Mons. Salaverry: Renovar la gracia bautismal ante la prepotencia de poder

En la Fiesta del Bautismo del Señor, Monseñor Juan José Salaverry nos invita a renovar la gracia bautismal en un tiempo marcado por las «tinieblas» de la violencia, la extorsión y una profunda crisis humana.

Frente a quienes buscan «restaurar el mundo desde la violencia» y la «prepotencia del poder», el obispo auxiliar de Lima recordó que el Bautismo de Jesús «abre los cielos» para reafirmar que «el mal no se vence con el mal», sino desde el amor de Dios que nos hace hermanos.

Con la celebración de la Fiesta del Bautismo del Señor, se concluye el tiempo de Navidad, un tiempo que ha permitido, según manifestó Monseñor Salaverry, contemplar el misterio del Niño para convertirnos en testigos de Cristo. «El Bautismo de Jesús cierra el tiempo de Navidad, pero nos recuerda nuestro propio bautismo», acotó.

Centrar nuestra vida en Cristo

En su homilía, Monseñor Salaverry sostuvo que todo el tiempo de Navidad ha tenido una orientación clara: “centrar nuestra vida en la Palabra hecha carne, en el Niño que ha nacido, en el Mesías prometido por los profetas”. Señaló que no se trata de un recuerdo litúrgico, sino de una invitación permanente a la contemplación y al compromiso.

La primera lectura (Isaίas 42, 1-4. 6-7) presenta a Jesús como el Siervo elegido por Dios. Así lo expresa el profeta Isaías: «Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero». Esta afirmación encuentra su eco en el Evangelio de Mateo (3, 13-17), cuando en el Jordán se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, mi predilecto».

Monseñor Salaverry advirtió que «sería triste que pase el tiempo de Navidad y nosotros no volvamos la mirada contemplativa, pero también llena de compromiso» hacia Jesús. Contemplar a Cristo – reiteró – implica reconocer su modo de actuar: «viene a restaurar la humanidad desde la humildad del siervo».

Estas palabras resuenan fuertemente en un mundo cada vez más habituado a la violencia y al sometimiento de la prepotencia del poder. Ante estas lógicas del dominio que imperan en el mundo, el obispo auxiliar de Lima denunció que «ni con la prepotencia de los que gritan más fuerte ni con la violencia se puede restaurar el mundo», porque la misión del Hijo amado se realiza respetando la dignidad de las personas.

El bautismo nos convierte y regenera

En el diálogo del evangelio de hoy, Juan el Bautista reconoce la santidad del Señor: «¿Cómo te voy a bautizar yo a ti? Tú me debieras bautizar a mí». Sin embargo, Jesús responde con claridad: «Conviene que me bautices para que se cumpla la justicia». Monseñor Salaverry explicó que, si bien no necesitaba del bautismo de Juan, el Señor se somete «para purificar las aguas» y para que, a través de estas aguas, la humanidad pueda ser rescatada y justificada.

El bautismo de Jesús es una gracia grande para nosotros. Esas aguas de nuestro bautismo tienen poder para regenerarnos, para cambiarnos, para purificarnos, para hacernos hijos de Dios y herederos del Reino.

Los signos de la teofanía del Jordán

El obispo auxiliar de Lima también centró su homilía en los signos que acompañan el Bautismo del Señor. El Evangelio señala que «se abren los cielos», desciende el Espíritu Santo en forma de paloma y se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

La apertura de los cielos – argumentó Monseñor Salaverry – expresa la esperanza de una humanidad que no quiere vivir en las tinieblas. «Cuando la humanidad está ensombrecida por el pecado, los cielos están cerrados», por eso, el clamor del Adviento es que se abran los cielos «para indicar la esperanza del pueblo que no quiere vivir en las tinieblas, sino que quiere subir hacia la presencia del Señor».

Finalmente, la voz del Padre recuerda la identidad de Jesús y la vocación de los bautizados: «Este es mi hijo muy amado, escúchenlo«. El obispo aseguró que, como hijos de Dios por el bautismo, estamos llamados a «escuchar la voz de Jesús, escuchar su Palabra y ponerla en práctica».

AD9I2336

La Eucaristía celebrada en Catedral de Lima contó con la presencia de la Comisión de Vida y Familia de nuestra Arquidiócesis. Al término de la Eucaristía, Monseñor Guillermo Elías entregó doce cuadros con la imagen de la Sagrada Familia a los representantes de los doce decanatos.

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