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«Todos estamos llamados, como cristianos, a dar testimonio de la Resurrección y de la vida, porque Jesús Resucitado nos ha mandado el Espíritu Santo para que, permanentemente, discernir y encontrar maneras de seguir diciendo esa Palabra con oportunidad, pero, también, con claridad», es la reflexión que nos deja Monseñor Carlos Castillo en la homilía de este domingo XXXII del Tiempo Ordinario.

El prelado también recordó el testimonio de vida y de servicio del Cardenal Augusto Vargas Alzamora, a pocos días de celebrarse los 100 años de su natalicio.

Leer transcripción de homilía del arzobispo de Lima.

En su homilía dominical, Monseñor Castillo hizo especial énfasis en la perspectiva grande del futuro que nos plantea la liturgia de hoy, ya sea en el texto de Macabeos (7, 1-2. 9-14), con una referencia a la persecución y el maltrato de los seléucidas a los hebreos (y su esperanza en la resurrección); como en el Evangelio de Lucas (20, 27-38 ), que revela la concepción sobre la resurrección de la aristocracia sacerdotal (saduceos), limitada a la continuidad generacional de la fama, el apellido y el honor de la casta sacerdotal.

Comprometer nuestras vidas por dar vida a los demás.

En el primer caso (persecusión de los seléucidas), el arzobispo de Lima explicó que los hebreos testimoniaban su esperanza «dejando que los destruyeran», pero, manteniendo «la moral del amor a su pueblo y a su tradición profunda». De igual manera, en nuestra historia Patria hemos tenido a personas que prefirieron morir a vivir una vida indigna, como el caso de Túpac Amaru (a quien celebramos el 4 de noviembre): «Recordamos (este día) para ver que hubo 100 mil muertos que quisieron testimoniar que es necesario un Perú distinto, como se deseaba esta gesta que fue precursora de toda la historia posterior, (pero con unas
masacres que no deben volver a ocurrir). Nunca nos cansaremos de decir que nuestro país descansa sobre mártires nobles (muchos de ellos absolutamente católicos y cristianos), que fundaron la Patria sobre la base, justamente, de su entrega generosa», comentó.

En la actualidad, tenemos muchos mártires que han muerto entregando su vida, como los enfermeros y médicos que murieron en la Pandemia. En ese sentido, el Primado del Perú precisó que la «humanidad se ha de fundar siempre sobre el testimonio de las personas que contribuyeron con su vida a construir el mundo y las naciones, mucho más en el Perú, en donde, quizás, haya una semejanza entre la imagen del Señor de los Milagros que recorre nuestras calles y el ejemplo que quisiéramos seguir nosotros: esa inspiración que nos da para que, en cada momento de la vida, comprometamos nuestras vidas por dar vida a los demás».

Nuestro destino final y pleno, hermanos y hermanas, es vivir en Dios, como nuestro Padre, porque somos sus hijos y, por lo tanto, ya desde ahora hemos de testimoniarlo siendo hermanos los unos de los otros.

Reconocer la Resurrección como regeneración de la humanidad.

Como segundo aspecto, Monseñor Carlos reflexionó a partir de la actitud tendenciosa y maliciosa de los saduceos al plantearle a Jesús un problema tan extraño como insólito: el caso de una mujer que se casa con todos sus hermanos. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?, preguntan los saduceos.

Esta situación, explica el Obispo de Lima, pone en evidencia la concepción que tenían los saduceos de la resurrección: se da en las generaciones que nos suceden y que mantienen la fama, el apellido y el honor de la casta sacerdotal. Para ellos, «resucitar» era tener siempre un germen en esta Tierra que siguiera su prestigio y su apellido.

Sin embargo, pretender perpetuarse en esta vida y ser inmortales, es una loca ilusión que los seres humanos pensamos cuando poseemos, ganamos dinero y devoramos todo a nuestro paso. Por eso, Jesús recrimina la confusión y la frivolidad de los sacerdotes, pero, sobre todo, «su incapacidad de ver más lejos, su ser absolutamente ensimismados y, por lo tanto, renunciantes a la vida futura».

Poner la esperanza solamente en esta vida para perpetuarla, presupone el no reconocer que la vida nos ha sido dada, no reconocer la Resurrección como regeneración de la humanidad, como ha dicho el Papa hoy. Eso no se puede “conquistar”, más bien, así como fue un don la vida, también es un don la Resurrección que viene de parte del Señor, que es nuestra esperanza.

Por lo tanto, los saduceos han renunciado a la «esperanza esperante», que es la fuente inagotable de la creatividad del ser humano. Esta esperanza no se puede preveer ni calcular, pero permite que podamos abrir nuevos caminos en la historia, porque siempre esperamos más. «La esperanza esperante es la que siempre nos permite esperar más y abrirnos más y, por lo tanto, tener más capacidad de recibir los dones del Señor», recalcó el arzobispo.

El prelado advirtió que no debemos confundir la «esperanza esperante» de nuestra fe con la «esperanza esperada». La segunda, es previsible y no da la motivación de esperar «algo más», por el contrario, solo invitan a la desesperación.

La vida debe entenderse como un proceso generativo abierto, capaz de poder crear y recrear el mundo, pero sin los caprichos y la seducción que tenían los saduceos de empoderarse y no dejar que nadie más vaya adelante.

Anticipar el futuro y vivir como resucitados.

Finalmente, Carlos Castillo se refirió a los dos momentos de los que habla Jesús: el hoy y el futuro. Esto no puede entenderse en un orden cronológico, sino que ya, hoy, «podemos anticipar el futuro y vivir como resucitados».

¿Quién es el que da vida a los demás? El que es testigo de la Resurrección y no tiene miedo a morir, sino que entrega su vida como testimonio anticipado de allí a donde vamos, a encontrarnos con el Dios de los vivos y, por lo tanto, no practica la “viveza”, sino la vitalidad de la vida.

A 100 años del natalicio de Vargas Alzamora.

En su alocución, Monseñor Carlos recordó al distinguido arzobispo de Lima y Cardenal del Perú, Monseñor Augusto Vargas Alzamora, en el marco de los 100 años de su natalicio (9 de noviembre). El prelado afirmó que la vida de don Vargas Alzamora «fue un testimonio de veracidad y de entrega capaz de cuestionar y convocar a recapacitar en las situaciones más difíciles».

Antes de concluir, el arzobispo Castillo añadió:

Que el Señor nos ayude a todos en este camino difícil de la humanidad, en donde necesitamos nuevos testimonios que anticipen la vida futura en la vida presente llena de amor y de esperanza.

La Eucaristía, en la Basílica Catedral de Lima, contó con la participación de las promociones de médicos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: Promoción «Nicanor La Torre y Porcel» (Bodas de Oro) y Promoción 69 «A» (45 años), ambos de la Facultad de San Fernando. También asistió la Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral de Lima y de Santo Domingo.

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