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Domingo de Ramos: «Jesús es el Rey que sirve con amor y sencillez»

Tras dos años de ausencia por la Pandemia, la Basílica Catedral de Lima acogió a un gran número de fieles que se congregaron en el corazón de la capital peruana para celebrar el Domingo de Ramos.

Acompañado de los obispos auxiliares y el Pueblo de Dios, Monseñor Carlos Castillo recordó que Jesús es un Rey diferente que opta por el camino del servicio y la sencillez para solidarizarse con todos los humillados de la tierra: «Señor Jesús, permítenos renunciar a toda ambición, vivir y morir como Tú te colocaste en medio de nosotros, como el Rey que sirve, sin dominio ni poder, solo con el amor gratuito, misericordioso, generoso y fecundo que te dio el Padre para dárnoslo también a nosotros, sin distinción», dijo el prelado en su homilía.

Leer transcripción de homilía de Monseñor Castillo.

Al momento de la Bendición de Ramos, el Arzobispo Castillo explicó que Jesús ha venido a promover a los más sencillos y los últimos de la tierra: «Él los alentaba, los sacaba de las situaciones más adversas, de sus enfermedades, de los maltratos, de las insidias, porque hace 20 siglos comenzó la introducción en nuestra historia de una nueva manera de entender a Dios, no ligado al poder ni a la arrogancia, sino, ante todo y sobre todo, ligado al amor misericordioso que Él quiere reparar en cada ser humano, en cada pueblo, en cada sociedad y a todo el mundo entero», reflexionó el prelado.

Saludo del Papa Francisco al pueblo peruano.

Monseñor Carlos agradeció el saludo enviado por el Santo Padre en el Ángelus de esta mañana al pueblo peruano: «El Papa Francisco nos ha enviado su solidaridad y su cariño para que todos los peruanos encontremos un camino mejor a través de la paz, pero que sea un camino verdadero, justo, responsable y con el concurso de todos, unidos al Santo Padre que quiere revivir en nuestra Iglesia la presencia del Cristo del burrito, del Rey del burrito», recalcó.

“Estoy cerca del querido pueblo de Perú, que está pasando por un momento difícil de tensión social. Los acompaño con la oración y animo a todas las partes a encontrar una solución pacífica lo antes posible por el bien del país, especialmente de los más pobres, en el respeto de los derechos de todos y de las instituciones”.

PAPA FRANCISCO AL PUEBLO PERUANO.

En el momento de la homilía, el Arzobispo de Lima recordó el «penetratente relato del Evangelio de Lucas» (14–23, 56), que nos ayuda a comprender «los matices hondos, sutiles y tiernos del amor que el Señor nos revela en medio de la terrible organización sistemática de complicidades entre poderes para matarlo».

Oración de Monseñor Castillo en el inicio de Semana Santa.

En ese sentido, Monseñor Castillo compartió una oración que nos ayuda a contemplar cada detalle y gesto del Señor:

Señor Jesús, en medio de la fiesta que recordaba la liberación que encargaste a Moisés, especialmente, el día en que el pan ácimo se compartía, los gobernantes y religiosos estaban desesperados por desaparecerte por haber llenado de esperanza y alegría a la gente sencilla que concentró su atención en tu humildad, en tu solidaria sencillez y te identificó como su rey esperado por los siglos. Te habían infiltrado, Jesús, tu comunidad. Y los sacerdotes estaban alegres porque uno de los tuyos se vendió por dinero corrupto, para entregarte sin que la gente se enterase. Ese día festivo del pan partido y compartido, en que también se compartía el cordero sacrificado y asado para el camino hacia la tierra prometida, a pesar de los planes siniestros, Tú quisiste comer la Pascua con tus discípulos, preparaste todo y los mandaste seguir al hombre que llevaba el balde de agua, para que les mostrara la sala grande dispuesta del piso superior, donde prepararon la Pascua.

Señor Jesús, todo lo habías pensado pormenorizadamente, y es que habías deseado con ansia este momento de comer esta Pascua porque sabías que todo estaba por cumplirse, por cumplir la voluntad del Padre, y que ocurría en medio de un fin terrible, pero como Tú viniste a este mundo para darle alegría a toda la humanidad, sabías que la mejor manera de afrontar nuestra vileza humana era compartir el pan y el vino en ese momento. Por eso nos dejaste este bello signo de la comunión del amor y, luego, decidiste ya no comer ni beber nada con la esperanza de comer y beber en el Reino de tu Padre.

Sí, Señor Jesús, querías regalarnos tu propio ser como principio de la verdadera esperanza de liberación de todos los males que sufrimos, y también de los males que procuramos y realizamos. El pan de la Pascua lo convertiste en tu Cuerpo y lo compartiste. Y al final de la cena, la copa de vino la convertiste en tu sangre para que nos llenara de alegría, derramándola gratuitamente como signo de la nueva alianza incondicional, gratuita, como la que el Padre había realizado con Abraham sobre todos nosotros.

Nos enviaste, por tanto, a hacer memoria responsable, consciente, siempre que nos reuniéramos, como anticipo real de la esperanza en tu Reino. Y observando que, incluso, tus discípulos estaban contagiados por la ambición de poder, peleándose por ser los mayores, les revelaste que Tú estás en medio de nosotros como el que sirve y no como el que domina, no como el que se empecina en su poder ni en el de su grupo, como lo hacen los que gobiernan las naciones y se hacen llamar benefactores.

Les recordaste que el mayor debe ser como el más joven, y el que es gobernante como servidor. Era una corrección fraterna para ayudarlos a salir de la mentalidad de dominio que nos contagia a todos. Y a pesar de corregirlos fuertemente, también valoraste su cercanía y constancia en tus pruebas.

Tu delicadeza de reconocer su cercanía, a pesar de sus ambiciones, siempre te caracterizó. Y por ello, les prometiste disponer de sentarse a comer y beber en tu Reino. Especialmente, advertiste a Simón Pedro que estabas rezando por él, porque Satán lo iba a zarandear como al trigo ante la sencillez con que ibas actuando. Querías que no desfalleciera su fe cuando regresara del zarandeo, porque todos nosotros, igual que Pedro, nos empecinamos en mostrarnos fanáticamente creyentes a toda costa: “Te seguiré hasta la cárcel y la muerte”, decía Pedro, poniendo toda su confianza en sus propias fuerzas, en su poder.

Lo trataste de educar para que aceptara sus límites con humildad, pero terco creyó que él es quien te iba a salvar a ti. Así somos nosotros también, Señor Jesús, creemos que todo lo puede nuestro afán de poder y nuestras arrogancias, pero al final, te abandonamos. Y es que, como tus discípulos, no logramos comprender tu modo de proceder.

En efecto, Señor, a pesar de que toda nuestra vida recibimos de ti tus dones, tus milagros, sin esfuerzo, como regalos preciados cuando vienen los momentos difíciles y nos desesperamos por la falta de lo elemental para vivir, cuando sufrimos una Pandemia y tenemos muchos muertos en nuestras familias y desesperamos. Tú nos has enseñado algo nuevo: que esos mismos momentos de desesperación podemos vender todo y “comprar una espada”.

Tus discípulos creyeron que te referías a comprar armas, como espontáneamente, en la desesperación, muchos de nosotros pensamos y propiciamos guerras interminables. Pero Tú les invitabas, más bien, a empuñar la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios, que todo lo penetra y esclarece ante ti. Tú propusiste, simbólicamente, a tus discípulos, que en momentos decisivos estamos exigidos de ser testigos de que el amor es posible, y que este tiempo es el mejor para que llegue tu Reino porque todos podemos cambiar; pero nos confundimos y creemos que nos dices que en los momentos difíciles hay que usar armas de combate para matar y dominar. Tu corrección es también para nosotros. “Basta” de violencia.

Justamente, viendo lo violentos que somos, llevaste a tus discípulos a orar para que en este momento decisivo no cayeran en la tentación de violencia. Y Tú oraste de rodillas: “Si es posible aleja de mí esta copa, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Estabas desconsolado porque había que anunciar, con tu vida, la paz en medio de la violencia que acechaba. Te caían gotas hasta de sangre, pero el Padre te consolaba por medio de su ángel, como a María en el momento de tu encarnación.

Mientras tus discípulos se durmieron, al parecer por la tristeza, Tú, Jesús, sin embargo, les llamas la atención, los educas cuando hay peligro en tentación de violencia para levantarse, orar y no caer en ella. Y allí, Señor Jesús, descubrimos nuestra vileza cuando Judas discípulo usa el signo del amor, el beso, para entregarte. Tú lo interrogas, lo invitas a recapacitar, y también a los demás discípulos que no oraron para desviolentarse y ahora querían herir a espada.

Todos tus discípulos creían que eras el rey como los demás reyes: violento y dominador. Y querían que ordenaras el uso de las espadas que habían ido a comprar, esperando una orden tuya. ¡Pero no la obtuvieron! Y mientras uno hiere a Malco y le corta la oreja, Tú, Señor, tuviste misericordia de este siervo y lo desviolentaste con la fuerza de tu Padre, lo corregiste, nos corregiste y curaste a Malco con delicadeza y ternura.

Señor Jesús, también enrostraste a los sacerdotes por su entrada aparatosa para apresarte, pero aceptaste con realismo la dura realidad. Esta era su hora, la hora del poder de las tinieblas. No te portaste como un poderoso y arrogante, aceptaste la situación desproporcionada, tu situación vulnerable. Y aceptándola, nos presentaste a quien es tu fuerza, el Padre que nos ama a todos.

Pedro, por ello, empezó su crisis total. En ningún caso mintió. Te negó, porque le resultaste demasiado débil para colmar la idea de Dios de sus ideales, formado por la costumbre recibida, sobre todo, de los sacerdotes. Ese Dios con el que los humanos te confundimos creyendo que, por ser poderoso, eres un poder arbitrario, arrogante y dominante, sin considerar que tu poder es el amor, el amor gratuito y generoso.

Por eso, Pedro, sincero, niega conocerte. Le resultas demasiado inerme y débil, y se empieza a quebrar internamente. Habiéndote seguido de lejos, como te prometió, niega, incluso con verdad, ser del grupo de tus discípulos que huyeron cobardemente; pero cuando le dan la prueba de que es galileo como a los demás, no es que se hizo el tonto, sino que, cuando afirmó: “No sé de qué me hablas”, mostró que ya estaba perdido, que ya no sabía de qué se trataba todo, ya no entendía nada. La sencillez de tu entrega, el canto del gallo, pero, sobre todo, tu mirada amorosa, lo terminó de romper, se dio cuenta de sus negaciones y rompió a llorar amargamente.

Todo lo que vino después lo aceptaste confiando en tu Padre: los ultrajes, las burlas de los servidores, las preguntas del sanedrín, respondiendo con claridad, manteniendo serenamente el control de la situación, anunciándoles que ellos serán los juzgados.

Aceptaste ser el Cristo, el Hijo del hombre sentado a la derecha del poder de Dios, y el Hijo de Dios, pero sin arrogancia ni prepotencia, más bien, con hondo testimonio de tu misión. No soportaron tus palabras y te condenaron.

Igual fue con Pilato, acusado por los sacerdotes de que eras un sedicioso, que pretendías el poder como rey de los judíos. Y aunque no te encontró delito – porque no le pareciste muy rey que digamos – Pilato te entregó a Herodes que buscaba matarte hace mucho tiempo. En ese momento, Tú no respondiste ya nada, guardaste el silencio del inocente, maltratado y derrotado. Tu silencio, Señor, permitió dejarlos actuar, pero anunciaste con tu silencio una sola cosa: tu amor y tu respeto por la libertad humana.

Ya no pronunciaste, Señor, palabra alguna cuando Pilato intervino en la farsa de intercambiarte por un verdadero culpable. No respondiste, guardaste silencio ante los magistrados y soldados que te hacían muecas y te manifestaron la última tentación: “Si eres el Cristo, sálvate a ti mismo”. Tú, Señor, no te salvaste a ti mismo, no respondiste al malhechor, no te salvaste a ti mismo como los gobernantes de la tierra. Más bien, con tu entrega, iniciativa y silencio, no quisiste mostrar el rostro arrogante de Dios, porque tu Padre no es así, egoísta, dominante, vengativo y violento. Tu Padre es nuestro Padre y somos tus hijos. No hay en Dios egoísmo.

Tú, Señor, solo hablaste a los sencillos para consolarlos. Camino de la Cruz, consolaste a las mujeres que, después de lo ocurrido contigo, como leño verde, seguirá la tragedia en Jerusalén como leño seco, invitándolas a llorar por ellas mismas y sus hijos. Hablaste también a tu Padre por tu pueblo, por nosotros, pidiéndole que nos perdonara, porque no sabemos lo que hacemos.

Hablaste también, antes de morir, al malhechor que reconoce su mal, que reconoce tu inocencia y que te reconoció como verdadero Rey servidor, que es tu primer discípulo que te llevaste al cielo, al paraíso, para que siguiéramos el camino de la aceptación de nuestras locuras y límites tremendos, para que superemos nuestra arrogancia y nos arrepintamos aceptando tu amor incondicional.

Ya, en esas tres de la tarde, se oscureció, y simultáneamente, el santuario en que encerraban a Dios los sacerdotes se rompió de arriba abajo, y así se abrió Dios a toda la humanidad. Y allí fueron tus palabras: “Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu”, y desde allí expiraste transmitiéndonos ese espíritu a nosotros.

Fue tan honda tu expiración que hasta el centurión romano extendió, en ese momento, unas palabras. Eras para él, un hombre justo. El pueblo se golpeaba el pecho reconociendo la parte del mal en lo ocurrido, las mujeres y conocidos nos anunciaron después que habías resucitado, pero ellas contemplaban, meditaban hondamente y luego sepultaron tu cuerpo.

Señor Jesús, gracias por tu delicadeza y paciencia de hacernos entender y comprender nuestro pecado y nuestro afán de dominio. Permítenos renunciar a toda ambición, vivir y morir como Tú te colocaste en medio de nosotros, como el Rey que sirve, sin dominio ni poder, solo con el amor gratuito, misericordioso, generoso y fecundo que te dio el Padre para dárnoslo también a nosotros, sin distinción.

Permítenos, pues, enmendarnos, Y quienes tenemos que cambiar, cambiemos; quienes tenemos que compartir, compartamos; quienes tengamos que rectificar, rectifiquemos; quienes tengamos que renunciar y reestructurar todo, renunciemos y reestructuremos; y quienes tenemos que pacificar, pacifiquemos para el bien de tu pueblo.

Gracias, Padre. Gracias, Señor Jesús. Gracias, Espíritu consolador, que nos alienta y no nos abandona. Amén.

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