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El Papa Francisco y el patrimonio cultural y religioso en la Laudato si’

El artículo que compartimos a continuación, titulado «El papa Francisco y el patrimonio cultural y religioso en la Laudato Si», escrito por nuestro Arzobispo Mons. Carlos Castillo Mattasoglio, fue inicialmente una ponencia que pronunció en el Simposio internacional, “Patrimonio Religioso Peruano”, realizado con motivo de la celebración de los cien años de la Pontificia Universidad Católica del Perú el año 2017.

Papa Francisco orando ante las reliquias de los santos peruanos – Catedral de Lima (Enero 2018)

La Comisión Arquidiocesana de Fe y Cultura, tiene como fin primordial ser un canal de diálogo entre la Iglesia y la cultura. Además, busca caminar hacia la integración del ser humano en todos los planos de la cultura, entendida como la principal creación de la colectividad, para permitir desde los aportes de la Iglesia la integración de disociaciones que se presentan en las expresiones culturales.

Teniendo en cuenta los fines trazadas por nuestra comisión, iniciamos nuestra sección de publicaciones, la cual busca contribuir a que se profundicen los conocimientos sobre la diversidad cultural de nuestro país y que también ayude a valor nuestro patrimonio religioso.

El papa Francisco y el patrimonio cultural y religioso en la Laudato Si

Mons. Carlos Castillo Mattasoglio

En la Laudato Si, en el capítulo cuarto explica su concepción de la ecología integral. Específicamente sus referencias a nuestro tema van del numeral 143 al 155, repartidos en dos puntos diferentes, ecología cultural (143-146) y ecología de la vida cotidiana (147-155).

En el punto segundo, luego de llamar a desarrollar las dimensiones humanas y sociales, y de haber explicado los aspectos ambientales, económicos y sociales, que deben integrar su propuesta de Ecología Integral para enfrentar la gran crisis ecológica del mundo actual, Francisco propone integrar a esos aspectos los de una ecología cultural, que tiene que ver directamente con el tema del patrimonio cultural y religioso. Junto a esta parte, son fundamentales los de la ecología de la vida cotidiana, sobre todo, en las ciudades.

1) Sobre ecología cultural

  a) Patrimonio amenazado y habitabilidad.

En el n.143 Francisco plantea una álgida amenaza:

“Junto con el patrimonio natural, hay un patrimonio histórico, artístico y cultural, igualmente amenazado”

Subraya Francisco que está en riesgo “la identidad común” de los habitantes de un lugar, que permite “una base para construir una ciudad habitable” donde tienen mucha importancia los bienes artísticos e históricos propios a una localidad. Es decir, las ciudades no serán habitables humanamente si no se supera esta amenaza al patrimonio.

Esta amenaza en primer lugar viene del afán de “destruir y construir nuevas ciudades supuestamente más ecológicas donde no siempre se vuelve deseable vivir”, es decir, por más técnicamente habitable que sea una reconstrucción, -y con ello también el arreglo de un monumento, la restauración de un bien  cultural, o lo precioso que quede un bien como adorno en un  lugar diferente al de su origen- no siempre se deseará vivir allí, en una armazón sin las referencias significativas a la historia propia de los que la habitan.

Subraya por ello el Papa la importancia decisiva de la “identidad original”:

 “Hace falta incorporar la historia, la cultura, y la arquitectura de un lugar, manteniendo la identidad original. Por eso, la ecología también supone el cuidado de las riquezas culturales de la humanidad en sentido amplio”.

Para el papa Francisco existe pues un reclamo de “prestar atención a las culturas locales”. Aquí, para el papa Francisco se entiende “la cultura no sólo en el sentido de monumentos del pasado, sino especialmente en su sentido vivo, dinámico y participativo, que no puede excluirse” al repensar la relación humanidad-ambiente.

Igualmente es preciso en este asunto, “poner en diálogo el lenguaje técnico-científico con el lenguaje popular”, con lo que nos está indicando que hay que tener en cuenta las opiniones y el sentir general de un pueblo hacia sus bienes significativos, y no burlarla desarticulando el legado de su identidad. Eso sobre todo tiene relación, tanto con el deterioro de bienes antiguos como con su desaparición por diversos tipos de motivos, entre ellos el deseo de “salvarlos” por obra de protectores, colecciones y coleccionistas, sin educar ni organizar a las personas de las localidades para protegerlos. Eso es construir museos antes de que la comunidad viviente haya desaparecido, y es contribuir a la muerte de la comunidad viviente.

  b) La homogenización elimina la variedad cultural (n.144)

El segundo asunto que papa Francisco refiere es la “visión consumista” que impulsan “los engranajes de la actual economía globalizadora”. Esa visión “tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural”.

Al afirmar Francisco que la homogenización deriva de la visión consumista, que a su vez derivada de la economía globalizadora actual, está presuponiendo que dicha visión se extiende no solo al ámbito de la economía sino también al ámbito cultural que aplana, estandariza y debilita el “tesoro de la humanidad” que es justamente la diversidad. Por ello, Francisco rechaza las soluciones que resuelven todo con “normativas uniformes” o “intervenciones técnicas” que no atienden “la complejidad de las problemáticas locales”, es decir, realizan  una reducción y una simplificación de los problemas complejos y sobre todo evitan y desprecian “la intervención activa de los habitantes”; esto es válido incluso en el caso del patrimonio religioso donde, si se prescinde del sentir de los fieles se contribuye a que estos puedan disminuir, debilitar, poner en crisis y hasta perder la fe y la esperanza.

Para el papa Francisco el trato de ese “tesoro” le pertenece a cada comunidad local, y comienza por tomar y promover la iniciativa de la misma cultura local, y no por imponer “desde fuera” los nuevos procesos:

“los nuevos procesos que se van gestando no siempre pueden ser incorporados en esquemas establecidos desde fuera, sino que deben partir de la misma cultura local” (n.144)

De allí que el patrimonio cultural se cuida por medio de procesos dinámicos, y no por procesos técnicos carentes de profundidad, y carentes del protagonismo de los actores sociales (y religiosos) locales:

“Así como la vida y el mundo son dinámicos, el cuidado del mundo debe ser flexible y dinámico. Las soluciones meramente técnicas corren el riesgo de atender a síntomas que no responden a las problemáticas más profundas. Hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y así entender que el desarrollo de un grupo social supone un proceso histórico dentro de un contexto cultural y requiere del continuado protagonismo de los actores sociales locales desde su propia cultura.”

El papa valora la iniciativa y opinión, el sentir y la acción protagónica de los pueblos, rechazando claramente toda intervención carente de profundidad. Si bien critica especialmente a la técnica, también están aludidos aquí todo tipo de criterio carente de profundidad, como el elitismo con que se toman decisiones sobre patrimonio, lo que incluye a autoridades civiles y religiosas, que con sus consultores deciden todo, simplemente por ser autoridad, o encargados de asuntos culturales, y hasta desprecian al pueblo por “ignorante”, sin escuchar y considerar su sentir y su vivir como pueblos y como comunidad de fieles.

Por el contrario, es interesante como avanza en algunas experiencias de nuestra ciudad la consulta, el diálogo y la participación popular para la regeneración urbana. Pero es triste ver también como se procede con ignorancia y pretendido criterio técnico al desmantelamiento de lugares significativos para la población y la comunidad creyente.  La alusión de Francisco a “los derechos de los pueblos” en este asunto incluye la prioridad de estos, de modo que en el caso de este simposio los encargados del patrimonio religioso, están obligados actuar respetando y promoviendo “el continuado protagonismo” de los “actores sociales locales desde su propia cultura”.

Es tan decisivo para Francisco el protagonismo popular que “ni siquiera la noción de calidad de vida puede imponerse”. Y es que está en juego la felicidad de hoy y futura de la humanidad en el medio ambiente, esta vez de las ciudades, y ello requiere el re-entendimiento de esa calidad “dentro del mundo de símbolos y hábitos propios de cada grupo humano”.

d)Fortalecer las capacidades sociales para consolidar la identidad cultural (n. 145)

Al papa le preocupa que las altas concentraciones de explotación y la degradación ambiental estén acabando no solo con los “recursos de subsistencia local” sino también:

“con las capacidades sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identidad cultural y un sentido de la existencia y de la consistencia” (n.145)

Así, este asunto es fundamental para el cuidado de todo lo que es significativo durante siglos para un pueblo y que por criterio “técnico” o por el gusto subjetivo de un “encargado”, o “neófito”, desaparece, es trasladado, deteriorado, vendido, o en el caso más extremo, robado. En todos los casos ocurre un extrañamiento del contexto que deja sin referencias al lugar y comunidad de origen, e ingresa en otro como patrimonio insignificante, y pieza de “adorno” extraña, aunque “prestigiosa”. La cultura aquí es simple escenografía, donde se acumulan como en un  museo obras sin significado, sin fecha, sin  historia, sin sentido para nadie. Mientras la comunidad de origen comienza a morir, porque su historia ha sido desfigurada y no cuenta. Al papa Francisco le preocupa justamente “La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción”, y los estilos que desconsideran el sentir popular y conciben la cultura como mero “adorno” ornamental y no como sentir de los pueblos, apunta a una sola conclusión trágica y destructiva, atentado directo contra la vida nacional, eclesial y local: “La desaparición de una cultura” que “puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal”

d) Atención especial a las tradiciones culturales de los pueblos

En LS. 146 Francisco reafirma lo ya dicho especificando con claridad el caso de las “comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales” que no considera simples minorías sino “que deben convertirse en principales interlocutores” sobre todo cuando se afecta su espacio en “grandes proyectos”.

Este caso ejemplar permite extraer conclusiones para todos los pueblos, en referencia al patrimonio religioso dada la concepción religiosa que tienen del medio ambiente en su tradición cultural:

“Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores”.

En este caso, pero también en otros casos de las ciudades y comunidades que están dentro o en torno al patrimonio religioso, el papa valora el cuidado que hacen de su bien sagrado:

“Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan”.

Pero hoy estas comunidades aborígenes y también  toda comunidad situada alrededor de un bien cultural ligado a una amplia y antigua tradición –incluso religiosa- sufre presiones impresionantes de depredadores, traficantes de obras de arte y técnicos con fachada de expertos, de allí que lo que sucede con las tierras de las comunidades aborígenes ocurre también con el enorme mercado de patrimonio cultural religioso que se exporta a las subastas de los grandes millonarios del mundo y liquidan nuestra cultura religiosa y humana en diversas comunidades en todo el país, casos que vemos todos los días en el Perú:

“Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura.”

III. Ecología de la vida cotidiana (sobre todo en la ciudad)

En la misma línea permítanme terminar esta reflexión escogiendo algunas afirmaciones que atañen a la vida cotidiana, que el papa Francisco ve sumamente ligada a la cuestión del patrimonio, y específicamente del patrimonio cultural religioso.

Seré más puntual:

Francisco pretende encontrar una vía de salida para un “auténtico desarrollo” que produzca una mejora integral de la calidad de vida.

Para ello plantea la exigencia de “analizar el espacio donde transcurre la existencia de las personas”:

“Los escenarios que nos rodean influyen en nuestro modo de ver la vida, de sentir y de actuar. A la vez, en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestro lugar de trabajo y en nuestro barrio, usamos el ambiente para expresar nuestra identidad”.

Francisco alude a la admirable creatividad y generosidad de personas y grupos para revertir los limites adversos del ambiente, donde “la vida social positiva y benéfica de los habitantes derrama luz sobre un ambiente aparentemente desfavorable” y así en medio de la “asfixia”, la “aglomeración”, el  ”caos” y la pobreza, “se contrarresta” “si se desarrollan relaciones humanas cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambiente se compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red de comunión y de pertenencia. De ese modo, cualquier lugar deja de ser un infierno y se convierte en el contexto de una vida digna”.

Quisiera terminar con esta afirmación del papa que ve la esperanza en medio de desarraigos, conductas antisociales y violencia que se vive en las ciudades y terminar con una conclusión:

El papa reafirma: “Sin embargo, quiero insistir en que el amor puede más. Muchas personas en estas condiciones son capaces de tejer lazos de pertenencia y de convivencia que convierten el hacinamiento en una experiencia comunitaria donde se rompen las paredes del yo y se superan las barreras del egoísmo. Esta experiencia de salvación comunitaria es lo que suele provocar reacciones creativas para mejorar un edificio o un barrio”. (n.149)

Mi conclusión es ésta, desde mi experiencia de párroco durante 12 años en dos parroquias una del cercado de Lima (“el Montón”) y San Lázaro del Rímac, doy testimonio de que el amor puede más, de que el patrimonio religioso es entre todos los patrimonios populares el que puede permitir quizás más fuertemente se realice la “salvación comunitaria” y que las ciudades renazcan humanamente. Por eso ante un patrimonio amenazado la propuesta de Francisco da una nueva visión realmente nueva que incluye al cuidado del patrimonio religioso: 

“Hace falta cuidar los lugares comunes, los marcos visuales y los hitos urbanos que acrecientan nuestro sentido de pertenencia, nuestra sensación de arraigo, nuestro sentimiento de «estar en casa» dentro de la ciudad que nos contiene y nos une. Es importante que las diferentes partes de una ciudad estén bien integradas y que los habitantes puedan tener una visión de conjunto, en lugar de encerrarse en un barrio privándose de vivir la ciudad entera como un espacio propio compartido con los demás. Toda intervención en el paisaje urbano o rural debería considerar cómo los distintos elementos del lugar conforman un todo que es percibido por los habitantes como un cuadro coherente con su riqueza de significados. Así los otros dejan de ser extraños, y se los puede sentir como parte de un «nosotros» que construimos juntos. Por esta misma razón, tanto en el ambiente urbano como en el rural, conviene preservar algunos lugares donde se eviten intervenciones humanas que los modifiquen constantemente”. (n.151)

Sin duda uno de esos lugares que conviene preservar son las iglesias de los pueblos y todo ese patrimonio religioso peruano que será motivo de nuestra conversación de estos días. El amor puede muchísimo más. El cuidado del patrimonio es así una obra de amor por nuestro pueblo peruano para que resurja.