Santos del Día

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S. ANSELMO, ARZOBISPO DE CANTERBURY Y DOCTOR DE LA IGLESIA

El poder de un sueño

¿Cuánta fuerza tiene un sueño? Pasando las páginas de la vida de San Anselmo, se diría: mucho. Todavía Anselmo es un niño cuando una noche sueña que Dios lo invita a las altas cumbres de los Alpes para ofrecerle a comer «un pan muy blanco». A partir de ese momento, la vida del futuro santo se dedicará a «elevar el alma a la contemplación de Dios». Un objetivo llevado a cabo con absoluta dedicación, a pesar de la adversidad. Nacido en 1033 en Aosta en el seno de una familia noble, Anselmo sufrió fuertes contrastes con su padre, un hombre rudo y dedicado a los placeres de la vida, que le impidió entrar en la Orden Benedictina por cualquier medio, para evitar la dispersión del patrimonio familiar. Anselmo tenía sólo 15 años y, por el gran dolor del rechazo de su padre, se enfermó. Habiendo recuperado su salud, decidió irse a Francia, donde cayó en la disipación moral y se hizo sordo al llamado de Dios.

Un gran educador

Después de tres años, el encuentro providencial con Lanfranco da Pavia, prior de la abadía benedictina de Bec en Normandía, reavivó su vocación. Finalmente, a la edad de 27 años, Anselmo pudo entrar en la Orden Monástica y ser ordenado sacerdote. En 1063 él mismo se convirtió en prior del monasterio de Bec, demostrando ser un educador gentil y a la vez decidido. No le gustaban los métodos autoritarios; prefería aplicar el principio de la persuasión, que hacía crecer a los estudiantes en conciencia, enseñándoles el valor inviolable de la conciencia y de la adhesión libre y responsable a la verdad y al bien. Su genio educativo se expresa en esa «via discretionis» que une la comprensión, la misericordia y la firmeza. Los jóvenes, dice Anselmo, son pequeñas plantas que no florecen en el interior de un invernadero, sino gracias a una «sana libertad».

En defensa de la libertad de la Iglesia

Mientras tanto, Lanfranco da Pavia se convirtió en arzobispo de Canterbury y pidió a su discípulo ayuda para reformar la comunidad eclesial local, devastada por el paso de los invasores normandos. Anselmo se trasladó entonces a Inglaterra y se dedicó con pasión a la nueva misión, tanto que – a la muerte de Lanfranco – le sucedió en la sede de Canterbury, recibiendo la ordenación episcopal en 1093. Y fue precisamente en este período que el futuro Santo se comprometió incansablemente con la libertas Ecclesiae, apoyando con inagotable energía y con gran valor la independencia del poder espiritual de parte del poder temporal, para defender a la Iglesia de la interferencia de las autoridades políticas. Pero su actitud le costó dos veces el exilio de la sede de Canterbury. Anselmo regresó allí definitivamente sólo en 1106 para dedicar los últimos años de su vida a la formación moral de los sacerdotes y a la investigación teológica. Murió el 21 de abril de 1109 y sus restos fueron enterrados en la famosa catedral de Canterbury.

«Doctor Magnífico «

Como fundador de la teología escolástica, la tradición cristiana le atribuye el título de «Doctor Magnífico» precisamente porque en Anselmo fue muy grande el deseo de profundizar en los misterios divinos a través de tres etapas: la fe, que es el don gratuito de Dios, la experiencia, es decir, la encarnación del Verbo en la vida cotidiana, y el conocimiento, es decir, la intuición contemplativa. «No intento, Señor, penetrar en tu profundidad, porque no puedo ni de lejos comparar mi intelecto con ella. Pero deseo entender, al menos hasta cierto punto, tu verdad, que mi corazón cree y ama. No trato de entender para creer, pero creo para entender», dice Anselmo.

El amor por la verdad y la honestidad episcopal

Sus principales obras – el Monologion (Soliloquio) y el Proslogion (Coloquio), dedicados a demostrar la existencia de Dios a posteriori y a priori respectivamente – tienen como objetivo reafirmar que Dios es «el Ser del cual no se puede pensar nada más grande». El rico epistolario de Anselmo, en cambio, revela su obra y su pensamiento político, siempre inspirado en el «amor a la verdad», en la rectitud y honestidad episcopal, lejos de los condicionamientos temporales y del oportunismo. «Prefiero estar en desacuerdo con los hombres que de acuerdo con ellos, si ellos están en desacuerdo con Dios», escribe el Arzobispo de Canterbury, destacando los rasgos del gobernante justo que mira al bien común, más que al interés personal. En 1163, el Papa Alejandro III concedió al difunto Anselmo «la elevación del cuerpo», acto que en ese momento correspondía a la Canonización. Finalmente, en 1720, Clemente XI lo proclamó «Doctor de la Iglesia».

S. APOLONIO, FILÓSOFO Y MÁRTIR ROMANO

Murió como mártir en 185, bajo el emperador Cómodo; lo que más recordamos de Apolonio es su última oración ante el gobernador Perenio y el Senado: no su defensa, sino una apología del cristianismo, puntual y poética, que le valdrá la pena de muerte.

S. CONRADO DA PARZHAM, CAPUCHINO

Corrado fue el portero el convento de Santa Ana de Altötting durante 42 años. Desde que emitió los votos solemnes en 1852, hasta su muerte en 1894. Muchos se dirigen al «santo portero» en busca de una palabra de consuelo, consejo o un trozo de pan.

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