Pablo Gonzales: El legado de Toribio es una misión para gastar la vida

Para el padre Pablo Gonzales Palacios, responsable del decanato 9, la visita de las reliquias de Santo Toribio de Mogrovejho fue una oportunidad para que las comunidades no solo recordaran la vida de nuestro santo patrón, sino que se dejaran interpelar por su manera de vivir el ministerio y el servicio pastoral.

Escribe: Carmen López

Las diez parroquias del decanato 9 vivieron con esperanza y espíritu de comunión la peregrinación de las reliquias de Santo Toribio de Mogrovejo en el marco del Año Jubilar por los 300 años de su canonización. El recorrido buscó renovar el compromiso de las comunidades con el testimonio de un pastor cercano, misionero incansable y servidor de su pueblo.

Según informó, desde el mes de febrero, las comunidades parroquiales del decanato 9 se prepararon para este encuentro, promoviendo espacios de oración, formación y participación comunitaria. «Nos propusimos que el paso del gran arzobispo y misionero dejara una huella imborrable. Por ello, la organización ha sido un hermoso testimonio de corresponsabilidad e Iglesia en salida», expresó.

Asimismo, el sacerdote destacó los desafíos que hoy siguen presentes en las comunidades y que la peregrinación ha ayudado a reconocer: «Su presencia nos ha sacudido la comodidad. Ha encendido especialmente en la pastoral parroquial el deseo de salir a las periferias, a buscar al alejado, al enfermo y necesitado».

Padre, ¿qué aspectos de su testimonio considera más urgentes de recuperar hoy en nuestra Arquidiócesis de Lima?

Qué pregunta tan necesaria y punzante planteas para mi examen de conciencia sacerdotal. Al contemplar la Lima de hoy, una ciudad con tantos contrastes, desafíos sociales y sed de Dios, el testimonio de Santo Toribio de Mogrovejo no es un recuerdo guardado en un museo, sino un faro profético urgente.

En este Año Jubilar por los 300 años de su canonización, si miro nuestra realidad con ojos de pastor, considero que nuestra Arquidiócesis de Lima necesita recuperar urgentemente algunos aspectos esenciales de su testimonio.

1. Nuestra ciudad de Lima sufre a menudo una suerte de anestesia moral. Nos hemos acostumbrado a la corrupción, a la informalidad que daña al prójimo, a la deshonestidad en las pequeñas y grandes cosas, justificándonos con el clásico: «así son las cosas aquí» o «siempre se ha hecho así».

Santo Toribio se enfrentó en su tiempo a los abusos de toda índole y a la dejadez de algunas autoridades. Cuando ellos intentaban disculpar sus injusticias diciendo que era la moda de la época, nuestro gran arzobispo respondía con una firmeza que hoy nos debe sacudir: «Cristo es verdad y no costumbre». Hoy necesitamos recuperar esa valentía para romper con las malas costumbres sociales y elegir la coherencia del Evangelio, aunque signifique ir contracorriente, como lo viene haciendo nuestro Cardenal Carlos Castillo.

2. La mística del encuentro y la cultura de la escucha (Sinodalidad): Lima se ha vuelto una ciudad acelerada, donde el individualismo nos aísla y nos hace indiferentes al dolor del vecino. Santo Toribio fue un hombre que, teniendo el cargo más alto de la Iglesia en esta parte del mundo, no se quedó gobernando desde un escritorio en el Palacio del Arzobispado. Salió a caminar. Recorrió muchísima distancia a pie y en mula, aprendió el quechua y el aimara para hablar directamente con su pueblo y escuchar sus dolores.

Nuestra sociedad necesita recuperar la capacidad de escucharnos y dialogar como nos pide hoy nuestro Santo Padre el Papa León XIV. En las familias, en las instituciones y en la misma Iglesia, nos urge dejar las pantallas y los prejuicios para mirarnos a los ojos, tal como nos invita nuestro arzobispo, el Cardenal Carlos Castillo, a ejemplo de Toribio: a ser una comunidad sinodal que camina unida y se escucha mutuamente.

3. Hoy en día, las relaciones humanas parecen estar mercantilizadas; muchas veces valoramos a las personas por lo que tienen o por su utilidad. Santo Toribio plantó cara al poder civil para defender la dignidad inalienable de los indígenas y los más desamparados. Lo hizo movido por un profundo sentido de justicia y de gratuidad.

Lima, necesita recuperar la alegría de servir sin esperar nada a cambio. Necesitamos levantar la voz de manera pacífica pero firme contra todo aquello que deshumanice a nuestros hermanos: la delincuencia, la pobreza extrema, la falta de oportunidades y el abandono de los ancianos y enfermos y el abuso de los menores.

¿Cómo podemos evitar que este acontecimiento quede solamente en una celebración tradicional y hacer que su testimonio se traduzca en una experiencia concreta para nuestras comunidades?

¡Esa es la pregunta del Reino de Dios! Como sacerdote, es el gran temor que siempre nos asalta el corazón: que las campanas dejen de repicar, los altares se desmonten y todo quede reducido a un lindo recuerdo fotográfico en las redes sociales de cada parroquia.

Santo Toribio de Mogrovejo no recorrió los caminos andinos para que hoy le hagamos estatuas de mármol, sino para encender corazones. Para que este tricentenario de su canonización se convierta en una conversión pastoral y comunitaria real, necesitamos dar pasos muy concretos.

Aquí te comparto algunas líneas de acción que, como arquidiócesis, podemos implementar hoy mismo:

1. Santo Toribio fue un arzobispo itinerante; pasó la mayor parte de su episcopado en misiones de visita pastoral. Una arquidiócesis Toribiana no puede ser una «aduana espiritual» que solo espera a que la gente venga a pedir Sacramentos.

Organicemos misiones sectoriales. Este año en mi parroquia todos los grupos están saliendo a los barrios periféricos, a las quintas, a los asentamientos humanos o a los condominios del territorio parroquial. Saliendo a tocar puertas, a escuchar las necesidades de los vecinos y a llevar el consuelo de la oración.

2. La fe de Santo Toribio no era abstracta; se traducía en la defensa de los derechos de los indígenas y el alivio de los enfermos. Si la visita de sus reliquias no nos mueve las entrañas ante la pobreza material y espiritual de nuestra Lima actual, entonces no hemos entendido nada.

Instituyamos una obra social permanente en las vicarías, decanatos o parroquias con el nombre del santo: por ejemplo, un comedor parroquial, un voluntariado para ancianos abandonados o apoyo escolar para niños vulnerables. Que este jubileo deje como fruto una estructura de amor y servicio que continúe cuando las reliquias se hayan ido.

3. Nuestro patrono convocó los célebres Concilios Limenses para escuchar a los misioneros, debatir los problemas de la evangelización y buscar soluciones en conjunto. Él creía en el discernimiento comunitario.

Generemos asambleas parroquiales abiertas donde el párroco, los laicos, los jóvenes e incluso los alejados puedan hablar con libertad sobre la realidad del barrio. Evaluemos juntos: ¿Qué estamos haciendo bien? ¿En qué le estamos fallando a la comunidad? Dejemos que la voz del pueblo de Dios guíe las prioridades de la parroquia.

4. Toribio aprendió las lenguas originarias porque entendió que, para tocar el corazón del pueblo debía hablar su propio lenguaje. Hoy el lenguaje del mundo ha cambiado y muchas veces la Iglesia habla un idioma que los jóvenes o los profesionales no entienden.

Modernicemos nuestras catequesis y medios de comunicación parroquiales. Creemos espacios de formación donde se debatan los problemas actuales -la ética en el trabajo, el uso de las tecnologías, la salud mental, la política- a la luz de la frase toribiana: «Cristo es verdad, no costumbre». Ayudemos a los laicos a ser santos en la oficina, en la universidad y en el hogar.

Como sacerdote y decano, ¿qué desafíos plantea hoy el ejemplo de Santo Toribio a los sacerdotes en la manera de vivir y ejercer el ministerio pastoral?

Como sacerdote y decano, te confieso con total humildad que el espejo de Santo Toribio de Mogrovejo no es solo una inspiración, sino un santo sacudón a nuestra conciencia sacerdotal y un cuestionamiento directo a nuestra fidelidad ministerial.

Santo Toribio no fue un burócrata de la fe. En una época de geografía implacable, pasó 17 de sus 25 años como arzobispo fuera de su sede, desgastando sus sandalias por los caminos. Para nosotros, los sacerdotes de hoy, su ejemplo nos plantea desafíos muy serios e ineludibles.

1. El peligro más sutil del sacerdote actual es el activismo administrativo: llenarnos de reuniones, trámites, papeles y contabilidades, convirtiéndonos en «gerentes» parroquiales en lugar de pastores.

Nos exige una pastoral de visitación. Nos desafía a dejar la comodidad de la casa parroquial para oler a oveja, para caminar los barrios, subir los cerros de nuestras comunidades, visitar a los enfermos en sus camas y sentarnos a escuchar a las familias en sus propios hogares. El sacerdote toribiano debería gastar más su calzado en la calle que su silla en la oficina.

2. Santo Toribio no buscó el aplauso de los poderosos de su tiempo; plantó cara a virreyes y encomenderos para defender la dignidad inalienable de los indígenas, pagando muchas veces el precio de la calumnia y el aislamiento.

Nos desafía a no ser pastores mudos. En una sociedad marcada por la injusticia, la indiferencia y la corrupción, los sacerdotes no podemos ser neutrales ante el sufrimiento de nuestro pueblo. Nos exige levantar la voz con valentía evangélica en defensa de la dignidad humana, denunciar lo que deshumaniza a nuestros fieles -la delincuencia, el abandono de la salud, la explotación laboral- y ser puentes de reconciliación y justicia.

3. Nuestro santo patrón no pretendió que los nativos se acomodaran a él; él se acomodó a ellos. Aprendió el quechua, el aimara y varias lenguas locales para predicarles en su propio idioma y compuso el primer catecismo bilingüe de América.

Nos exige aprender los nuevos lenguajes del mundo actual. Hoy en día, los jóvenes, los profesionales alejados y las periferias existenciales hablan «otros idiomas». El desafío es salir de nuestra jerga eclesiástica o de esquemas anticuados para comunicar la belleza del Evangelio de forma comprensible, atractiva y encarnada en las heridas y preguntas del hombre de hoy.

Mirando a mis hermanos sacerdotes del Decanato, rezo todos los días para que el Señor nos conceda ese mismo corazón inquieto y andante de Santo Toribio. Que no busquemos honores ni comodidades, sino la alegría de desgastar la vida por el rebaño que se nos ha confiado.

Finalmente, ¿cómo podemos hacer que el testimonio de Santo Toribio sea conocido y dialogue también con quienes no forman parte de nuestras comunidades de fe?

Si algo caracterizó a Santo Toribio de Mogrovejo fue que su amor y su búsqueda de la justicia no tenían fronteras; él no se limitó a pastorear a los ya bautizados convencidos, sino que se desgastó por establecer puentes con mundos, culturas y realidades completamente ajenas a la fe europea de su época.

Como Iglesia en salida, el Papa León XIV nos recuerda constantemente que el Evangelio es para todos. Para lograr que el testimonio de Santo Toribio dialogue con los alejados, los agnósticos o quienes no participan en nuestras parroquias, debemos usar un lenguaje universal: el lenguaje de los hechos y de los valores compartidos.

Aquí te comparto algunos puntos concretos para lograr este diálogo:

1. Quien no comparte nuestra fe católica, difícilmente se sentirá atraído por un Santo Toribio visto solo como un hombre que rezaba muchas horas o hacía milagros. Sin embargo, todos se rinden ante un defensor de los derechos humanos.

Debemos presentarlo en las universidades, colegios laicos y espacios culturales de Lima como el gran defensor de la dignidad indígena, el hombre que plantó cara a los abusos del poder y de los conquistadores. Su máxima «Cristo es verdad y no costumbre» apela a la honestidad intelectual y a la lucha contra la corrupción, una bandera que une a creyentes y no creyentes.

2. Lima es una ciudad rica en expresiones culturales. Las reliquias caminan por los templos, pero la historia de Toribio puede caminar por las plazas y las redes sociales con formatos modernos.

Impulsemos desde nuestras parroquias y centros culturales muestras fotográficas callejeras, podcasts, obras de teatro en parques públicos o murales de arte urbano que retraten al «arzobispo caminante». Al ver a un hombre que recorrió el Perú a pie por amor a la gente, muchos se preguntarán qué motor interno movía a este personaje histórico.

3. El sufrimiento humano no tiene credo. Cuando el hambre, la enfermedad o la violencia golpean a nuestros barrios en el Decanato 9, golpean por igual a católicos, evangélicos, agnósticos o ateos.

Invitemos a colectivos civiles, juntas vecinales y jóvenes no creyentes a sumarse a las obras sociales inspiradas en el legado de Toribio (como voluntariados ambientales, ollas comunes o apoyo a personas de la calle). En el servicio conjunto al que sufre, el testimonio del santo cobra vida y se genera un diálogo espontáneo, fraterno y sin prejuicios.

4. Hoy en día, miles de limeños, especialmente los jóvenes están fuera de los templos físicos, pero habitan horas en las redes sociales.

Evitemos el lenguaje excesivamente piadoso o exclusivista en las redes de nuestras comunidades. Compartamos videos cortos, dinámicos y de alta calidad sobre las anécdotas de Toribio -su aprendizaje de lenguas, sus naufragios, sus disputas con el Virrey por defender a los pobres-. Mostremos su lado más humano y disruptivo. El testimonio de un hombre coherente siempre es fascinante, tenga uno fe o no.

Dialogar con el mundo no significa aguar nuestra identidad, sino confiar en que la santidad de Toribio tiene una belleza tan radiante que puede iluminar a toda Lima.

Anterior