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La Celebración Eucarística por el 201º Aniversario de nuestra Independencia contó con la presencia del Presidente de la República, Pedro Castillo Terrones, así como las máximas autoridades de nuestro país.

La Misa y Te Deum fue presidida por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Monseñor Carlos Castillo. Acudieron como concelebrantes Monseñor Nicola Girasoli, Nuncio Apostólico en Perú; los obispos auxiliares de la Arquidiócesis de Lima y el Cabildo Metropolitano de Lima.

A continuación compartimos la homilía de Monseñor Carlos Castillo, en el marco de la Tradicional Misa y Te Deum por el 201º Aniversario Patrio de nuestra Independencia.

Misa y Te Deum 2022: Homilía.

Venimos a orar dando gracias a nuestro Padre por la Independencia y pidiéndole su ayuda en la profunda crisis que vivimos.

María servidora genera a Jesús servidor: Luz en la tiniebla.

Meditemos esta Palabra del evangelio. Conmueve el gesto de María que se levanta para ir de prisa a ayudar a la anciana Isabel en el parto. Similar al samaritano cercano al herido en el camino, María, multiplica cuidados de servicio a Isabel durante tres meses.  La “llena de gracia”, madre del rey, sirve y ayuda.

¡Cuántas veces en estos durísimos años, hemos recibido estos gestos de amor generoso de tantos samaritanos y Marías! Hoy somos los sobrevivientes de la tragedia y no podemos olvidar a la amplísima comunidad de peruanos y peruanas que arriesgaron sus vidas para salvar la nuestra. Sólo podremos corresponderles con nuestra vida donada. Se asoma así el nuevo proyecto nacional de la vida peruana regenerada por la generosidad servidora, lejana de toda ambición estrecha.  

La Palabra escuchada es para vivirla y renovarnos en la actualidad y se “fieles” como “pueblo fiel de Dios”. Aparece aquí este detalle: Isabel bendice a María y se pregunta: “¿Cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?”, en palabras modernas “¿Cuándo se ha visto que la madre del gobernante venga a ponerse al servicio de una anciana pobre y parturienta?”.

He aquí la gran novedad, el Dios de nuestra fe llega a nuestra historia como servidor que da alegría, a través de la madre servidora, en cuyo seno está el Rey que será servidor. La alegría es por la novedad del abajamiento de los gobernantes que abre la era del servicio a los humildes y entre los humildes, prometida desde antiguo.

Con ello se inaugura la era de la rectificación definitiva del falso orden inventado por poderes tiranos, ideologías y religiones encubridoras que endiosaban al gobernante para que dominara sin medida al pueblo sencillo, cuando debía defenderlo porque provenía de allí. En cambio, en esta visita desborda el servicio, que inspirará al gobernante, y aprenderá a actuar en forma justa, prístina, efectiva, y creíble. Solo así el pueblo verá la “luz grande” en medio de la oscuridad.

Hace 200 años: el difícil inicio de la República.

No estamos lejos de esta novedad en el Perú de hoy. Jorge Basadre dice que, en estos mismos días de 1822, comienza realmente nuestra República, porque una cosa había sido proclamarla y otra realizarla. En efecto, a un año de la proclamación de la independencia, es decir hace 200 años, similares dificultades que hoy vivimos desafiaban también nuestro despegue como república:

-Ayer: caudillismos, ambiciones particulares, ambigüedades, tibiezas y complicidades con el colonialismo, traiciones, apetitos de poder, corrupción, nostalgias aristócratas.

-Hoy: -instituciones públicas deficientes y corroidas ante las necesidades de seguridad, salud, trabajo, educacion de calidad, equilibrio ecológico, organización autonoma solidaria, desarrollo de poblaciones originarias, y otras demandas de nuestro pueblo;

-enorme crisis política con fondo viral de corrupción y encubrimiento al servicio de intereses particulares.

-indiferencia, individualismos, intereses de grupo, mafias.

La actitud fundadora: el desprendimiento de San Martin.

Recordemos por eso las valerosas actitudes humanas y cristianas que nos generaron para nacer como nación. Decía Jorge Basadre: “Es el nuestro un estado concebido primero como un bello ideal y llevado luego penosamente a la realidad”[1]. Quiso decir “penosamente” debido quizás a la nobleza humana de los que renunciaron a sí mismos para que el bello ideal se realizara.

En efecto, hace 200 años exactos, el 28 o 29 de julio de 1822 no hubo Te Deum en esta Catedral. Peligraba la futura República y don José de San Martín, fue presuroso a Guayaquil el 26 y 27 de julio de 1822 a encontrar a Simón Bolívar, emancipador norteño de América Latina. Conversaron de la terminación de la guerra emancipadora y de nuestro futuro como Estado.

Apreciemos aquí la actitud fundamental que abrió el camino republicano. Con la sensibilidad del Samaritano y de María, San Martín, preocupado por el alto costo de sufrimiento humano que implicaba la prolongación de la guerra pidió ayuda a Bolívar. Pero lo hizo con humildad y responsabilidad sin igual:  le pidió ponerse a sus órdenes, sin afán de protagonismo personal. Bolívar no asintió a esta propuesta, le parecía poco delicado poner a San Martin bajo su mando y dudaba que el Congreso Colombiano le diera permiso.

Ante esto don José comprendió que para lograr el bien común del Perú había que hacer un acto adecuado y justo de desprendimiento que permitiera una acción efectiva que culminase la guerra. Por ello decidió algo más hondo todavía, retirarse para dejar paso a quien tenía las fuerzas preparadas para que no retrocediera el proceso libertario y republicano.

En su carta a Bolívar -29/08/1822- San Martin le manifiesta: “estoy íntimamente convencido, que sea cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy, de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males. En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado al primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse. No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada puede ser a usted de alguna utilidad su conocimiento”[2].

Aquí sentimos una viva espiritualidad que coincide con la del evangelio de esta misa. Apreciando este gesto y actitud desprendida de San Martín, consideremos pues: ¿acaso no es también urgente hoy? ¿acaso no extrañamos la presencia de esa generosidad y desprendimiento en toda la dirección nacional, en cualquiera de sus niveles, y especialmente en la esfera política y pública? ¿acaso no falta cultivarla en la vida social, económica, cultural, educativa e incluso religiosa de todo responsable institucional?; ¿Pero dónde encontramos la generosidad en el Perú de hoy? Pues la apreciamos clarísima en la actitud de las personas y organizaciones solidarias que operan permanentemente con absoluta generosidad y desprendimiento, como el caso emblemático de la “red de mujeres de las ollas comunes” y muchísimas otras.

Pero falta en quienes dirigen desde zonas de poder de cualquier tipo. La espiritualidad contraria a esta fe de los peruanos es el egoísmo individualista o de grupo. Es el espíritu de elite separada, o que pretende separarse y servirse de su llegada a ese espacio. Ese es el flagelo que nos corroe, y donde pervive la corrupción. En contraposición la espiritualidad del desprendimiento es la que intentamos, especialmente ahora, vivir en la iglesia en favor del Perú, aunque debemos pedir perdón de que el aire de la indiferencia y de la corrupción también nos ha llegado, como recordó Papa Francisco en su visita al Perú[3].

José de San Martín tomó el camino de la fe. Abnegado y desprendido, contribuyó a nuestra independencia, dejando el Perú en las buenas manos estratégicas de Bolívar, y en buenas manos institucionales, con un competente Congreso Constituyente, que promovió a los más valiosos peruanos y reunido por fin, “el 20 de setiembre de 1822, a las 10 a.m., en el Palacio de Gobierno” y “Desde allí se dirigieron a la catedral a solicitar la asistencia divina, mediante la misa votiva del Espíritu Santo que celebró el deán gobernador eclesiástico del Arzobispado de Lima[4]. Por ello la misa y Te Deum que debió celebrarse en 29 de julio, se celebró el 20 de septiembre de 1822.

Así, la República fue, desde el comienzo un largo y progresivo proceso de generación. Poco a poco los peruanos debimos aprender el camino de la unidad, y afrontar crisis tras crisis, conflicto tras conflicto, y hasta ambición tras ambición. Pero si logramos aun existir es porque se pudo imponer por sí misma la exigencia de la realidad sobre las vanas ilusiones. Y este proceso continúa hoy en su compleja ambigüedad. Felizmente algunas bases sólidas quedan, pero siempre existe el riesgo de corroerlas y perderlas, si la ambición desmedida no se supera. Necesitamos la grandeza humana del servicio desprendido y abnegado. Así hemos ido llegando al año 201. 

Sabedores de que todavía están pendientes de resolver problemas fundamentales, y que la ambición egoísta personal o grupal actual requiere nuestra libre decisión de rectificación en todos los actores, acojamos con sabiduría la experiencia adquirida en estos 201 años, y emprendamos un nuevo esfuerzo inspirado que requiere humana generosidad y desprendimiento, un programa básico de prioridades que todos debemos realizar por el bien común, sin segundas intenciones propias, y también… fe cristiana verdadera, y no encubridora de los males.

En efecto, la historia nos exhorta a no traicionar lo mejor de su enseñanza, que mucho más, se forjó humildad tras humildad, desprendimiento tras desprendimiento, restañando las heridas dejadas por quienes creían que su ambición era una forja, cuando era una ruina.

Estas actitudes y este modo de actuar mariano y samaritano urge hoy en nuestra patria. Y ya lo practica diariamente la gran mayoría de los más de 30 millones de peruanos que somos, quienes saben  autoorganizarse solidariamente, especialmente los jóvenes y las mujeres, y de quienes hemos de aprender todos.

“La justicia de su causa que Dios defiende”: el bien común.

La causa de nuestro pueblo peruano, “que Dios defiende” es el bien común de todos. Ningún peruano esta de sobra, todos somos importantes, y más importantes son los vulnerables, los niños, y adultos mayores, los trabajadores estables y eventuales de la ciudad y del campo que sufren, pobreza, miseria, enfermedad, falta de empleo, hambre, daño ecológico, violencia callejera, machismo y maltrato de la mujer, racismo y discriminación de todo tipo, pésima educación basada en el negocio, inestabilidad económica, hastió de la política, desesperanza e intolerancia.

Papa Francisco, en su “peregrinación penitencial” a Canadá, pidió perdón histórico a los pueblos originarios: “Pido perdón, en particular, por el modo en el que muchos miembros de la Iglesia y de las comunidades religiosas cooperaron, también por medio de la indiferencia, en esos proyectos de destrucción cultural y asimilación forzada de los gobiernos de la época, que finalizaron en el sistema de las escuelas residenciales.”[5]

Por eso Dios defiende sobre todo la causa de las víctimas de los que usaron y usan la religión para dominar y maltratar hasta la muerte a las poblaciones originarias, y con modernas esclavitudes,  cuyo fundamento es el “proselitismo religioso”, la “obediencia religiosa” ciega termina en  abuso prepotente en todas sus formas. Dios defiende a las víctimas de todos los que dominan y destruyen sus cuerpos y mentes, sus libertades, sueños y justas ilusiones, su fe y su esperanza. Y la iglesia asume esta tarea como su misión.

Y las defiende también suscitando su Espíritu para irnos convirtiendo todos los peruanos, creyentes y no creyentes, en milagros vivientes que renuevan los gestos abnegados y desprendidos que nos fundaron, para que podamos emprender iniciativas inteligentes y sabias. Esto es lo único que nos ha permitido existir como nación y durar hasta ahora 201 años.

Es nuestra tarea histórica convertirnos todos personal y socialmente al servicio del bien común, dándonos la mano, con una generosidad que regenera la Patria. Hemos de promoverla por todos los medios, adecuados y legítimos. La corrupción puede ser vencida no nos resignemos. Participemos en este proceso que lleva a la anchura de la democracia.

La misión evangelizadora de la Iglesia y el camino sinodal como aporte.

La misión de la iglesia es evangelizar inserta en las bases de nuestra sociedad. Para ello está en proceso de reforma mediante en “camino sinodal” de servicio a nuestro país Estamos reaprendiendo y recuperando el modo más antiguo de resolver los problemas consultando y deliberando juntos, para afrontar los desafíos de las grandes crisis siempre guiados por nuestros pastores y el Papa, pero teniendo en cuenta lo que siente y propone el pueblo fiel.

Ofrecemos a nuestro pueblo este pequeño aporte inspirador para su vida social y democrática. Como el Papa pedimos a todos los peruanos perdón de nuestras graves faltas y males al dejar de evangelizar, y les anunciamos que vamos rectificándonos de ello poco a poco, caminando con el Perú hacia su Reino de Vida, de Verdad, de Justicia, de Paz, y de Amor.

Volver al fundamento no al pasado: Gareca y Kimberly.

Por ello nuestra tarea nacional es volver siempre, no al pasado, sino al fundamento de la sensibilidad fundadora de la patria, que la construye generosidad tras generosidad, heroísmo tras heroísmo, martirio tras martirio, amando gratuitamente a todos y cada uno  de los peruanos y peruanas.

Las imágenes de Ricardo Gareca y de Kimberly García, desbordantes de generosidad, alentadores de nuestra esperanza, pero maltratados por el egoísmo estrecho de intereses equivocados, nos reafirman en esta misión, porque siguen dejándonos el mismo legado que hemos de expandir hasta las estructuras más amplias de toda la sociedad peruana. Somos herederos de modos de ser humanos, muy lejanos a los que nos inducen la ambición y la corrupción.

El Perú se ha ido construyendo así. Cualquier otra teoría sobre el Perú, como la del terrorismo destructor del estado, o la corrosión egoísta de la corrupción y la ganancia absoluta, destruye nuestro estado, nuestra patria y nuestra historia, y nos desprecia como peruanos. Como sobrevivientes agradecidos, sigamos el camino que Jesús anticipó mediante signos tangibles del Reino del Dios bueno, que permita generar o quizás regenerar al Perú como “una partecita del cielo”, sueño preciado de nuestra Rosa de Lima.


[1] Basadre, J. Historia de la Republica del Peru, Tomo 1, p.

[2] Carta de Jose de San Martin a Simon Bolivar 29 de agosto de 1822.

[3] Mensaje en el Patio de Palacio, versión oral.

[4] Relato de fundacion del Congreso de la republica, el Basadre, Historia T. 1.

[5] Papa Francisco, ENCUENTRO CON LOS PUEBLOS INDÍGENAS PRIMERAS NACIONES, MÉTIS E INUIT, Maskwacis Lunes, 25 de julio de 2022

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