Santos del Día

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B. INOCENCIO V, PAPA

Pedro di Tarentaise nació en Saboya y se hizo dominicano. Un predicador tan grande y tan culto que fue llamado «doctor famosísimo». Como Arzobispo de Lyon trabajó para la unión de las Iglesias separadas de Roma. Fue elegido Papa con el nombre de Inocencio V en 1276, pero murió después de unos meses.

S. PAULINO, OBISPO DE NOLA

No es común recibir la fe de dos “gigantes”. Detrás de la adhesión al Evangelio de San Paulino, patricio romano, están San Ambrosio y San Agustín. En Nola construye un Santuario y obras para los más pobres. Electo obispo de la ciudad muere en el 431, un año después su amigo Agustín.

S. JUAN FISHER, OBISPO DE ROCHESTER, MÁRTIR INGLES

«Pueblo cristiano, vine aquí a morir por la fe en la Santa Iglesia Católica de Cristo». Estas fueron las últimas palabras de Juan Fisher antes de ser decapitado. Era el 22 de junio de 1535 y el obispo de Rochester, después de haber rechazado por tres veces la sumisión del clero al rey de Inglaterra, murió como mártir «el hombre más culto y el obispo más santo», como lo había llamado Erasmo de Rotterdam, del que era un gran amigo.

Una cultura fuera de lo común

Juan nació en una rica familia de Yorkshire e inmediatamente mostró una extraordinaria inteligencia. A la edad de 14 años entró en la Universidad de Cambridge y se graduó en teología. A la edad de solo 22 años, muy excepcionalmente, fue ordenado sacerdote y se convirtió en confesor personal y capellán de la Condesa Margaret Beaufort, la futura abuela de Enrique VIII. Juntos fundaron el Colegio de San Juan y el Colegio de Cristo, del que llegó a ser vicerrector, imponiendo el estudio del latín, el griego o el hebreo, los idiomas de la Biblia, para familiarizarse mejor con las Escrituras. Un gran latinista, a la edad de 48 años comenzó a estudiar griego y también hebreo a los 50.

Como obispo contra la Reforma

En 1504 Juan fue consagrado obispo de Rochester, una de las diócesis más pequeñas y pobres del país, de la que ya no querrá mudarse -aunque hubiera tenido la oportunidad- y a la que siempre habría llamado «mi pobre esposa». Apoyado en su profunda cultura, en 1523 se lanzó a la lucha contra la Reforma Luterana que también se estaba expandiendo en Inglaterra. Estos fueron los años en los que estuvo al lado del rey en la salvaguarda de la primacía de la Iglesia de Roma y publicó De veritate corporis et sanguinis Christi in Eucharistia, lo que le valió el título de «defensor de la fe».

El conflicto con Enrique VIII

La relación con Enrique VIII se rompió cuando el rey se divorció de Catalina de Aragón – de la que Juan era confesor – para casarse con Ana Bolena, pero el Papa no le concedió la dispensa. El rey pidió entonces la ayuda del obispo de Rochester, que también se negó a contradecir al Romano Pontífice. El soberano se enfadó y obligó al prelado a jurar lealtad al rey. La respuesta de Juan fue clara: «Sólo hasta donde lo permita la ley de Cristo». Es la ruptura. En 1534 Enrique VIII preparó el Acta de Supremacía que todos los obispos tendrían que firmar y someterse: fue, de hecho, el nacimiento de la Iglesia Anglicana, que no reconoció al Papa sino al rey como la más alta autoridad jurídica y religiosa. Juan no se somete y el 13 de abril es arrestado en la Torre de Londres. El obispado de Rochester fue declarado vacante.

La amistad recuperada con Moro en la prisión y el martirio

Durante el período de su encarcelamiento y el juicio en el que fue condenado a muerte, Juan encontró un viejo amigo en la prisión: Tomás Moro, un jurista laico también condenado a la pena de muerte por no haber jurado obediencia al rey. No están en la misma celda, pero en esos días son un apoyo para el otro, se ayudan y se consuelan mutuamente, comparten lo poco que tienen. Mientras tanto en Roma el Papa Pablo II decidió nombrar Cardenal a Juan, como un intento desesperado de salvarlo del martirio, pero Enrique VIII se negó a liberarlo y enviarlo a Roma. Finalmente, el 22 de junio Juan fue despertado por los guardias para avisarle que la ejecución se había fijado a las 10 de ese mismo día. En el patíbulo, antes de morir, negó su lealtad a Enrique VIII tres veces más. Tomás Moro lo siguió en el martirio unos días después: por eso la Iglesia Católica fija la memoria de los dos Santos en el mismo día. Fueron beatificados entre los 54 mártires ingleses por León XIII y canonizados por Pío XI; sus restos descansan en la capilla de San Pedro en Cadenas de la Torre. Ambos son también venerados hoy en día por la Iglesia Anglicana.

S. FLAVIO CLEMENTE, CÓNSUL ROMANO, MÁRTIR

Flavio Clemente pertenecía a la familia Flavia, originaria de Rieti y era sobrino del emperador Vespasiano. Llegó a ser cónsul en el año 95. Casado con Flavia Domitila, se convirtió al cristianismo y sufrió la persecución de Domiciano, quien lo condenó a muerte bajo una falsa acusación de ateísmo.

S. TOMÁS MORO, MÁRTIR INGLES

Grande era su reputación de hombre recto y jovial, juez justo, culto y estimado por los humanistas europeos, tanto que Erasmo de Rotterdam le dedicó su «Elogio de la locura». Fue muy amado por el pueblo por su caridad, y también muy conocido por su sentido del humor y su fino intelecto, como se evidencia en sus obras y su vida. Pero Tomás Moro era, ante todo, un hombre de fe. Hijo de un abogado, nació en Londres en 1478. En su vida privada visitaba con frecuencia a los franciscanos de Greenwich y pasó un período en la Cartuja de Londres. Su primer matrimonio fue con Jane Colt de quien tuvo 4 hijos y luego, quedando viudo, se casó con Alice Middleton. Fiel esposo y buen padre, se dedicó a la educación intelectual y religiosa de sus hijos, en su casa siempre abierta a los amigos.

Una estrella en continuo ascenso

En su vida pública lo vemos trabajando como miembro del Parlamento y ocupando varios puestos diplomáticos. En 1516 escribió su obra más conocida, «La Utopía». Enseguida fue juez, presidente de la Cámara de los Comunes y como consejero y secretario del rey, luchó contra la Reforma Protestante. Contribuyó a la redacción de «La defensa de los siete sacramentos», obra que le había valido a Enrique VIII el título de Defensor de la fe. Su ascenso fue veloz e incomparable hasta llegar a la cima. De hecho fue el primer laico en ser nombrado Gran Canciller. Estamos en 1529. En este turbulento contexto politico y religioso, sólo unos pocos años después, en 1532, su vida cambiará de manera decisiva. Tomás sintió que debía renunciar a sus encargos políticos y entonces iniciará otra vida, pero esta vez de pobreza y de abandono para él y su familia.

Muero como fiel servidor del rey, pero primero como servidor de Dios

Su historia está entrelazada con la vida del Rey Enrique VIII, quien, habiendo decidido casarse con Ana Bolena, obligó al Arzobispo Thomas Cranmer a que declarase nulo su matrimonio con Catalina de Aragón y luego, en una escalada de oposición al Papa Clemente VII, se autoproclamó como el Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra. En 1534 el parlamento ratificó la decisiòn del rey con el Acta de Supremacía y el Acta de Sucesión. No obstante que Tomás ya se había retirado del mundo político, en tal situaciòn tan crítica, confirmó valientemente su lealtad al Papa y por eso, en 1534 fue encarcelado en la Torre de Londres, pero esto no fue suficiente para hacerlo retractar. Su «línea defensiva», que era la del silencio, no fue suficiente para salvar su vida. Fue sometido a un juicio, en el curso del cual pronunció una famosa defensa sobre la indisolubilidad del matrimonio, sobre el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y acerca de la libertad de la Iglesia ante el Estado. Fue injustamente condenado por alta traición y decapitado el 6 de julio, pocos días después de que Juan Fisher, del que era un gran amigo, fuera también condenado por las mismas ideas. Por eso, la Iglesia los recuerda a los dos juntos el 22 de junio. Santo Tomás Moro fue un hombre muy apasionado por la verdad y en el discurso de Benedicto XVI en Westminster Hall leemos: «Quisiera recordar la figura de Santo Tomás Moro, el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios».

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