Viernes Santo: La humanidad no está hecha para matarse

En este Viernes Santo, el Cardenal Carlos Castillo presidió el oficio de la Pasión del Señor desde el Santuario de Las Nazarenas. El arzobispo de Lima recordó que la humanidad no está hecha para matarse, sino para servir a los demás y comprender que «el amor es la única salida a los problemas». También denunció a aquellas personas que utilizan la religión para encubrir «su apetito destructor y antihumano».

«El Señor nos desarma porque no tiene una sola arma en su mano ni en su corazón. Él nos desarma con su comportamiento y nos hace ver cómo el amor se introduce y nos quita la capacidad de agredir», ha expresado en prelado en su homilía.

Hermanos y hermanas:

Este relato que durante más de veinte siglos la comunidad cristiana universal recuerda en este día es para que comprendamos la hondura y la belleza del Dios que nos ha creado y del Dios que nos ha amado hasta el extremo a todos los humanos; para que comprendamos cuánto la humanidad puede aprender de ese humano llamado Jesús que, siendo Hijo de Dios, se encarnó entre nosotros y se metió en nuestro corazón, en nuestras vidas, para revelarnos una cosa: que el ser humano no está hecho para destruir, sino para amar.

Y, en medio de la situación que estamos viviendo en el mundo, en donde ciertos humanos se consideran “superhumanos”, dioses del Olimpo, señoras y señores capaces de destruir la vida humana y de pisotearla, empezando por la vida de los niños, desatando guerras crueles, llevándose por los impulsos del dinero y de la ambición, creyendo que así son verdaderamente humanos, en esta situación, necesitamos del socorro de Jesús para aprender qué cosa es la humanidad.

La humanidad no está hecha para matarse; la humanidad está hecha para entregar nuestras vidas por los demás, para que todos comprendan que el amor es la única salida que nos queda, una esperanzadora salida y una salida posible a nuestros problemas. Lo único que nos separa de aquella felicidad que nos puede dar la hermandad es la ambición, el dinero, la envidia, la locura; y mucho más la envidia, la tozudez y la locura de quien hace todas esas agresiones y maltratos usando el nombre de Dios, buscando que la religión encubra su apetito destructor y antihumano.

En estos días, muchas personas inhumanas quieren recurrir a Dios para hacerse propaganda o para hacernos creer que lo que hacen es divino. No hay nada más infernal que esa pretensión de hacer las cosas malvadas en nombre de Dios, como lo hicieron los sacerdotes de Israel, que provocaron este asesinato de Jesús en forma organizada y pormenorizada, imponiendo una ley totalmente distorsionada de lo que es la ley del amor.

Hermanos y hermanas, en estos momentos duros y difíciles de la humanidad, en que podríamos desaparecer por efecto de las bombas atómicas que están preparadas, tenemos la tarea fundamental de que, gracias al amor de Jesús, desde la mayoria humana de los sufridos y golpeados de la sociedad, nos organicemos para hacer recapacitar a toda la humanidad, en especial, con el llamado precioso de nuestro peruano Papa León XIV, que nos llama a anunciar y a promover una paz desarmada y desarmante.

Jesús, el que nunca usó un arma, le dijo claramente a Pedro: “Desenvaina tu espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere”. Ese Señor que desarma a Pedro y que nos desarma a todos porque no tiene una sola arma en su mano ni en su corazón, Él nos desarma simultáneamente con su comportamiento y nos hace ver cómo el amor se introduce cuando, así desarmado, nos quita la capacidad de agredir. Este día, que nos anuncia la muerte del Señor, es el día para contemplar que es una muerte para no bajarse de la cruz y matarnos.

Como decía el querido Papa Francisco: “no está clavado allí por la fuerza de los clavos, sino por su infinita misericordia”. Esa misericordia lo hizo quedarse alli y no bajarse para ajusticiar a todos los que tramaban su muerte y, como Hijo de Dios, nos comunicó que todos somos hijos amados por su Padre y, por lo tanto, nadie debe ser condenado a muerte. Por eso no se bajó de la Cruz, porque no quiso mostrar un rostro que no es el de Dios; quiso mostrar el verdadero rostro de Dios Padre que  envia a Jesus, que se sacrifica por nosotros.

Cuando creemos en Él, hemos de vivir también la misma capacidad de comprender, y de comprendernos todos poco a poco, los unos a los otros. Este Dios que nos deja sorprendidos con su amor, que no se baja de la Cruz pudiendo haberlo hecho, y pudiendo traer a los ejércitos celestiales, sigue teniendo paciencia y amando profundamente. Él nos invita a todos nosotros a que hoy, actuemos con esa paz desarmada y desarmante, como la primera Iglesia en el martirio. La Iglesia mostró así, la capacidad de ayudar al ser humano a recapacitar, y educo profundamente en el respeto. Hoy dia asi, avancemos en la consideración del Otro, que es más urgente que nunca.

Lo importante es que Jesús pertenecía al pueblo sencillo y, desde su sencillez, antes y ahora, todos los pueblos de la tierra están siendo llamados a ser fuerza común de cariño y de amistad, estan siendo llamados a neutralizar la destrucción que algunos pocos quieren conducir a la humanidad para terminar finalmente en la destrucción.

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Nueve millones de personas han protestado en los últimos días en el país más grande del mundo. La gente sencilla está a la expectativa de decisiones pacificas que ya algunos países han hecho: no participar en la guerra; y se va acumulando una conciencia generalizada en donde todos queremos la paz. No nos detengamos, afiancemos esta decisión, sigamos adelante en las iniciativas pacificadoras del mundo. Unámonos al Santo Padre León XIV en esa perspectiva y hagamos que la Iglesia sea promotora de esas capacidades pacificadoras. Evidentemente, busquemos impedir que quien gobierna y quiera gobernar, lo haga para destruir el mundo y destruir nuestro país. Que no tenga esa oportunidad, sobre todo, aquellos que usan a Dios para destruirnos.

Ayudémoslos a ser más humanos, a asumir responsabilidad seria en evitar mas daños, y a cambiar sus perspectivas destructivas y ambiciosas en capacidad de ser, como todos nosotros, gente de la calle que todo el día trabaja y se esfuerza y no roba ni destruye. Por eso, ahora encomendémonos al Padre y al Espíritu Santo, que acompañó a Jesús hasta el último momento y gracias a los cuales, por el Padre y el Espíritu, Jesus resucitó.

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