El Cardenal Cipriani es un hombre atípico en la vida eclesiástica. Prefirió no seguir el consejo que dan los expertos en el mundo clerical: “Si quieres hacer carrera, no digas nada: puede perjudicar”.
El carismático prelado limeño ha sido siempre él mismo, en su conducta y en su palabra, y ha reflejado una unidad de vida muy clara. La fuerza de ese desprendimiento de su futuro, puesto sin duda en las manos de Dios, le ha dado un protagonismo involuntario e insólito en la vida de la Iglesia en el Perú.
En diciembre de 1996, la Santa Sede lo nombró Garante y Coordinador de la Comisión de Garantes ante la “Crisis de los rehenes” que se produjo en la residencia del embajador de Japón en Lima. Su labor se extendió hasta abril de 1997.
En este difícil trance, Monseñor Cipriani realizó una intensa labor pastoral con los rehenes japoneses y peruanos que sufrieron maltratos, administrándoles los sacramentos y celebrando la Santa Misa.
Se ganó la confianza de los catorce miembros del MRTA. Gracias a sus gestiones personales, además de calmar a los cautivos con sus palabras de serenidad y confianza en Dios, intercedió eficazmente para que fueran saliendo algunos enfermos o aquellos especialmente afectados por la difícil situación.
Sacerdotes, religiosos y laicos se unieron al Arzobispo con Jornadas de oración y otras prácticas religiosas, conscientes de esta labor. También las autoridades nacionales le remitieron su adhesión y respaldo a su acción “en defensa de los derechos de libertad que todos los hombres tenemos”.
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