En su homilía del domingo XIX del Tiempo Ordinario, el cardenal Carlos Castillo llamó a superar una fe condicionada por intereses y a descubrir el rostro de Dios en quienes sufren, especialmente, en los más pobres. El prelado señaló que la fe no puede convertirse en negocio, concentrarse en una élite ni depender de lo que recibimos a cambio, sino que está llamada a expresarse en gratuidad y el servicio.
Al reflexionar sobre el relato de Jesús caminando sobre las aguas, que narra el evangelio de Mateo (14, 22-33), el arzobispo de Lima cuestionó una fe basada en condiciones, intereses o beneficios personales. Frente a ello, recordó que Dios ama gratuitamente y llamó a reconocer su presencia en los pobres, en quienes sufren y en el rostro cotidiano de los demás, como camino para «salir del entrampamiento peruano» y aprender a hermanarnos.
El cardenal Castillo centró su reflexión en la experiencia del camino de fe que Jesús realiza con sus discípulos, aprendiendo a crecer en una relación de confianza y fidelidad con el Señor:
«La educación que Jesús va haciendo con sus discípulos en ese camino es muy profunda, porque se trata de educarse en una fe que es fidelidad. Se aprende a ser fiel en todas las circunstancias». Esta fidelidad – apuntó – también se pone a prueba en las circunstancias concretas de la vida en una sociedad «donde todo se mira con el ojo del interés».

Pedro y una fe condicionada
Continuando con su alocución, el arzobispo de Lima meditó en torno a la confusión que sintieron los discípulos al ver a Jesús caminando sobre el agua. Esta escena nos ayuda a comprender qué ocurre con la fe de quienes ya han recorrido un camino cercano con Jesús y, sin embargo, frente a una situación de dificultad, no logran reconocerlo.
La actitud de Pedro, por ejemplo, ilustra cómo es nuestra debilidad humana: “Si eres tú realmente, hazme caminar”, pidiendo una prueba para descartar que estaba viendo un fantasma. Este detalle resulta fundamental para comprender lo que ocurre después: Pedro comienza a caminar, pero vuelve a sentir miedo y termina hundiéndose. La pregunta, entonces, no es solamente qué provoca el miedo, sino qué significa la respuesta de Jesús cuando le dice: «Hombre de poca fe».
El prelado argumentó que el término griego al que hizo referencia es oligopistos (ὀλιγόπιστος). Castillo explicó que pistis (πίστις) significa “fe”, mientras que oligo (ὀλίγο) significa “poco”. Al respectó, comentó:
«Esta «fe de pocos» que denuncia Jesús, es una alusión a la «fe de la élite», que forma parte del residuo de personas que concentran el poder religioso en Israel, como también lo hemos visto en los casos en donde se concentran los poderes sociales, políticos, culturales», indicó.
La fe no se sostiene en el miedo
Desde esta perspectiva, el arzobispo de Lima reiteró que la fe no se sostiene en el miedo a la condenación, sino en una relación íntima con un Dios que ama y busca al ser humano. Por ello, invitó a discernir también aquellas imágenes que nos hacemos de Dios. Y agregó:
No creamos en cada cosa que nos dicen, siempre que se nos digan que el Señor nos va a condenar. Recuerden que el Señor perdona y ama a todos.
La consecuencia de reconocer ese amor gratuito – sostuvo el purpurado – no consiste simplemente en recibirlo, sino también en aprender a vivir de la misma manera con los demás: «Aprendamos nosotros a ser gratuitos como el Señor lo es y a confiar».
El obispo de Lima, mirando la realidad peruana, hizo un llamado a superar aquellos prejuicios que nos impiden pensar en el bien común, rastreando el rostro del Señor que «está caminando por las calles, en los sufrimientos cotidianos, en el llanto de un amigo porque perdió a su mamá, allí está Dios actuando. Jesús está en el menesteroso, en el pobre, en el que tiene dificultades, en el que tiene problemas».
El amor gratuito es como el amor de la madre y del padre. Nosotros como hijos y hermanos estamos llamados a eso: a gratuitamente comprendernos y ayudarnos.

“No veamos fantasmas”: reconocer a Jesús en los pobres y sufrientes del Perú
La reflexión sobre Pedro y el fantasma es una exhortación a reconocer a Dios en las personas y situaciones concretas. Por eso, el cardenal Castillo habló de la necesidad de «hermanarnos más» y de «salir del entrampamiento peruano», cuestionando las formas cotidianas de discriminación y clasificación social: «cholearnos, negrarnos, gringuearnos, chinearnos, que toda la vida estamos en ese plan».
Frente a estas divisiones, planteó una actitud distinta: «la primera tarea es aprender a reconocernos entre todos, pero, especialmente, entre los más humildes y pobres de nuestra patria».
Una Iglesia que mira especialmente a los pobres
Al final de su homilía, el arzobispo limeño anunció que, como parte de la preparación para la próxima visita del Papa León XIV, se meditarán los principales textos y documentos del Santo Padre. En particular, mencionó Dilexit Te, documento que nos recuerda «el amor a los más pobres de nuestra patria, de nuestro mundo». Y recordó una expresión asociada al padre Gustavo Gutiérrez: «La Iglesia hace solemnemente la opción preferencial por los pobres porque son los amados de Dios, los últimos, los que no cuentan. Allí está el rostro de Dios».