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El Papa entrega Spes non confundit, la bula de convocaci√≥n del A√Īo Santo 2025, en la que lanza llamamientos en favor de los presos, los emigrantes, los enfermos, los ancianos y los j√≥venes presos de la droga y de las prevaricaciones. El Pont√≠fice anuncia que abrir√° una Puerta Santa en las c√°rceles, pide la condonaci√≥n de la deuda de los pa√≠ses pobres, el aumento de la natalidad, la acogida de los emigrantes y el respeto a la Creaci√≥n.

Spes non confundit

BULA DE CONVOCACI√ďN
DEL JUBILEO ORDINARIO
DEL A√ĎO 2025

FRANCISCO

Obispo de Roma
Siervo de los Siervos de Dios
a cuantos lean esta carta la esperanza les colme el corazón

1. ¬ęSpes non confundit¬Ľ, ¬ęla esperanzano defrauda¬Ľ (Rm¬†5,5). Bajo el signo de la esperanza el ap√≥stol Pablo infund√≠a aliento a la comunidad cristiana de Roma. La esperanza tambi√©n constituye el mensaje central del pr√≥ximo Jubileo, que seg√ļn una antigua tradici√≥n el Papa convoca cada veinticinco a√Īos. Pienso en todos los¬†peregrinos de esperanza¬†que llegar√°n a Roma para vivir el A√Īo Santo y en cuantos, no pudiendo venir a la ciudad de los ap√≥stoles Pedro y Pablo, lo celebrar√°n en las Iglesias particulares. Que pueda ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con el Se√Īor Jes√ļs, ¬ępuerta¬Ľ de salvaci√≥n (cf.¬†Jn¬†10,7.9); con √Čl, a quien la Iglesia tiene la misi√≥n de anunciar siempre, en todas partes y a todos como ¬ęnuestra esperanza¬Ľ (1 Tm¬†1,1).

Todos esperan. En el coraz√≥n de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien, aun ignorando lo que traer√° consigo el ma√Īana. Sin embargo, la imprevisibilidad del futuro hace surgir sentimientos a menudo contrapuestos: de la confianza al temor, de la serenidad al desaliento, de la certeza a la duda. Encontramos con frecuencia personas desanimadas, que miran el futuro con escepticismo y pesimismo, como si nada pudiera ofrecerles felicidad. Que el Jubileo sea para todos ocasi√≥n de reavivar la esperanza. La Palabra de Dios nos ayuda a encontrar sus razones. Dej√©monos conducir por lo que el ap√≥stol Pablo escribi√≥ precisamente a los cristianos de Roma.

Una Palabra de esperanza

2. ¬ęJustificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Se√Īor Jesucristo. Por √©l hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por √©l nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. […] Y la esperanza no quedar√° defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Esp√≠ritu Santo, que nos ha sido dado¬Ľ (Rm¬†5,1-2.5). Los puntos de reflexi√≥n que aqu√≠ nos propone san Pablo son m√ļltiples. Sabemos que la Carta a los Romanos marca un paso decisivo en su actividad de evangelizaci√≥n. Hasta ese momento la hab√≠a realizado en el √°rea oriental del Imperio y ahora lo espera Roma, con todo lo que esta representa a los ojos del mundo: un gran desaf√≠o, que debe afrontar en nombre del anuncio del Evangelio, el cual no conoce barreras ni confines. La Iglesia de Roma no hab√≠a sido fundada por Pablo, pero √©l ¬†sent√≠avivo el deseo de llegar all√≠ pronto para llevar a todos el Evangelio de Jesucristo, muerto y resucitado, como anuncio de la esperanza que realiza las promesas, conduce a la gloria y, fundamentada en el amor, no defrauda.

3. La esperanza efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Coraz√≥n de Jes√ļs traspasado en la cruz: ¬ęPorque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho m√°s ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida¬Ľ (Rm¬†5,10). Y su vida se manifiesta en nuestra vida de fe, que empieza con el Bautismo; se desarrolla en la docilidad a la gracia de Dios y, por tanto, est√° animada por la esperanza, que se renueva siempre y se hace inquebrantable por la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo.

En efecto, el Esp√≠ritu Santo, con su presencia perenne en el camino de la Iglesia, es quien irradia en los creyentes la luz de la esperanza. √Čl la mantiene encendida como una llama que nunca se apaga, para dar apoyo y vigor a nuestra vida. La esperanza cristiana, de hecho, no enga√Īa ni defrauda, porque est√° fundada en la certeza de que nada ni nadie podr√° separarnos nunca del amor divino: ¬ę¬ŅQui√©n podr√° entonces separarnos del amor de Cristo? ¬ŅLas tribulaciones, las angustias, la persecuci√≥n, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? […]¬†Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos am√≥. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los √°ngeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podr√° separarnos jam√°s del amor de Dios, manifestado en Cristo Jes√ļs, nuestro Se√Īor¬Ľ (¬†Rm¬†8,35.37-39). He aqu√≠ porqu√© esta esperanza no cede ante las dificultades: porque se fundamenta en la fe y se nutre de la caridad, y de este modo hace posible que sigamos adelante en la vida. San Agust√≠n escribe al respecto:¬ęNadie, en efecto, vive en cualquier g√©nero de vida sin estas tres disposiciones del alma: las de creer, esperar, amar¬Ľ.¬†[1]

4. San Pablo es muy realista. Sabe que la vida est√° hecha de alegr√≠as y dolores, que el amor se pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al sufrimiento. Con todo, escribe: ¬ęM√°s a√ļn, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulaci√≥n produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza¬Ľ (Rm¬†5,3-4). Para el Ap√≥stol, la tribulaci√≥n y el sufrimiento son las condiciones propias de los que anuncian el Evangelio en contextos de incomprensi√≥n y de persecuci√≥n (cf.¬†2 Co¬†6,3-10). Pero en tales situaciones, en medio de la oscuridad se percibe una luz; se descubre c√≥mo lo que sostiene la evangelizaci√≥n es la fuerza que brota de la cruz y de la resurrecci√≥n de Cristo. Y eso lleva a desarrollar una virtud estrechamente relacionada con la esperanza: la¬†paciencia. Estamos acostumbrados a quererlo todo y de inmediato, en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante. Ya no se tiene tiempo para encontrarse, y a menudo incluso en las familias se vuelve dif√≠cil reunirse y conversar con tranquilidad. La paciencia ha sido relegada por la prisa, ocasionando un da√Īo grave a las personas. De hecho, ocupan su lugar la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacci√≥n y cerraz√≥n.

Asimismo, en la era del¬†internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el ‚Äúaqu√≠ y ahora‚ÄĚ, la paciencia resulta extra√Īa. Si aun fu√©semos capaces de contemplar la creaci√≥n con asombro, comprender√≠amos cu√°n esencial¬†es la paciencia. Aguardar el alternarse de las estaciones con sus frutos; observar la vida de los animales y los ciclos de su desarrollo; tener los ojos sencillos de san Francisco que, en su¬†C√°ntico de las criaturas, escrito hace 800 a√Īos, ve√≠a la creaci√≥n como una gran familia y llamaba al sol ‚Äúhermano‚ÄĚ y a la luna ‚Äúhermana‚Ä̬†[2]. Redescubrir la paciencia hace mucho bien a uno mismo y a los dem√°s. San Pablo recurre frecuentemente a la paciencia para subrayar la importancia de la perseverancia y de la confianza en aquello que Dios nos ha prometido, pero sobre todo testimonia que Dios es paciente con nosotros, porque es ¬ęel Dios de la constancia y del consuelo¬Ľ (¬†Rm¬†15,5). La paciencia, que tambi√©n es fruto del Esp√≠ritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida. Por lo tanto, aprendamos a pedir con frecuencia la gracia de la paciencia, que es hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene.

Un camino de esperanza

5. Este entretejido de esperanza y paciencia muestra claramente c√≥mo la vida cristiana es¬†un camino, que tambi√©n necesita¬†momentos fuertes¬†para alimentar y robustecer la esperanza, compa√Īera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Se√Īor Jes√ļs. Me agrada pensar que fue justamente un itinerario de gracia, animado por la espiritualidad popular, el que precedi√≥ la convocaci√≥n del primer Jubileo en el a√Īo 1300. De hecho, no podemos olvidar las distintas formas por medio de las cuales la gracia del perd√≥n ha sido derramada con abundancia sobre el santo Pueblo fiel de Dios. Recordemos, por ejemplo, el gran ‚Äúperd√≥n‚ÄĚ que san Celestino V quiso conceder a cuantos se dirig√≠an a la Bas√≠lica Santa Mar√≠a de Collemaggio, en L‚ÄôAquila, durante los d√≠as 28 y 29 de agosto de 1294, seis a√Īos antes de que el Papa Bonifacio VIII instituyese el A√Īo Santo. As√≠ pues, la Iglesia ya experimentaba la gracia jubilar de la misericordia. E incluso antes, en el a√Īo 1216, el Papa Honorio III hab√≠a acogido la s√ļplica de san Francisco que ped√≠a la indulgencia para cuantos fuesen a visitar la Porci√ļncula durante los dos primeros d√≠as de agosto. Lo mismo se puede afirmar para la peregrinaci√≥n a Santiago de Compostela; en efecto, el Papa Calixto II, en 1122, concedi√≥ que se celebrara el Jubileo en ese Santuario cada vez que la fiesta del ap√≥stol Santiago coincidiese con el domingo. Es bueno que esa modalidad ‚Äúextendida‚ÄĚ de celebraciones jubilares contin√ļe, de manera que la fuerza del perd√≥n de Dios sostenga y acompa√Īe el camino de las comunidades y de las personas.

No es casual que¬†la peregrinaci√≥n¬†exprese un elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar. Ponerse en camino es un gesto t√≠pico de quienes buscan el sentido de la vida. La peregrinaci√≥n a pie favorece mucho el redescubrimiento del valor del silencio, del esfuerzo, de lo esencial. Tambi√©n el a√Īo pr√≥ximo los¬†peregrinos de esperanza¬†recorrer√°n caminos antiguos y modernos para vivir intensamente la experiencia jubilar. Adem√°s, en la misma ciudad de Roma habr√° otrositinerarios de fe que se a√Īadir√°n a los ya tradicionales de las catacumbas y las siete iglesias. Transitar de un pa√≠s a otro, como si se superaran las fronteras, pasar de una ciudad a la otra en la contemplaci√≥n de la creaci√≥n y de las obras de arte permitir√° atesorar experiencias y culturas diferentes, para conservar dentro de s√≠ la belleza que, armonizada por la oraci√≥n, conduce a agradecer a Dios por las maravillas que √Čl realiza. Las iglesias jubilares, a lo largo de los itinerarios y en la misma Urbe, podr√°n ser oasis de espiritualidad en los cuales revitalizar el camino de la fe y beber de los manantiales de la esperanza, sobre todo acerc√°ndose al sacramento de la Reconciliaci√≥n, punto de partida insustituible para un verdadero camino de conversi√≥n. Que en las Iglesias particulares se cuide de modo especial la preparaci√≥n de los sacerdotes y de los fieles para las confesiones y el acceso al sacramento en su forma individual.

A los fieles de las Iglesias orientales, en especial a aquellos que ya est√°n en plena comuni√≥n con el Sucesor de Pedro, quiero dirigir una invitaci√≥n particular a esta peregrinaci√≥n. Ellos, que han sufrido tanto por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia, muchas veces hasta la muerte, deben sentirse especialmente bienvenidos a esta Roma que es Madre tambi√©n para ellos y que custodia tantas memorias de su presencia. La Iglesia cat√≥lica, que est√° enriquecida por sus antiqu√≠simas liturgias, por la teolog√≠a y la espiritualidad de los Padres, monjes y te√≥logos, quiere expresar simb√≥licamente la acogida a ellos y a sus hermanos y hermanas ortodoxos, en una √©poca en la que ya est√°n viviendo la peregrinaci√≥n del V√≠a crucis; con la que frecuentemente son obligados a dejar sus tierras de origen, sus tierras santas, de las que la violencia y la inestabilidad los expulsan hacia pa√≠ses m√°s seguros. Para ellos la experiencia de ser amados por la Iglesia ‚ÄĒque no los abandonar√°, sino que los seguir√° adondequiera que vayan‚ÄĒ hace todav√≠a m√°s fuerte el signo del Jubileo.

6. El A√Īo Santo 2025 est√° en continuidad con los acontecimientos de gracia precedentes. En el √ļltimo Jubileo ordinario se cruz√≥ el umbral de los dos mil a√Īos del nacimiento de Jesucristo. Luego, el 13 de marzo de 2015, convoqu√© un Jubileo extraordinario con la finalidad de manifestar y facilitar el encuentro con el ‚ÄúRostro de la misericordia‚ÄĚ de Dios¬†[3], anuncio central del Evangelio para todas las personas de todos los tiempos. Ahora ha llegado el momento de un nuevo Jubileo, para abrir de par en par la Puerta Santa una vez m√°s y ofrecer la experiencia viva del amor de Dios, que suscita en el coraz√≥n la esperanza cierta de la salvaci√≥n en Cristo. Al mismo tiempo, este A√Īo Santo orientar√° el camino hacia otro aniversario fundamental para todos los cristianos: en el 2033 se celebrar√°n los dos mil a√Īos de la Redenci√≥n realizada por medio de la pasi√≥n, muerte y resurrecci√≥n del Se√Īor Jes√ļs. Nos encontramos as√≠ frente a un itinerario marcado por grandes etapas, en las que la gracia de Dios precede y acompa√Īa al pueblo que camina entusiasta en la fe, diligente en la caridad y perseverante en la esperanza (cf.¬†1 Ts¬†1,3).

Apoyado en esta larga tradici√≥n y con la certeza de que este A√Īo jubilar ser√° para toda la Iglesia una intensa experiencia de gracia y de esperanza, dispongo que la Puerta Santa de la Bas√≠lica de San Pedro, en el Vaticano, se abra a partir del 24 de diciembre del corriente a√Īo 2024, dando inicio as√≠ al Jubileo ordinario. El domingo sucesivo, 29 de diciembre de 2024, abrir√© la Puerta Santa de la Catedral de San Juan de Letr√°n, que el 9 de noviembre de este a√Īo celebrar√° los 1700 a√Īos de su dedicaci√≥n. A continuaci√≥n, el 1 de enero de 2025, solemnidad de Santa Mar√≠a, Madre de Dios, se abrir√° la Puerta Santa de la Bas√≠lica papal de Santa Mar√≠a la Mayor. Y, por √ļltimo, el domingo 5 de enero se abrir√° la Puerta Santa de la Bas√≠lica papal de San Pablo extramuros. Estas √ļltimas tres Puertas Santas se cerrar√°n el domingo 28 de diciembre del mismo a√Īo.

Establezco adem√°s que el domingo 29 de diciembre de 2024, en todas las catedrales y concatedrales, los obispos diocesanos celebren la Eucarist√≠a como apertura solemne del A√Īo jubilar, seg√ļn el Ritual que se preparar√° para la ocasi√≥n. En el caso de la celebraci√≥n en una iglesia concatedral el obispo podr√° ser sustituido por un delegado designado expresamente para ello. Que la peregrinaci√≥n desde una iglesia elegida para la¬†collectio, hacia la catedral, sea el signo del camino de esperanza que, iluminado por la Palabra de Dios, une a los creyentes. Que en ella se lean algunos pasajes del presente Documento y se anuncie al pueblo la indulgencia jubilar, que podr√° obtenerse seg√ļn las prescripciones contenidas en el mismo Ritual para la celebraci√≥n del Jubileo en las Iglesias particulares. Durante el A√Īo Santo, que en las Iglesias particulares finalizar√° el domingo 28 de diciembre de 2025, ha de procurarse que el Pueblo de Dios acoja, con plena participaci√≥n, tanto el anuncio de esperanza de la gracia de Dios como los signos que atestiguan su eficacia.¬†

El Jubileo ordinario se clausurar√° con el cierre de la Puerta Santa de la Bas√≠lica papal de San Pedro en el Vaticano el 6 de enero de 2026, Epifan√≠a del Se√Īor. Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios que se dirige a todos. Y que la Iglesia sea testigo fiel de este anuncio en todas partes del mundo.

Signos de esperanza

7. Adem√°s de alcanzar la esperanza que nos da la gracia de Dios, tambi√©n estamos llamados a redescubrirla en los¬†signos de los tiempos¬†que el Se√Īor nos ofrece. Como afirma el Concilio Vaticano II, ¬ęes deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la √©poca e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomod√°ndose a cada generaci√≥n, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relaci√≥n de ambas¬Ľ.¬†[4]¬†Por ello, es necesario poner atenci√≥n a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentaci√≥n de considernos superados por el mal y la violencia. En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del coraz√≥n humano, necesitado de la presencia salv√≠fica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza.

8. Que el primer signo de esperanza se traduzca en¬†paz¬†para el mundo, el cual vuelve a encontrarse sumergido en la tragedia de la¬†guerra. La humanidad, desmemoriada de los dramas del pasado, est√° sometida a una prueba nueva y dif√≠cil cuando ve a muchas poblaciones oprimidas por la brutalidad de la violencia. ¬ŅQu√© m√°s les queda a estos pueblos que no hayan sufrido ya? ¬ŅC√≥mo es posible que su grito desesperado de auxilio no impulse a los responsables de las Naciones a querer poner fin a los numerosos conflictos regionales, conscientes de las consecuencias que puedan derivarse a nivel mundial? ¬ŅEs demasiado so√Īar que las armas callen y dejen de causar destrucci√≥n y muerte? Dejemos que el Jubileo nos recuerde que los que ¬ętrabajan por la paz¬Ľ podr√°n ser ¬ęllamados hijos de Dios¬Ľ (Mt¬†5,9). La exigencia de paz nos interpela a todos y urge que se lleven a cabo proyectos concretos. Que no falte el compromiso de la diplomacia por construir con valent√≠a y creatividad espacios de negociaci√≥n orientados a una paz duradera.

9. Mirar el futuro con esperanza tambi√©n equivale a tener una visi√≥n de la vida llena de entusiasmo para compartir con los dem√°s. Sin embargo, debemos constatar con tristeza que en muchas situaciones falta esta perspectiva. La primera consecuencia de ello es la¬†p√©rdida del deseo de transmitir la vida. A causa de los ritmos fren√©ticos de la vida, de los temores ante el futuro, de la falta de garant√≠as laborales y tutelas sociales adecuadas, de modelos sociales cuya agenda est√° dictada por la b√ļsqueda de beneficios m√°s que por el cuidado de las relaciones, se asiste en varios pa√≠ses a una preocupante¬†disminuci√≥n de la natalidad. Por el contrario, en otros contextos, ¬ęculpar al aumento de la poblaci√≥n y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas¬Ľ.¬†[5]

La apertura a la vida con una maternidad y paternidad responsables es el proyecto que el Creador ha inscrito en el coraz√≥n y en el cuerpo de los hombres y las mujeres, una misi√≥n que el Se√Īor conf√≠a a los esposos y a su amor. Es urgente que, adem√°s del compromiso legislativo de los estados, haya un apoyo convencido por parte de las comunidades creyentes y de la comunidad civil tanto en su conjunto como en cada uno de sus miembros, porque¬†el deseo de los j√≥venes de engendrar nuevos hijos e hijas, como fruto de la fecundidad de su amor, da una perspectiva de futuro a toda sociedad y es un motivo de esperanza: porque depende de la esperanza y produce esperanza.

La comunidad cristiana, por tanto, no se puede quedar atr√°s en su apoyo a la necesidad de¬†una alianza social para la esperanza, que sea inclusiva y no ideol√≥gica, y que trabaje por un porvenir que se caracterice por la sonrisa de muchos ni√Īos y ni√Īas que vendr√°n a llenar las tantas cunas vac√≠as que ya hay en numerosas partes del mundo. Pero todos, en realidad, necesitamos recuperar la alegr√≠a de vivir, porque el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios (cf.¬†Gn¬†1,26), no puede conformarse con sobrevivir o subsistir mediocremente, amold√°ndose al momento presente y dej√°ndose satisfacer solamente por realidades materiales. Eso nos encierra en el individualismo y corroe la esperanza, generando una tristeza que se anida en el coraz√≥n, volvi√©ndonos desagradables e intolerantes.

10. En el A√Īo jubilar estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria. Pienso en los¬†presos¬†que, privados de la libertad, experimentan cada d√≠a ‚ÄĒadem√°s de la dureza de la reclusi√≥n‚ÄĒ el vac√≠o afectivo, las restricciones impuestas y, en bastantes casos, la falta de respeto. Propongo a los gobiernos del mundo que en el A√Īo del Jubileo se asuman iniciativas que devuelvan la esperanza; formas de amnist√≠a o de condonaci√≥n de la pena orientadas a ayudar a las personas para que recuperen la confianza en s√≠ mismas y en la sociedad; itinerarios de reinserci√≥n en la comunidad a los que corresponda un compromiso concreto en la observancia de las leyes.

Es una exhortaci√≥n antigua, que surge de la Palabra de Dios y permanece con todo su valor sapiencial cuando se convoca a tener actos de clemencia y de liberaci√≥n que permitan volver a empezar: ¬ęAs√≠ santificar√°n el quincuag√©simo a√Īo, y proclamar√°n una liberaci√≥n para todos los habitantes del pa√≠s¬Ľ (¬†Lv¬†25,10). El profeta Isa√≠as retoma lo establecido por la Ley mosaica: el Se√Īor ¬ęme envi√≥ a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberaci√≥n a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un a√Īo de gracia del Se√Īor¬Ľ (¬†Is¬†61,1-2). Estas son las palabras que Jes√ļs hizo suyas al comienzo de su ministerio, declarando que √©l mismo era el cumplimiento del ‚Äúa√Īo de gracia del Se√Īor‚ÄĚ (cf.¬†Lc¬†4,18-19). Que en cada rinc√≥n de la tierra, los creyentes, especialmente los pastores, se hagan int√©rpretes de tales peticiones, formando una sola voz que reclame con valent√≠a condiciones dignas para los reclusos, respeto de los derechos humanos y sobre todo la abolici√≥n de la pena de muerte, recurso que para la fe cristiana es inadmisible y aniquila toda esperanza de perd√≥n y de renovaci√≥n.¬†[6]¬†Para ofrecer a los presos un signo concreto de cercan√≠a, deseo abrir yo mismo una Puerta Santa en una c√°rcel, a fin de que sea para ellos un s√≠mbolo que invita a mirar al futuro con esperanza y con un renovado compromiso de vida.¬†

11. Que se ofrezcan signos de esperanza a los enfermos que están en sus casas o en los hospitales. Que sus sufrimientos puedan ser aliviados con la cercanía de las personas que los visitan y el afecto que reciben. Las obras de misericordia son igualmente obras de esperanza, que despiertan en los corazones sentimientos de gratitud. Que esa gratitud llegue tambiéna todos los agentes sanitarios que, en condiciones no pocas veces difíciles, ejercitan su misión con cuidado solícito hacia las personas enfermas y más frágiles.

Que no falte una atención inclusiva hacia cuantos hallándose en condiciones de vida particularmente difíciles experimentan la propia debilidad, especialmente a los afectados por patologías o discapacidades que limitan notablemente la autonomía personal. Cuidar de ellos es un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza que requiere acciones concertadas por toda la sociedad.

12. Tambi√©n necesitan signos de esperanza aquellos que en s√≠ mismos la representan: los¬†j√≥venes. Ellos, lamentablemente, con frecuencia ven que sus sue√Īos se derrumban. No podemos decepcionarlos; en su entusiasmo se fundamenta el porvenir. Es hermoso verlos liberar energ√≠as, por ejemplo cuando se entregan con tes√≥n y se comprometen voluntariamente en las situaciones de cat√°strofe o de inestabilidad social. Sin embargo, resulta triste ver j√≥venes sin esperanza. Por otra parte, cuando el futuro se vuelve incierto e impermeable a los sue√Īos; cuando los estudios no ofrecen oportunidades y la falta de trabajo o de una ocupaci√≥n suficientemente estable amenazan con destruir los deseos, entonceses inevitable que el presente se viva en la melancol√≠a y el aburrimiento. La ilusi√≥n de las drogas, el riesgo de caer en la delincuencia y la b√ļsqueda de lo ef√≠mero crean en ellos, m√°s que en otros, confusi√≥n y oscurecen la belleza y el sentido de la vida, abati√©ndolos en abismos oscuros e induci√©ndolos a cometer gestos autodestructivos. Por eso, que el Jubileo sea en la Iglesia una ocasi√≥n para estimularlos. Ocup√©monos con ardor renovado de los j√≥venes, los estudiantes, los novios, las nuevas generaciones. ¬°Que haya cercan√≠a a los j√≥venes, que son laalegr√≠a y la esperanza de la Iglesia y del mundo!

13. No pueden faltar signos de esperanza hacia los¬†migrantes, que abandonan su tierra en busca de una vida mejor para ellos y sus familias. Que sus esperanzas no se vean frustradas por prejuicios y cerrazones; que la acogida, que abre los brazos a cada uno en raz√≥n de su dignidad, vaya acompa√Īada por la responsabilidad, para que a nadie se le niegue el derecho a construir un futuro mejor. Que a los numerosos¬†exiliados, desplazados y refugiados, a quienes los conflictivos sucesos internacionales obligan a huir para evitar guerras, violencia y discriminaciones, se les garantice la seguridad, el acceso al trabajo y a la instrucci√≥n, instrumentos necesarios para su inserci√≥n en el nuevo contexto social.

Que la comunidad cristiana est√© siempre dispuesta a defender el derecho de los m√°s d√©biles. Que generosamente abra de par en par sus acogedoras puertas, para que a nadie le falte nunca la esperanza de una vida mejor. Que resuene en nuestros corazones la Palabra del Se√Īor que, en la par√°bola del juicio final, dijo: ¬ęestaba de paso, y me alojaron¬Ľ, porque ¬ęcada vez que lo hicieron con el m√°s peque√Īo de mis hermanos, lo hicieron conmigo¬Ľ (Mt¬†25,35.40).

14. Signos de esperanza merecen los ancianos, que a menudo experimentan soledad y sentimientos de abandono. Valorar el tesoro que son, sus experiencias de vida, la sabiduría que tienen y el aporte que son capaces de ofrecer, es un compromiso para la comunidad cristiana y para la sociedad civil, llamadas a trabajar juntas por la alianza entre las generaciones.

Dirijo un recuerdo particular a los abuelos y a las abuelas, que representan la transmisión de la fe y la sabiduría de la vida a las generaciones más jóvenes. Que sean sostenidos por la gratitud de los hijos y el amor de los nietos, que encuentran en ellos arraigo, comprensión y aliento.

15. Imploro, de manera apremiante, esperanza para los millares de¬†pobres, que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir. Frente a la sucesi√≥n de oleadas de pobreza siempre nuevas, existe el riesgo de acostumbrarse y resignarse. Pero no podemos apartar la mirada de situaciones tan dram√°ticas, que hoy se constatan en todas partes y no s√≥lo en determinadas zonas del mundo. Encontramos cada d√≠a personas pobres o empobrecidas que a veces pueden ser nuestros vecinos. A menudo no tienen una vivienda, ni la comida suficiente para cada jornada. Sufren la exclusi√≥n y la indiferencia de muchos. Es escandaloso que, en un mundo dotado de enormes recursos, destinados en gran parte a los armamentos, los pobres sean ¬ęla mayor parte [‚Ķ], miles de millones de personas. Hoy est√°n presentes en los debates pol√≠ticos y econ√≥micos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un ap√©ndice, como una cuesti√≥n que se a√Īade casi por obligaci√≥n o de manera perif√©rica, si es que no se los considera un mero da√Īo colateral. De hecho, a la hora de la actuaci√≥n concreta, quedan frecuentemente en el √ļltimo lugar¬Ľ.¬†[7]¬†No lo olvidemos: los pobres, casi siempre, son v√≠ctimas, no culpables.

Llamamientos a la esperanza

16. Haciendo eco a la palabra antigua de los profetas, el Jubileo nos recuerda que¬†los bienes de la tierra¬†no est√°n destinados a unos pocos privilegiados, sino a todos. Es necesario que cuantos poseen riquezas sean generosos, reconociendo el rostro de los hermanos que pasan necesidad. Pienso de modo particular en aquellos que carecen de agua y de alimento. El hambre es un flagelo escandaloso en el cuerpo de nuestra humanidad y nos invita a todos a sentir remordimiento de conciencia. Renuevo el llamamiento a fin de que ¬ęcon el dinero que se usa en armas y otros gastos militares, constituyamos un Fondo mundial, para acabar de una vez con el hambre y para el desarrollo de los pa√≠ses m√°s pobres, de tal modo que sus habitantes no acudan a soluciones violentas o enga√Īosas ni necesiten abandonar sus pa√≠ses para buscar una vida m√°s digna¬Ľ.¬†[8]

Hay otra invitaci√≥n apremiante que deseo dirigir en vista del A√Īo jubilar; va dirigida a las naciones m√°s ricas, para que reconozcan la gravedad de tantas decisiones tomadas y determinen¬†condonar las deudas¬†de los pa√≠ses que nunca podr√°n saldarlas. Antes que tratarse de¬†magnanimidad es una cuesti√≥n de justicia, agravada hoy por una nueva forma de iniquidad de la que hemos tomado conciencia: ¬ęPorque hay una verdadera ‚Äúdeuda ecol√≥gica‚ÄĚ, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el √°mbito ecol√≥gico, as√≠ como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo hist√≥ricamente por algunos pa√≠ses¬Ľ.¬†[9]¬†Como ense√Īa la Sagrada Escritura, la tierra pertenece a Dios y todos nosotros habitamos en ella como ¬ęextranjeros y hu√©spedes¬Ľ (¬†Lv¬†25,23). Si verdaderamente queremos preparar en el mundo el camino de la paz, esforc√©monos por remediar las causas que originan las injusticias, cancelemos las deudas injustas e insolutas y saciemos a los hambrientos.

17. Durante el pr√≥ximo Jubileo se conmemorar√° un aniversario muy significativo para todos los cristianos. Se cumplir√°n, en efecto,¬†1700 a√Īos de la celebraci√≥n del primer gran Concilio ecum√©nico de Nicea. Conviene recordar que, desde los tiempos apost√≥licos, los pastores se han reunido en asambleas en diversas ocasiones con el fin de tratar tem√°ticas doctrinales y cuestiones disciplinares. En los primeros siglos de la fe los s√≠nodos se multiplicaron tanto en el Oriente como en el Occidente cristianos, mostrando cu√°nto fuese importante custodiar la unidad del Pueblo de Dios y el anuncio fiel del Evangelio. El A√Īo jubilar podr√° ser una oportunidad significativa para dar concreci√≥n a esta forma sinodal, que la comunidad cristiana advierte hoy como expresi√≥n cada vez m√°s necesaria para corresponder mejor a la urgencia de la evangelizaci√≥n: que todos los bautizados, cada uno con su propio carisma y ministerio, sean corresponsables, para que por la multiplicidadde signos de esperanza testimonien la presencia de Dios en el mundo.

El Concilio de Nicea tuvo la tarea de preservar la unidad, seriamente amenazada por la negaci√≥n de la plena¬†divinidad de Jesucristo y de su misma naturaleza con el Padre. Estuvieron presentes alrededor de trescientos obispos, que se reunieron en el palacio imperial el 20 de mayo del a√Īo 325, convocados por iniciativa del emperador Constantino. Despu√©s de diversos debates, todos ellos, movidos por la gracia del Esp√≠ritu, se identificaron en el S√≠mbolo de la fe que todav√≠a hoy profesamos en la Celebraci√≥n eucar√≠stica dominical. Los padres conciliares quisieron comenzar ese S√≠mbolo utilizando por primera vez la expresi√≥n ¬ęCreemos¬Ľ¬†[10], como testimonio de que en ese ‚Äúnosotros‚ÄĚ todas las Iglesias se reconoc√≠an en comuni√≥n, y todos los cristianos profesaban la misma fe.

El Concilio de Nicea marc√≥ un hito en la historia de la Iglesia. La conmemoraci√≥n de esa fecha invita a los cristianos a unirse en la alabanza y el agradecimiento a la Sant√≠sima Trinidad y en particular a Jesucristo, el Hijo de Dios, ¬ęde la misma naturaleza del Padre¬Ľ¬†[11], que nos ha revelado semejante misterio de amor. Pero Nicea tambi√©n representa una invitaci√≥n a todas las Iglesias y comunidades eclesiales a seguir avanzando en el camino hacia la unidad visible, a no cansarse de buscar formas adecuadas para corresponder plenamente a la oraci√≥n de Jes√ļs: ¬ęQue todos sean uno: como t√ļ, Padre, est√°s en m√≠ y yo en ti, que tambi√©n ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que t√ļ me enviaste¬Ľ (¬†Jn¬†17,21).

En el Concilio de Nicea se trat√≥ adem√°s el tema de la fecha de la Pascua. A este respecto, todav√≠a hoy existen diferentes posturas, que impiden celebrar el mismo d√≠a el acontecimiento fundamental de la fe. Por una circunstancia providencial, esto tendr√° lugar precisamente en el A√Īo 2025. Que este acontecimiento sea una llamada para todos los cristianos de Oriente y de Occidente a realizar un paso decisivo hacia la unidad en torno a una fecha com√ļn para la Pascua. Muchos, es bueno recordarlo, ya no tienen conocimiento de las disputas del pasado y no comprenden c√≥mo puedan subsistir divisiones al respecto.

Anclados en la esperanza

18. La esperanza, junto con la fe y la caridad, forman el tr√≠ptico de las ‚Äúvirtudes teologales‚ÄĚ, que expresan la esencia de la vida cristiana (cf.¬†1 Co¬†13,13;¬†1 Ts¬†1,3). En su dinamismo inseparable, la esperanza es la que, por as√≠ decirlo, se√Īala la orientaci√≥n, indica la direcci√≥n y la finalidad de la existencia cristiana. Por eso el ap√≥stol Pablo nos invita a ‚Äúalegrarnos en la esperanza, a ser pacientes en la tribulaci√≥n y perseverantes en la oraci√≥n‚ÄĚ (cf.¬†Rm¬†12,12). S√≠, necesitamos que ‚Äúsobreabunde la esperanza‚ÄĚ (cf.¬†Rm¬†15,13) para testimoniar de manera cre√≠ble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el coraz√≥n; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Esp√≠ritu de Jes√ļs, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe. Pero, ¬Ņcu√°l es el fundamento de nuestra espera? Para comprenderlo es bueno que nos detengamos en las razones de nuestra esperanza (cf.¬†1 P¬†3,15).

19. ¬ęCreo en la¬†vida eterna¬Ľ¬†[12]: as√≠ lo profesa nuestra fe y la esperanza cristiana encuentra en estas palabras una base fundamental. La esperanza, en efecto, ¬ęes la virtud teologal por la que aspiramos [‚Ķ] a la vida eterna como felicidad nuestra¬Ľ.¬†[13]¬†El Concilio Ecum√©nico Vaticano II afirma: ¬ęCuando [‚Ķ] faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones grav√≠simas ‚ÄĒes lo que hoy con frecuencia sucede‚ÄĒ, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperaci√≥n¬Ľ.¬†[14]¬†Nosotros, en cambio, en virtud de la esperanza en la que hemos sido salvados, mirando al tiempo que pasa, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Se√Īor de la gloria. Vivamos por tanto en la espera de su venida y en la esperanza de vivir para siempre en √Čl. Es con este esp√≠ritu que hacemos nuestra la ardiente invocaci√≥n de los primeros cristianos, con la que termina la Sagrada Escritura: ¬ę¬°Ven, Se√Īor Jes√ļs!¬Ľ (¬†Ap¬†22,20).

20. Jes√ļs muerto y resucitado es el centro de nuestra fe. San Pablo, al enunciar en pocas palabras este contenido ‚ÄĒutiliza s√≥lo cuatro verbos‚ÄĒ, nos transmite el ‚Äún√ļcleo‚ÄĚ de nuestra esperanza: ¬ęLes he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recib√≠: Cristo muri√≥ por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucit√≥ al tercer d√≠a, de acuerdo con la Escritura. Se apareci√≥ a Pedro y despu√©s a los Doce¬Ľ (¬†1 Co¬†15,3-5). Cristo¬†muri√≥,¬†fue sepultado,¬†resucit√≥,¬†se apareci√≥. Por nosotros atraves√≥ el drama de la muerte. El amor del Padre lo resucit√≥ con la fuerza del Esp√≠ritu, haciendo de su humanidad la primicia de la eternidad para nuestra salvaci√≥n. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, ¬ęla vida no termina, sino que se transforma¬Ľ¬†[15]¬†para siempre. En el Bautismo, en efecto, sepultados con Cristo, recibimos en √Čl resucitado el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte, haciendo de ella un pasaje hacia la eternidad.¬†

Y si bien, frente a la¬†muerte¬†‚ÄĒdolorosa separaci√≥n que nos obliga a dejar a nuestros seres m√°s queridos‚ÄĒ no cabe discurso alguno, el Jubileo nos ofrecer√° la oportunidad de redescubrir, con inmensa gratitud, el don de esa vida nueva recibida en el Bautismo, capaz de transfigurar su dramaticidad. En el contexto jubilar, es significativo reflexionar sobre c√≥mo se ha comprendido este misterio desde los primeros siglos de nuestra fe. Por ejemplo, los cristianos, durante mucho tiempo construyeron la pila bautismal de forma octogonal, y todav√≠a hoy podemos admirar muchos bautisterios antiguos que conservan dicha forma, como en San Juan de Letr√°n en Roma. Esto indica que en la fuente baustismal se inaugura el octavo d√≠a, es decir, el de la resurrecci√≥n, el d√≠a que va m√°s all√° del tiempo habitual, marcado por la sucesi√≥n de las semanas, abriendo as√≠ el ciclo del tiempo a la dimensi√≥n de la eternidad, a la vida que dura para siempre. Esta es la meta a la que tendemos en nuestra peregrinaci√≥n terrena (cf.¬†Rm¬†6,22).

El testimonio m√°s convincente de esta esperanza nos lo ofrecen los¬†m√°rtires, que, firmes en la fe en Cristo resucitado, supieron renunciar a la vida terrena con tal de no traicionar a su Se√Īor. Ellos est√°n presentes en todas las √©pocas y son numerosos, quiz√°s m√°s que nunca en nuestros d√≠as, como confesores de la vida que no tiene fin. Necesitamos conservar su testimonio para hacer fecunda nuestra esperanza.

Estos mártires, pertenecientes a las diversas tradiciones cristianas, son también semillas de unidad porque expresan el ecumenismo de la sangre. Durante el Jubileo, por lo tanto, mi vivo deseo es que haya una celebración ecuménica donde se ponga de manifiesto la riqueza del testimonio de estos mártires.

21. ¬ŅQu√© ser√° de nosotros, entonces, despu√©s de la muerte? M√°s all√° de este umbral est√° la vida eterna con Jes√ļs, que consiste en la plena comuni√≥n con Dios, en la contemplaci√≥n y participaci√≥n de su amor infinito. Lo que ahora vivimos en la esperanza, despu√©s lo veremos en la realidad. San Agust√≠n escrib√≠a al respecto: ¬ęCuando me haya unido a Ti con todo mi ser, nada ser√° para m√≠ dolor ni pena. Ser√° verdadera vida mi vida, llena de Ti¬Ľ.¬†[16]¬†¬ŅQu√© caracteriza, por tanto, esta comuni√≥n plena? El ser felices.¬†La felicidad¬†es la vocaci√≥n del ser humano, una meta que ata√Īe a todos.

Pero, ¬Ņqu√© es la felicidad? ¬ŅQu√© felicidad esperamos y deseamos? No se trata de una alegr√≠a pasajera, de una satisfacci√≥n ef√≠mera que, una vez alcanzada, sigue pidiendo siempre m√°s, en una espiral de avidez donde el esp√≠ritu humano nunca est√° satisfecho, sino que m√°s bien siempre est√° m√°s vac√≠o. Necesitamos una felicidad que se realice definitivamente en aquello que nos plenifica, es decir, en el amor, para poder exclamar, ya desde ahora: Soy amado, luego existo; y existir√© por siempre en el Amor que no defrauda y del que nada ni nadie podr√° separarme jam√°s. Recordemos una vez m√°s las palabras del Ap√≥stol: ¬ęPorque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los √°ngeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podr√° separarnos jam√°s del amor de Dios, manifestado en Cristo Jes√ļs, nuestro Se√Īor¬Ľ (Rm¬†8,38-39).

22. Otra realidad vinculada con la vida eterna es el¬†juicio de Dios, que tiene lugar tanto al culminar nuestra existencia terrena como al final de los tiempos. Con frecuencia, el arte ha intentado representarlo ‚ÄĒpensemos en la obra maestra de Miguel √Āngel en la Capilla Sixtina‚ÄĒ acogiendo la concepci√≥n teol√≥gica de su tiempo y transmitiendo a quien observa un sentimiento de temor. Aunque es justo disponernos con gran conciencia y seriedad al momento que recapitula la existencia, al mismo tiempo es necesario hacerlo siempre desde la dimensi√≥n de la esperanza, virtud teologal que sostiene la vida y hace posible que no caigamos en el miedo. El juicio de Dios, que es amor (cf.¬†1 Jn¬†4,8.16), no podr√° basarse m√°s que en el amor, de manera especial en c√≥mo lo hayamos ejercitado respecto a los m√°s necesitados, en los que Cristo, el mismo Juez, est√° presente (cf.¬†Mt¬†25,31-46). Se trata, por lo tanto, de un juicio diferente al de los hombres y los tribunales terrenales; debe entenderse como una relaci√≥n en la verdad con Dios amor y con uno mismo en el coraz√≥n del misterio insondable de la misericordia divina. En este sentido, la Sagrada Escritura afirma: ¬ęT√ļ ense√Īaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque, despu√©s del pecado, das lugar al arrepentimiento [‚Ķ] y, al ser juzgados, contamos con tu misericordia¬Ľ (¬†Sb¬†12,19.22).¬†Como escrib√≠a Benedicto XVI,¬ęen el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros.El dolor del amor se convierte en nuestra salvaci√≥n y nuestra alegr√≠a¬Ľ.¬†[17]

El Juicio, entonces, se refiere a la salvaci√≥n que esperamos y que Jes√ļs nos ha obtenido con su muerte y resurrecci√≥n. Por lo tanto, est√° dirigido a abrirnos al encuentro definitivo con √Čl. Y dado que no es posible pensar en ese contexto que el mal realizado quede escondido, este necesita ser¬†purificado, para permitirnos el paso definitivo al amor de Dios. Se comprende en este sentido la necesidad de rezar por quienes han finalizado su camino terreno; solidariz√°ndose en la intercesi√≥n orante que encuentra su propia eficacia en la comuni√≥n de los santos, en el v√≠nculo com√ļn que nos une con Cristo, primog√©nito de la creaci√≥n. De esta manera la indulgencia jubilar, en virtud de la oraci√≥n, est√° destinada en particular a los que nos han precedido, para que obtengan plena misericordia.

23. La¬†indulgencia, en efecto, permite descubrir cu√°n ilimitada es la misericordia de Dios. No sin raz√≥n en la antig√ľedad el t√©rmino ‚Äúmisericordia‚ÄĚ era intercambiable con el de ‚Äúindulgencia‚ÄĚ, precisamente porque pretende expresar la plenitud del perd√≥n de Dios que no conoce l√≠mites.

El¬†sacramento de la Penitencia¬†nos asegura que Dios quita nuestros pecados. Resuenan con su carga de consuelo las palabras del Salmo: ¬ę√Čl perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura.¬†[‚Ķ] El Se√Īor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia;¬†[‚Ķ] no nos trata seg√ļn nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, as√≠ de inmenso es su amor por los que lo temen; cuanto dista el oriente del occidente, as√≠ aparta de nosotros nuestros pecados¬Ľ (Sal¬†103,3-4.8.10-12). La Reconciliaci√≥n sacramental no es s√≥lo una hermosa oportunidad espiritual, sino que representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno. En ella permitimos que Se√Īor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo. No hay mejor manera de conocer a Dios que dej√°ndonos reconciliar con √Čl (cf.¬†2 Co¬†5,20), experimentando su perd√≥n. Por eso, no renunciemos a la Confesi√≥n, sino redescubramos la belleza del sacramento de la sanaci√≥n y la alegr√≠a, la belleza del perd√≥n de los pecados.

Sin embargo, como sabemos por experiencia personal, el pecado ‚Äúdeja huella‚ÄĚ, lleva consigo unas consecuencias; no s√≥lo exteriores, en cuanto consecuencias del mal cometido, sino tambi√©n interiores, en cuanto ¬ętodo pecado, incluso venial, entra√Īa apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aqu√≠ abajo, sea despu√©s de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio¬Ľ.¬†[18]¬†Por lo tanto, en nuestra humanidad d√©bil y atra√≠da por el mal, permanecen los ‚Äúefectos residuales del pecado‚ÄĚ. Estos son removidos por la indulgencia, siempre por la gracia de Cristo, el cual, como escribi√≥ san Pablo VI, es ¬ęnuestra ‚Äúindulgencia‚Ä̬Ľ.¬†[19]¬†La Penitenciar√≠a Apost√≥lica se encargar√° de emanar las disposiciones para poder obtener y hacer efectiva la pr√°ctica de la indulgencia jubilar.

Esa experiencia colma de perd√≥n no puede sino abrir el coraz√≥n y la mente a¬†perdonar. Perdonar no cambia el pasado, no puede modificar lo que ya sucedi√≥; y, sin embargo, el perd√≥n puede permitir que cambie el futuro y se viva de una manera diferente, sin rencor, sin ira ni venganza. El futuro iluminado por el perd√≥n hace posible que el pasado se lea con otros ojos, m√°s serenos, aunque est√©n a√ļn surcados por las l√°grimas.

Durante el √ļltimo Jubileo extraordinario institu√≠ los¬†Misioneros de la Misericordia, que siguen realizando una misi√≥n importante. Que durante el pr√≥ximo Jubileo tambi√©n ejerciten su ministerio, devolviendo la esperanza y perdonando cada vez que un pecador se dirige a ellos con coraz√≥n abierto y esp√≠ritu arrepentido. Que sigan siendo instrumentos de reconciliaci√≥n y ayuden a mirar el futuro con la esperanza del coraz√≥n que proviene de la misericordia del Padre. Quisiera que los obispos aprovecharan su valioso servicio, envi√°ndolos especialmente all√≠ donde la esperanza se pone a dura prueba, como las c√°rceles, los hospitales y los lugares donde la dignidad de la persona es pisoteada; en las situaciones m√°s precarias y en los contextos de mayor degradaci√≥n, para que nadie se vea privado de la posibilidad de recibir el perd√≥n y el consuelo de Dios.

24. La esperanza encuentra en la¬†Madre de Dios¬†su testimonio m√°s alto. En ella vemos que la esperanza no es un f√ļtil optimismo, sino un don de gracia en el realismo de la vida. Como toda madre, cada vez que Mar√≠a miraba a su Hijo pensaba en el futuro, y ciertamente en su coraz√≥n permanec√≠an grabadas esas palabras que Sime√≥n le hab√≠a dirigido en el templo: ¬ęEste ni√Īo ser√° causa de ca√≠da y de elevaci√≥n para muchos en Israel; ser√° signo de contradicci√≥n, y a ti misma una espada te atravesar√° el coraz√≥n¬Ľ. (Lc¬†2,34-35). Por eso, al pie de la cruz, mientras ve√≠a a Jes√ļs inocente sufrir y morir, aun atravesada por un dolor desgarrador, repet√≠a su ‚Äús√≠‚ÄĚ, sin perder la esperanza y la confianza en el Se√Īor. De ese modo ella cooperaba por nosotros en el cumplimiento de lo que hab√≠a dicho su Hijo, anunciando que ¬ędeb√≠a sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que deb√≠a ser condenado a muerte y resucitar despu√©s de tres d√≠as¬Ľ (Mc¬†8,31), y en el tormento de ese dolor ofrecido por amor se convert√≠a en nuestra Madre, Madre de la esperanza. No es casual que la piedad popular siga invocando a la Sant√≠sima Virgen como¬†Stella maris, un t√≠tulo expresivo de la esperanza cierta de que, en los borrascosos acontecimientos de la vida, la Madre de Dios viene en nuestro auxilio, nos sostiene y nos invita a confiar y a seguir esperando.

A este respecto, me es grato recordar que el Santuario de Nuestra Se√Īora de Guadalupe en la Ciudad de M√©xico se est√° preparando para celebrar, en el 2031, los 500 a√Īos de la primera aparici√≥n de la Virgen. Por medio de Juan Diego, la Madre de Dios hac√≠a llegar un revolucionario mensaje de esperanza que a√ļn hoy repite a todos los peregrinos y a los fieles: ¬ę¬ŅAcaso no estoy yo aqu√≠, que soy tu madre?¬Ľ.¬†[20]¬†Un mensaje similar se graba en los corazones en tantos santuarios marianos esparcidos por el mundo, metas de numerosos peregrinos, que conf√≠an a la Madre de Dios sus preocupaciones, sus dolores y sus esperanzas. Que en este A√Īo jubilar los santuarios sean lugares santos de acogida y espacios privilegiados para generar esperanza. Invito a los peregrinos que vendr√°n a Roma a detenerse a rezar en los santuarios marianos de la ciudad para venerar a la Virgen Mar√≠a e invocar su protecci√≥n. Conf√≠o en que todos, especialmente los que sufren y est√°n atribulados, puedan experimentar la cercan√≠a de la m√°s afectuosa de las madres que nunca abandona a sus hijos; ella que para el santo Pueblo de Dios es ¬ęsigno de esperanza cierta y de consuelo¬Ľ.¬†[21]

25. Mientras nos acercamos al Jubileo, volvamos a la Sagrada Escritura y sintamos dirigidas a nosotros estas palabras: ¬ęNosotros, los que acudimos a √©l, nos sentimos poderosamente estimulados a aferrarnos a la esperanza que se nos ofrece. Esta esperanza que nosotros tenemos es como¬†un ancla¬†del alma,¬†s√≥lida y firme, que penetra m√°s all√° del velo, all√≠ mismo donde Jes√ļs entr√≥ por nosotros, como precursor¬Ľ (Hb¬†6,18-20). Es una invitaci√≥n fuerte a no perder nunca la esperanza que nos ha sido dada, a abrazarla encontrando refugio en Dios.

La imagen del ancla es sugestiva para comprender la estabilidad y la seguridad que poseemos si nos encomendamos al Se√Īor Jes√ļs, aun en medio de las aguas agitadas de la vida. Las tempestades nunca podr√°n prevalecer, porque estamos anclados en la esperanza de la gracia, que nos hace capaces de vivir en Cristo superando el pecado, el miedo y la muerte. Esta esperanza, mucho m√°s grande que las satisfacciones de cada d√≠a y que las mejoras de las condiciones de vida, nos transporta m√°s all√° de las pruebas y nos exhorta a caminar sin perder de vista la grandeza de la meta a la que hemos sido llamados, el cielo.

El pr√≥ximo Jubileo, por tanto, ser√° un A√Īo Santo caracterizado por la esperanza que no declina, la esperanza en Dios. Que nos ayude tambi√©n a recuperar la confianza necesaria ‚ÄĒtanto en la Iglesia como en la sociedad‚ÄĒ en los v√≠nculos interpersonales, en las relaciones internacionales, en la promoci√≥n de la dignidad de toda persona y en el respeto de la creaci√≥n. Que el testimonio creyente pueda ser en el mundo levadura de genuina esperanza, anuncio de cielos nuevos y tierra nueva (cf.¬†2 P¬†3,13), donde habite la justicia y la concordia entre los pueblos, orientados hacia el cumplimiento de la promesa del Se√Īor.

Dej√©monos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que a trav√©s de nosotros sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles: ¬ęEspera en el Se√Īor y s√© fuerte; ten valor y espera en el Se√Īor¬Ľ (Sal¬†27,14). Que la fuerza de esa esperanza pueda colmar nuestro presente en la espera confiada de la venida de Nuestro Se√Īor Jesucristo, a quien sea la alabanza y la gloria ahora y por los siglos futuros.

Dado en Roma, en San Juan de Letr√°n, el 9 de mayo, Solemnidad de la Ascensi√≥n de Nuestro Se√Īor Jesucristo, del a√Īo 2024, duod√©cimo de Pontificado.

FRANCISCO


[1] Sermón 198, 2.
[2] Cf. Fuentes Franciscanas, n. 263, 6.10.
[3] Cf. Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, nn. 1-3.
[4] Const. past. Gaudium et spes, n. 4.
[5] Carta enc. Laudato si’, n. 50.
[6] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2267.
[7] Carta enc. Laudato si’, n. 49.
[8] Carta enc. Fratelli tutti, n. 262.
[9] Carta enc. Laudato si’, n. 51.
[10]¬†S√≠mbolo niceno: H. Denzinger ‚Äď A. Sch√∂nmetzer,¬†Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, n. 125.
[11] Ibíd.
[12]¬†S√≠mbolo de los Ap√≥stoles: H. Denzinger ‚Äď A. Sch√∂nmetzer,¬†Enchiridion Symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum, n. 30.
[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817.
[14] Const. past. Gaudium et spes, n. 21.
[15] Misal Romano, Prefacio de difuntos I.
[16] Confesiones X, 28.
[17] Carta enc. Spe salvi, n. 47.
[18] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1472.
[19] Carta ap. Apostolorum limina (23 mayo 1974), II.
[20] Nican Mopohua, n. 119.
[21] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 68.

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