Santos del Día

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S. PANCRACIO, MÁRTIR EN LA VIA AURELIA

Es uno de los tantos mártires-niños de la Iglesia. San Pancracio, romano, se convierte al cristianismo, razón por la cual termina en la red de la persecución de Diocleciano. Rehúsa renegar a Cristo y es condenado a la decapitación en el año 304. Es patrono de los jóvenes de la Acción Católica.

SS. NEREO Y ACHILEO, MÁRTIRES EN LA VIA ARDEATINA

El martirio de estos dos soldados romanos ha pasado a la historia gracias a que el Papa San Dámaso escribió un epígrafe en su honor en el siglo IV. De ese modo, nos reveló su identidad y transmitió hasta nuestros días el reconocimiento del doloroso sacrificio de sus vidas.

La conversión, la gran obra de la gloria de Cristo

Nereo y Aquiles son pretorianos, es decir, guardias militares romanos que tienen la tarea especial de proteger de cerca al emperador. En este caso probablemente a Diocleciano, el tirano a cuyas manos murieron unos años después. Sí, porque en un cierto punto, cansados de cumplir las órdenes de muerte y de obedecer sólo por temor a las consecuencias, son iluminados por la gloria de Dios y finalmente abren los ojos. Es entonces cuando desertan y abandonan sus escudos, sus armaduras y sus lanzas manchadas de sangre.

El traslado de las reliquias, entre leyenda y realidad

No se sabe mucho sobre la muerte de estos dos mártires, excepto que ocurrió por decapitación alrededor del 304, precisamente bajo el imperio de Diocleciano. Fueron honrados como santos inmediatamente, en una basílica paleocristiana en las Termas o Baños de Caracalla. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Domitila sobre la Vía Ardeatina, y por tal motivo se difundió la leyenda de que su martirio estaba vinculado al martirio de Domitila, sobrina de Domiciano. Su memoria litúrgica coincide con el día del traslado de sus reliquias.

S. GERMÁN DE COSTANTINOPLA, OBISPO

Germán nació alrededor del año 634 en Constantinopla y fue hijo del senador Justiniano. Se educó en el ambiente clerical y luego fue ordenado como presbítero. Llegó a ser el decano de la famosa Basílica de Santa Sofía y se destacó por la promoción del Sínodo Trulano del año 692, en el que se confirmaron todas las decisiones doctrinales tomadas en los Concilios celebrados hasta entonces. De hecho, este santo se caracterizó sobre todo por su defensa de la pureza de la fe. Espléndidas, a este respecto, las palabras reservadas a san Germán por el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General del 29 de abril de 2009: «Este Santo tiene hoy tres cosas que decirnos: La primera: en cierto modo Dios es visible en el mundo, en la Iglesia, y debemos aprender a percibirlo. La segunda es la belleza y la dignidad de la liturgia. La tercera cosa es amar a la Iglesia. En la Iglesia Dios habla con nosotros, en la Iglesia ‘Dios pasea con nosotros'»

Los «ascensos» de un valiente clérigo

La ortodoxia doctrinal de Germán lo llevó a ser nombrado obispo del entonces Cizico, en el Mar de Mármara. Sin embargo, en el 712 Germano, parece ser que fue presionado por el emperador para firmar un documento poco ortodoxo, dirigido a restablecer la herejía monoteísta que afirmaba la existencia de una única voluntad divina en Cristo. A pesar de ese incidente, en 715 fue nombrado Patriarca de Constantinopla, desde donde volvió a defender con fuerza la única fe católica y se convirtió en un gran pilar de la ortodoxia, razón por la cual aún hoy es recordado.

Contra el «partido» iconoclasta

En 725 el emperador de Oriente León III Isaúrico emitió el primer edicto iconoclasta, que prohibía y castigaba el culto de imágenes e iconos. León III estaba convencido de que la consolidación del imperio debía comenzar precisamente con una purificación de la fe, y por eso consideraba que era su deber eliminar todo aquello que pudiera ser un riesgo de idolatría. Tales impulsos hacia la iconoclastia, en realidad, ya estaban presentes desde antaño en el Imperio Bizantino, hasta el punto de formar una verdadera y propia corriente a la que desafortunadamente algunos obispos también llegaron a unirse. Por su parte, Germán no había adherido a tal tendencia. Fue el 7 de enero de 730 cuando definió su posición en una reunión pública, diciendo que se negaba en absoluto a plegarse a la voluntad del emperador. Germán defendió su convicción de que las imágenes formaban parte de la ortodoxia de nuestra fe, pues eran otro modo de representarla gracias a la belleza y al amor. Tal postura será defendida también por el Papa Gregorio II, quien, incluso llegó a afirmar que los iconos eran «la Biblia hecha en imágenes», pero esto no fue suficiente para evitar que Germán se retirase deprimido y cansado en una especie de autoexilio a Platanión, donde morirá muy viejo pero también muy santo.

Un mariólogo ante litteram

Como el emperador hizo quemar casi todas sus obras, nos quedaron muy pocos escritos de Germán, pero de los restantes nos damos cuenta de que se perdieron para siempre muchos más. Además de cuatro cartas dogmáticas vinculadas a la cuestión del culto de los iconos, se conservaron siete espléndidas homilías suyas, que han marcado profundamente la piedad y la devoción de generaciones enteras de fieles, tanto en Oriente como en Occidente. María no solo es vista como mediadora en la concesión de dones y gracias, en razón de su estrecha unión al Salvador, sino que es celebrada y cantada por su pureza, tanto es así que el pensamiento de San Germán puede ser considerado como precursor del dogma de la Inmaculada Concepción establecido sólo en 1854. Una de las homilías del santo también fue citada por Pío XII en la Constitución Apostólica con la que estableció el dogma de la Asunción de la Virgen en 1950.

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