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Desde la Iglesia de Las Nazarenas, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú presidió el Oficio de la Pasión del Señor de este Viernes Santo: «desde el dolor más extremo de la Cruz, le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacífica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país», reflexionó (leer homilía completa).

Leer homilía de Monseñor Carlos Castillo (transcripción)

Tras escuchar el relato de la Pasión (Juan 18, 1–19, 42), Monseñor Castillo resaltó las palabras con que inicia el Evangelio de Juan:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba orientada, dirigida hacia Dios. Y la Palabra era Dios y todo se hizo por ella y nada se hizo sin ella. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilló en medio de las tinieblas y las tinieblas no la reconocieron.

Ante esto, el Arzobispo dijo: «Jesús es la Palabra que se encarna en el corazón de la historia humana, de nuestras vidas, pero en especial, en la carne humana débil y en la carne de los débiles, (sarx) carne débil, sencilla, humilde, deshilachada, golpeada, maltratada. Y por eso, en lo más recóndito de todos nuestros sufrimientos, en primer lugar, está Aquel que se encarnó desde el inicio de su vida en la debilidad y en la pobreza».

Monseñor Castillo indicó que la Verdad más grande que Dios nos ha venido a revelar con Jesús, es que Él es el Hijo y existe un Padre que nos ama a todos: «la Verdad es siempre un camino que, inspirados, construimos juntos. En este camino podemos realizar nuestra condición de hijos-hermanos, cuando estamos dispuestos a amarnos como Dios nos ama, a vivir en el Espíritu que Él acaba de entregar, el Espíritu de hijos que nos hace hermanos los unos de los otros y nos revela lo que realmente somos: ser hijos del mismo Padre», agregó.

Una religión que se dedica a los juegos y a los amarres de intereses económicos, políticos, culturales, de fama, de exhibición y de frivolidad, es una religión que niega la Verdad.

El Obispo de Lima recalcó que Jesús ha venido para que todas las religiones aprendamos el camino de dar testimonio de la verdad más trascendente: «todos somos hijos en el Hijo, y hermanos los unos a los otros, y no tenemos derecho, desde nuestra más honda humanidad, a dividirnos estúpidamente, confrontándonos y “comiéndonos” unos a otros, despreciando especialmente a los débiles que nos sufren».

No hay Espíritu nuevo cuando polarizamos nuestra vida con acusaciones y mentiras, los unos contra los otros, y rompemos lo que somos: hermanos. Y si lo hacemos, porque somos pecadores, podemos repararlo abriendo el corazón, dejando que lo más hondo de nuestro ser, en donde mora el Señor, en lo más secreto de nuestras heridas y problemas, el Señor pueda hablar desde allí y convertirnos en testigos de la Verdad.

El Primado del Perú señaló que «el Señor tiene sed de que recurramos a Él, para que nos sacie con el agua viva de su amor y nos limpie la des-hermandad, la enemistad y la convierta en hermandad humana, mucho más en este tiempo en que, la Pandemia, nos ha invadido mundialmente, y a partir de lo cual, el Santo Padre Francisco ha escrito la Encíclica de la hermandad “Fratelli Tutti” (Todos Hermanos)»

Desde el dolor más extremo de la Cruz, desde lo más profundo y difícil que es aceptar que Dios acepta la muerte de su Hijo, nosotros le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacifica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país, y para que ninguna religión y ninguna Iglesia sea testigo de la mentira, de la artimaña, de los enjuagues y de los amarres bajo la mesa, sino que sea una religión que transparente al Señor, que sea hermana y que sufra por y con todos los seres humanos, especialmente los mas maltratados y víctimas.

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