Santos del Día

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S. JOSEFINA VANNINI, VIRGEN

«Cuida de los pobres enfermos con el mismo amor con el que una madre cariñosa cuida de su único hijo enfermo.»
La llamada del Señor irrumpió tempranamente en la vida de Judith – este era el nombre de bautismo que sus padres le habían dado -. Responder sí a Jesús le resultará más difícil de lo esperado. De hecho, tendrá que superar diversas tribulaciones antes de poder realizar su sueño: consagrar totalmente su vida a su amado Jesús y a sus queridos enfermos.

El camino de salvación mediante la cruz de Jesús

El Señor Jesús invita continuamente a sus amigos y discípulos para que lo acompañen por el fatigoso camino del don de sí mismos y del servicio desinteresado. (cf. Mt 16,21-27 y Lc 9,23). Esa misma invitación Jesús la dirigió a Judith cuando se quedó huérfana de ambos padres a la edad de cuatro años. Judith aceptará con grande sufrimiento la separación de sus dos hermanitos y vivirá entre los huérfanos del Conservatorio de Torlonia en Roma, dirigido por las Hijas de la Caridad de San Vincenzo de Paul. Este será su primer sí a la invitación de acompañar con amor a Jesús. En el orfanatorio maduró pronto su vocación y entró al noviciado de las Hijas de la Caridad de Siena, pero ese instituto religioso no respondía cabalmente a sus deseos. En efecto, durante su noviciado tuvo que ser trasferida varias veces y luego fue despedida por motivos de salud.

Un encuentro que le cambió su vida

Judith regresó a Roma con su tía, y luego a Nápoles, donde trabajó como maestra de un jardín de niños, pero aún ella siguía muy inquieta e insatisfecha con tal noble ocupación. En 1891 participó en un curso de ejercicios espirituales para jóvenes con las Hermanas de Nuestra Señora del Cenáculo en Roma, donde conoció al padre camiliano Luis Tezza, llamado al último momento para reemplazar al predicador invitado originalmente. El último día Judith se acercó al inesperado predicador y le confió su propia historia. El Padre Tezza, que como Procurador General había recibido la tarea de restaurar las Terciarias Camilianas, comprendió la providencia del plan divino y le sugirió participar en ese proyecto. Judith se tomó un tiempo para reflexionar y luego aceptó: «Aquí estoy a su disposición», dijo, «No soy capaz de nada. Pero confío en la providencia de Dios».

La fatigosa via del nuevo instituto

La nueva comunidad tomó forma con Judith y otras dos jóvenes que el padre Tezza había formado, el 2 de febrero de 1892, con la imposición del escapulario con la cruz roja de san Camilo en una ceremonia que tuvo lugar en la sala transformada en capilla en la que había muerto san Camilo de Lellis. Judith tomó entonces el nombre de María Josefina y tres años más tarde se convirtió en la Superiora General. El nuevo instituto necesitaba, sin embargo, la aprobación definitiva de la autoridad eclesiástica: el Papa León XIII la había rechazado ya dos veces, y luego había impuesto a la nueva familia que abandonara Roma y se transformara en una Pía Asociación. Por si fuera poco, apareció otro terrible obstáculo con la difusión de rumores calumniosos sobre la conducta del padre Tezza, a quien le fue prohibido reunirse con las monjas. Descorazonado y herido por la dolorosa situación, pero siempre en total obediencia, en 1900 el padre Tezza se marchó a Perú y nunca más regresó, dejando a la Madre Josefina sola pero llena de fe en los misteriosos caminos de la providencia divina.

La difusión del carisma de las Hijas de San Camilo

En el momento de la muerte de la Beata Vannini en 1911, las Camilianas ya contaban con 156 religiosas profesas y dieciséis casas religiosas entre Europa y América. El principal legado que la fundadora dejará a sus hermanas será la pura y simple asistencia física y espiritual de los enfermos, ejercida en casa como en los hospitales, leproserías y asilos, en los centros de rehabilitación europeos como en las tierras de misión. Tal como su amado Jesús le había inspirado. Fue beatificada por Juan Pablo II en 1994.

S. POLICARPO, OBISPO DE ESMIRNA Y MÁRTIR

Marciano, testigo ocular de su martirio, el Martyrium Polycarpi, considerado por muchos el más antiguo y auténtico de las Actas de los Mártires. Se trata de la primera obra en la que se define mártir a quien muere por causa de su fe. Durante su largo episcopado, Policarpo se distingue por el celo en el conservar fielmente la doctrina de los Apóstoles, por la difusión del Evangelio entre los paganos y por combatir las herejías. Ireneo lo define predicador paciente y amable, debido a la gran atención hacia las viudas y los esclavos.

La amistad en el episcopado con Ignacio de Antioquía

En el 107 Policarpo acoge en Esmirna a Ignacio de Antioquía, de paso, y con escolta, hacia Roma para ser juzgado. Célebres son las siete cartas que Ignacio dirige a las iglesias a lo largo de su camino; las primeras cuatro parten directamente de Esmirna.  Desde Tróade, más tarde, escribe a los fieles de Esmirna y a su obispo Policarpo, encargándole de transmitir a la Iglesia de Antioquía el último recuerdo suyo y describiéndolo un buen pastor y luchador por la causa de Cristo. Y es a Policarpo a quien los filipenses piden recoger las cartas de Ignacio. El obispo de Esmirna les envía lo que le piden, junto a una misiva propia para exhortarlos a servir a Dios en el temor, a creer en Él, a esperar en la resurrección, a caminar en la vía de la justicia, teniendo siempre ante los ojos el ejemplo de los mártires y, principalmente, de Ignacio. La Carta a los Filipenses de Policarpo también es bien conocida; llegada hasta nuestros días, es importante, en particular, por la información histórica que se puede extraer y por los dogmas sobre el Credo que se recuerdan. Hacia finales del 154, Policarpo parte hacia Roma como representante de los cristianos de Asia Menor, para tratar con Papa Aniceto diversas cuestiones y principalmente la fecha de la Pascua: en las iglesias orientales celebrada el día 14 del mes judío de Nisán, en la capital del Imperio el domingo siguiente. No se llega a ningún acuerdo, pero las relaciones entre las iglesias permanecen amistosas.

Mártir a 86 años

Bajo el emperador Antonino Pío, las persecuciones también estallan en Esmirna. Policarpo es arrestado. Las actas de su martirio dicen que “llevado ante el procónsul, éste… trató de persuadirlo a negar, diciendo: ‘piensa en tu edad… cambia el pensamiento… jura y yo te libero. Maldice a Cristo’. Policarpo respondió: ‘Le he servido por ochenta y seis años, y no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo podría maldecir a mi rey que me salvó?… escúchalo claramente. Yo soy cristiano’”. Se decide para él la hoguera, pero queda ileso y es asesinado por la espada. “Estos fueron los hechos – se lee en el Martyrium Polycarpi – en torno a San Policarpo, que con los de Filadelfia fue el duodécimo a sufrir el martirio en Esmirna. San Policarpo dio testimonio en el segundo día de Santico, el séptimo día antes de las calendas de marzo, en gran sábado, a la hora octava. Fue tomado por Herodes, el pontífice Felipe de Tralli, el procónsul Stazio Quadrato, rey eterno nuestro Señor Jesucristo». La fecha del martirio de Policarpo es, por lo tanto, cierta: fue el 23 de febrero del 155.

 

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