En la misa celebrada en Catedral de Lima junto a las familias de nuestra Arquidiócesis, el cardenal Carlos Castillo invitó a superar toda forma de exclusión y superioridad dentro de la Iglesia, recordando que somos hijos de Dios y estamos llamados a un proceso permanente de conversión, acompañamiento y servicio, especialmente, desde nuestras familias.
La parábola de los dos hijos, proclamada en el Evangelio de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 21,28-32), es una invitación a revisar la manera en que los cristianos comprendemos nuestra pertenencia a la Iglesia y nuestra relación con los demás, apuntó el arzobispo de Lima. En ese sentido, la pregunta de Jesús sobre cuál de los dos hijos cumplió la voluntad de su padre nos recuerda que debemos asumir nuestra misión de servicio más allá de las jerarquías o puestos de poder.
Al respecto, el cardenal Castillo señaló que, cuando se acentúan las diferencias en la Iglesia para privilegiar a algunos grupos y separar a quienes no son «dignos», corremos en la tentación de caer en una «jerarquía de exclusión», concentrando el poder en unas pocas manos y sometiendo a la humanidad al capricho de quienes se creen dioses y pretenden «deshacer el mundo organizando guerras y subiendo el costo de vida».

La fe no puede convertirse en una “marca”
El obispo de Lima recordó que el relato de Jesús es un cuestionamiento a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, quienes comprendían la fe desde las lógicas de pertenencia y exclusión, como si creer en Dios nos otorga un estatus o marca por encima del mundo. El purpurado advirtió sobre el riesgo de propiciar una división entre quienes se colocan en una categoría superior por encima de cristianos considerados como «de segunda categoría». Y añadió:
Esta mentalidad de que ser cristiano es una “marca” es muy peligrosa porque después nos sentimos “lo último”, “lo mejor”. Cuando separamos, no comprendemos el misterio de Dios que siempre prefirió a los últimos, ayudando a que los primeros también sigan el camino del servicio.
Frente a esta situación problemática, el mensaje de fondo del Evangelio parte de una premisa importante: «Todos somos pecadores, somos humanos, todos somos Hijos de Dios, porque Él nos ha creado y nos ama», recalcó el prelado.

Familias que acompañan y no excluyen
Dirigiéndose a los representantes de la Comisión de Vida y Familia, así como participantes de los doce decanatos de nuestra Arquidiócesis que participaron en los talleres sobre la familia a cargo de monseñor Guillermo Elías, el cardenal Castillo pidió apertura y escucha para acoger a las familias en sus distintas realidades, puntualmente, en el caso de las parejas divorciadas:
«¿Qué nos ha enseñado la exhortación apostólica Amoris Laetitia del papa Francisco? Que las familias son misioneras de acompañar a las que tienen problemas. Nunca abandonar», dijo enfáticamente. Por tanto, no sólo es una cuestión de reconocimiento en la complejidad de los casos, sino a evitar que la propia experiencia familiar se convierta en motivo de superioridad frente a quienes atraviesan realidades diferentes.
En misma sintonía, para monseñor Elías la familia aparece como espacio concreto de acompañamiento y misión, uniéndose a un amplio proceso de encuentro entre las familias para una auténtica convivencia comunitaria del Pueblo de Dios en su inmensa diversidad.

Jesús pone delante a quienes eran considerados “pecadores”
Recordando los esfuerzos históricos de los papas desde el Concilio Vaticano II, el arzobispo de Lima afirmó que todos tenemos la tarea de «acompañarnos en el proceso de conversión, porque todos somos pecadores, todos». Mirar con atención lo que ocurre en la vida cotidiana es también un signo que nos conduce hacia el hermanamiento, superando las separaciones o prejuicios contra quienes son los «pecadores públicos» de hoy. En el evangelio de Mateo, son los publicanos y las prostitutas que, para Jesús, «van por delante de ustedes en el Reino de Dios».
¿Qué nos está tratándo de decir el Señor? El arzobispo Carlos Castillo explicó que Jesús no está hablando solamente de una posibilidad futura, sino de un hecho que nos enseña que el reconocimiento de la propia condición y la apertura a la conversión tienen un lugar decisivo.
Tenemos que comprender la complejidad de la gente porque estamos para servir, para que todos puedan conocer al Dios que nos ama, empezando a ver cómo pueden cambiar y mejorar, sin excluir en nadie.
Finalmente, el cardenal Castillo exhortó a entrar en un diálogo permanente con el Evangelio, confrontándolo con lo que ocurre en nuestra vida social para que, inspirados en las palabras de Jesús y teniendo sus mismos sentimientos, podamos decidir libre y abiertamente la mejor solución a los problemas que nos aquejan.