Sermón de las 7 Palabras: Reflexiones del Viernes Santo

El Sermón de las 7 Palabras, pronunciado en el Santuario Las Nazarenas, ha congregado a cientos de fieles de nuestra ciudad, quienes llegaron hasta el corazón de nuestra capital para acompañar al Cristo Crucificado representado en la histórica imagen del Señor de los Milagros.

A continuación, compartimos las reflexiones más destacadas de los siete predicadores del Sermón:

Primera palabra:
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»

P. Paulo Piérola

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Segunda Palabra:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

P. Manuel Zegarra

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Hoy nos encontramos frente a la cruz, pero no frente a una cruz cualquiera, no frente a un símbolo vacío, sino frente a la cruz donde se revela el amor más grande, el amor que no se guarda nada, el amor que se entrega hasta el final, el amor que no retrocede, el amor que permanece incluso cuando todo parece perdido.

Hoy contemplamos a Cristo crucificado, y no lo contemplamos como un hecho del pasado, no lo contemplamos como una historia antigua, sino como una realidad que sigue viva, porque la cruz de Cristo está presente en la historia de nuestro pueblo, está presente en nuestras calles, está presente en nuestras casas, está presente en nuestras propias vidas.

Porque también hoy hay cruces, hay cruces en el corazón de las familias, hay cruces en la economía, hay cruces en la salud, hay cruces en las relaciones, hay cruces en los silencios que cada uno carga. Y hoy venimos como pueblo, no como gente perfecta, no como gente que tiene todo resuelto, sino como un pueblo herido, cansado, probado por la vida, golpeado por circunstancias que muchas veces no elegimos, marcado por luchas que no siempre se ven pero que se sienten profundamente.

*Muchos de nosotros hemos llegado hoy con algo dentro: una preocupación económica que no se resuelve, una situación familiar que duele, una enfermedad que asusta, una incertidumbre que no nos deja tranquilos, una herida que no termina de sanar.

Y en medio de todo eso, aunque no siempre lo digamos en voz alta, surge una pregunta profunda: ¿dónde está Dios? ¿dónde está Dios cuando duele? ¿dónde está Dios cuando la vida se vuelve pesada? ¿dónde está Dios cuando las cosas no salen como esperamos?

Y hoy, hermanos, la respuesta no viene desde un discurso, no viene desde una explicación complicada, no viene desde una teoría, sino que viene desde la cruz, y es una palabra sencilla pero llena de eternidad: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Hermanos, esta palabra no es una frase bonita, no es un consuelo superficial, no es algo para sentirnos mejor un momento, es una promesa real que cambia el sentido de la vida, que cambia el sentido del sufrimiento, que cambia el sentido de la muerte.

Y lo primero que tenemos que entender es a quién se la dice Jesús.

Jesús no se la dice a un santo, no se la dice a un justo, no se la dice a alguien que hizo todo bien, no se la dice a alguien con una vida perfecta. Se la dice a un ladrón, a un hombre con errores, a alguien con la vida rota, a alguien que llega al final de su vida sin poder mostrar méritos, sin poder decir “lo hice bien”, sin poder apoyarse en una historia perfecta.

Y eso, hermanos, es profundamente esperanzador, porque significa que Dios no se acerca solo a los perfectos, Dios no espera que tengas la vida resuelta, Dios no exige que todo esté bien para entrar en tu historia, Dios no se queda lejos esperando que cambies primero.

Dios entra en la realidad tal como está, Dios entra en tu vida tal como eres, Dios entra en tu historia concreta, con todo lo que tienes y con todo lo que te falta.

Y eso nos incluye a todos, porque todos tenemos algo que nos pesa, todos tenemos heridas, todos tenemos luchas, todos tenemos momentos en los que sentimos que no damos la talla, que no somos suficientes, que no hemos hecho las cosas bien.

Y sin embargo, ahí mismo, Dios se acerca, no se aleja, no se escandaliza, no se retira.

Por eso, hermanos, detengámonos en la primera palabra: HOY.

Jesús dice HOY. No dice mañana, no dice cuando cambies, no dice cuando todo esté mejor, no dice cuando arregles tu vida.

Dice HOY. Y esto rompe completamente nuestra lógica, porque nosotros vivimos postergando todo: mañana cambio, mañana empiezo, mañana me acerco a Dios, mañana arreglo mi vida. Pero Dios no trabaja con el mañana. Dios trabaja con el hoy.

Hoy con tu vida como está, hoy con tus problemas reales, hoy con tus errores, hoy con tus caídas, hoy con tus luchas, hoy con tus contradicciones, hoy con todo lo que eres. Hoy Dios quiere entrar en tu historia, hoy Dios quiere tocar tu vida, hoy Dios quiere encontrarse contigo. Y esto tiene una fuerza social enorme, porque hay un pueblo que sufre hoy, no mañana.

Hay gente que trabaja hoy y no alcanza hoy, hay madres que luchan hoy, hay jóvenes que buscan oportunidades hoy, hay enfermos que esperan hoy, hay ancianos que se sienten solos hoy. Y a todo ese pueblo Cristo le dice: HOY. Hoy tu vida importa, hoy tu dolor cuenta, hoy Dios no te ha olvidado, hoy hay esperanza, hoy hay salvación.

La segunda palabra es CONMIGO. Y aquí está el corazón del Evangelio, porque lo más duro del sufrimiento no es el dolor, es la soledad.

Y cuánta soledad hay hoy, cuánta gente vive acompañada por fuera pero sola por dentro, cuántas personas sienten que nadie las entiende, que nadie las escucha, que nadie las mira de verdad. Y Cristo responde a esa soledad con una palabra que lo cambia todo: CONMIGO.

No estás solo, no caminas solo, no sufres solo. Yo estoy contigo. Contigo en tu dolor, contigo en tu enfermedad, contigo en tu lucha diaria, contigo cuando nadie te entiende, contigo cuando todo parece derrumbarse, contigo cuando sientes que no puedes más.
Y esa presencia no elimina mágicamente el dolor, pero lo transforma, porque cuando uno no está solo, el sufrimiento cambia de sentido.

La tercera palabra es PARAÍSO. Y esto es fundamental, porque si todo terminara aquí, la vida sería demasiado dura, el sufrimiento sería absurdo, la injusticia sería definitiva, la muerte sería el final.

Pero Cristo dice: no termina aquí. Hay paraíso, hay vida eterna, hay una realidad donde el dolor ya no existe, donde no hay lágrimas, donde no hay injusticia, donde todo lo que aquí duele será sanado.

Y esta esperanza sostiene al pueblo, sostiene al que sufre, sostiene al que lucha, sostiene al que espera. Hoy cada uno de nosotros puede decir: “Jesús, acuérdate de mí”.

Y si lo dices con verdad, escucharás en lo profundo del corazón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Tercera Palabra:
«Mujer, he aquí a tu hijo. He aquí a tu madre»

P. Yadir Candela

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Una Madre que sostiene la vida en medio de la Cruz

A inicios del año 2020, estando de misiones con el Seminario en la parroquia del Cerro San Cristóbal, el Señor me regaló un encuentro que hasta hoy sigue predicando en mi corazón. Un día, mientras bendecía en el mercado, vi a una mujer muy anciana, encorvada por el peso de los años, con una “lliclla” sobre sus espaldas. Ese manto sencillo, que muchos conocemos porque allí fuimos cargados cuando éramos niños, se me volvió ese día una imagen viva del amor.

La mujer compraba algunas pocas cosas y las colocaba con cuidado en su manto. Al reconocer que yo era seminarista y que llevaba agua bendita, me pidió con humildad que le echara un poco en su cabeza. Hice la señal de la cruz y, al preguntarle si podía ayudarla, me compartió su historia. Vivía en un pequeño cuarto alquilado, en lo alto del cerro. Bajaba sola a comprar lo necesario para varios días. Le pregunté si no tenía a alguien que la ayudara. Y con una paz que dolía más que cualquier grito, me dijo: su esposo la había dejado cuando nació su hijo, un hijo que no puede desplazarse por sí mismo. “Por eso tengo que bajar siempre… y luego subir otra vez”. Ahí comprendí algo: una madre no calcula, una madre se entrega. Una madre no mide fuerzas, ama hasta donde ya no hay fuerzas. Y en ese momento entendí que esa mujer no solo cargaba alimentos… cargaba vida, cargaba esperanza y cargaba la dignidad de su hijo. Y también entendí que todos nosotros venimos de ahí: de unos hombros que nos sostuvieron cuando no podíamos caminar.

Así también es María. En la pasión de su Hijo, María no hace milagros visibles, no detiene la injusticia, no evita la cruz… pero hace algo más profundo: permanece. Está de pie,
no huye, no abandona, no negocia el amor.

Como tantas madres de nuestro pueblo que, en medio de la pobreza, la violencia o el abandono, siguen sosteniendo la vida con una fidelidad silenciosa. María es esa mujer del cerro, es esa madre de mercado, es esa mujer de barrio que no sale en las noticias pero sostiene el mundo. Y por eso, hermanos, cuando miramos a María, no estamos mirando algo lejano, estamos mirando el rostro más profundo de nuestro pueblo.

María, como afirma la Iglesia se mantuvo fiel a Jesús, “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (Lumen Gentium)

De pie junto a la Cruz: una fe que no se rinde ni se vende

Madre, tú que dijiste “Sí” en Nazaret, hoy estás en el Calvario sostenida solo por una promesa: “El Señor está contigo”. Y esa certeza basta, no porque no duela, sino porque el amor es más fuerte que el dolor. Ahí estás, con lágrimas en los ojos, viendo cómo tu Hijo es tratado como un descartado, como alguien sin valor, como tantos hoy en nuestro país. Y sin embargo, no pierdes la fe. Porque tú sabes que Dios no abandona la historia, incluso cuando parece que todo se ha perdido.

Hoy, Madre, tu presencia ilumina nuestra realidad: En medio de un Perú herido por la violencia, donde la vida se vuelve frágil en las calles, un Perú marcado por la corrupción, donde la verdad parece negociarse y u n Perú donde muchos viven con miedo, donde el futuro parece incierto. Y, sin embargo, tú sigues de pie. No como alguien que ignora el dolor, sino como quien cree que el amor de Dios sigue actuando, escondido, silencioso, fecundo.

Madre, tú crees cuando nadie cree, esperas cuando nadie espera, amas cuando todo invita a odiar y eso es lo que hoy, tus hijos, necesitamos aprender. Porque nuestra fe no puede ser una fe que se encierra, ni una fe que huye, ni una fe que se vende al mejor postor; Al contrario, nuestra fe está llamada a ser una fe de pie, una fe que permanece, una fe que acompaña.

María, Madre que nos reúne y nos enseña a esperar hasta el final

Cuando Jesús, desde la cruz, entrega a su Madre al discípulo amado, está fundando una nueva forma de ser pueblo: nos entrega a María, como Madre, para que nadie camine solo. Nos la entrega para que la Iglesia no sea una institución fría, sino una casa con rostro de madre. Y hoy más que nunca necesitamos redescubrir eso; porque vivimos tiempos donde nos dividimos con facilidad, donde desconfiamos unos de otros, donde la violencia se mete incluso en nuestras relaciones más cercanas.

La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.  (Lumen Gentium 65)

Y María viene a hacer algo profundamente materno: Viene a reunirnos como hijos. Por eso, cuando pensamos en ella, aparecen en nuestra memoria rostros concretos: nuestras madres, nuestras abuelas, esas mujeres que nos enseñaron a vivir, a resistir, a amar. En ellas aprendimos lo esencial: que la vida es don, que el amor no se negocia y que siempre se puede empezar de nuevo.

Pero también recordamos algo muy humano: cuando éramos niños y teníamos miedo, llamábamos a mamá, y ella venía. Hoy, Madre, seguimos llamándote: Mira a tu pueblo, mira a tus hijos que trabajan con miedo, mira a los jóvenes que buscan sentido, mira a las familias que luchan por salir adelante, mira, madre, este perú que necesita volver a creer. Enséñanos a no desesperarnos, enséñanos a no rendirnos y enséñanos a esperar.

Porque, Madre, yo también me pregunto: ¿qué te sostuvo hasta el final? Y viene a mi memoria algo sencillo, pero profundamente humano. Cuando iba al cine con mi mamá, al terminar la película, cuando todos se iban, nosotros nos quedábamos esperando. Esperando esas escenas finales que muchos no ven. Madre, tú nos enseñas a quedarnos cuando otros se van, a creer cuando todo parece acabado, a esperar cuando ya no hay señales.

Como decía San Juan Pablo II:

 «La bienaventurada Virgen María sigue «precediendo» al pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia, para los individuos y las comunidades, para los pueblos y las naciones, y, en cierto modo, para toda la humanidad» (Redemptoris Mater)

Por eso hoy te pedimos: cuando sintamos que todo termina, cuando la noche se haga larga, cuando la cruz parezca la última palabra: ¡Enséñanos a esperar la Resurrección! Sana nuestras heridas, reúnenos como hermanos y devuélvenos la esperanza. Madre, haz de nosotros un pueblo que no se rinde, un pueblo que no odia y un pueblo que vuelve a amar.

Porque tú sabes de paciencia, sabes de ternura, sabes de sostener la vida y porque, al final… mamá siempre sabe.

Cuarta Palabra:
«Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?»

P. Luis Miguel Caldas

Tal vez estas sean las palabras más desgarradoras que pronuncia Jesús en los evangelios. Tal expresión denota muchos sentimientos encontrados, pero es en donde encontramos con mayor fuerza la humanidad de Jesús; y, por tanto, podemos ver la grandeza de la humanidad en depender absolutamente en Dios.

Permítanme citar a un autor ruso (Tarkovski); una de sus obras resuena mucho con el sentido de esta cuarta palabra:

Cuando un hombre nace es débil y flexible. Cuando muere, es rígido e insensible.
Cuando un árbol crece, es tierno y dócil. Pero cuando está seco y rígido, muere.
Rigidez y fortaleza son compañeros de la muerte.
La docilidad y vulnerabilidad son la personificación de la vida. Porque lo que se ha endurecido nunca triunfará.

Sobre la encarnación – La capacidad de entrar en la fragilidad del hombre

Nada en el hombre es ajeno para Dios y es por eso que ha querido hacerse igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Es un amor tan grande que no solo se limita a palabras románticas o superficiales. Él antes de decirnos que nos ama, nos amó primero. Es lo que diría san Ignacio de Loyola: “El amor ha de ser puesto más en las obras que en las palabras”. Por tanto, Él nos demuestra su amor con acciones en concreto y la más grande de todas es la encarnación, el abajamiento de Dios de hacerse uno como nosotros para así enriquecernos.

En este abajamiento Dios se hace débil, limitado, frágil, está sujeto al tiempo y al espacio y con ese amor abraza nuestra humanidad haciéndose uno como nosotros.

Sobre el endurecimiento como respuesta al dolor – signo de muerte

Jesús fue el varón de dolores quien ya desde niño experimentó la persecución y la muerte asechando su camino. Más aun lo vemos en el culmen de su dolor en la cruz exclamando “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Sin embargo, Dios no decide bajarse de la cruz, sino que sigue firme en la cruz con el deseo de entregarse a nosotros: el dolor no cerró su corazón.

Esto puede sucede muchas veces con nosotros quienes, al experimentar, el dolor, la humillación, el desprecio o injusticias. La tendencia natural del hombre es sucumbir al miedo y una manera de auto conservarse es cerrar el corazón para no ser herido. Quien tiene el ego herido o el corazón herido evitar el dolor; no obstante, sucede algo mucho más trágico en el hombre, no solo evita el dolor, sino evita el amor.

¿Por qué me has abandonado? Es algo que podemos reclamarle a un ser querido y también a Dios. Estas palabras las dice Jesús ante el “silencio” ante un “aparente abandono” de su padre Dios. A pesar de ese aparente “desamparo” Jesús sigue adelante con su misión.

Ante la rigidez del corazón herido, podemos perder las esperanzas de vivir. El rígido no espera ya nada. Vivir una vida sin esperanza eso sería lo mismo que estar muerto en vida.

Esta apariencia de “fuerza” en la persona rígida no es más que un signo de muerte. Se cierra en su propia visión del mundo; no está dispuesta a cambiar; minimiza las opiniones de los demás, etc. Pero es lamentable lo que ocurre en el interior de la persona. Pierde la confianza en sí mismo; pierde la confianza en los demás y tristemente pierde la confianza en el mismo Dios.

Por eso, la rigidez de corazón es lo peor que nos puede pasar. Vivir sin esperanza sería vivir ya en un infierno aquí en la tierra.

La docilidad y la vulnerabilidad – Cristo es la personificación de la vida

Caso contrario ocurre con la actitud de Cristo y esto lo supo expresar hondamente san Pablo: “Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12, 10)

En medio del dolor Cristo sigue esperando, sigue confiando es la voluntad de su padre Dios y tiene la convicción de que no lo dejará solo. La aparente queja que da Jesús “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” es tan solo el inicio del salmo 22; más adelante la angustia se convierte en acción de gracias “Porque él no ha mirado con desdén ni ha depreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó pidiendo auxilio”.

La docilidad y la vulnerabilidad son la personificación de la vida. La docilidad que nace de una verdadera humildad; en la que nos abajamos de nuestro orgullo; en reconocer que no siempre tenemos la razón, en no ganar siempre una discusión, pero sobre todo, la humildad de hacer la voluntad de Dios. Jesús fue dócil ante la voluntad de su Padre y su humildad nos trajo nueva vida.

Sabemos que Cristo el Camino, la Verdad y la Vida. Es Él la personificación de la vida misma. Quien está vivo sigue manteniendo las esperanzas; incluso si ha sido herido o destrozado. Quien mantiene las esperanzas no piensa “todo me va a salir mal”; sino “las cosas pueden salir bien”; “las cosas pueden cambiar para bien”. Es decir, espera lo mejor.

Por tanto, la vida puede expresarse en estas categorías de debilidad, flexibilidad; en la ternura y en la docilidad; también en el “sentimiento de dependencia absoluta a Dios” o el “sentimiento de creatura” tal como lo expresaba los filósofos como Schleiermacher. Pero, sobre todo, la confianza de sabernos hijos de Dios y que nuestras vidas están sostenidas por nuestro padre Dios que es un padre amoroso; tal como lo expresaba profundamente santa Teresita del Niño Jesús “Es la confianza, y nada más que la confianza, lo que debe conducirnos al Amor”.

Ya en el mundo hay quienes viven ensombrecidos y su trato es rígido y duro, porque su corazón está así. Nosotros como cristianos debemos seguir en todo a Jesús que es nuestro hermano, quien es nuestro maestro y vivir como él vivió que nuestras palabras y acciones sean como un aliciente para las personas que han perdido la esperanza de vivir. Que con el corazón abierto de Jesús sea un modelo nuestro para seguir apostando por el amor. La debilidad de Jesús, su aparente fragilidad es realmente su victoria y también ha de ser la nuestra.

Quinta Palabra:
«Tengo sed»

P. Paul Espinosa

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Esta palabra “Tengo sed”, pronunciada por Jesucristo en la cruz, se sitúa en el momento culminante de su entrega, cuando da la vida por cada uno de nosotros, cuando se ofrece él mismo como víctima, como cordero al matadero. Como leemos en el Evangelio de San Juan:

“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: ‘Tengo sed’.” (Jn 19,28)

Esta palabra indica que su misión redentora está llegando a su plenitud, que su hora ya estaba cumplida. Cuando el evangelista señala: “para que se cumpliera la Escritura”, nos muestra que Jesús actúa en perfecta obediencia al plan de Dios, haciendo la voluntad del padre su misión, y en este acto él, nuestro Señor, nos enseña a siempre colocar nuestra propia voluntad en manos de nuestro Padre Dios, que tengamos disposición en nuestro corazón por escuchar su palabra y adherirla a nuestra vida y es así que, cumpliendo las profecías, leemos el salmo 69:

“En mi comida me echaron veneno, y para mi sed me dieron a beber vinagre.” (Sal 69,22)

 “TENGO SED” expresa tanto el sufrimiento real y doloroso de Nuestro Señor, como su profundo deseo de salvar a la humanidad, de entregarse por completo al cumplimiento de su misión de salvarnos a cada uno de nosotros. Es, sin duda, una de las palabras más breves, pero al mismo tiempo, más profundas de toda la Sagrada Escritura, la que nos amonesta desde nuestro ser. A primera vista, parece reflejar únicamente una necesidad física propia de un hombre que sufre una muerte cruel y sangrienta. Sin embargo, esta afirmación revela un significado mucho más amplio, profundo, que abarca tanto la dimensión humana del sufrimiento de Cristo, como el misterio de su amor redentor.

En primer lugar, esta palabra manifiesta la realidad del sufrimiento físico, corporal de Jesús. El Hijo de Dios, al encarnarse, asumió plenamente la condición humana, incluyendo el dolor, el sufrimiento; experimento: el desamor, la deslealtad, la negación, la soledad y el olvido. Como mucho de nosotros, que lo hemos vivido en nuestra propia historia. No se trata de una apariencia ni de un símbolo: Cristo experimenta verdaderamente la sed, su cuerpo esta deshidratado, consecuencia de la flagelación, de los golpes, la pérdida abundante de sangre, el caminar hacia el calvario y la agonía en la cruz. Solo queridos hermanos cerremos un instante nuestros ojos y veamos a Jesús, dándolo todo por nosotros, entonces definitivamente necesitaba agua, le daríamos lo que está pidiendo … es por ello que Jesús nos entiende y comprender siempre, De este modo, se cumple lo que afirma la Carta a los hebreos:

“Tenemos un sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades” (Heb 4,15).

Jesús no permanece distante ante el dolor humano, sino que lo comparte desde dentro. Por ello, todo sufrimiento humano encuentra en Él un sentido y una cercanía consoladora. Realmente, Jesús necesitaba agua para calmar su cansancio, experimenta la fragilidad humana; esa fragilidad que todos nosotros hemos tenido y tenemos, porque queridos hermanos no somos perfectos, en algún momento de nuestra propia historia, en nuestra vida, nos hemos equivocado, hemos sido frágiles, le hemos fallado a alguien, nos hemos quebrado ante el dolor, el cansancio, el sufrimiento. Y, sin embargo, este mismo Jesús es quien nos dice:

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.” (Mt 11,28)

Aquí palpamos la dimensión profundamente humana de nuestro Señor, que camina con nosotros, ve nuestros sollozos, conoce nuestra angustia, se compadece de nuestro sufrimiento y nunca nos abandona. El nos compaña en todo momento. El mismo Jesús, lloró por su amigo,“Jesús lloró” (Juan 11,35) y ante Jerusalén…

No obstante, la sed de Cristo no se limita a lo corporal. En un nivel más profundo, esta expresión revela una sed espiritual: un anhelo del corazón de Dios por la humanidad. Es el corazón de Jesús que está agonizando y exclama fuerte que tiene sed de nuestro amor, de fe autentica y de la conversión de nuestra propia vida. Como en el encuentro con la samaritana, cuando te acercaste a ella, como mendigo, necesitado, cansado del trajín  y le dijiste:

“Dame de beber” (Jn 4,7), aunque en realidad eres tú quien ofrece el “agua viva” (Jn 4,10) que sacia definitivamente la sed del alma. Pero Por qué le pide a ella agua, que no era de los suyos, era de un grupo minoritario, quizás rebelde, pesaba sobre ella una mirada de sospecha, había vivido en pecado, quería calmar su sed de amor sin hallar la respuesta ni el camino. Es en Jesús que encuentra esa agua viva, esa agua de misericordia y compasión, que debemos tener todos, tú viste en ella, en la samarita, lo que otros no vieron, sin juzgar sin condenar. Sino que le ofreciste esa agua viva, que reconstruye, que cambia, que motiva y fortalece. Que podamos beber de esa agua Señor, que no nos hace juzgar al hermano ni mucho menos condenarlo, esa agua que nos permite abrir el corazón a los demás, esa agua que nos hace ser valientes y pedir perdón y sobre todo aceptar el perdón.

En la cruz, esta dinámica se intensifica: Cristo, que da la vida por amor, manifiesta su deseo ardiente de salvar al hombre y de atraerlo hacia sí. Su sed es, en definitiva, sed de comunión con la humanidad.

Sin embargo, esta sed divina se enfrenta frecuentemente a la indiferencia y al rechazo del ser humano. Ignoramos tu corazón, no escuchamos tu pedido. El Evangelio señala que, en lugar de agua, a Jesús se le ofrece vinagre:

“Había allí una vasija llena de vinagre…” (Jn 19,29)

Este gesto es signo de la incomprensión y la dureza del corazón humano. De no escuchar su palabra. Paradójicamente, Aquel que nos dijo:

“¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?” (Mt 7,9-11)

Entonces porque si el pide agua, le dan vinagre…

Lo que recibe en su momento de necesidad, es una respuesta pobre y amarga. Esto pone de manifiesto la tragedia del amor no correspondido: Dios ama incondicionalmente, pero el hombre no siempre responde a ese amor. Darle la espalda a Dios, el desprecio a nuestros hermanos, la indiferencia ante el dolor y la pobreza, nuestro deseo de tener más y más y no pensar en el que no tiene. La falta de amor de paz. Ese es el vinagre que muchas veces le damos a Jesús.

Esta realidad no pertenece únicamente al pasado. En la actualidad, Cristo continúa teniendo sed en los rostros concretos de los más necesitados, de todos aquellos que salen a luchar el día a día en las calles, de aquellos que son desplazados por causa de las ideologías, de las guerras, de la corrupción, de todos aquellos que salen de sus hogares, de sus países, buscando el bienestar para sus familias y que esperan volver a reunirse pronto. Como Él mismo lo expresa en el juicio final, y lo pone como una exigencia evangélica:

“Tuve sed y me diste de beber” (Mt 25,35)

De este modo, la sed de Jesús se hace presente en los pobres —especialmente en aquellos que carecen de recursos básicos para vivir dignamente—, en los enfermos, en aquellos que están en los hospitales, que esperan atención oportuna, medicinas y cuidado, que sean tratados con dignidad, la sed de Jesús se hace presente en quienes sufren todo tipo de violencia, contra los niños, jóvenes, contra las mujeres, contra los ancianos, la sed de Jesús se hace presente en quienes son discriminados, excluidos o privados inclusive del amor de Dios, por pensamientos radicales y muy poco evangélicos faltos de misericordia. «Tú Señor, tienes sed, de que tengamos sed de servir al hermano hambriento, sediento, desnudo, enfermo y prisionero.»

Jesús tiene también sed de justicia, para todos aquellos que son víctima de la delincuencia, de las extorciones, sed de justicia para aquellos que son asesinados por causa de la codicia, por los comerciantes, emprendedores por los que trabajan en el servicio de transporte público, sed de justicia para aquellos   perseguidos, los despojados de sus derechos por venganza, para los que son difamados y calumniados en su dignidad de hijos de Dios. Sed de una justicia objetiva, real y oportuna. Sede de justicia para los jóvenes que alzan su voz de protesta ante la desigualdad para que realmente sean escuchados y  Ante esta realidad, la respuesta del creyente no puede ser la indiferencia, sino el compromiso activo por una justicia que esté unida al amor y a la paz. Como enseña el Papa Francisco: “La paz exige justicia, exige verdad, exige amor.”

Porque una justicia sin paz, sin amor y sin verdad no es una verdadera justicia, sino venganza; y los cristianos no somos vengativos no debemos serlo, todos estamos llamados a vencer el mal con el bien, con esa agua viva que es el amor de Jesús.

En ese instante, está ahí la madre, que escucha a su hijo pedir agua, es la misma realidad que nos confronta que cuando escuchamos a un hijo pedir agua, comida, amor, tiempo y una familia que lo pueda sostener, ello tiene un significado especial. Al pie de la cruz:

“Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre” (Jn 19,25)

Ella representa la fidelidad y la capacidad de acompañar el sufrimiento con amor. Aunque no puede aliviar físicamente la sed de su Hijo, ofrece su presencia y su entrega total. María enseña que, aun cuando no se puedan resolver todos los problemas, siempre es posible amar y permanecer fiel, es la madre que daba siempre sus cuidados a Jesús y que ahora sufre por que no puede darle agua para calmar su sufrimiento. Como esa madre que espera que su hijo que se recupere de esa enfermedad, que acompaña en el dolor de un hijo abatido por la desesperación y problemas. O por esa madre que espera que su hijo regrese pronto. María nos enseña que una madre daría todo por un hijo… saciar su sed con su amor incondicional.

Finalmente, la expresión “Tengo sed” interpela directamente la vida cotidiana del creyente. No se trata solo de contemplar un hecho del pasado, sino de responder a una llamada actual. Cristo tiene sed de nuestro amor, de nuestra misericordia y compasión para nuestro hermano, de nuestra oración que brota de un corazón sincero y sencillo, sed de un encuentro real con Él; tiene sed de nuestra conversión, que aprendamos en estos días santos, tener la capacidad de pedir y aceptar el perdón…aprovechemos este tiempo de gracia que se nos da, de dar de beber a todos del amor de Dios especialmente aquellos que más lo necesiten. ; Jesús tiene sed de nuestro amor al prójimo, de que podamos extender la mano aquel que lo necesita que no pasemos indiferentes. Cada acto de caridad, cada gesto de perdón y cada decisión orientada al bien constituyen una respuesta concreta a este clamor divino.  Tu que convertiste el agua en vino en las bodas de cana, tú que eres la fuente del agua viva que calma la sed del hombre, tú que eres el pastor que lleva al rebaño a fuentes de agua viva, danos siempre un corazón nuevo solo para ti.

Jesús tiene sed: que nosotros tengamos sed de ti, y desde ti una sincera sed del encuentro con el otro, con mi hermano y sed de servir al hermano, hambriento sediento, desnudo, enfermo y prisionero, de que seamos verdaderos hijos de Dios.

Jesús tiene sed de que seamos auténticos cristianos, bebiendo de esa agua que broto de su costado junto con la sangre fortaleciendo a la Iglesia en sus sacramentos,  sed que lo busquemos en el sagrario, que sepamos ponernos de rodillas ante Él, sed de fortalecer nuestra fe sincera, sed de aumentar nuestra esperanza y sed que nuestra caridad se refleje en obras concretas.

Que Santo Toribio de Mogrovejo y Nuestra Señora de la Evangelización intercedan por nosotros.

Sexta Palabra:
«Todo está consumado»

P. Javier Cusihuamán

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Todo está consumado (Υετέλεσται)

De las cosas que nuestra sociedad moderna mas valora en estos tiempos es la idolatría del ego, donde el capricho y la vanagloria, ciegas y sin profundidad imperan, y buscan hacer del hombre presa de su propia ceguera. Ya vemos como inclusive en nombre de la justicia y de la paz se inician guerras y se maltrata cada vez mas al oprimido, donde los pobres tienen cada vez menos voz en un mundo donde el fuerte, inclusive con violencia es capaz de desangrar al que menos tiene por unas pocas monedas.

Pero hoy frente a nosotros tenemos a alguien que es un signo de contradicción, al Señor crucificado que, a diferencia del mundo, no ha decidido vivir para si mismo, si no que por el contrario, ha querido vivir en obediencia y en función de la salvación de sus hermanos, ya que al decir de la carta a los hebreos “Cristo en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presento oraciones y suplicas … El a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Y, llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna…

Esta es la razón de esta palabra pronunciada por el Señor en la cruz “Todo esta consumado”, no como el llegar un fin sin sentido y derrotista, (aunque la apariencia de la cruz nos pueda confundir) sino muy por el contrario, estamos ante aquella ciencia divina acerca del camino y  la tarea que debía llevar el Señor  a término. Inclusive hermanos, acercándonos a la fuente misma de la escritura leemos en griego, Υετέλεσται(Tetélestai) que nos indica que el plan divino ha sido llevado a su cumplimiento a su perfección, y es que eres tú Señor el testigo regio de la verdad, que hasta el último momento cumple la obra encomendada, obediente a la voluntad del Padre.

Que diferente hermanos, el hijo de Dios, desde su trono regio, nos enseña a vivir la obediencia a Dios, contrario quizá a lo que valora el mundo. Pero si es que en la obediencia al plan salvífico del Padre esta nuestra felicidad y la respuesta a los anhelos mas profundos de nuestro corazón, porque no hemos de abrazar con generosidad y alegría aquel don que nos viene del cielo.  Por que hermanos en vez de mirarnos solo a nosotros mismo, en un egoísmo sombrío y destructor, empezamos a mirar a Dios y en el a nuestros hermanos.

Todo esta consumado, en plenitud por que el Señor es el Emanuel (Dios con nosotros), que en el misterio de su encarnación has asumido todo aquello que debe reconciliar, todo aquello que debía vivir. El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada (plantó su tienda) entre nosotros” (1:14), logra su plenitud cuando en la Cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también para nosotros. Todo esta consumado porque ha reconciliado nuestra humanidad caída, Dios se ha hecho solidario para con nosotros.

Todo está consumado, desde su ministerio, en el Evangelio que nos predicó y ánimo , en las curaciones y milagros que realizó, en la cercanía que ha tenido el Señor para con nosotros, ni le espanta ni le asquea nuestros pecados, “todo lo hiciste bien” como decía la gente en su asombro al curar al sordomudo, toda la revelación la ha entregado, todos los Sacramentos que instituiste en bien nuestro, para nuestra salvación,  nada se te paso por alto, todo lo has querido consumar en tan preciosa perfección en favor de nosotros tus hermanos Señor. ¿Acaso lo merecemos?

 Todo está consumado, ahora mismo, en el momento del dolor,  donde el Señor da cumplimiento íntegro a la Escritura: «Por alimento me sirven el veneno, por bebida a mi sed me dan vinagre» (Sal_69:22) y solo así Señor, cumpliendo el plan divino del Padre, pronuncias “Todo está consumado”. 

Consumado es también por la deuda saldada, aquella que adquirimos por nuestros primeros padres y por la que adquirimos cada vez, que de manera personal y voluntaria decidimos con nuestros propios actos, dar la espalda a Dios y a su plan de amor, ofendiendo  al buen Dios, quien ha hecho todo bien nuestro. Así, ahora el Señor, al decir del recordado Papa Francisco, nos ha misericordiado, nos ha primeriado y ha pagado de una vez y por todas, completa y gratuitamente todo lo que perdimos por el pecado. El Señor ha completado la misión que había venido a realizar. Es como en los antiguos recibos de impuesto que tienen escrito transversalmente “tetélestai”: i.e., “totalmente pagado” (traducido “consumado es”). Por la muerte de Jesús en la cruz, la deuda por el pecado de la humanidad ha sido completamente pagada, de una vez y para siempre.

Queridos hermanos, no nos equivoquemos con la muerte del Señor, al pensar solo en tristeza, el Señor es el mártir de la humanidad sí, pero contrario a lo que podamos pensar, la muerte de Jesús es la “hora de la Gloria” en la cual Dios se manifiesta completamente al mundo, escandalo y locura para muchos, pero el lugar en donde Dios se muestra fuerte en lo débil. Todo el camino histórico de la revelación llega a su cumplimiento: “Todo está cumplido”, en la persona del Señor, todo está consumado en madero de la Cruz.

Muere el Señor, que de hecho, ha llevado a término su obra, incluso con las últimas recomendaciones, que imparte desde la cruz. Por eso, todo cuanto aquí ocurre esta empapado del resplandor fulgurante de la consumación. Esta palabra “consumado” es el sello y firma puestos a la obra del Señor Jesús, a su revelación de Dios, que culmina en esa muerte como la consumación del amor de Dios por cada uno de nosotros.

De esta manera la Pasión y muerte de Jesús es exaltación: la Cruz se convierte en Gloria, al decir del Comentario de San Jerónimo: todo está cumplido: Tras anunciar que la misión que el Padre le había encomendado está cumplida (cf. 8,29; 14,31; 16,32; 17,4), Jesús entregará  su espíritu porque nadie  le ha «quitado» a Jesús la vida, Jesús la en­trega voluntariamente.

Queridos hermanos, Jesús no muere quejándose, sino en una profunda satisfacción de haber hecho la voluntad del Padre. Dejemos, de lado nuestras actitudes infantiles de buscar solo el provecho personal, dejemos de lado la corrupción que envenena nuestra sociedad y pudre nuestro corazón y el alma, dejemos de quejarnos pensando que siempre es “el otro quien tiene la culpa” sin hacer un examen de conciencia sincero. Seamos obedientes también a la voluntad del Padre, vivamos en la gracia que tanto le costo a nuestro redentor. Seamos santos para que así al final de nuestra vida, con satisfacción y confianza en el Señor, podamos despedirnos de este mundo, poniendo en nuestros propios labios las mismas palabras del Señor “todo esta consumado”, Señor somos siervos inútiles que hemos hecho nuestro mayor esfuerzo, recoge en tu misericordia los pobres esfuerzos de nuestra vida.

Y si nos cuesta ser obedientes para hacer la voluntad de Dios acude a María santísima, ella con su humilde corazón inmaculado, con cariño de madre, formará en nosotros a su hijo, para poder decir también con el “Todo está consumado”.

Séptima Palabra:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

P. Emerson Velaysosa

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El último aliento del Cordero

Queridos hermanos: ha caído el mediodía sobre el Calvario. El sol ha desaparecido tras una oscuridad de tres horas que ningún eclipse puede explicar. El velo del Templo que medía aproximadamente 18 metros de alto se ha rasgado de arriba abajo. Y el cuerpo del Hijo de Dios, agotado más allá de lo que el lenguaje humano puede describir, pronuncia por última vez. Ha perdonado al enemigo. Ha abierto el paraíso al ladrón. Ha encomendado su madre al discípulo amado. Y ahora llega la séptima. La que cierra el testamento.

San Lucas nos la entrega con una sobriedad que estremece: no el dramatismo de quien exagera, sino la claridad de quien vio algo que no se puede inventar. Un hombre agonizante que, en lugar de maldecir o callar, ora. Y ora con una intimidad que rompe todos los protocolos del dolor:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró.”  — Lucas 23, 46

Esta séptima palabra es el testamento espiritual de Cristo: el resumen de una vida entera de obediencia amorosa al Padre, y para nosotros —peruanos del siglo XXI, con nuestros propios calvarios cotidianos— la invitación más radical que podamos recibir: aprender a poner la vida en las manos del Padre.

Exégesis bíblica: Las raíces profundas de esta palabra

a) El eco del Salmo 31: la oración que María le enseñó

Jesús, en su último aliento, no improvisa. Cita las Escrituras. Toma el Salmo 31 (30), versículo 6, que el pueblo judío piadoso declamaba cada noche antes de dormir —la oración que las madres enseñaban a sus hijos—. María habría enseñado esta misma oración a su hijo en Nazaret. Hay algo sumamente conmovedor aquí: Jesús muere recitando la oración que su madre le enseñó de niño.

“En tus manos encomiendo mi espíritu; tú me rescatas, Señor, Dios fiel.”  — Salmo 31 (30), 6

Pero Jesús agrega una sola palabra al inicio que lo cambia todo: en el Salmo el orante dice “Señor”; Jesús dice “Padre. Ese reemplazo no es retórico. Es teológico. Es la novedad absoluta del Evangelio. Nadie en el Antiguo Testamento se atrevía a llamar a Dios con la intimidad filial del término arameo Abba: la palabra cálida y cercana que un niño dirige a su padre. Y Jesús la dice desde la cruz, en agonía, como el asentimiento más radical de que nada —ni el dolor físico ni el peso del pecado del mundo— ha destrozado esa relación.

b) παρατίθεμαί (paratíthemai): depositar, no abandonar

El verbo griego que Lucas usa para “encomiendo” —paratíthemai— significa en el mundo greco-romano el acto jurídico de depositar un bien precioso en manos de un custodio absolutamente confiable, con la certeza de recibirlo de vuelta íntegro. No es abandono pasivo. Es un acto deliberado, consciente y libre. La voz media del verbo subraya que nadie le arrebata el espíritu a Jesús: Él lo entrega. Así lo había enseñado: “Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 18).

Y cuando dice “mi espíritu” —en hebreo ruah, el aliento de Dios que dio vida al primer hombre (Gn 2, 7)— entrega no sólo su cuerpo ya destrozado, sino lo más íntimo de su ser: su comunión con el Padre. La entrega es total. Sin reservas.

Lo que los grandes maestros de la Iglesia nos enseñan

San Juan Pablo II —  en su carta apostólica Salvifici Doloris, n.18, dice:

“El sufrimiento humano ha alcanzado su cima en la pasión de Cristo y ha entrado en un nuevo orden: ha sido vinculado al amor que crea el bien, extrayéndolo incluso del mal. El que sufre unido a Cristo no sufre en vano.”

Benedicto XVI — en el Capítulo VI de su libro Jesús De Nazaret, Volumen II nos comparte:

“Jesús recita el Salmo 31 como oración propia y, al mismo tiempo, lo transforma. Pone en él la novedad de su relación de Hijo con el Padre, que es la novedad del Evangelio mismo. Ya no somos siervos; somos hijos.”

Papa Francisco, en la exhortación apostólica Gaudete Et Exsultate, n. 32, afirma:

“La santidad no es algo que se fabrica. Es dejarse encontrar por Dios, dejarse amar, dejarse transformar. Es confiarle nuestra pobreza para que Él obre maravillas.”

La última palabra de Jesús es, para Francisco, el modelo de lo que significa ser cristiano hoy: no el activismo religioso que confunde hacer cosas con amar a Dios, sino la entrega confiada a manos que saben lo que hacen con él.

Papa León XIV — en su Mensaje para La Cuaresma 2026 nos habla:

“Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él.”

El Papa León XIV nos revela que encomendar y escuchar son los dos rostros de un mismo amor filial. Sólo quien aprende a callar su propio ruido interior —sus miedos, su soberbia, su necesidad de controlarlo todo— puede luego depositar su espíritu en manos del Padre. Y quien así encomienda, regresa con oídos nuevos para escuchar el clamor de los que sufren injusticia. La séptima palabra no nos aleja del mundo; nos devuelve a él con el corazón más disponible.

Una palabra para el Perú de hoy

Hay un Calvario que no está en Jerusalén. Está en Chachapoyas, en el Rímac, en Abancay, en Iquitos y en los miles de lugares de este país donde la vida se vive al límite. Y desde esos calvarios cotidianos, el pueblo peruano lleva siglos aprendiendo —quizás sin saberlo— a pronunciar esta séptima palabra.

Chachapoyas: la fe que sobrevive en las alturas

Chachapoyas, tierra del precursor de la peruanidad don Toribio Rodríguez de Mendoza, ciudad antigua entre nubes y quebradas de la Amazonía, que fue visitada por Santo Toribio de Mogrovejo. Allí la montaña lo complica todo y al mismo tiempo lo hace todo más hondo. Sus gentes aprendieron desde siempre a plantar en suelos difíciles y a confiar en lluvias que no se pueden someter. Lo confieso: es mi tierra. Nací allí, en Luya Viejo. Y hoy no puedo predicar esta séptima palabra como si fuera ajena —porque antes que ninguna teología, Chachapoyas me enseñó que la vida es una semilla que se pone en manos más grandes que las propias.

El Rímac: el calvario en el corazón histórico de Lima

El Rímac conserva en sus calles varios siglos de fe peruana: la Alameda de los Descalzos, las iglesias coloniales, las procesiones que aún salen con el mismo fervor de siempre. Pero al subir a sus asentamientos humanos, la historia cede paso a la emergencia: allí, cada mañana, las ollas comunes y los comedores populares encienden su fuego para sustentar a las familias que no tienen con qué. Esas ollas son, sin saberlo, una parábola de la séptima palabra: manos que no pueden solos, que juntan lo poco que tienen y lo ponen en medio —como quien encomienda— confiando en que alcanzará. Y alcanza. Semana a semana, en esas ollas, como en tantos otros lugares de pobreza, la séptima palabra deja de ser texto y se convierte en vida.

El Perú entero: encomendar para poder reconstruir

Más allá de estas dos realidades concretas, el Perú entero vive hoy un momento que exige la séptima palabra en escala nacional. La desconfianza entre peruanos, la polarización política, la corrupción que devora los recursos de los más pobres, la sensación de que este país no tiene arreglo. La séptima palabra no nos pide pasividad cívica. Jesús no fue pasivo. Pero sí nos pide que, antes de seguir construyendo sobre el odio o el cinismo, aprendamos a soltar el rencor, a poner en manos del Padre lo que nosotros solos no podemos resolver, y a volver al trabajo con las manos limpias y el corazón disponible.

El Testamento que nos dejó

Hemos recorrido juntos las raíces de esta palabra —el Salmo 31, el verbo griego, el aliento del Génesis—; a Juan Pablo II, a Benedicto XVI, a Francisco y a León XIV; y hemos bajado al Perú real, al de Chachapoyas y el Rímac.

¿Qué queda? Queda una certeza única: la séptima palabra es la más personal y la más universal de todas. Personal, porque la dice Jesús con su último aliento, con el nombre más íntimo —Padre—. Universal, porque no hay ser humano que en algún punto de su vida no llegue al límite de lo que puede controlar, al umbral donde el único movimiento posible es abrir las manos y confiar.

No se trata de resignación. Jesús no se resignó. Amó hasta el extremo, perdonó cuando podía maldecir, tranquilizó al ladrón cuando Él mismo agonizaba. Pero cuando ya había hecho todo lo que era suyo hacer, entonces confió el resultado al Padre. Soltó lo que ya no podía sostener. Y lo puso en manos más grandes.

Como escribe el padre Martín Descalzo: en realidad es sólo que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre. Esas manos no están hechas para condenar. Están hechas para salvar. El Padre la tiene. Y sus manos son eternas.

“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá.”  — Salmo 27 (26), 10

Hermano peruano, hermana peruana, donde quiera que estés viendo esta transmisión: en Piura, en Ayacucho entre iglesias e historia, en Arequipa al pie del Misti y esfuerzo diario, o en cualquier otro rincón de este Perú tan herido y tan amado. Cualquiera que sea tu calvario esta tarde, te invito a hacer tuya la séptima palabra. No como fórmula mágica. Sino como el acto más libre y más adulto que un ser humano puede hacer: abrir las manos y decirle al Padre lo que le dijo su Hijo desde la cruz.

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