El Padre Arturo Alcos, párroco en El Agustino y sacerdote quechuahablante, reflexiona sobre los frutos de la pastoral con migrantes del interior del país, el legado de Santo Toribio de Mogrovejo y el camino de la Iglesia Sinodal.
Lima se ha consolidado históricamente como el principal destino de los flujos migratorios internos del Perú, convirtiéndose en la ciudad que alberga a la mayor cantidad de ciudadanos quechuahablantes en todo el territorio nacional. En el corazón de esta realidad se inserta la labor del Padre Arturo Alcos, párroco de Santa Magdalena Sofía Barat en El Agustino, quien con más de dos décadas de servicio pastoral acompaña a las comunidades migrantes provenientes de Huancavelica, Ayacucho y Cusco. En el marco del Año Jubilar arquidiocesano, el sacerdote nos recuerda que la verdadera evangelización pasa por la acogida profunda y la valorización de la riqueza cultural de las personas.
De la escucha a la acción social en las periferias de Lima
El proceso de construir una comunidad parroquial que reconozca plenamente la pluralidad cultural no surge de la noche a la mañana, sino de una constante actitud de discernimiento. El Padre Alcos evoca el testimonio del segundo arzobispo de Lima como el norte que guía este esfuerzo colectivo: «No podemos olvidar y tenemos como referente a Santo Toribio, que ordenó que los sacerdotes aprendiesen el quechua y el aimara, que se elabore un catecismo trilingüe y que se respete la dignidad y la cultura de ellos».

En El Agustino, este clamor se ha traducido en un acompañamiento integral que atiende tanto las necesidades espirituales como las corporales de los fieles. «Nosotros evangelizamos a la persona y una persona tiene necesidades. Santo Toribio esto lo tenía claro: que el respeto del indígena implicaba el respeto a su dignidad, a su persona», explica el párroco.
Por ello, la labor parroquial se sostiene sobre obras sociales concretas: dos comedores gratuitos que aseguran el almuerzo diario y el desayuno dominical a los adultos mayores migrantes de las décadas de 1970 y 1980, guarderías en las casas parroquiales para cuidar a los hijos de los trabajadores ambulantes de La Parada o Gamarra, y un Centro de Educación Técnico Productiva (CETPRO) dedicado a la promoción humana y capacitación técnica de los jóvenes.
Invito a todos a trabajar por el Perú. Tenemos algo que nos une: la fe. Y si esta fe lo llevamos a la práctica en la escucha, en la acogida, en la apertura y el respeto, creo que podemos ganar muchísimo
PADRE ARTURO ALCOS
Una reforma que brota de corazones convertidos
La reciente II Asamblea Sinodal Arquidiocesana trajo consigo la petición de los propios catequistas migrantes para ser escuchados e integrados formalmente en los espacios litúrgicos y comunitarios locales. Frente a los escenarios de fuerte polarización política y social que asientan prejuicios históricos dentro del país, el Padre Arturo Alcos hace un llamado urgente a mirar el Evangelio como un agente vivo de reconciliación nacional:
«Primero es el respeto a la persona. No todos pensamos igual, no todos tenemos las mismas opciones políticas. Si no hay respeto o si vamos a denigrar a los que vienen de provincias, entonces, esto va a generar una mayor confrontación. No nos podemos dividir en estos tiempos difíciles. Es un reto para la Iglesia para que trabajemos por la unidad y construyamos la paz», acotó.
El sacerdote diocesano sostuvo que «la verdadera reforma de la Iglesia no nace de la violencia ni de la imposición, sino de los corazones convertidos. Si partimos del Evangelio que anunció Jesús, recordemos que Él quería llegar al corazón», insistió.
Arturo Alcos hizo un llamado al Pueblo de Dios a trabajar decididamente por la unidad desde las diferencias: «Los tiempos difíciles son un reto para la iglesia, para que trabajemos por la unidad y construyamos la paz».