El Cardenal Castillo recordó que el anuncio de la Resurrección se presenta como una experiencia de fe vivida en comunidad, donde la diversidad, el discernimiento y el amor gratuito se convierten en signos concretos de una Iglesia que camina unida.
El arzobispo de Lima sostuvo que la Iglesia «no es un ejército que cumple normas a rajatabla, es una comunidad sinodal para poder apreciarnos y comprendernos, no para homologarnos».
«El Señor ha resucitado, el Señor ha roto definitivamente con la muerte, la ha superado por medio de su amor infinito», ha proclamado el arzobispo de Lima al inicio de su homilía, subrayando que esta victoria nos recuerda que «no estamos creados ni hechos para la muerte, sino para la vida, y la vida plena y eterna».
Desde esta certeza, el purpurado afirmó que la Resurrección es un acontecimiento que «nadie presenció, sino Dios mismo», pero que ha sido transmitido «desde la experiencia de la fe siglo tras siglo hasta nuestra era, y también para las generaciones futuras».
Actitudes de la primera Iglesia ante la novedad de la Resurrección
Al contemplar el Evangelio de hoy (Jn 20, 1-9), se destacó que la fe de la primera Iglesia no es uniforme. Por ejemplo, María Magdalena, ante el sepulcro vacío, expresa: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto. Esta reacción desesperada – explicó el Cardenal Castillo – muestra que «todos los cristianos, desde el primer momento, tienen fe», pero es necesario un proceso lento de comprensión para entender el misterio que hay detrás:

«En la primera comunidad cristiana, como en nosotros, hay cristianos desesperados, apasionados, que aman intensamente, pero que, simultáneamente, se asustan de las cosas. Tenemos que aprender a calmarnos, tener ponderación», señaló.
Mientras que el «ver» de María Magdalena es uno superficial, el de Pedro es una mirada más amplia, pero aún limitada: observa, piensa, especula, calcula. Es en el discípulo amado Juan en donde se produce la experiencia más profunda que es fruto de la relación con Dios: vió y creyó. Es decir, no necesitó hacer más conjeturas.
La Resurrección se manifestó así como un camino de humanidad compartida: «la verdadera Resurrección está en eso: en la resurrección de la persona como persona libre, que comprende, que ayuda, que se complementa y que construye un mundo de paz», reflexionó el arzobispo de Lima.
Ser cristiano es dejarse amar por Dios para aprender a amar. Eso es lo que queremos hacer cuando formamos hermandades y comunidades en la Iglesia: propiciar ambientes donde se pueda estar porque se es aceptado gratuitamente y no por interés.

En otro momento, el Primado del Perú afirmó que la Iglesia está llamada a ser «una Iglesia diversificada, distinta, que necesita ser comprendida en su diversidad y no uniformizada». Y acotó:
«Uno de los grandes problemas que hemos tenido en la historia de la fe es la pretensión de que, para ser cristiano, hay que ser uniforme. Basta de un catolicismo ‘estándar’, asumamos que somos distintos y aprendamos a sobrellevarnos juntos», exhortó.
Una comunidad resucitadora y resucitada es una comunidad que se comprende y se ayuda, que es dinámica, no es estática, que afronta los tiempos difíciles y discierne mutuamente.