Durante la solemnidad de Todos los Santos, celebrada multitudinariamente en los exteriores del Santuario de las Nazarenas junto a la sagrada imagen del Señor de los Milagros, el arzobispo de Lima advirtió que vivir la fe no implica separarnos de los demás. Y remarcó en su reflexión sobre las bienaventuranzas: «La santidad cristiana, en primer lugar, es para construir felicidad en los demás y en uno mismo».
Al inicio de la celebración, el cardenal Carlos Castillo expresó su pesar por el fallecimiento de monseñor Richard Alarcón, arzobispo emérito del Cusco, ocurrido el viernes 30 de octubre, y de monseñor Jorge Carrión, obispo de Puno, cuya muerte anunció durante la homilía. El arzobispo de Lima manifestó su cercanía con ambas Iglesias particulares y expresó su deseo de que puedan contar próximamente con nuevos pastores. «Nos unimos a esas Iglesias en su luto», señaló.
En el marco de la Solemnidad de Todos los Santos, el cardenal Castillo centró su homilía en las bienaventuranzas del Evangelio de Mateo (Mt 5, 1-12), destacando que la santidad no consiste en apartarse de las personas, sino en cultivar la propia humanidad incluso en medio de las situaciones difíciles: «Feliz es todo aquel que, sufriendo, se convierte en esperanza», acotó.
A veces, creemos que la fe cristiana es una aristocracia, un pequeño grupo de élite que se separa de la gente y la condenan y la juzgan.
El arzobispo de Lima explicó que las bienaventuranzas muestran cómo, incluso en circunstancias adversas, las personas pueden cultivar su humanidad. «Por eso, todos los valores que nos presenta aquí, en donde el bienaventurado se identifica con la Fiesta de Todos los Santos, nos está diciendo una cosa muy interesante: ser santo no es un “santón”», afirmó.

Sin traducción, no hay evangelización
El cardenal Castillo sostuvo que las bienaventuranzas nos recuerdan que Dios jamás abandona, sino que nos invita a anunciar el Evangelio con el testimonio de nuestras vidas, inclusive en las circunstancias más adversas. Y agregó: «Yo anuncio el Evangelio a partir del testimonio de la vida que doy. Por eso, sin traducción no hay evangelización».
El Primado del Perú invitó a desarrollar «actitudes de hermandad y de diálogo», con el propósito de mejorar la sociedad y hacer presente el Reino de Dios en la vida cotidiana. Y precisó: «El Señor no reina en estratosfera, reina en todas partes, pero en especial en el corazón humano».
La santidad cristiana, en primer lugar, es para construir felicidad en los demás y en uno mismo.
De este modo, la santidad que presentan las bienaventuranzas no queda reducida a la preocupación de salvar nuestra alma individual. En palabras del cardenal Castillo, se trata de una disposición que se comparte con los demás y se expresa en la manera de vivir la fe ante el sufrimiento y las necesidades de quienes nos rodean.
También hay hambre y sed de justicia en el Perú
Al reflexionar sobre la bienaventuranza «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados», el arzobispo de Lima hizo referencia explícita a las dificultades que atraviesan numerosos peruanos, especialmente, quienes viven en los pueblos jóvenes y las provincias: «Esto ocurre con todos los peruanos, porque hay hambre y sed de justicia en este país y no se está cumpliendo», advirtió.
El camino de respuesta que nos plantea el Señor consiste en la mansedumbre y la necesidad de aprender a afrontar las situaciones de violencia sin responder reproduciendo el mismo mal. El cardenal Castillo invitó a buscar caminos que permitan neutralizar la violencia progresivamente: «Necesitamos aprender a comprender qué cosa le está pasando al Otro para que sea violento, y yo, colocándome en una situación que permita neutralizarlo. No podemos combatir el mal, pero lo aprendemos a neutralizar poco a poco».
El arzobispo de Lima indicó que, si en la Iglesia formamos comunidades parroquiales y hermandades, es para debatir entre nosotros cómo actuar ante una situación adversa sin destruir a nadie. Por eso, la promesa de las bienaventuranzas van más allá de un simple consuelo, es la palabra del Señor que nos recuerda que es posible cambiar las situaciones más difíciles si nos dejamos inspirar y amar por Dios.
De esta manera, la celebración de Todos los Santos, en medio de la multitud que acompañó al Señor de los Milagros, estuvo marcada por una invitación a vivir las bienaventuranzas desde la humanidad, la solidaridad y el compromiso con la justicia y la paz.
Miles de fieles cantaron «El plebeyo»
Uno de los momentos de la celebración ocurrió cuando el cardenal Carlos Castillo cantó un extracto de «El Plebeyo» junto a los miles de fieles en los exteriores del Santuario Las Nazarenas. Durante la homilía, el arzobispo de Lima recordó el valor de las expresiones culturales como una oportunidad para comunicar la fe desde la realidad de cada pueblo. Finalmente, cantaron:
Trémulo de emoción, dice así en su canción:
«El amor, siendo humano, tiene algo de divino;
amar no es un delito porque hasta Dios amó
y si el cariño es puro y el deseo es sincero,
¿por qué robarnos quieren la fe del corazón?»
Mi sangre, aunque plebeya, también tiñe de rojo
El alma en que se anida mi incomparable amor
Ella de noble cuna y yo humilde plebeyo
No es distinta la sangre ni es otro el corazón
Señor ¿por qué los seres no son de igual valor?

