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“La fuerza de la ciencia y la fuerza de la fe”

Roberto Colombo, docente de Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Catolica del Sagrado Corazón de Milán y miembro de la Pontificia Academia por la Vita.

La enfermedad que viene extendiéndose en nuestro país y en otras partes del mundo ha sido denominada por la Organización Mundial de la Salud con el acrónimo Covid-19 (“enfermedad del coronavirus 2019). Quien la ha provocado es un agente patógeno externo al ser humano y perteneciente a la familia de los coronavirus. Entrando en contacto con nuestro cuerpo, este virus lo infecta y puede inducir alteraciones leves o graves, cuyas consecuencias pueden llevar, incluso en algunos casos, a la muerte. Sabemos que esta es la realidad .

La causa de esta enfermedad no es un misterio, pero ella interpela el misterio de nuestra vida, su origen y su destino, ya que al no depender en última instancia de nosotros, está en las manos de Otro. También esta es la realidad: mas allá del aspecto físico de la enfermedad, existe su meta-fisicidad. La enfermedad, así como el nacimiento, la salud y la muerte, tiene su propia trascendencia. La enfermedad es religiosa, porque provoca poderosamente (según la etimología, “llama desde fuera”, “pone al descubierto”) el sentido religioso del ser humano: las preguntas mas radicales e ineludibles de la vida se encienden cuando sentimos y tememos la precariedad. Por eso la enfermedad que golpea aun ser humano hombre o mujer (mucho mas la enfermedad que afecta a muchos y puede invadir a todos: la epidemia) exige que la afrontemos religiosamente. Como creyentes y como no creyentes. Frente al dolor en la carne humana, no se puede huir de la gran pregunta que nosotros mismos somos. Decía Agustín, “me he convertido en un gran misterio para mí mismo” (Confesiones IV, 4,9). Ninguna urgencia o emergencia puede poner entre paréntesis esta evidencia original que no nos abandona -más bien, nos apremia mucho mas- cuando ante nuestros ojos se presenta y nos atemoriza la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

El nuevo coronavirus se ha conocido hace pocos meses por los científicos, y aunque los efectos de su infección se observan en el cuadro clínico del Covid-19, los médicos recién lo están conociendo, mientras la epidemia está todavía en desarrollo. Pero el descubrimiento de la naturaleza microscópica de los agentes infecciosos y su relación con la aparición de las enfermedades contagiosas a través de  ambiente de vida ha sido posible ya hace 150 años gracias a las investigaciones científicas realizadas por Louis Pasteur. El señor Pasteur fue un gran católico, de fe recia, y un gran científico francés, de lúcida inteligencia: “Poca ciencia nos aleja de Dios, mucha ciencia  nos vuelve hacia el”; era la síntesis de su experiencia de relación entre ciencia y fe.

La “fe en la ciencia” que tanto ha caracterizado al ser humano de nuestros días, llega a oscurecer la dimensión trascendente de la vida cuando nos quedamos solo en las migajas del saber sobre la naturaleza viviente, sobre la salud y la enfermedad, cuando nos quedamos en la superficie de la vida. En cambio, se nos abre la “ciencia de la fe”, la perspectiva de Dios, creador y amante de la vida, si nos adentramos en un conocimiento más profundo de la realidad de la vida, en todas sus dimensiones y según todos sus factores constitutivos. Dimensiones y factores que no excluyen la Presencia providente, la del Misterio bueno que ha creado todo, todo lo sostiene y todo conduce hacia lo último, el bien. Incluso el mal de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte no es un “mal absoluto”, en el que Dios estaría ausente. Si Dios es Dios, “todo en todos” (1Cro 15, 28), también aquí esta presente y providente. La fe pone las alas de la esperanza buena a la ciencia, proyectando la mirada mas allá de los obstáculos cotidianos, y la ciencia permite a la fe caminar en la tierra sin que tropecemos entre las piedras, caer y hacernos mal en las dificultades de cada día.

Cuando pasamos del conocimiento de la realidad de la vida fisiológica y patológica a afrontar las cuestiones practicas de la salud y de la enfermedad, de cómo promover la primera y defendernos de la segunda -de modo especial cuando una epidemia amenaza nuestras comunidades, nuestro país, y el mundo- la tentación de romper el hilo de la razón y del realismo que une la ciencia y la fe, se hace más apremiante. Y es aquí que urge redescubrir la fuerza de la ciencia y anunciar la fuerza de la fe.

Estas dos fuerzas asimétricas tienen su centro de gravedad en Dios. El ha creado la realidad física y espiritual del ser humano, lo ha dotado de la  inteligencia y del amor, de las dos dimensiones de la realidad, a través de ejercicio de la razón y de la afectividad, y lo ha redimido, arrancándolo del poder del mal y de la muerte. Por esto la ciencia y la fe no se excluyen y no se oponen, ni teórica ni prácticamente: se com-ponen, se “ponen juntas” al servicio del ser humano y de la sociedad, de la vida eclesial y de la vida política, de los creyentes y de los no creyentes.

La ruptura de la unidad entre ciencia y fe lleva a aislar la ciencia de la fe y la fe de la ciencia, y quizás también a suprimir una en desmedro de otra. En el primer caso, bajo la presión emotiva y social de una emergencia  como la de la epidemia viral, incluso el creyente mismo llega a poner exclusivamente su fe y esperanza en una salida, como vía de escape, en las capacidades científicas, clínicas, tecnológicas y organizativas puestas a disposición del hombre para enfrentarla. El espacio de la oración  y de la confianza en Dios, y el reconocimiento de su acción providente en la vida personal, familiar y social se reduce cada vez más, hasta pasar a un segundo plano, casi auto-disolviéndose. No se niega la existencia de Dios, per es como si no existiese y todo dependiera de nosotros. En esa actitud basta que sigamos las indicaciones proporcionadas por las autoridades competentes y todo irá bien. Así la conciencia se aquieta.

En el otro caso, en el que se censura a la ciencia en nombre de una pretendida “pureza” y “dureza” de la fe, nos refugiamos exclusivamente en la oración e invocamos a la Providencia descuidando la necesidad de ofrecer nosotros a ella las oportunidades de manifestarse dentro de los pliegues de la vida personal, eclesial y social. Nos olvidamos de poner en las manos de Dios nuestra libertad comprometida, nuestras responsabilidades civiles, nuestro ingenio y la creatividad de la que somos capaces, y las iniciativas de solidaridad y colaboración para afrontar activamente el peligro representado por la difusión de la epidemia en curso. No se niega la realidad del contagio viral, pero es como si todo dependiera solo del Otro, que hace todo solito y no nos llama a colaborar con El para contrarrestar eficazmente este mal. Incluso las medidas de contención proporcionales al riesgo inminente, propuestas por quien tiene un titulo eclesial, aparecen así, inaceptables o meramente declarativas ante las exigencias de la autoridad civil

La iglesia siempre, ante la enfermedad, incluso la incurable y mortal, fiel a la acción y a las palabras de Jesús (cf. relatos evangélicos de curación) ha mantenido unidas la curación de la salud con  la demanda de salvación. Cuando el paralitico encuentra a Jesús, buscaba sanarse haciéndose sumergir en la piscina de Betzata (Jn 5, 2-9).La hemorroisa que toca el manto de Jesús se había puesto en manos de muchos médicos (Mt 5, 25-29; Lc 8, 43-44) sin haberse curado. 

Pidiendo a Dios que aleje la enfermedad de nosotros y de todo el pueblo, mientras simultáneamente, nos esforzamos por evitar nuestro contagio y el de los demás, ofrecemos al Señor la ocasión de hace un milagro, según su buena voluntad, mas allá de nuestras fuerzas y de las de la ciencia, pero no sin ponerlas a su disposición, porque es El que nos ha dado estos talentos para que los hagamos dar frutos (cf. Mt 25, 14-30).  Haciendo eco de una feliz expresión del arzobispo de Milán, Mons. Mario Delpini, la situación en la que nos encontramos es ocasión no solo para nosotros, sino para que se manifieste el brazo de Dios en nuestra vida y la del mundo.

Por ello oremos y ayudemos a nuestros fieles a orar y a actuar, para que el Señor misericordioso consuele a quien está en el sufrimiento , por él, sus queridos familiares y amigos; sostenga el esfuerzo de los científicos, los médicos , los enfermeros y de aquellos que se entregan a favor de la asistencia de los ciudadanos; y nos de sabiduría y coraje a los gobernantes en el momento de las decisiones mas difíciles. 

Como los profetas en el tiempo del exilio de Israel, en nuestro exilio de las actividades y relaciones públicas de contacto directo, avivemos la esperanza en el pueblo de Dios y pidámosle que nos permita ver alejarse de nuestro país y del mundo esta epidemia con la invocación de la liturgia de las horas: “Señor, date prisa en socorrerme”.