El cardenal Carlos Castillo explicó que la parábola de los trabajadores de la viña nos llama a dejar atrás la lógica de la competencia y la envidia para reconocer el valor de cada persona y construir relaciones marcadas por la fraternidad, el cuidado y la igualdad.

En el XXV Domingo del Tiempo Ordinario, el arzobispo de Lima centró su homilía en la parábola de los trabajadores de la viña (Mt 20, 1-16) para reflexionar sobre una de las dificultades que puede aparecer tanto en la Iglesia como en la sociedad: la tendencia a sentirse superiores por ser los primeros o llegar antes que el resto. Por eso, planteó la necesidad de reconocer que las distintas funciones y tareas son complementarias y que nadie es privilegiado ante Dios.
El cardenal Castillo se refirió a la situación de las primeras comunidades cristianas: en ellas también surgía la pregunta sobre “quién es primero”. Frente a ello, trasladó esta realidad a la vida cotidiana de la Iglesia: “A veces, en la Iglesia, las señoras que ya están en la liturgia, por ejemplo, pueden pensar que las nuevas que vienen ‘no saben nada’. O también los catequistas viejos catequistas respecto a los nuevos”.
El Reino de Dios también se reconoce en la historia
Al explicar la parábola, el Prelado destacó una característica que consideró especialmente significativa en la manera en que Jesús nos comunica: “El Reino de los cielos se parece a lo que sucede en la tierra”. En lugar de presentar el cielo como algo separado de la historia humana, el Evangelio permite descubrir en ella signos y gestos que pueden mostrar la presencia de Dios. Y añadió:
El Evangelio es una brújula para que, cuando caminamos en la tierra, podamos discernir cómo ya está Dios actuando y cómo nosotros nos ponemos en sintonía con Él.
En la parábola de hoy, aunque algunos trabajan durante toda la jornada y otros solamente durante unas horas, todos reciben el mismo denario. El cardenal explicó que la reacción de los primeros trabajadores surge cuando comparan lo que reciben con lo que reciben los demás.
En ese punto destacó una expresión del Evangelio: “por qué tu ojo es malo si yo soy bueno”. El “ojo malo” al que se refiere el arzobispo de Lima es aquel que mira la realidad buscando aquello negativo y convierte al Otro en un competidor. En la parábola, por tanto, la presencia del último no disminuye el valor de los primeros. Más bien, invita a reconocer especialmente a quien se encuentra en una situación de mayor debilidad.
Los últimos realmente tienen el valor de la debilidad en la que Dios se encarnó, porque su Hijo murió débil en una cruz y nació débil como un niño.
Hacia el final de la homilía, el cardenal sostuvo que Dios está presente en todos y nuestra misión consiste en rastrear su presencia en nuestra humanidad: “Tenemos distintas maneras de servir cada uno. No valemos porque alguien nos pone un precio, valemos porque Dios nos ha dado dones a cada uno diferentes para complementarlos, intercambiarlos y desarrollarlos juntos”, reflexionó.
Vivimos en un país donde nos maltratamos los unos con los otros. Una gran tarea de la Iglesia es esto que hace Jesús: incorporar a los últimos en situación de igualdad con los primeros.

