Evangelio del DĂ­a

Evangelio del DĂ­a
Jun - 2021
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Primera lectura

Del libro de TobĂ­as (Tb 6, 10-11; 7, 1. 9-17; 8, 4-9a)

En aquellos dĂ­as, cuando entraron a la provincia de Media y se acercaban a la ciudad de Ecbatana, Rafael le dijo al joven TobĂ­as: “TobĂ­as, hermano”. Él le contestĂł: “¿QuĂ© quieres?” Rafael le dijo: “Es necesario que pasemos esta noche en casa de RagĂŒel, pariente tuyo, que tiene una hija llamada Sara”.

Al llegar a Ecbatana, TobĂ­as le dijo a Rafael: “AzarĂ­as, hermano, condĂșceme por el camino mĂĄs corto a casa de RagĂŒel, nuestro hermano”. Rafael lo condujo a la casa de RagĂŒel, a quien encontraron sentado en la puerta de su patio, y lo saludaron. El les contestĂł: “¡Mucho gusto, hermanos! Sean bienvenidos”. Y los hizo pasar a su casa. MatĂł un carnero de su rebaño y los recibiĂł amablemente.

Se lavaron, se purificaron y se sentaron a la mesa. Entonces TobĂ­as le dijo a Rafael: “AzarĂ­as, hermano, dile a RagĂŒel que me dĂ© la mano de mi hermana Sara”. RagĂŒel alcanzĂł a escucharlo y le dijo a TobĂ­as: “Come y bebe y descansa tranquilamente esta noche. Nadie tiene mĂĄs derecho que tĂș, hermano, para casarse con mi hija Sara, y a nadie se la puedo yo dar sino a ti, porque tĂș eres mi pariente mĂĄs cercano. Pero tengo que decirte una cosa, hijo. Se la he entregado a siete parientes nuestros y todos murieron antes de tener relaciones con ella. Por eso, hijo, come y bebe y el Señor cuidarĂĄ de ustedes”.

TobĂ­as replicĂł: “No comerĂ© ni beberĂ©, hasta que no hayas tomado una decisiĂłn acerca de lo que te he pedido”. RagĂŒel le contestĂł: “EstĂĄ bien. SegĂșn la ley de MoisĂ©s, a ti se te debe dar. El cielo mismo lo ha decretado. CĂĄsate, pues, con tu hermana; desde ahora tĂș eres su hermano, y ella, tu hermana. Desde hoy y para siempre serĂĄ tu esposa. Hijo, que el Señor del cielo los acompañe durante esta noche, tenga misericordia de ustedes y les conceda su paz”.

RagĂŒel mandĂł llamar a su hija Sara, ella vino, y tomĂĄndola de la mano, se la entregĂł a TobĂ­as, diciĂ©ndole: “RecĂ­bela, pues, segĂșn lo prescrito en la ley de MoisĂ©s. A ti se te da como esposa. TĂłmala y llĂ©vala con bien a la casa de tu padre. Y que el Señor del cielo les conceda a ustedes un buen viaje y les dĂ© su paz”.

Entonces RagĂŒel llamĂł a la madre de Sara y le pidiĂł que trajera papel para escribir el acta de matrimonio, en que constara que su hija habĂ­a sido entregada por esposa a TobĂ­as, de acuerdo con lo establecido en la ley de MoisĂ©s. La esposa de RagĂŒel trajo el papel. Y Ă©l escribiĂł y firmĂł. Y despuĂ©s se sentaron a cenar.

RagĂŒel llamĂł a su esposa Edna y le dijo: “Hermana, prepĂĄrales la habitaciĂłn y conduce allĂĄ a Sara”. Edna fue, preparĂł el lecho como su esposo le habĂ­a indicado y llorando por la suerte de Sara, la condujo allĂ­. Se enjugĂł las lĂĄgrimas y le dijo: “Hija mĂ­a, ten valor. Que el Señor del cielo cambie tu tristeza en alegrĂ­a. ÂĄTen valor!” Y saliĂł de la habitaciĂłn.

Al terminar la cena, RagĂŒel y Edna decidieron acostarse y acompañaron al joven a la habitaciĂłn. Cerraron la puerta y se fueron.

TobĂ­as se levantĂł y le dijo a Sara: “¡LevĂĄntate, hermana! Supliquemos al Señor, nuestro Dios, que tenga misericordia de nosotros y nos proteja”. Se levantĂł Sara y comenzaron a suplicar al Señor que los protegiera, diciendo: “Bendito seas, Dios de nuestros padres y bendito sea tu nombre por los siglos de los siglos. Que te bendigan los cielos y todas tus creaturas por los siglos de los siglos. TĂș creaste a AdĂĄn y le diste a Eva como ayuda y apoyo, y de ambos procede todo el gĂ©nero humano. TĂș dijiste: ‘No es bueno que el hombre estĂ© solo. Voy a hacer a alguien como Ă©l, para que lo ayude’ ”.

“Ahora, Señor, si yo tomo por esposa a esta hermana mĂ­a, no es por satisfacer mis pasiones, sino por un fin honesto. CompadĂ©cete, Señor, de ella y de mĂ­ y haz que los dos juntos vivamos felices hasta la vejez”.

Y los dos dijeron: “AmĂ©n, amĂ©n” y se durmieron en paz.

EVANGELIO DEL DÍA

Evangelio segĂșn San Marcos (Mc 12, 28b-34)

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercĂł a JesĂșs y le preguntĂł: “¿CuĂĄl es el primero de todos los mandamientos?” JesĂșs le respondiĂł: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el Ășnico Señor; amarĂĄs al Señor, tu Dios, con todo tu corazĂłn, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es Ă©ste: AmarĂĄs a tu prĂłjimo como a ti mismo. No hay ningĂșn mandamiento mayor que Ă©stos”.

El escriba replicĂł: “Muy bien, Maestro. Tienes razĂłn, cuando dices que el Señor es Ășnico y que no hay otro fuera de Ă©l, y amarlo con todo el corazĂłn, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prĂłjimo como a uno mismo, vale mĂĄs que todos los holocaustos y sacrificios”.

JesĂșs, viendo que habĂ­a hablado muy sensatamente, le dijo: “No estĂĄs lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atreviĂł a hacerle mĂĄs preguntas.

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