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El Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Mons. Carlos Castillo, presidió la Santa Misa en el V domingo de Pascua en la Parroquia Santuario Nuestra Señora de Guadalupe.

«Hoy día la vanagloria se ha apoderado de mucha gente, y muchas cosas se hacen locamente porque hay desesperación, hay soledad, hay crisis. Estamos atolondrados y nos enfermamos en todas partes del mundo», reflexionó.

Es por eso que necesitamos «una fuerza superior que nos permita a través de lo que nos ha dado Dios, y desde el pueblo mismo, tomar consciencia y ponernos a trabajar para llenar de alegría y esperanza el mundo».

El sentido de la gloria es el amor

«¿Qué hace Jesús para manifestar la gloria?» – pregunta Monseñor Castillo – «Hace el camino de la purificación propia de los pecadores, del bautismo que inventó Juan porque creyó que la mejor manera de ayudar a salir de las dificultades era purificándose».

De este modo, el Señor se solidariza y cambia el sentido del bautizo. Las aguas de purificación «se convierten en un enlodamiento solidario. Jesús se enloda con los pecadores, hace su cola, espera y participa con la gente pecadora. Se hizo uno de nosotros por amor, y esa es la línea que Jesús va a mantener siempre».

Al bautizarse, Jesús facilitó que todos entendiéramos que las aguas de amor no son para estar purificándose, «las aguas del bautismo cristiano son las aguas del amor, las aguas uterinas de donde nacemos».

Por eso, el cristianismo es «una religión para expulsar el temor, para vivir en libertad, para anunciar el evangelio con alegría, para dialogar y animar a las personas a salir de sus enredos».

El mandamiento nuevo

A través de este mandamiento, el Señor nos pide «amarnos gratuita y generosamente porque así nos ha amado, y el amor es el centro de la fe cristiana».

El Arzobispo de Lima enfatizó en la importancia de hacer un gran camino de conversión personal y social:

«Estemos dispuestos a dar gloria a Dios con la humildad de Jesús, asumiendo los límites de nuestras vidas, no escondiendo nuestras cosas, ayudándonos a corregir mutuamente, y sobre todo, valorando lo que cada uno tiene».

Si dejamos de «chinearnos, cholearnos, negrearnos» podemos aprender a «reconocer lo bonito del otro», porque amar los unos a los otros «significa aprender a apreciar el valor del otro, y pelear para que ese aprecio, esa dignidad y ese valor se aliente, y no se destruya», concluyó.