A pocos días de culminar el tiempo de Cuaresma, Monseñor Víctor Solís, Vicario General de la Arquidiócesis de Lima, recordó que los cristianos estamos llamados a «trabajar en nuestra conversión personal y comunitaria», ayunando de las palabras hirientes y volviendo a Jesús, fundamento de nuestra vida.

Escribe: Carmen López
Para Monseñor Solís, los días vividos en la Cuaresma nos inspiran a redescubrir el verdadero sentido del ayuno, no sólo entendido como una práctica de restricción, sino como un camino de transformación interior que «nos predispone para una mejor escucha de la Palabra de Dios».
El Papa León XIV ha recordado que el ayuno va más allá de abstenerse de la comida es un tiempo para desapegarnos de lo superfluo y acercarnos a lo esencial, ¿por qué es importante vivir este ayuno como un camino de preparación y transformación interior?
El ayuno nos predispone para una mejor escucha de la Palabra de Dios, siguiendo la enseñanza del Señor: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios. A la par, Jesús nos enseña con su ejemplo cómo tratar a las personas, respetando su dignidad. Lo podemos ver en el encuentro con la samaritana o hablando con los discípulos.
Jesús es el primer oyente de la palabra del Padre Dios y, con ello, nos enseña a escuchar y obedecer. ¿Con qué fin? Para que nosotros, desde la escucha viviente, sintamos con Jesús la necesidad de vivir coherentemente nuestros ser hijos del Padre, discípulos suyos, en docilidad a la acción del Espíritu Santo.
El ayuno no sólo nos llama a la conversión personal, también a la conversión comunitaria y social ¿Cómo podemos cultivar una mayor apertura hacia las necesidades de quienes nos rodean?
El ayuno se convierte en un momento de reflexión si va acompañado de la oración. Una oración entendida como un encuentro de amistad con el Señor, pero, sobre, todo a la luz de la Palabra, permitimos a Él hablarle de nuestro corazón. Si tenemos un espíritu abierto para acogerle, entenderemos que la oración que le agrada es aquella en la que el hermano se hace presente, yendo a su encuentro para obrar, sentir, actuar como lo hizo Jesús, siempre en atención al más necesitado.
Podemos ver los diferentes momentos en los que Jesús se encuentra con personas que realmente lo necesitan y que, a través de su palabra sanadora y perdonadora, las reincorpora a la vida espiritual, a la vida social. Eso mismo quiere Jesús que hagamos nosotros con todo hermano necesitado, indiferente, alejado, en pecado. Todo se convierte desde el ayuno, desde la oración, en un camino para ir al encuentro del hermano a través de las obras de misericordia.
¿Cómo podemos vivir y reflexionar sobre el ayuno en nuestras familias, comunidades y vida diaria para que sea significativo y no solo un acto externo?
El Santo Padre nos invita a vivir la Cuaresma realizando un camino compartido, escuchando la Palabra de Dios y el clamor de los pobres como forma de vida común. Esto supone una real toma de conciencia de que no debemos vivir la Cuaresma de forma intimista, sino asumiendo que, como comunidad, como Iglesia, debemos caminar juntos, sinodalmente, como Pueblo de Dios que trabaja en su conversión comunitaria y tiene como meta llegar al Señor a través del prójimo.
Este prójimo que pueden ser los padres, los hijos, los esposos, los amigos o aún, indudablemente, el enemigo, asumiendo el reto de la reconciliación y tendiendo puentes para que el enemigo pase a ser nuestro amigo.

¿De qué manera el ayuno puede ser una experiencia de encuentro y reconciliación con el hermano?
Si bien es cierto, el ayuno supone principalmente abstenernos de comida, de abstinencia, de comer, de tomar licor, de comer carne. Podemos seguir el consejo del Santo Padre: leer y escuchar atentamente la Palabra de Dios, vivir atentos a quien pueda necesitarnos. El ayuno también debe alcanzar nuestra lengua para evitar palabras hirientes y dar espacio a la reconciliación, tener un espíritu de acogida, sobre todo, con el hermano que sufre.
¿Qué mensaje le daría al Pueblo de Dios para vivir la Semana Santa de manera auténtica y transformadora?
Yo les invitaría a todos a reflexionar con detenimiento en lo que la Palabra de Dios nos pide. Es un tiempo para poner en práctica las obras de misericordia, las obras corporales y las obras espirituales. Esto es algo que no debemos perder de vista porque acompaña también a la práctica de la oración y a la práctica del ayuno.
Necesitamos trabajar en nuestra conversión personal y comunitaria, la conversión entendida como un cambio de mentalidad. Tratamos de sentir con Jesús, aprender de Jesús, identificarnos con Él. En esa medida, podremos en la Pascua renovar nuestra condición de hijos de Dios, tal vez tratar de reflexionar un poco sobre nuestra condición bautismal y todas las gracias ganadas desde allí.

No vivamos la Cuaresma de forma intimista, sino como comunidad, caminando juntos sinodalmente como Pueblo de Dios
Monseñor Víctor Solís