Cardenal Castillo en Adviento: Abrir los ojos para encontrar a Dios en lo pequeño

Al iniciarse el Tiempo de Adviento, el Cardenal Carlos Castillo recordó que el Señor nos llama a esperarlo con los ojos abiertos, rastreando a Dios en lo humano y lo pequeño, en lo insignificante y delicado, en el corazón de las dificultades.

En su alocución al evangelio de hoy (Mateo 24, 37-44), el arzobispo de Lima reflexionó en la importancia de estar atentos y vigilantes ante los signos de Dios en el mundo. La actitud de discernimiento es indispensable en la Iglesia para afrontar los desafíos de la humanidad superando nuestros prejuicios y mirando con esperanza el futuro.

El Cardenal Castillo cuestionó que una «fe de ojos cerrados» que no se deja interpelar por la realidad, de algún modo, ignora todo lo bueno que puede estar escondido. En vez de ello, procura reducir la experiencia cristiana a encerrarse en sí mismo para buscar «la salvación personal, sin mirar hacia afuera». Recordó que Dios se ha encarnado en nuestra historia y nos está hablando desde la vida concreta.

En el Adviento debemos sentir con el Señor que viene y aprender a disponer todos nuestros sentimientos y búsquedas a encontrarlo a Él en las circunstancias.

Pero, ¿Cómo podemos encontrar a Jesús en el mundo de hoy? El Prelado explicó que es necesario confrontar las actitudes, gestos y obras del Señor: “curó a los enfermos, alentó a la gente, quiso inundar de felicidad a la humanidad, socorriendo a los pobres, denunciando las injusticias”. Y también en cada gesto auténtico de amistad, cariño, comprensión y delicadeza, signos del Reino de Dios que ya germinan entre nosotros.

Con esta mirada fina y profunda es posible vivir un Adviento redescubriendo a Dios más allá de toda individualidad y egoísmo. La llegada frágil de un niño fue capaz de estremecer al mundo para recordarnos que Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante.

Dios está escondido en el corazón del mundo, abriendo nuevos caminos en las situaciones pequeñas y diminutas que no reconocemos porque, a veces, priman más las arrogancias, las petulancias, las dictaduras, los insultos, las intrigas que se crean y pululan en los medios de comunicación.

La juventud es parte de esos «mundos pequeños» que solemos ignorar. Su voz y experiencia son de vital importancia para la Iglesia porque en ellos radica la esperanza de un mundo mejor. El obispo de Lima sostuvo que es urgente fomentar más espacios de comunidad y diálogo entre los jóvenes para que puedan expresarse y vivir, a través de signos reales y concretos, cómo el Espíritu sigue generando relaciones nuevas que dan vida.

Y agregó:

Todo lo que es bueno en la humanidad debe ser rescatado. Este es un tiempo para valorar lo bueno del mundo y, sobre todo, distinguir al Señor que viene y mira lo pequeño para transformarlo en algo más grande con su amor.

El Niño de Belén es el primer signo de ese Dios que llega desde lo pequeño para transformar lo grande. Por eso el predicador invitó a “dejarnos enternecer por lo fino, lo delicado de este Niño” y, junto con los pastores y los pobres del mundo, caminar hacia Él para enfrentar las dificultades de hoy con esperanza.

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Solo con la fuerza de la ternura divina podremos transformar la dureza del mundo. “Solamente llenándonos de la fuerza extraordinaria de la ternura de Dios es que podremos derribar tantas cosas terribles que están pasando”, afirmó.

Papa León XIV: la Cruz que une y reconcilia al mundo

En otro momento, el Primado del Perú destacó el gesto del Papa León XIV que, en su primer viaje apostólico y siguiendo la línea del Papa Francisco, ha buscado encontrarse en İznik (antes Nicea) con los pueblos lejanos para unir Oriente y Occidente. Allí —dijo— “se produjo una Cruz” simbólica: la unión de dos tradiciones y la historia de un Papa “que viene del norte y del sur, norteamericano y peruano».

Ese camino iniciado por León XIV hemos de seguir todos. No temamos a seguir la Cruz, porque es redentora, llena de amor y esperanza para todos.

La Eucaristía del I domingo de Adviento contó con la presencia de la comunidad parroquial La Encarnación, que acudió en peregrinaje hacia la Catedral de Lima para participar en la Santa Misa.

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