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En la Solemnidad de Pentecostés, el Arzobispo de Lima, Monseñor Carlos Castillo, hizo un llamado a superar las ideologías, los prejuicios, los racismos y los maltratos que nos dividen entre peruanos: «El Espíritu Santo nos hace hermanos y nos permite comprender lo mejor de cada uno para construir unitariamente la vida, tanto en nuestro país como en la Iglesia. Por eso les pido profundamente, especialmente a todos mis sacerdotes, que desechemos los ‘ismos’ y las agresiones, de un lado o de otro. Y más bien, amémonos como hermanos que para eso nos ha creado Dios». (leer homilía completa)

Transcripción de Homilía – Fiesta de Pentecostés

Al inicio de su homilía, el prelado explicó que Jesús ha querido entregarnos su Espíritu para ser testigos y anunciadores del Evangelio: «no solamente cumplidores de normas y mandamientos». Por eso, este es un día para «dejarse inspirar y aprender», para «realizar creativamente la voluntad de Dios».

Refiriéndose al Libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11), Monseñor Castillo afirmó que Jesús se manifiesta ante sus discípulos para que salgan del encerramiento en que se encontraban y se abran: «el ruido es el impulso mayor del envío dado por Jesús, que ha soplado sobre sus discípulos para que reciban la misión, la realicen, salgan del encerramiento, salgan para anunciar la Palabra», acotó.

En ese sentido, las palabras de Jesús, narradas por Juan (20,19-23), esconden un gran significado: ‘Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengan, les quedan retenidos’, dice el Evangelio. Ante esto, el Arzobispo aclaró que la retención también es una manera de perdonar y educar, de manera tal que la Palabra penetre en la persona para hacerla recapacitar:

Si uno va con una actitud de condena, de destrucción, de agresión, de insulto, de prejuicio, la persona queda paralizada, no cambia y no mejora.

El viento que sopla fuerte sobre los discípulos y los hace hablar en lenguas de fuego, representa el fuego de amor de Dios que nos calienta, nos ayuda, nos alienta y crea un clima para cambiar, para sentirnos amados y para amar. Así lo señaló Carlos Castillo: «ese es el fuego que crea la posibilidad de la Palabra de los discípulos que penetra todas las lenguas. No es que los discípulos eran expertos y aprendieron de un momento a otro, como magia, a hablar todas las lenguas. A eso le llamamos el lenguaje del amor, porque a pesar de nuestro pecado, las palabras que vienen de Jesús son palabras de vida, de un amor que se irradia más allá de nuestras propias palabras».

Toda la Iglesia, no solamente los sacerdotes, los laicos, las personas… todos podemos ser transmisores de la Palabra de aliento, de amor y de amistad, que el Señor nos invita a tener. Porque la humanidad vive multiplicada en diversidades, y esas diversidades no son contradictorias, sino que son complementarias.

El Arzobispo de Lima reiteró que debemos asumir la misión de superar las ideologías, los prejuicios, los racismos, maltratos e injusticias, que nos separan: «la Iglesia está para hacer lo que Jesús hizo con sus discípulos: ‘Paz a ustedes’. Y no es la paz de los cementerios, no es la paz de la quietud estancada, es la paz que ‘no nos deja en paz’, que estamos siempre en movimiento para construirla juntos, compartirla, movilizarnos para hacer algo positivo para los demás».

A veces tratamos a la persona por la ‘chapa’ que le hemos puesto, no por el ser que esa persona tiene, que es su dignidad. Y necesitamos reconocer nuestras dignidades mutuamente.

Antes de concluir, Monseñor Castillo citó las palabras del Santo Padre en la homilía de la Fiesta de Pentecostés:

«Hoy, si escuchamos al Espíritu, no nos centraremos en conservadores y progresistas, tradicionalistas e innovadores, derecha e izquierda. Si estos son los criterios, quiere decir que en la Iglesia se olvida el Espíritu. El Paráclito – que significa el consolador, el abogado – impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver como partes del mismo cuerpo, hermanos y hermanas entre nosotros. ¡Busquemos el todo! El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, y por eso la convierte en ideologías. Hay que decir “no” a las ideologías y “sí” al todo».

El Obispo de Lima se sumó al llamado del Papa Francisco a dar este paso decisivo en nuestra vida espiritual, colocando a «Dios antes que tu Yo», acogiendo humildemente al Señor y dejándonos guiar por el Espíritu que nos conduce.

«El Paráclito afirma el primado de la gracia. Sólo si nos vaciamos de nosotros mismos dejamos espacio al Señor; sólo si nos abandonamos en Él nos encontramos a nosotros mismos; sólo como pobres en el espíritu seremos ricos de Espíritu Santo. Esto vale también para la Iglesia. No salvamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos con nuestras propias fuerzas. Si ponemos en primer lugar nuestros proyectos, nuestras estructuras y nuestros planes de reforma caeremos en el pragmatismo, en el eficientismo, en el horizontalismo, y no daremos fruto. Los “ismos” son ideologías que dividen, que separan. La Iglesia no es una organización humana ―es humana, pero no es sólo una organización humana―, la Iglesia es el templo del Espíritu Santo.  Jesús ha traído el fuego del Espíritu a la tierra y la Iglesia se reforma con la unción, con la gratuidad de la unción de la gracia, con la fuerza de la oración, con la alegría de la misión, con la belleza cautivadora de la pobreza. ¡Pongamos a Dios en el primer lugar!» – Ha dicho el Santo Padre

El Primado del Perú exhortó a que seamos capaces de aprender que, a pesar de nuestras debilidades y dificultades, podemos vivir un camino esperanzador para nuestro país con la fuerza especial del Espíritu Santo: «Él nos hace hermanos y nos permite comprender lo mejor de cada uno para construir unitariamente la vida, tanto en nuestro país como en la Iglesia. Por eso les pido profundamente, especialmente a todos mis sacerdotes, que desechemos los ‘ismos’ y las agresiones, de un lado o de otro. Y más bien, amémonos como hermanos que para eso nos ha creado Dios».

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