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Dios se encarna en todos, especialmente en los más pobres

En la Celebración Eucarística de este Domingo XXVI del Tiempo Ordinairo, Monseñor Carlos Castillo explicó que el Evangelio de Mateo (21,28-32) nos coloca ante un diálogo que Jesús tuvo con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: “ellos eran los dirigentes de la religión de Israel, que habían organizado el sistema ritual de oraciones, holocaustos y sacrificios, la relación entre las zonas puras e impuras, hasta dónde se tenía que entrar, quiénes podían entrar y quiénes no”, comentó al inicio de su homilía.

El problema de este sistema es que decía cumplir la voluntad de Dios, pero en realidad no era así, porque “Dios no cabe en un templo, Dios es más grande, invade todo y está presente en todas las circunstancias de la vida, por lo tanto, no puede restringirse”, añadió el Arzobispo.

Si Dios ha querido habitar en algún lugar, es en nosotros, y por esa razón, estamos llamados a retornar a la intuición profunda y fundamental de que Dios vive en nuestro ser y tenemos que dejar que salga, que su imagen crezca en nosotros, para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

“El anonadamiento de nuestro Dios, que se encarna en nosotros, especialmente en los pobres, es el fundamento de nuestra fe”, destacó Monseñor Carlos mientras citaba la Carta de Pablo a los Filipenses (2,1-11), que nos recuerda que Jesucristo no retuvo para sí su categoría de Dios, sino que se hizo nada, tomando la condición de esclavo, de siervo, pasando como uno de tantos, y muriendo en la cruz.

“¿Qué cosa es hacer la voluntad del Padre? Es ir a la viña a cosechar, a ver dónde están los problemas, a solucionar las dificultades. Cosechar no es un trabajo sencillo, implica un dinamismo que no está reglamentado. ¿Cuántos de nosotros, en este tiempo, no hemos ido a la viña de los enfermos? ¿Cuántos no hemos ido a la viña de la solidaridad?”, reflexionó el Arzobispo.

En ese sentido, el texto de Mateo nos permite entender la enorme sensibilidad del Señor hacia los más humillados y pequeños, hacia los despreciados y maltratados, pero que son capaces de recapacitar y retomar el camino: “el Señor decidió reconocer que, en ellos, hay más capacidad de conversión que quien se afianza a un sistema y se petrifica, se anquilosa, se esclerotiza”, indicó el Primado del Perú.

Encontrar al Señor que nos habla en el fondo de nosotros.

Monseñor Castillo reiteró que el Señor llama a la Iglesia a un proceso de conversión, para habituarnos a comprender los nuevos problemas del mundo, acercarnos a las nuevas periferias existenciales y sus relatos: “este mes de octubre será diferente, pero será también un retiro espiritual para encontrar al Señor que nos habla en el fondo de nosotros, para que nuestra ciudad de Lima, que muchas veces olvidó a las provincias y a las periferias, a los migrantes, a los awajunes, a los shipibos, y a todas las personas de la Sierra, pueda convertirse y ser solidaria, pueda cargar en el corazón al Señor, y así entrar en un proceso de apertura para la creación de la Lima nueva, en el Perú nuevo”, agregó.

El Arzobispo invitó a que en este tiempo de retiro, nos miremos a la cara, nos acompañemos reconociendo nuestros límites y dificultades, nuestros dolores y tragedias, convirtiéndonos al Señor, inspirados por su Palabra y por su Espíritu: “Que a partir del día primero de octubre, todos nos revistamos de morado en el corazón, porque todos estamos unidos en este mismo camino”, concluyó.