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Escribe: Juan José Dioses

Mientras la humanidad entera encara una pandemia global, los pueblos indígenas se perfilan como los más vulnerables de nuestra Amazonía. Por si fuera poco, la selva peruana ha sido golpeada severamente por la epidemia del dengue, que ya ha reportado 26 fallecidos en todo el país.

Según el centro epidemiológico del Ministerio de Salud, hasta la fecha se han notificado más de 16 mil casos de dengue, la mayor parte pertenecientes a sectores pobres de regiones como Madre de Dios, San Martín y Loreto, declaradas en emergencia sanitaria.

Coronavirus: aldeas en situación de riesgo

Las poblaciones indígenas se encuentran altamente expuestas al contagio del coronavirus, con mayor razón si consideramos que más del 60% de las aldeas de la selva peruana carecen de centros de salud o no cuentan con los medicamentos adecuados (según cifras de la Organización de Pueblos Indígenas del Oriente).

Las comunidades nativas, en tanto, se reparten en 55 etnias distintas, y en las zonas más remotas donde la navegación fluvial es el principal medio de transporte, acudir a un centro de salud puede tardar entre 2 a 3 días.

Por ello, la ONG Amazon Watch ha advertido que la propagación del coronavirus “puede tener un efecto devastador sobre los pueblos indígenas, particularmente en aquellos que viven en aislamiento voluntario” en la Amazonía.

Principales medidas de prevención en la región amazónica

Además de la medida de aislamiento social obligatorio decretado por el gobierno peruano, las comunidades nativas vienen aplicando un riguroso control en su quehacer diario:

Por ejemplo, la Central Asháninka del Río Ene (CARE), que representa a 18 comunidades nativas, anunció que no dejará ingresar a su espacio a ningún foráneo, bajo amenaza de ser detenido por sus comités de autodefensa y entregado a la Policía Nacional o a las Fuerzas Armadas.

De esta manera, los asháninkas, el mayor pueblo indígena de la Amazonía, quieren evitar cualquier visita inesperada como la ocurrida días atrás con un grupo de turistas polacos, expulsados del territorio de los machiguengas.

Consejos comunitarios unidos contra el coronavirus

Por su parte, los jefes del Consejo Machiguenga del Río Urubamba (Comaru), en acuerdo comunitario, decidieron bloquear el acceso a los turistas y, posterior a ello, se sometieron a un aislamiento obligatorio de catorce días lejos de sus familias para evitar un posible brote del coronavirus en su territorio.

Finalmente, la Federación Nativas del Río Madre de Dios (Fenamad), en el sur del Perú, exhortó a sus pobladores a no acudir a las ciudades vecinas como Puerto Maldonado y permanecer en sus comunidades.

En una entrevista vía Skype concedida al periodista español Jordi Évole, el Papa Francisco destaca que tiene esperanza en que la crisis por coronavirus “enseñe” a los “pueblos para revisar sus vidas”: “Vamos a salir mejores. Menos, por supuesto, muchos quedan en el camino y será duro, pero tengo fe”.

“Yo tengo esperanza en la humanidad, tengo esperanza en los hombres y en las mujeres de esta humanidad, tengo esperanza en los pueblos. Tengo mucha esperanza. Pueblos que van a tomar de esta crisis enseñanza para revisar sus vidas. Vamos a salir mejores. Menos, por supuesto, muchos quedarán en el camino y será duro. Pero tengo fe, vamos a salir mejores”, reflexiona el papa Francisco en Lo de Évole sobre el coronavirus.

Jordi Évole cuenta al papa cómo “muchas empresas están despidiendo a muchísimos trabajadores” por la crisis del coronavirus, algo que no gusta nada al pontífice, quien destaca que “las soluciones concretas las tiene que buscar cada uno en cada situación, pero ciertamente, ‘el sálvese quien pueda no es solución’“.

Por ello, el papa pide a los empresarios que no despidan a sus trabajadores: “Una empresa que despide para salvarse no es una solución. En este momento más que despedir, hay que acoger y hacer sentir que hay una sociedad solidaria. Son los grandes gestos que hacen falta ahora”.

Por otro lado, en una situación como la crisis por coronavirus, Jordi Évole pregunta al papa si “se pueden tener crisis de fe”; “¿Hasta un papa puede poner en duda la existencia de Dios?”.

El Papa confiesa que, aunque en este momento no, en su vida sí recuerda haber tenido sus “dudas de fe”“He tenido mis crisis de fe y las he resuelto por la gracia de Dios. Pero nadie se salva del camino común de la gente, que es el mejor camino, el más seguro, el concreto. Y eso nos hace bien a todos”.

Artículo escrito por Juan José Dioses – Periodista

La expansión del coronavirus (COVID-19) ha llegado al Perú, país que viene sometiéndose a una estricta cuarentena desde el último 16 de marzo. Hasta la fecha son 480 los infectados y nueve fallecidos.

Las medidas para contener el avance del coronavirus han provocado que casi toda la población permanezca en casa las 24 horas del día. Apenas un representante por familia puede trasladarse para abastecerse de productos  y retornar a la cuarentena.

Durante los primeros días, las redes sociales permitieron que cientos de familias se organicen para cantar a viva voz ‘Contigo Perú’ desde los balcones de sus casas, y aplaudir a todos los médicos, sanitarios, policías y militares que exponen su vida a diario para servir a los demás.

Por su parte, los diarios impresos más influyentes llegaron a un acuerdo para publicar, por primera vez en la historia, la misma portada: #YoMeQuedoEnCasa – un llamado a la prevención y al cumplimiento del aislamiento social obligatorio establecido por el Ejecutivo.

El espíritu solidario de los peruanos ha salido a flote cuando jóvenes voluntarios recorrieron las calles limeñas para repartir botellas de agua a trabajadores de limpieza, o cuando personas espontáneas repartieron desayunos a los policías que pasaban al frente de sus casas.

Precisamente, son los jóvenes quienes han comenzado una campaña a través de las redes sociales para ayudar con las compras a los adultos mayores, uno de los grupos humanos más propensos al contagio.

“Los adultos mayores NO deben exponerse de ninguna manera”, citan cada uno de los jóvenes, incluyendo una referencia de su ubicación, e invitando a las personas mayores a contactarse para asistirlos de forma gratuita.

Abogados, médicos, psicólogos y especialistas en distintos rubros también ofrecen sus servicios gratuitos de consultas y asesorías virtuales para evitar la congestión de los servicios públicos.

‘Contigo Perú’ no solo es un segundo himno, es también una experiencia compartida que nos revela la gran creatividad, el amor gratuito, y la amistad que tenemos los peruanos para responder a estos desafíos.

Entrevista del Papa Francisco concedida al portal Stampa

“Este tiempo es oscuro para todos. Aquí se llora y se sufre. Todos. Solo podremos salir de esa situación juntos, como humanidad entera”. El Papa Francisco ha conversado con Domenico Agasso para La Stampa. En estos tiempos de coronavirus, Bergoglio ofrece un mensaje de esperanza y cree que saldrá una sociedad mejor tras la pandemia: “No tengan miedo”, sostiene.

“La oscuridad ha llegado a todas las casas. Este tiempo es oscuro para todos, sin exclusión. Está marcado por dolor y sombras, que se nos han metido a la casa”, admite el Papa, quien hace un llamamietno a la solidaridad en estos días difíciles.

También, a la oración: “La oración nos deja comprender nuestra vulnerabilidad. Es el grito de los pobres, de los que se están hundiendo, de los que se sienten en peligro, solos. Y, en una situación difícil, desesperada, es importante saber que está el Señor, y que nos podemos aferrar a Él”, constata Bergoglio.

Porque Dios “nos sostiene de muchas maneras. Nos transmite fuerza y cercanía, como hizo con los discípulos que pedían ayuda en medio de la tormenta. O cuando le dio la mano a Pedro, que se estaba ahogando”. Pero el Papa no quiere “distinguir entre creyentes y no creyentes. Todos somos humanos y, como hombres, todos estamos en la misma barca. Y para un cristiano nada humano debe ser ajeno”. 

“Aquí se llora porque se sufre. Todos. Tenemos en común la humanidad y el sufrimiento. Nos ayudan la sinergía, la colaboración recíproca, el sentido de responsabilidad y el espíritu de sacrificio que se genera en tantos lugares. No hay que distinguir entre creyentes y no creyentes, hay que ir a la raíz: la humanidad. Ante Dios todos somos hijos”, argumenta el Pontífice.

Enfermeros, médicos y voluntarios

Del mismo modo, Francisco agradeció “a todos estos enfermeros y enfermeras, médicos y voluntarios que, a pesar del extraordinario cansancio, se inclinan con paciencia y bondad de corazón para suplir la ausencia obligada de los familiares”, a acompañar a los que, de otra manera, morirían solos.

De cara al futuro, Francisco recuerda “a los hombres de una vez por todas que la humanidad es una única comunidad. Y lo importante y decisiva que es la fraternidad universal”. “Tenemos que pensar que será un poco como después de una guerra. Ya no estará “el otro”, sino que estaremos “nosotros”. Porque solo podremos salir de esta situación todos juntos”, concluye, insistiendo en la necesidad de “volver una vez más las raíces: los abuelos, los ancianos. Construir una verdadera fraternidad entre nosotros Hacer memoria de esta difícil experiencia vivida entre todos, todos juntos. Y salir adelante con esperanza, que no desilusiona nunca. Estas serán las palabras clave para volver a comenzar: raíces, memoria, hermandad y esperanza”.

Roberto Colombo, docente de Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad Catolica del Sagrado Corazón de Milán y miembro de la Pontificia Academia por la Vita.

La enfermedad que viene extendiéndose en nuestro país y en otras partes del mundo ha sido denominada por la Organización Mundial de la Salud con el acrónimo Covid-19 (“enfermedad del coronavirus 2019). Quien la ha provocado es un agente patógeno externo al ser humano y perteneciente a la familia de los coronavirus. Entrando en contacto con nuestro cuerpo, este virus lo infecta y puede inducir alteraciones leves o graves, cuyas consecuencias pueden llevar, incluso en algunos casos, a la muerte. Sabemos que esta es la realidad .

La causa de esta enfermedad no es un misterio, pero ella interpela el misterio de nuestra vida, su origen y su destino, ya que al no depender en última instancia de nosotros, está en las manos de Otro. También esta es la realidad: mas allá del aspecto físico de la enfermedad, existe su meta-fisicidad. La enfermedad, así como el nacimiento, la salud y la muerte, tiene su propia trascendencia. La enfermedad es religiosa, porque provoca poderosamente (según la etimología, “llama desde fuera”, “pone al descubierto”) el sentido religioso del ser humano: las preguntas mas radicales e ineludibles de la vida se encienden cuando sentimos y tememos la precariedad. Por eso la enfermedad que golpea aun ser humano hombre o mujer (mucho mas la enfermedad que afecta a muchos y puede invadir a todos: la epidemia) exige que la afrontemos religiosamente. Como creyentes y como no creyentes. Frente al dolor en la carne humana, no se puede huir de la gran pregunta que nosotros mismos somos. Decía Agustín, “me he convertido en un gran misterio para mí mismo” (Confesiones IV, 4,9). Ninguna urgencia o emergencia puede poner entre paréntesis esta evidencia original que no nos abandona -más bien, nos apremia mucho mas- cuando ante nuestros ojos se presenta y nos atemoriza la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

El nuevo coronavirus se ha conocido hace pocos meses por los científicos, y aunque los efectos de su infección se observan en el cuadro clínico del Covid-19, los médicos recién lo están conociendo, mientras la epidemia está todavía en desarrollo. Pero el descubrimiento de la naturaleza microscópica de los agentes infecciosos y su relación con la aparición de las enfermedades contagiosas a través de  ambiente de vida ha sido posible ya hace 150 años gracias a las investigaciones científicas realizadas por Louis Pasteur. El señor Pasteur fue un gran católico, de fe recia, y un gran científico francés, de lúcida inteligencia: “Poca ciencia nos aleja de Dios, mucha ciencia  nos vuelve hacia el”; era la síntesis de su experiencia de relación entre ciencia y fe.

La “fe en la ciencia” que tanto ha caracterizado al ser humano de nuestros días, llega a oscurecer la dimensión trascendente de la vida cuando nos quedamos solo en las migajas del saber sobre la naturaleza viviente, sobre la salud y la enfermedad, cuando nos quedamos en la superficie de la vida. En cambio, se nos abre la “ciencia de la fe”, la perspectiva de Dios, creador y amante de la vida, si nos adentramos en un conocimiento más profundo de la realidad de la vida, en todas sus dimensiones y según todos sus factores constitutivos. Dimensiones y factores que no excluyen la Presencia providente, la del Misterio bueno que ha creado todo, todo lo sostiene y todo conduce hacia lo último, el bien. Incluso el mal de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte no es un “mal absoluto”, en el que Dios estaría ausente. Si Dios es Dios, “todo en todos” (1Cro 15, 28), también aquí esta presente y providente. La fe pone las alas de la esperanza buena a la ciencia, proyectando la mirada mas allá de los obstáculos cotidianos, y la ciencia permite a la fe caminar en la tierra sin que tropecemos entre las piedras, caer y hacernos mal en las dificultades de cada día.

Cuando pasamos del conocimiento de la realidad de la vida fisiológica y patológica a afrontar las cuestiones practicas de la salud y de la enfermedad, de cómo promover la primera y defendernos de la segunda -de modo especial cuando una epidemia amenaza nuestras comunidades, nuestro país, y el mundo- la tentación de romper el hilo de la razón y del realismo que une la ciencia y la fe, se hace más apremiante. Y es aquí que urge redescubrir la fuerza de la ciencia y anunciar la fuerza de la fe.

Estas dos fuerzas asimétricas tienen su centro de gravedad en Dios. El ha creado la realidad física y espiritual del ser humano, lo ha dotado de la  inteligencia y del amor, de las dos dimensiones de la realidad, a través de ejercicio de la razón y de la afectividad, y lo ha redimido, arrancándolo del poder del mal y de la muerte. Por esto la ciencia y la fe no se excluyen y no se oponen, ni teórica ni prácticamente: se com-ponen, se “ponen juntas” al servicio del ser humano y de la sociedad, de la vida eclesial y de la vida política, de los creyentes y de los no creyentes.

La ruptura de la unidad entre ciencia y fe lleva a aislar la ciencia de la fe y la fe de la ciencia, y quizás también a suprimir una en desmedro de otra. En el primer caso, bajo la presión emotiva y social de una emergencia  como la de la epidemia viral, incluso el creyente mismo llega a poner exclusivamente su fe y esperanza en una salida, como vía de escape, en las capacidades científicas, clínicas, tecnológicas y organizativas puestas a disposición del hombre para enfrentarla. El espacio de la oración  y de la confianza en Dios, y el reconocimiento de su acción providente en la vida personal, familiar y social se reduce cada vez más, hasta pasar a un segundo plano, casi auto-disolviéndose. No se niega la existencia de Dios, per es como si no existiese y todo dependiera de nosotros. En esa actitud basta que sigamos las indicaciones proporcionadas por las autoridades competentes y todo irá bien. Así la conciencia se aquieta.

En el otro caso, en el que se censura a la ciencia en nombre de una pretendida “pureza” y “dureza” de la fe, nos refugiamos exclusivamente en la oración e invocamos a la Providencia descuidando la necesidad de ofrecer nosotros a ella las oportunidades de manifestarse dentro de los pliegues de la vida personal, eclesial y social. Nos olvidamos de poner en las manos de Dios nuestra libertad comprometida, nuestras responsabilidades civiles, nuestro ingenio y la creatividad de la que somos capaces, y las iniciativas de solidaridad y colaboración para afrontar activamente el peligro representado por la difusión de la epidemia en curso. No se niega la realidad del contagio viral, pero es como si todo dependiera solo del Otro, que hace todo solito y no nos llama a colaborar con El para contrarrestar eficazmente este mal. Incluso las medidas de contención proporcionales al riesgo inminente, propuestas por quien tiene un titulo eclesial, aparecen así, inaceptables o meramente declarativas ante las exigencias de la autoridad civil

La iglesia siempre, ante la enfermedad, incluso la incurable y mortal, fiel a la acción y a las palabras de Jesús (cf. relatos evangélicos de curación) ha mantenido unidas la curación de la salud con  la demanda de salvación. Cuando el paralitico encuentra a Jesús, buscaba sanarse haciéndose sumergir en la piscina de Betzata (Jn 5, 2-9).La hemorroisa que toca el manto de Jesús se había puesto en manos de muchos médicos (Mt 5, 25-29; Lc 8, 43-44) sin haberse curado. 

Pidiendo a Dios que aleje la enfermedad de nosotros y de todo el pueblo, mientras simultáneamente, nos esforzamos por evitar nuestro contagio y el de los demás, ofrecemos al Señor la ocasión de hace un milagro, según su buena voluntad, mas allá de nuestras fuerzas y de las de la ciencia, pero no sin ponerlas a su disposición, porque es El que nos ha dado estos talentos para que los hagamos dar frutos (cf. Mt 25, 14-30).  Haciendo eco de una feliz expresión del arzobispo de Milán, Mons. Mario Delpini, la situación en la que nos encontramos es ocasión no solo para nosotros, sino para que se manifieste el brazo de Dios en nuestra vida y la del mundo.

Por ello oremos y ayudemos a nuestros fieles a orar y a actuar, para que el Señor misericordioso consuele a quien está en el sufrimiento , por él, sus queridos familiares y amigos; sostenga el esfuerzo de los científicos, los médicos , los enfermeros y de aquellos que se entregan a favor de la asistencia de los ciudadanos; y nos de sabiduría y coraje a los gobernantes en el momento de las decisiones mas difíciles. 

Como los profetas en el tiempo del exilio de Israel, en nuestro exilio de las actividades y relaciones públicas de contacto directo, avivemos la esperanza en el pueblo de Dios y pidámosle que nos permita ver alejarse de nuestro país y del mundo esta epidemia con la invocación de la liturgia de las horas: “Señor, date prisa en socorrerme”.  

En este mensaje quiero invitarlos a que nos recojamos en oración para inspirarnos y ahondar en lo que estamos viviendo, para soñar juntos, la sociedad y el Perú que hemos de vivir en tiempos de pandemia

En su tercer podcast desde que se decretó el aislamiento social obligatorio, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, se dirige a todos los peruanos y peruanas que vienen afrontando la pandemia del coronavirus: “la humanidad entera está viviendo una noche oscura de dolor, y lo primero que nos queda es la solidaridad, saber comprender y ayudarnos mutuamente en esta situación difícil” – comentó.

El Obispo de Lima también se refirió a los primeros fallecidos a causa del coronavirus: “nos unimos a todos los familiares y a todo el pueblo peruano, llorando juntos, sabiendo que a cualquiera de nosotros nos puede haber tocado, y unidos también a toda la humanidad doliente, a los miles y miles que están muriendo en el mundo” – expresó.

“Una primera actitud ante el dolor y la impresión de esta pandemia es el miedo, que puede transformarse en pánico – explicó Monseñor Castillo – pedimos a todos sabernos controlar mutuamente y ayudarnos a comprender las cosas con racionalidad. Hay que evitar todo tipo de desesperación que conduce luego a la acaparación, a buscar recetas que no son solución para las cosas o hacer cosas que no son convenientes”.

El sentido de un silencio respetuoso, prudente y meditativo

El Primado del Perú reiteró que estos nuevos desafíos requieren también del silencio prudente y sabio, sin realizar ningún tipo de manifestación o aglomeración que represente un riesgo de contagio: “pido a todos los hermanos sacerdotes y en general a los que oran, a hacerlo con discreción y sin arriesgarnos”.

Monseñor Castillo resaltó que, ante esta situación, “no podemos estar mudos y simplemente proteger nuestras antiguas costumbres, nuestra mentalidad cerrada y nuestro pequeño mundo al cual estamos acostumbrados, nosotros tenemos que hablar luego de un callar”.

“Siempre cuando nos sucede una grave desgracia, es importante guardar un silencio respetuoso, ese silencio respetuoso, por ejemplo, lo están viviendo en este momento todos los hermanos que trabajan arduamente para que la epidemia no se extienda, todas las autoridades que realizan esfuerzos inmensos con limpidez y claridad, los enfermeros y enfermeras, personales de vigilancia, policías, el ejército, los alcaldes, el personal de limpieza, los choferes de las ambulancias, los comunicadores y la prensa. Todos están mostrando coraje, inteligencia y sensibilidad solidaria de amor al Perú y a la humanidad” – agregó el Pastor de Lima.

Este silencio respetuoso se hace para comprender juntos la hondura de lo que está ocurriendo, y ello nos ayuda a ponernos en sintonía para buscar, en silencio, soluciones adecuadas.

Aceptar la novedad para comprender los nuevos desafíos que vivimos

Refiriéndose al Evangelio de este IV Domingo de Cuaresma, que narra la sanación de un hombre ciego, el Arzobispo de Lima indicó que la actitud de los fariseos, preocupados más en el cumplimiento de la ley del sábado, nos exhorta a cambiar de mentalidad, especialmente de quienes piensan que “todo está medido y sacramentado”, corriendo el peligro de “no comprender los nuevos desafíos, de no aceptar que estamos ante una novedad”.

“Jesús va a cambiar esa mentalidad y va a decir que este enfermo, este ciego de nacimiento, es un desafío a actuar las obras de Dios, a dar Gloria a Dios. La mentalidad del templo en aquella época era la de decir: “bueno, aquí nadie cura porque es sábado”, por eso Jesús va a pasar en el Evangelio de Juan como un pecador, porque no atiende a la ley del sábado sino a la del ser humano, porque tiene sensibilidad por el dolor humano” – acotó.

Todo lo que sucede siempre es un desafío a nuestra consciencia para hacer algo, de tal manera que el que cree que todas las cosas las tiene claras, en realidad es como un ciego, no porque no quiere ver, sino porque cree que ve y en realidad no ve. Necesitamos de una Iglesia que salga de la ceguera, de un país que salga de la ceguera.

“Dios siempre eligió a los que son ‘nada’ en el mundo para ayudarnos a ver de otra manera las cosas”, recordó Monseñor Castillo citando el Libro de Samuel que se leerá este domingo: “Dios eligió a David como rey porque era el último, el que sobraba. La pregunta de Samuel para elegirlo como rey es: ¿Ya no te quedan más muchachos? ¿no te sobra uno por allí? – Dios elige al que no tiene apariencia ni presencia”.

Comprender de otro modo la vida y la fe

Monseñor Carlos Castillo precisó que la pandemia del coronavirus nos obliga a “comprender de otro modo la vida y la fe. Según las últimas investigaciones, podemos decir que no volveremos a la normalidad anterior y, por eso, es importante que tengamos en cuenta que la vida no será igual”.

Necesitamos cambiar nuestra mentalidad sobre cómo se debe vivir, no debemos comprender este problema como una anécdota pasajera y sin importancia. Es un desafío que nos abre el horizonte humano para pensar las cosas de otra manera, para inventar una forma distinta de vivir, y como bien ha dicho el Papa Francisco, nos corresponde a todos enfrentarla comunitariamente, en solidaridad y con responsabilidad creadora.

El Arzobispo de Lima dijo que nos encontramos en un camino de reeducación humana y espiritual de gran importancia: “ante nuevos desafíos, tenemos que pensar en nuevas maneras de reaccionar, hablamos de una conversión pastoral que pueda ayudarnos a salir de situaciones difíciles, y responder a ellas con una nueva manera de vivir y ser cristiano, creando nuevas costumbres”.

Iglesia de testigos: repensar la manera de vivir personal y social

“Hoy día estamos llamados a reconocer que todos los esfuerzos que se hagan por actuar creativamente, necesitan ser alentados – insistió el Arzobispo de Lima – y cada uno de nosotros tiene que repensar su manera de vivir personal y socialmente, juntos tenemos que inventar una forma de vivir nueva”.

Los gestos humanos y solidarios que los peruanos hemos tenido en este tiempo de cuarentena son también una nueva forma de Iglesia que está surgiendo: “debemos prestar atención a lo que está ocurriendo, una Iglesia de testigos, estos testigos nos llevan la delantera como verdaderos humanos, como verdaderos cristianos y católicos” – subrayó Monseñor Castillo.

Quisiera en esta reflexión pedirles a todos, como cristianos, como católicos de nuestra ciudad de Lima, que hagamos de este tiempo, un momento de preparación en nuestras casas, sabiendo ya que la normalidad anterior no va a volver. Tenemos que preocuparnos porque la nueva normalidad que creemos, que será diferente, elimine la indiferencia, la falta de solidaridad, la falta de cuidado y de delicadeza, elimine la actitud corrupta, las actitudes de escape para encubrir y tapar robos, maltratos, dominaciones, pedofilia y distintas cosas que se han hecho en la sociedad y en la Iglesia. No podemos regresar a la normalidad que está contaminada por esas cosas, y no regresaremos jamás, debemos crear una normalidad nueva, llena de preocupación, de servicio, de cuidado entre todos.

Por último, Monseñor Castillo recordó la importancia de comprender la vida como “interpelada por la situación y por los otros, sabiendo comprender los problemas profundos que nos plantea y convertirlos en desafíos, porque en medio de esos desafíos, está interpelándonos y llamándonos el Señor”.

Ahora que no podemos ir al templo, que reunirnos puede llevar a contagios y puede desarrollar la epidemia, necesitamos una forma de ser cristiano en espíritu y en verdad como testigos, que nos permita vivir nuestra fe en la vida cotidiana profundamente, con el Espíritu Santo, guiados por Él, en forma más flexible y creativa, menos rígida, capaz de inspirarse en el Señor a través de los desafíos.

Artículo extraído del portal ‘Religión Digital’. Escribe Jesús Bastante

Cuaresma, tiempo de paso, pero también de mirarse a uno mismo y a sus pecados, y a buscar el perdón de Dios. A acercarse a la Confesión. “Pero ¿dónde puedo encontrar a un sacerdote si no se puede salir de casa? ¿Cómo puedo hacer?”, le preguntan al Papa. “Haz lo que dice el Catecismo: si no encuentras a un sacerdote para confesarte, habla directamente con Dios (…), pídele perdón con todo el corazón, delante de él, prométele que luego te confesarás… y llegará de inmediato la Gracia de Dios”.

“Tú mismo te puedes acercar al perdón de Dios sin tener cerca la mano de un sacerdote. Es el momento justo, el momento oportuno: un acto de contrición, de dolor bien hecho, y así nuestra se convertirá en blanca como la nieve”, señaló Francisco en la misa matutina de Santa Marta, en la que tuvo un recuerdo especial para los sanitarios de Bérgamo y para todas las autoridades que gestionan la pandemia y que sufren “las incomprensiones”.

Los médicos, “al límite del trabajo”

“Ayer recibí el mensaje de un sacerdote, desde Bérgamo, que nos pide que recemos por los médicos de Bérgamo, Brescia, Cremona, que están al límite del trabajo. Están dando la propia vida para ayudar a los enfermos, para salvar la vida de los demás”, confesó Francisco, quien también pidió que “oremos por las autoridades. Para ellos no es fácil administrar este momento, que muchas veces sufren las incomprensiones. Las autoridades, en este momento, son las columnas que nos ayudan a ir adelante, y nos defienden en esta crisis, oremos por ellos”.

Comentando el pasaje del profeta Oseas ‘Regresa a Israel, soy tu Dios’, el Papa recordó su infancia en Buenos Aires, y “una canción que cantaba hace 75 años Carlos Dutti, y que las familias italianas en Buenos Aires escuchaban con mucho gusto. ‘Regresa a tu padre, el arrullo aún te cantará’”.

“El papá ve venir al hijo, le esperaba”

Y es que, como en la canción, “Dios es tu padre, regresa a casa”, también le lleva a otro recuerdo, el del Evangelio del Hijo Pródigo, cuando “el papá ve venir al hijo de lejos. Eso quiere decir que lo esperaba. Cuántas veces al día habría salido a buscarlo”.

“Es la ternura de Dios, que nos habla especialmente en la Cuaresma. En este tiempo en el que tenemos que entrar en nosotros mismos, y nos pide regresar al Padre”, subrayó Francisco. Y es que, pese a la vergüenza, “el Dios de la ternura nos sanará de tantas heridas de la vida, y de tantas cosas malas que hemos hecho”.

“Él es capaz de transformarnos, de cambiar el corazón, pero quiere que demos el primer paso: no es ir a Dios, ¡es regresar a casa!”, imploró Bergoglio, quien insistió en que éste es el momento del Sacramento de la Confesión. “No el momento de ajustar cuentas, no me gusta esa expresión. Es el momento de dejar que Dios nos ’emblazquezca’, nos ablande”. Confesarse, y reencontrarse con Dios. Y si no hay sacerdote disponible, “habla con Dios, es tu padre… y llegará la Gracia de Dios”. Amén a eso. “Regresa a tu padre, que te espera, y hará fiesta por eso”.