célebre Tercer Concilio Limense, aprobado por San Pío V rigió la vida de muchas jurisdicciones eclesiásticas del Nuevo Mundo, más concretamente cuatro arzobispados y diecisiete obispados, desde fines del siglo XVI hasta finales del siglo XIX, cuando tiene lugar en Roma el Concilio Plenario Latinoamericano.
En Santo Toribio reforzamos nuestra convicción de que el tiempo entregado a Dios es garantía de una fiel entrega al cumplimiento de los propios deberes y al servicio fraterno. En este santo obispo se descubre que “Una oración intensa no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios3.
En la oración, Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo comprendió que «una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está»4. Él comprendió el ministerio pastoral como lo concibe nuestro amado Papa Benedicto XVI, -lo recordamos en esta Eucaristía de manera muy especial - quien en la Misa de Inauguración de su Ministerio Petrino decía:
“Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento […] La tarea del pastor, de pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo5.
Que Santo Toribio de Mogrovejo sea nuestro modelo en el ejercicio del ministerio y nuestro intercesor ante Dios para que podamos estar siempre a la altura de lo que Dios espera de nosotros y de lo que la Iglesia necesita. Nos recordaba en Lima Juan Pablo II: que “la primera evangelización germinó haciendo de la fe el sustrato del alma latinoamericana (cf. Puebla, 412).
Imploramos junto a Santa María, Nuestra Señora de la Evangelización, que sepamos infundir al mundo de hoy signos de esperanza que se reflejen en la preocupación por el aumento y formación de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa.
+ JUAN LUIS CARDENAL CIPRIANI THORNE
Arzobispo de Lima y Primado del Perú
Notas:
1. C. García Irigoyen, Santo Toribio, Lima 1906, 20-22.
2. Relación al Papa Clemente VIII, en C. García Irigoyen, Santo Toribio, T. I., 289-290.
3. Juan Pablo II, Novo Millenio ineunte, 33.
4. S.S. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del Ministerio Petrino, 24-IV-2005.
5. S.S. Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del Ministerio Petrino, 24-IV-2.