¿Qué nos enseña Santo Toribio de Mogrovejo a los Obispos de América Latina hoy?



Conferencia dictada por el Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo y Primado de América, en el Congreso Académico Internacional. Lima 24-28 de Abril 2006.

El día 10 de Mayo de 1983, Su Santidad Juan Pablo II, mediante una Bula, declaró y confirmó a Santo Toribio de Mogrovejo Patrono ante Dios de los Obispos de América Latina, otorgándole todos los derechos y privilegios litúrgicos concedidos según las rúbricas, confiando, añadía el Santo Padre, que así como este Santo es para ellos intercesor de gracias del cielo, sean los Obispos imitadores de su ejemplo en el ministerio pastoral.

Creo que, al concluirse las celebraciones del IV Centenario de su tránsito al cielo, conviene que los Obispos latinoamericanos de hoy volvamos nuestra mirada a este hombre excepcional, santo y sabio, celosísimo pastor y admirable maestro, para ver qué nos dice y enseña su vida ejemplar, por la cual damos gracias al Señor. Fue mucho lo que significó su paso por estas vastísimas tierras de nuestro amado Continente.

A propósito del ministerio episcopal, el Concilio Vaticano II nos recuerda que la misión confiada por Cristo a los Apóstoles, ha de durar hasta el fin del mundo (Cf. Mt. 28, 20), puesto que el Evangelio que ellos debían propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida de la Iglesia. Por esto los Apóstoles se cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada.

Y más adelante el mismo Concilio enseña que “entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados Obispos, por una sucesión que se remonta a los mismos orígenes, conservan la semilla apostólica”.

Los Obispos, en cuanto sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el Evangelio a toda creatura, a fin de que todos los hombres consigan la salvación por medio de la fe, del bautismo y del cumplimiento a los mandamientos.

Y sabemos que el Señor prometió a los Apóstoles el Espíritu Santo y lo envió sobre ellos el día de Pentecostés, para que con su virtud, fuesen sus testigos hasta los confines del mundo ante las gentes, los pueblos y los reyes (Cfr. Hechos 1, 8; 2, 1ss; 9, 15).

Si estudiamos la historia bimilenaria de la Iglesia nos encontramos con que, a pesar de las innumerables persecuciones y vicisitudes sufridas, jamás han faltado a la misma Iglesia los pastores que la conduzcan, muchísimas veces en medio de graves dificultades como hemos podido escuchar hace pocos años a heroicos testigos que vivieron las despiadadas y oprobiosas dictaduras comunistas y otras intolerancias de diverso cuño, igual que conmueve leer las Actas de los Mártires de los primeros siglos, entre los cuales se destacan los Padres Apostólicos o sea los discípulos inmediatos de los Apóstoles y quienes les sucedieron en el gobierno y pastoreo de la Iglesia en los siglos posteriores.

Sería interesante fijarnos en las figuras egregias de San Alberto Magno y San Buenaventura, por mencionar sólo dos de la época medieval, quienes supieron unir a su extraordinaria sabiduría, santidad de vida y capacidad pastoral cuando la Iglesia, a pesar de sus reservas personales, les confió esas tareas. Pero prefiero que pasemos al tiempo en que la Iglesia se establece en nuestro Continente.

La Providencia divina quiso que a las tierras, con cuyos habitantes se encontraron los colonizadores europeos en el siglo XVI, viniesen hombres de gran talla humana, intelectual y espiritual.

Permítanme comenzar por la pequeña isla de donde vengo. A finales del siglo XV llegaron los hijos de San Francisco y en 1510 empezaron a venir desde España los Dominicos con Fray Pedro de Córdoba a la cabeza, primer Prior allá de esta venerable Orden, quien a pesar de su juventud, apenas 28 años tenía cuando lo destinaron a Santo Domingo, dio muestras sobradas de preparación académica, pobreza y austeridad personal, santidad de vida, dotes de gobierno y amor a la vida conventual. Puede decirse que estos virtuosos Frailes sentaron las bases para que la Iglesia se estableciera en nuestras tierras.

De hecho, al año siguiente, el 5 de agosto de 1511, el Papa Julio II decidió establecer las tres primeras Diócesis del Nuevo Mundo: Santo Domingo y Concepción de La Vega en la isla Española, y San Juan en la isla de Puerto Rico. Las tres, al igual que todas las demás erigidas en el Continente hasta 1546, pasaron a ser sufragáneas de Sevilla.

Sabemos, en efecto, que el Papa Paulo III (Alessandro Farnese), mediante la Bula “Super universas orbis Ecclesias” del 12 de Febrero de 1546, elevó a la dignidad de Metropolitanas las Sedes episcopales (en orden de antigüedad por su creación) de Santo Domingo, México y Lima.

Esto significa que nuestras Iglesias quedaron vinculadas históricamente desde hace 460 años, razón adicional para que haya venido a Lima con mayor satisfacción personal y profunda gratitud al Santo Padre Benedicto XVI, quien se dignó nombrarme Su Enviado Extraordinario para honrar junto con esta ilustre Arquidiócesis y demás Iglesias del Perú y sus Pastores al que fuera segundo Arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, después de la muerte de su primer Arzobispo Fray Jerónimo de Loaysa en 1575.

¿Quién fue Toribio de Mogrovejo? Los Mogrovejo eran estirpe de escudo y blasón. Su nobleza estaba vinculada como tantas otras a un lugar prócer, Mogrovejo, asentado en la ladera de los riscosos Picos de Europa, en el camino militar que desciende de Covadonga a tierras castellanas.

Covadonga, como se sabe, fue la cuna de la reconquista Española y toda Asturias lleva en su sangre el espíritu indómito y bravío de Pelayo.

Los blasones les venían a los Mogrovejo de las armas y de su lealtad a su señor, el Rey.

Concluida la reconquista y recogidas las armas, los Mogrovejo sobresalieron en el Derecho, fue una familia de grandes juristas.
En ese entorno nace Toribio el 16 de Noviembre de 1538. A los doce años lo encontramos en Valladolid donde obtendría el título de bachiller en ambos derechos, civil y eclesiástico.

En esa Ciudad vivía un tío suyo Don Juan de Mogrovejo muy buen jurista y eminente catedrático. Con tan buen tutor, el joven da la talla y el tío no duda en llevárselo con él a la aureolada Universidad de Coimbra al ser requerido por esta Universidad. Posteriormente pasaría con su tío a la Universidad de Salamanca donde obtiene el doctorado a los 33 años de edad, en 1571.

Consciente de su capacidad y valer Felipe II le designa al conflictivo Tribunal de la Inquisición en Granada, del que muy pronto sería Presidente.

Pero los planes del Señor eran otros. Al quedar vacante la heráldica sede de Lima, la Ciudad de los Reyes, y consciente Felipe II de las dificultades de esta lejana Sede, quiso tener una entrevista con Toribio. Ambos quedaron prendados mutuamente.

El eminente jurista jamás olvidaría la silueta de aquel Rey tan singular, mezcla de soberano y de monje, distante y familiar, que hablaba como un Rey y escuchaba como un confesor.

Después de ese encuentro Felipe II no tuvo duda de que Toribio era el hombre indicado para ocupar la sede limeña.

Así que tuvo que acelerar los pasos porque el virtuoso jurista no había recibido ninguna de las Ordenes, ni el subdiaconado ni el Diaconado y menos el Presbiterado y el Episcopado.

Fue ordenado sacerdote y poco después Obispo en Sevilla, antesala de América. De allí partiría rumbo a Cartagena de Indias donde llega en diciembre de 1580. Seguiría su viaje a lomo de mulo para Panamá y finalmente por mar hasta Paita en el norte del Perú, de donde continuaría por tierra hasta Lima.

Aquí fue recibido por el Virrey del Perú Don Martín Enríquez de Almansa con gran expectativa.
En Lima impresionó a todos desde el primer momento su figura y estilo. Enjuto, bastante pálido, de rasgos firmes y nariz aguileña, tenía aire aristocrático y aplomo de sabio, pero lo que se transparentaba verdaderamente en su mirada era espiritualidad y bondad.

Ha llegado el momento de que, como dije al comienzo, nos preguntemos qué nos enseña este pastor excepcional a los Obispos de hoy en esta América Latina que tanto se benefició de su santa vida y testimonio.

1.- La primera enseñanza que percibo es la clara conciencia de la responsabilidad asumida cuando la Iglesia le confió su difícil misión.

Como hombre de Dios y muy prudente había presentado con humildad sus limitaciones para aceptar el cargo por no proceder, como se ha dicho, del mundo propiamente eclesiástico, aunque había estado muy cerca de su tío el canónigo Juan de Mogrovejo.

Pero una vez que descubrió que esa era la voluntad del Señor la aceptó con total disponibilidad y se entregó al ejercicio de su ministerio sin reservas hasta el momento de su santa muerte.

2.- Algo que salta a la vista desde el principio de su ministerio es el intenso amor que demostró por su pueblo y particularmente por los indígenas que eran la mayor parte de la población. Siempre he creído que es la primera condición para garantizar el éxito pastoral.

Santo Toribio amó entrañablemente a las personas que la Iglesia le confió y fue entregando paulatinamente su vida por ellas.

Este amor por su rebaño le llevó a recorrer varias veces el inmenso territorio de su Iglesia, como él mismo lo informa al Papa Clemente VIII: “Después que vine a este Arzobispado de Los Reyes de España, por el año de ochenta y uno, he visitado, por mi propia persona, y estando legítimamente impedido por mis visitadores, muchas y diversas veces, el distrito, conociendo y apacentando mis ovejas, corrigiendo y remediando, lo que ha parecido convenir, y predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua, y confirmando mucho número de gente, que han sido más de seiscientas mil ánimas a lo que entiendo y ha parecido, y andando y caminando más de cinco mil doscientas leguas, muchas veces a pie, por caminos muy fragosos y ríos, rompiendo por todas las dificultades, y careciendo algunas veces yo y la familia, de cama y comida, entrando a partes remotas de indios cristianos, que, de ordinario traen guerra con los infieles, a donde ningún Prelado ni visitador había entrado”.

Es un párrafo de por sí elocuentísimo que confirma su amor y solicitud pastoral por su rebaño. Habla de sus reiteradas visitas por sí mismo o por medio de visitadores, con la finalidad de conocer y apacentar a sus ovejas, corrigiendo y remediando lo que consideraba que debía ser corregido y remediado, predicando los domingos y fiestas a los indios y españoles, a cada uno en su lengua, dominaba el quechua y el aymara y conocía otros dialectos.

A propósito de estas intensas jornadas pastorales y evangelizadoras de nuestro Santo he pensado en la Nueva Evangelización tantas veces propuestas a nuestra América Latina por Juan Pablo II a partir de marzo de 1983 en una Asamblea del CELAM en Puerto Príncipe.

Pero ya Santo Toribio nos dejó un admirable ejemplo de lo que debe pretender todo auténtico evangelizador: dejar plantada la fe en la nueva Iglesia, asentada la forma de su gobierno espiritual con santas y adecuadas leyes.

Su celo evangelizador lo vivió como acaba de verse, en sus inagotables caminatas apostólicas.

Pero, además, “los santos Obispos de todas las épocas por la inspiración del Espíritu Santo, han sabido dirigirse a sus fieles y expresarles con novedad la verdad de Jesucristo y de su Iglesia”.

Santo Toribio trajo al Perú los vientos nuevos del Concilio de Trento, que fue la auténtica reforma de la Iglesia ante las pretensiones desproporcionadas de Lutero y sus secuaces.

Juan Pablo II habló también de la novedad en los métodos evangelizadores, pero ya antes Pablo VI había dicho en “Evangelii nuntiandi” que a los “Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente el deber de descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al contenido, las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo” (No. 40).

Santo Toribio hizo uso, para ello, de los Sínodos limenses y los Concilios provinciales, como veremos en seguida, en respuesta al Concilio de Trento, la formación del Clero y la catequesis en los idiomas nativos.

Una de las preocupaciones más intensas del Santo Arzobispo era proveer auténticos pastores de almas para los españoles, mestizos e indios. Propugnó que sacerdotes y doctrineros predicaran en quechua y aymara, las principales lenguas del Virreynato. Así lo mandaba el tercer Concilio límense: “En cuanto pudiere ser, débense procurar para las doctrinas personas que sepan su lengua, y para que todos la aprendan es justo animarlos con premios de honras y ventajas. Pero, cuando no se hallaren personas diestras en la lengua, no por eso se ha de dejar de enviar algún sacerdote para Doctrina de indios, con tal que sea persona de buena vida, porque en caso de que se haya de escoger uno de dos, más importa (sin duda alguna) enviar persona que viva bien que no persona que hable bien, pues edifica mucho más el buen ejemplo que las buenas palabras” (Segunda Acción, Cap. 40).

Esta preocupación del Santo Arzobispo, se vio recompensada con la fundación del Seminario Conciliar, que en ese entonces se llamó Santo Toribio de Astorga, iniciativa que estaba destinada a perdurar y dar copiosos frutos con santos y doctos sacerdotes y obispos, muchos de los cuales desempeñaron su ministerio sacerdotal en lejanas tierras como México y Tucumán.

El Catecismo trilingüe fue otra de las armas evangelizadoras de que se valió Santo Toribio. Se buscó unificar la doctrina, la cartilla y el idioma, pues era necesario un catecismo único en castellano y en las dos lenguas vernáculas más difundidas, el quechua y el aymara. Esta obra se tituló Doctrina cristiana y catecismo para instrucción de indios, y fue el primer libro impreso en Perú y por el que se instruirían por largo tiempo españoles, mestizos, indios y negros de América.

Otra constante de su acción evangelizadora fue mostrar la otra cara del amor de Dios: el amor por el prójimo al estilo de Cristo. Su corazón de pastor albergaba a todas las personas, sin embargo, fue notorio su amor preferencial por los indios, a quienes socorría en sus necesidades espirituales y materiales: “Predicando a una a los indios por su propia persona y socorriéndolos en sus necesidades y enfermedades a todos los pobres, dándoles largas limosnas, gastando en esto toda su renta con tanto desinterés que no sabía qué cosa era dinero ni codicia hasta quitar de su propia persona y casa lo necesario” (Actas/Procesos, 1631, No. 3); y Don Juan de Ampuero, vecino de Lima, decía: “Consolaba a todos los pobres con tanta caridad y amor que parecía que se le iba el alma por un pobre” (Actas/Procesos, 1631, f. 346 r).

3.- Acabado modelo de buen Pastor.

Cuando el Consejo de Indias de 1578 pidió a Felipe II un nuevo pastor para la Ciudad de los Reyes, lo definió con estas palabras: “Un Prelado de buen cabalgar, no esquivo a la aventura misional, no menos misionero que gobernante, más jurista que teólogo, y de pulso firme para el timón de nave difícil, a quien no faltase el espíritu combativo en aquella tierra de águilas”.

Sobre su faceta de organizador, el Dr. José Agustín de la Puente destacó en Santo Toribio lo siguiente: “La mejor organización de la vida de la Iglesia, el conocimiento de la realidad del Perú, la permanente preocupación por la evangelización del hombre andino, la enseñanza de su vida ejemplar, son algunos de los planos que nos permiten descubrir el vínculo profundo en Toribio de Mogrovejo y el Perú. Es el gran educador del hombre de la sociedad (peruana) ... La obra de gobierno de Toribio de Mogrovejo, la afirmación y defensa de sus derechos y obligaciones, su apostolado con los indios y de defensa del hombre nativo como persona humana que es, todo esto es posible, como el esfuerzo singular de las “visitas”, por la calidad humana y la santidad de vida del Arzobispo de Lima. Toda su obra muestra y es fruto de su vida y de su virtud. Austero, alegre, sobrio, caritativo, penitente, cumplidor minucioso del deber, generoso, ganaba el corazón de los hombres y comunicaba el amor a Dios” (Santo Toribio y la formación del Perú en la Historia de la Evangelización de América, Pontificia Comisión para América Latina, Ciudad del Vaticano, 1992, Págs. 831-840).

4.- Concilios y Sínodos.

Como se ha dicho antes, entre las múltiples actividades pastorales promovidas por Santo Toribio de Mogrovejo deben destacarse los conocidos tres Concilios Limenses (el III Concilio Limense (1582-1583), el IV Concilio Limense (1591) y el V Concilio Límense (1601), también convocó 13 Sínodos (entre 1582 y 1604).
“Su formación jurídica, rectitud de vida y su celo por aplicar la reforma tridentina quedarán plasmadas en estos documentos. Con un lenguaje en ocasiones gráfico y pintoresco, grave y solemne en otras, dramatiza en el más elegante y castizo castellano la polícroma realidad indiana, en la que caben la ambición y la debilidad, la exigencia con la comprensión, alentando en todo momento un deseo manifiesto de mejorar al indio”.

De ellos pudo decir V.R. Valencia que: “son la Pastoral moderna de Trento aplicada escrupulosamente como una proyección fiel, a la Iglesia americana en formación. Y el más avanzado código social, aun en sus aspectos laborales, que conocemos de esos siglos”.

Su fin primordial será la construcción de lo que Santo Toribio denominó “la nueva cristiandad de las Indias”. De su importancia da fe la vigencia mantenida hasta el Concilio Plenario de América Latina, celebrado en Roma en el año 1899, tres siglos más tarde.

5.- El testimonio de Santo Toribio y la vocación a la santidad episcopal hoy.

Debo confesarles que revisando el material que me entregó el Señor Cardenal Juan Luis Cipriani y otro que me envió su Obispo Auxiliar Mons. José Antonio Eguren he quedado muy impresionado con la polifacética personalidad de nuestro Santo y puedo asegurarles que, si bien conocía algo de su santa e intensa vida, es ahora cuando he podido conocerlo y quiero junto con ustedes dar gracias al Señor por haber regalado al Perú y a toda América tan Santo y egregio Pastor.

Leyendo su incomparable testimonio de santidad, he querido ver lo que dice el Santo Padre Juan Pablo II en el capítulo II de la hermosa Exhortación apostólica “Pastores gregis” del 16 de Octubre del año 2003, a propósito de la vida espiritual del Obispo, porque sin mucho esfuerzo vamos a encontrar que la vida de Santo Toribio es un fiel reflejo de cuanto aquí se afirma.

a) El Obispo, dice el Papa, está llamado a santificarse y a santificar sobre todo en el ejercicio de su ministerio, visto como la imitación de la caridad del Buen Pastor, teniendo como principio unificador la contemplación del rostro de Cristo y el anuncio del Evangelio de la salvación, y más adelante afirma que la espiritualidad del Obispo es una espiritualidad eclesial, porque todo en su vida se orienta a la edificación amorosa de la Santa Iglesia.

A este propósito Juan Pablo II considera que la figura de Moisés parece particularmente idónea para ilustrar la semblanza del Obispo como amigo de Dios, pastor y guía del pueblo y en él puede encontrar inspiración para su ser y actuar como pastor, elegido y enviado por el Señor, valiente al conducir su pueblo hacia la tierra prometida, intérprete fiel de la palabra y de la ley del Dios vivo, mediador de la alianza, ferviente y confiado en la oración en favor de su gente.

Como Moisés, que tras el coloquio con Dios en la montaña santa volvió a su pueblo con el rostro radiante (Cfr. Exodo 34, 29-30), el Obispo podrá también llevar a sus hermanos los signos de ser su padre, hermano y amigo sólo si ha entrado en la nube oscura y luminosa del misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

b) Igualmente, sólo cuando camina en la presencia del Señor, el Obispo puede considerarse verdaderamente ministro de la comunión y de la esperanza para el pueblo santo de Dios. En efecto, no es posible estar al servicio de los hombres sin ser antes “siervo de Dios”. Y no se puede ser siervo de Dios si antes no se es “hombre de Dios”.

Santo Toribio encarnó la figura ideal del Obispo y así lo afirmaron muchos que le conocieron de cerca: “Se le veía siempre con rostro risueño y alegre, y que con ser hombre de edad, parecía un mozo en su agilidad y color de rostro. De su presencia apacible fluía con autoridad un espíritu bueno, pues no parecía hombre humano, parecía una cosa divina, de manera que era un “sermón” solamente verle. Muy afable, muy cortés, muy tratable, no sólo con la gente española, sino con los indios y negros, sin que haya persona que pueda decir que le dijese palabra injuriosa ni descompuesta”.

La espiritualidad del Obispo debe ser, además, una espiritualidad de comunión, vivida en sintonía con los demás bautizados, hijos, igual que él, del único Padre del cielo y de la única Madre sobre la tierra, la Santa Iglesia.

c) Como todos los creyentes en Cristo, el Obispo necesita alimentar su vida espiritual con el pan de vida de la santa Eucaristía, alimento de vida eterna.

Dice Juan Pablo II que así como el misterio pascual es el centro de la vida y misión del Buen Pastor, la Eucaristía es el centro de la vida y misión del Obispo, como la de todo sacerdote.

El Obispo muestra además su amor a la Eucaristía cuando, durante el día, dedica largos ratos de su tiempo a la adoración ante el Sagrario. Entonces abre su alma al Señor para impregnarse totalmente y configurarse por la caridad derramada en la cruz por el gran Pastor de las ovejas, que dio su sangre por ellas al entregar la propia vida. A Él eleva también su oración, intercediendo por las ovejas que le han sido confiadas.

“La Iglesia vive de la Eucaristía” fue la feliz consigna que nos dejó el inolvidable Papa Juan Pablo II. Esta verdad que la Iglesia siempre ha vivido y que expresa el núcleo de su misterio, fue también para Santo Toribio la fuente de su vida cristiana y el motor de su largo ministerio episcopal. Hoy, a cuatro siglos de su paso por este mundo, los esfuerzos del Santo Arzobispo se notan en cada templo y poblado del territorio peruano, donde la devoción a la Eucaristía y a la Virgen son los medios que acrecientan y alimentan su fe y esperanza y, sobre todo, lo que enciende sus corazones de caridad.

Las enseñanzas básicas del Concilio tridentino, memorizadas en su mayoría por Santo Toribio, iluminaron su ministerio episcopal, y bajo la acción de su incansable apostolado, calaron hondamente en el corazón de sus fieles, sembrando en ellos el asombro y la gratitud por la Eucaristía.

El franciscano P. Dionisio de Oré, atestiguó: “Se sabe que el Santo Arzobispo fue devotísimo del Santísimo Sacramento y procuraba que en las doctrinas de los indios se pusiese sagrario para que se le diese el viático a los indios y comulgasen en Pascua de Resurrección. También este testigo afirmó que ante el argumento de hallarlos incapaces de entender lo que es recibir la sagrada Comunión, el Santo respondía: háganles capaces los curas instruyéndoles toda la Cuaresma para que puedan entenderlo” (Actas/Proceso de Beatificación, f. 491).
d) El Obispo está llamado a la santidad por el nuevo título que deriva del Orden sagrado. Por tanto, vive de fe, esperanza y caridad en cuanto es ministro de la palabra del Señor, de la santificación y del progreso espiritual del Pueblo de Dios.

Debe ser Santo porque tiene que servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía. Y, en cuanto tal, debe amar también profunda e intensamente a la Iglesia.

Toribio de Mogrovejo, consciente del don recibido en su Ordenación episcopal, cooperó con su valiente y abnegado amor pastoral a su propia santidad y a la de sus fieles cristianos; tenía clavado en el corazón que cuando uno se propone buscar a Dios, encontrarle, seguirle y amarle, como dice el Apóstol San Pablo, el tiempo es corto.

Santo Toribio, nuestro padre santo, como lo llamaban cariñosamente los indios, que lloraban cuan él se despedía de ellos bendiciéndolos, es, para el Perú y para toda la Iglesia, el Obispo iluminado por la luz de la Trinidad, el signo de la bondad misericordiosa del Padre, la imagen viva de la caridad del Hijo, el hombre transparente del Espíritu, consagrado y enviado para conducir al Pueblo de Dios que en el tiempo peregrina hacia la eternidad. (Cfr. Exhortación postsinodal “Pastores gregis”, No. 12). Es el cristiano que no buscó su propia felicidad, sino que, alcanzado por la luz de Cristo, entregó su vida en servicio de los demás, indicándonos de este modo la vía para ser felices y ser personas verdaderamente humanas. (Benedicto XVI, Homilía a los jóvenes, XX Jornada Mundial de la Juventud. 20 de agosto 2005).

e) Señala también el Papa cómo la presencia maternal de María debe ser un apoyo para la vida espiritual del Obispo.

La Santa Madre de Dios debe ser para el Obispo maestra en escuchar y cumplir prontamente la Palabra de Dios, en ser discípulo fiel del único Maestro, en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la ardiente caridad.

Como María, “memoria” de la encarnación del Verbo en la primera comunidad cristiana, el Obispo ha de ser custodio y transmisor de la Tradición viva de la Iglesia, en comunión con los demás Obispos, unidos bajo la autoridad del sucesor de Pedro.

Santo Toribio fue un auténtico hijo de Santa María. Su vida fue fiel retrato de la vida de la Madre del Salvador, primera discípula y evangelizadora. Siempre reconoció en Ella a la Madre de la Esperanza y a la Estrella de la Evangelización. Fue en su compañía donde aprendió a configurarse con Cristo y hacerse totalmente disponible para el servicio evangelizador.

Hizo suyo el fiat de María. Desde su temprana juventud, Santo Toribio comprendió que sólo se puede avanzar a la santidad por los caminos que pone por delante el Plan de Dios. Fue por ello que aprendió en la escuela de Santa María a decir siempre “sí” a la voluntad de Dios en su vida. Esto lo preparó para la misión que el Señor le tenía señalada.

Como María acogió y anunció la Palabra de Dios. Santo Toribio supo ver en María a la más perfecta discípula y a la primera que habiéndose encontrado con Cristo al acogerlo en su seno se lanzó ardiente de amor a comunicar la Buena Nueva.

Su devoción mariana lo ayudó a perseverar en la comunión de la Iglesia. A ejemplo de la Iglesia naciente que perseveraba unida en la oración en torno a María la Madre de Jesús, la devoción mariana ayudó a Santo Toribio a ejercer su ministerio episcopal como fiel hijo de la Iglesia.

Finalmente veló por la piedad mariana de su pueblo. La piedad filial a la Virgen María es camino seguro para la plena conformación con Cristo. Por ello la misión del Obispo es la de alimentar y propagar la piedad mariana, tanto personal como comunitaria con los ejercicios piadosos aprobados y recomendados por la Iglesia, especialmente con el rezo de ese compendio del Evangelio que es el Santo Rosario.

f) Entre esos recursos de la vida espiritual del Obispo no puede faltar una referencia a la Palabra de Dios, por aquello de que no hay primacía de la santidad sin escucha de la Palabra de Dios, que es guía y alimento de la santidad.

Encomendarse a la Palabra de Dios y custodiarla, como la Virgen María que fue “Virgo audiens”, comporta algunas prácticas útiles que la tradición y la experiencia espiritual de la Iglesia han sugerido siempre.

Se trata, ante todo, de la lectura personal frecuente y del estudio atento y asiduo de la Sagrada Escritura.

El Sínodo recordó la importancia de la lectio y de la meditatio de la Palabra de Dios en la vida de los Pastores y en su ministerio al servicio de la comunidad.

En los momentos de la meditación y de la lectio, el corazón que ya ha acogido la Palabra se abre a la contemplación de la obra de Dios y, por consiguiente, a la conversión a Él tanto de pensamiento como de obra, acompañada por la petición suplicante de su perdón y de su gracia.

g) Entre los otros puntos que el Papa señala como elementos que influyen en la espiritualidad del Obispo y que por razón de brevedad no voy a mencionar, sí quiero referirme al Obispo como animador de una espiritualidad de comunión y misión. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte el Santo Padre subrayó la necesidad de “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”.

El Obispo es el primero que, en su camino espiritual, tiene el cometido de ser promotor y animador de una espiritualidad de comunión, esforzándose incansablemente para que ésta sea uno de los principios educativos de fondo en todos los ámbitos en que se modela al hombre y al cristiano: en la parroquia, asociaciones católicas, movimientos eclesiales, escuelas católicas o los oratorios.

De modo particular el Obispo ha de cuidar que la espiritualidad de comunión se favorezca y desarrolle donde se educan los futuros presbíteros, es decir, en los seminarios, así como en los noviciados y casas religiosas, en los Institutos y en las Facultades teológicas.

Para un Obispo, cultivar una espiritualidad de comunión quiere decir también alimentar la comunión con el Romano Pontífice y con los demás hermanos Obispos, especialmente dentro de la misma Conferencia Episcopal y Provincia eclesiástica.

Tanto en su fuente como en su modelo trinitario, la comunión se manifiesta siempre en la misión, que es su fruto y consecuencia lógica.

Se favorece el dinamismo de comunión cuando se abre al horizonte y a las urgencias de la misión, garantizando siempre el testimonio de la unidad para que el mundo crea y ampliando la perspectiva del amor para que todos alcancen la comunión trinitaria, de la cual proceden y a la cual están destinados.

h) Finalmente, por la relación que tiene con el tema que vengo desarrollando, concluyo este punto como lo hace Juan Pablo II al hablar de la vida espiritual del Obispo, me refiero al ejemplo de los Obispos santos, en medio de los cuales se destaca como astro con luz propia y figura de primer orden Santo Toribio de Mogrovejo.

Entre los grandes pastores que el Señor ha dado a su Iglesia, muchos han sido ejemplares en la virtud de la esperanza, cuando han alentado a su pueblo en tiempos difíciles, han reconstruido las Iglesias tras épocas de persecución y calamidad, edificado hospicios para acoger peregrinos y menesterosos, abierto hospitales donde atender a enfermos y ancianos.

Muchos Obispos han sido guías clarividentes, que han abierto nuevos derroteros para su pueblo; con la mirada fija en Cristo crucificado y resucitado, esperanza nuestra, han dado respuesta positivas y creativas a los desafíos del momento durante tiempos difíciles.

El testimonio de una vida espiritual y apostólica plenamente realizada sigue siendo hoy la gran prueba de la fuerza del Evangelio para transformar a las personas y comunidades, dando entrada en el mundo y en la historia a la santidad misma de Dios.

Debe decirse en la celebración del IV Centenario de la muerte de Santo Toribio que su testimonio de vida, su santidad, sabiduría, celo apostólico, caridad y gobierno pastoral han dejado huellas imborrables en la historia eclesial del Perú y del Continente y que los llamados a ejercer el ministerio episcopal hoy en nuestra América Latina debemos estudiar y conocer mejor su ejemplar vida porque es mucho lo que nos puede enseñar.

i) Y ya que nuestro ministerio hoy tiene que enfrentar muy serios desafíos en muchos aspectos, quiero concluir mi intervención recordando que el Santo a quien rendimos honor también enfrentó en su momento muy graves dificultades sin que éstas le debilitasen en su propósito y compromiso pastoral o doblegasen su férrea voluntad.

A este propósito conviene tener presente la afirmación de Jesús a sus Apóstoles: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡Animo!: Yo he vencido al mundo” (Jn. 16, 33).

Sabemos también cuántas veces el venerado Juan Pablo II repetía “no tengáis miedo”, queriendo infundir ánimo y seguridad en quienes le escuchaban.

El mismo Papa dice que la labor del Obispo se ha de caracterizar por la “parresía”, que es fruto de la acción del Espíritu Santo (Cfr. Hechos 4, 31). Y sabemos que durante su largo Pontificado dio sobradas pruebas de esa “parresía” en muy diversos foros y circunstancias. Supo defender siempre la causa de la justicia y de la paz, fue un acérrimo y denodado luchador en favor de la vida frente a la cultura de la muerte, combatió todo tipo de discriminación y segregación, denunció reiteradas veces a los abanderados de la muerte, que mantienen a la humanidad ante la zozobra permanente de sus criminales actos terroristas, defendió igualmente a todas las víctimas de guerras, guerrillas y otros atentados, llamando en todo momento a cada pecado por su nombre.

Es muy probable que en nuestra América Latina tengamos que enfrentar en el futuro a los promotores de todo género de descontroles morales, de abusos contra los indefensos, a los que están empeñados en promulgar leyes inicuas y como tales nulas, según la autorizada opinión de Santo Tomás de Aquino. Tenemos por delante un panorama preocupante, pero siguen siendo válidas las palabras de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación. Pero, ¡ánimo!: yo he vencido al mundo”.

Por último, como el IV Centenario de Santo Toribio coincide con el período de preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que el Santo Padre ha convocado para celebrarse en el Santuario de Aparecida en Brasil, en Mayo de 2007, creo que debemos poner desde ahora esta importante celebración bajo el patrocinio de nuestro Santo.

Como se sabe el Papa Benedicto XVI señaló el tema de esta Conferencia con esta formulación:

“Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

– “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6).

Somos discípulos y misioneros de Jesucristo cuando nuestro testimonio y nuestra misión evangelizadora se realizan verdaderamente por Él, con Él y en Él, que es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

La V Conferencia se proyectará con una Gran Misión en toda América Latina y El Caribe, al concluir aquella, con la finalidad de que nuestras Iglesias vivan con verdadero ardor misionero.

Santo Toribio de Mogrovejo, que tan maravillosamente asumió su testimonio y la dimensión misionera de su tarea pastoral, interceda por el Episcopado del Continente puesto bajo su valioso Patrocinio a fin de que este acontecimiento eclesial redunde en beneficio de la misma Iglesia y de nuestros pueblos.



Conferencia dictada por el Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo y Primado de América, en el Congreso Académico Internacional. Lima 24-28 de Abril 2006.