En la Solemnidad del Corpus Christi, el cardenal Carlos Castillo recordó que la Eucaristía es el alimento espiritual que nos inspira y moviliza para salir al encuentro del Otro, construir unidad y sanar heridas: «No podemos separar la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo de la comunión viva de nuestro pueblo y nuestra sociedad», expresó durante una masiva Eucaristía en la Plaza Mayor de Lima, en la que participaron miles de fieles.
La Iglesia de Lima ha celebrado la Solemnidad del Corpus Christi en un masivo encuentro que convocó a nuestras comunidades parroquiales, obispos, clero diocesano, hermandades, agentes pastorales, jóvenes, voluntarios de Cáritas Lima y colegios parroquiales. Además de compartir el pan eucarístico, también se compartió el pan material reuniendo alrededor de dos toneladas de víveres para nuestras ollas comunes, cunas y comedores parroquiales.
Es así como la Iglesia de Lima se movilizó guiada bajo el lema: «Como Toribio de Mogrovejo, unidos en el Cuerpo de Cristo, somos un solo Pueblo». En su Homilía, el arzobispo de Lima ha señalado que «no podemos existir ni como creyentes, ni como cristianos y humanos, si no recibimos en lo más profundo de nuestro ser, la vida de Dios a través de su alimento».

El Prelado indicó que la Eucaristía nos remite directamente a la entrega de Jesús en la Cruz y al servicio que marcó toda su vida. Por ello, explicó que el pan y el vino consagrados son el signo mediante el cual Cristo continúa dándose a su pueblo.
Jesús quiso que la entrega de su cuerpo y su sangre en la Cruz sea signo de servicio generoso y amoroso
En ese sentido, el cardenal Castillo precisó que la fe cristiana no se fundamenta en la magia ni en una idea abstracta de Dios, sino en un acontecimiento concreto de la historia: «Aquí no hay ninguna magia. Acá hay el recuerdo de algo real que Jesús hizo en esa Última Cena para hacer memoria histórica siempre de que Él es nuestro alimento», agregó.

Dios no nos creó ‘estándar». Unidad en la diversidad
A partir de la imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, el arzobispo de Lima reflexionó sobre el valor de la diversidad humana. Recordó que Dios no crea personas idénticas ni uniformes, sino que llama a la unidad desde la riqueza de las diferencias:
«Dios no es monótono ni estándar. Él noz hizo diversificados, con historias personales, con situaciones concretas. Dios nos ama haciéndonos a todos diferentes para que, por medio del amor por el cual Él nos creó a todos, podamos apreciarnos y amarnos», comentó.
Esta aceleración que tenemos del mundo nos conduce a la dispersión, a actuar por impulso, a destruirnos unos a otros. La maravilla de esta fiesta es que nos recuerda que el alimento del Señor nos hace hijos y nos ayuda a hermanarnos.
La comunión – explicó el arzobispo – no termina en el momento de recibir la hostia consagrada, sino que nos inspira a salir al encuentro de los demás y a comprometerse con la vida de las personas: «Comulgar en la Sangre de Cristo y en el Cuerpo de Cristo nos da fortaleza para salir al Otro y compartir lo que tengo, generar relaciones, curar heridas, posibilitar que cada uno se sienta plenamente humano y feliz», agregó.

El Primado del Perú recordó la importancia de valorar la riqueza cultural presente en una ciudad tan diversa como Lima, que requiere urgentemente una mayor comprensión entre las culturas de nuestro país: «Gracias a Dios, Lima es hoy día la ciudad quechuahablante más grande del Perú. Solo que a veces la escondemos, ¿no? Y tenemos que aprender a hablar quechua todos también, sin obligación, por vocación», exhortó.
Lima tiene una gran vocación: el servicio generoso a todos nuestros pueblos. Sin embargo, todavía queda pendiente esa gran tarea de ir superando la Lima ‘sobrada’. Poco a poco lo iremos logrando para que seamos una sola carne, un solo corazón, una sola vida
