Reflexionando sobre las parábolas del trigo y la cizaña, el arzobispo de Lima hizo un llamado a vivir una fe dinámica, capaz de reconocer la acción de Dios en medio de la maldad y de construir relaciones de solidaridad que hagan crecer el Reino. El cardenal Carlos Castillo recordó que Dios sigue actuando en favor del ser humano e invitó a la Iglesia a responder al mal con inteligencia, amor y compromiso con los más pobres.
En el XVI Domingo del Tiempo Ordinario, el cardenal Carlos Castillo explicó que las parábolas de Jesús permiten comprender el sentido del Reino de Dios como una realidad viva que actúa en favor de la humanidad. A partir del evangelio de Mateo (13, 24-43), sostuvo que el Reino no es una estructura ni una organización, sino una acción permanente de Dios que transforma la vida.
«¿Qué significa el Reino de Dios? Que Dios – quiérase o no – siempre reina, siempre actúa en favor del ser humano. La palabra ‘reino’, que se dice basileia (βασιλεία), es también una ‘dinámica’; no es un reino que está establecido como una ‘organización’, sino que es la dinámica del Reino», argumentó.
El arzobispo explicó que esta presencia del Reino se manifiesta allí donde la vida es favorecida y las personas recuperan su dignidad. «Cuando cura a un enfermo, ha llegado el Reino de los Cielos, porque la dinámica de Dios es favorecer la curación de las personas, el bienestar de las personas en todo su ser».
Tenemos que aprender a vivir una fe dinámica, que reflexiona y que permite que cada uno de nosotros se exprese y crezca, y crezcamos como comunidad
En ese sentido, señaló que las parábolas son una invitación a pensar la fe desde la propia experiencia humana. «Uno de los problemas más grandes que tiene nuestra fe es que, a veces, creemos que simplemente se trata de creer en el sentido de hacer ciertas prácticas de piedad y no reflexionar ni usar la cabeza». Por ello, insistió en que «como creyente, uno necesita discernir».

Estudiar la realidad para ver por dónde está presente Dios
El arzobispo de Lima afirmó que la fe madura exige estudiar la realidad, comprenderla y buscar en ella la presencia de Dios. «Tenemos que ser conscientes de las cosas, estudiarlas, percibirlas y tratar de ver por dónde está presente Dios». El prelado advirtió sobre las nuevas formas de poder – a través de la tecnología y el dominio de la inteligencia artificial – que buscan uniformizar el pensamiento.
El purpurado indicó que el ser humano posee una inteligencia marcada por la intuición, la conciencia y el amor. Y advirtió que «la inteligencia artificial solo calcula, no tiene amor».
A partir de la parábola del trigo y la cizaña, el cardenal recordó que Jesús habló desde un contexto marcado por la corrupción y la violencia, una realidad que también interpela el presente. «El día de hoy, en este mundo ¿no está creciendo la malignidad? ¿No tenemos personas que se han organizado para matar a nuestros choferes…? ¿No tenemos leyes que favorecen a los delincuentes y, cuando cometen una delincuencia, el fiscal tiene que llamarlo por teléfono para decirle: «¿Va a usted a estar en su casa? ¿Vamos a ir a visitarlo”?».
Dios no impone las cosas. Dios suscita la fe para que libremente vayamos comprendiendo cómo es la fe, cómo es la vida, cómo son las situaciones y cómo es mi respuesta. Dios un Dios nos propone y suscita nuestra madurez, nuestro crecimiento.
Frente a esa realidad, insistió en la importancia de responder a los desafíos de esta época sin caer en el círculo vicioso de la violencia: «Tenemos personas malignas que se están organizando en contra de la mayoría del pueblo pobre y sencillo. Y eso no lo podemos permitir. Pero hay que saber actuar, porque tampoco es cuestión de agarrar y matarlos nosotros a ellos. Esa no es una respuesta cristiana porque violencia no resuelve nada. Pero sí se resuelve con sabiduría».
Superar el cálculo y desarrollar el espíritu de fineza
Al comentar la decisión del sembrador de dejar crecer juntos el trigo y la cizaña hasta la cosecha, destacó que el Señor llama a desarrollar una inteligencia que va más allá del cálculo. «Dios hizo una inteligencia superior que se llama intuición, que se llama sabiduría». Citando a Blaise Pascal, recordó que esa capacidad fue llamada «espíritu de fineza», porque «penetra todo, ausculta las cosas y ve lejos».
En esa línea, reiteró su advertencia ante la amenaza de una sociedad que privilegia el cálculo, el dinero y la superficialidad: «La vida no está hecha por cálculo, sino por amor, porque la creó Dios». El Primado del Perú cuestionó que se utilice la fe para intereses ajenos al Evangelio:
Los fines de Dios no se pueden usar para fines que son de otra naturaleza. Los fines de Dios son para la vida de la gente, no para los intereses propios.
El cardenal Castillo señaló que la Iglesia necesita una permanente renovación para volver al centro del Evangelio: «Tenemos que hacer una corrección de nuestra Iglesia, y la Iglesia, por eso, está en reforma; porque tiene que residir en la fe de nuestro pueblo, que aprende a quererse, apreciarse, ayudarse y a compartir».
«Este tiempo imperial que estamos viviendo se parece mucho al que vivió Jesús, durante un imperio que corrompió al Templo e hizo la mixtura entre Dios y el dinero. y convirtió al Templo en una cueva de bandidos. Y algunos quisieran, quizás, que se convirtiera el catolicismo, la fe católica, en una cueva de bandidos. Y algunos lo han intentado y, en parte, lo han logrado, porque hicieron comunidades dedicadas a eso. Si no, no hubiera pasado todo lo que hemos visto: la tragedia del Sodalicio y otras cosas más que están pasando en la Iglesia, en donde nos acostumbramos y no nos damos cuenta de que estamos siendo engañados», subrayó el cardenal.
El arzobispo de Lima subrayó que las dos parábolas finales —la del grano de mostaza y la de la levadura— muestran que Dios actúa desde lo pequeño para hacer crecer la vida: «Debemos ser ese árbol que va creciendo, acogiendo a todos y convirtiendo a todos para que todos seamos felices».
Finalmente, reiteró el núcleo del mensaje del Evangelio: «El Reino de Dios, hermanos y hermanas, está creciendo en medio de nosotros. Hagamos un esfuerzo para que crezca el Reino de Dios y ahogue la maldad».
Que juntos, con la intuición del Señor y su amor profundo, podamos ayudarnos mutuamente para que nuestra Iglesia sea un signo verdadero del Reino de Dios en la tierra.

