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El Arzobispo de Lima y Primado del Perú Carlos Castillo presidió la Santa Misa del primer domingo después de Pascua, también conocido como el domingo de la misericordia, porque el Señor «ha tenido misericordia con su pueblo y ha enviado a Jesús» para que, entregándose hasta la muerte y resucitando, «llegue siempre a todos nosotros en forma constante y en medio de nuestros problemas».

Toribio: identificado con el pueblo

Recordando la festividad de Santo Toribio de Mogrovejo, Monseñor Castillo señaló que el paso de Toribio por la historia de nuestro país «ha sido importante para la constitución de nuestra Arquidiócesis de Lima , y es una muestra de cómo el Señor llega al corazón de nuestras puertas cerradas y nuestros miedos».

Toribio llegó a Lima en medio de una crisis social después que el Virrey Toledo había mandado matar a Tupac Amaru I. Por ello, el rey Felipe II eligió a Toribio como un arzobispo que «pueda ser una autoridad y transparentar a Dios siendo fiel al camino de Jesús«.

«Tenemos un santo que ha sido ejemplo para todos los obispos de América Latina. Identificado con el pueblo, les enseñó a los sacerdotes y seminaristas las lenguas propias, inauguró un camino distinto de la Iglesia y fue evangelizador»

«Lo hicieron arzobispo en una semana. Él era laico y profesor de derecho de la Universidad de Salamanca» – recuerda Castillo – «Vino a pie de Paita a Lima para ir recorriendo los pueblos y conocer su diócesis, y la visitó tres veces, y en la última vez murió en la casa de un indio».

La presencia de Toribio fue determinante en nuestra Iglesia porque antes que arzobispo fue «evangelizador«, y eso es lo que hoy Jesús hace con sus discípulos.

Una experiencia de fe, libertad y amor

El texto de hoy es muy importante porque «Jesús viene a destruir nuestros miedos y crear una experiencia de fe que sea de libertad y amor».

No hay temor en el amor, dice San Juan, porque «el temor y el miedo mira al castigo, en cambio el amor expulsa al temor. Nosotros tenemos que aprender a amar como Dios nos ha amado hasta la muerte en la cruz, entregando nuestras vidas por los que sufren desdichas, son vulnerables y tienen debilidades mayores, porque ellos son los elegidos especiales de Dios»

El Señor se aparece ante sus discípulos para mostrar que no es un fantasma. Les enseña las manos y el costado, los signos de su amor a nosotros, y ante este evento los discípulos se llenan de alegría.

La fe cristiana, por tanto, es una fe «para alegrarnos» con la misma alegría de Abraham cuando el Señor le dijo: ‘Sal de tu tierra y ve a la tierra que yo te mostraré’. No tenía tierra ni hijos, estaba triste, y Dios lo llama para que sea una bendición.

«La bendición es hacer prosperar a las personas», agrega el Arzobispo de Lima. A veces pensamos que ser creyentes es salvar el alma. ¿Y qué pasa con el cuerpo?

«Jesús enseña las manos y el costado porque esas manos llenas de amor, ese costado lleno de amor, son un signo para que nuestros cuerpos sean para amar y ayudar los unos a los otros, y progresar mutuamente»

El Señor ha venido «a rescatarnos como humanos para ser plenamente humanos, no para ser ángeles». Y por eso él les da a sus discípulos su espíritu, el espíritu de amor que viene del Padre.

Como el padre me ha enviado así también los envío yo

Jesús nos da su espíritu para que, recibiendo el Espíritu Santo, «nosotros aprendamos a amar. Hay que saber perdonar para que todos aprendamos la seriedad y profundidad del amor» de un Dios que no condena, sino que espera en el ser humano, «lo corrige como un Padre que nos ayuda a que todos aprendamos, y por eso somos enviados a perdonar, amar y corregir».

En el proceso de perdonarnos, amarnos y corregirnos también restauramos las heridas:

«Para eso estamos los cristianos, para convertirnos en evangelizadores, anunciadores del espíritu amoroso de Dios. No solo es una voz de los curas, todo el pueblo tiene que ayudar a cuidar a la gente, porque todos somos llamados, todos somos discípulos y hemos recibido el espíritu de Dios para curar heridas, perdonarnos, y corregirnos mutuamente».

Pedagogía de la misericordia

Tomás, incrédulo de la resurrección de Cristo, no entendía lo que acontecía. Si no ve no tiene experiencia, y por lo tanto, no cree.

«¿Cómo trata el Señor al que no cree? ¿Lo condena?» – se pregunta Monseñor Castillo – «En este caso corrige a Tomás diciéndole en medio de todos ¡Paz a ustedes! Lo trata pedagógicamente, y comprende que pueda vivir una situación de incredulidad producto de que no ha visto».

«Tenemos que comprender a todos aquellos que viven situaciones complejas donde muchas veces es difícil creer».

Es decir, el Señor genera una experiencia con los discípulos para entrar en el proceso de fe: «Nosotros debemos tener pedagogía y comprensión con las personas que no creen, porque a veces nos encerramos como católicos y poseedores de la verdad, y no compartimos esa verdad ni mostramos que esa verdad está basada en el amor»

Creer viendo lo contrario

Todos los textos de hoy son una «pedagogía misericordiosa que sigue el Señor con sus discípulos», y también lo hace con nosotros cuando nos dice: Bienaventurados los que creen sin ver.

Podemos decir que hay tres tipos de cristianos” señala Castillo:

Están los que creen habiendo visto, “los apóstoles”. Están los que creen sin ver, “que somos nosotros porque creemos en el testimonio de los apóstoles”; pero hay un tercer grupo donde está la “gente más sencilla que inclusive sufriendo cree en el Señor, los que creen viendo lo contrario, viendo el mal testimonio de los cristianos».

Esto es muy importante porque «la fe de nuestro pueblo es muy fuerte y tenemos que alegrarnos por eso. Debemos aprender a compartir la fe con todos para que podamos creer de verdad, y sobre todo, amar con la misericordia de Dios a manos llenas».

«Que Dios los bendiga y que el Señor Misericordioso les de toda su fuerza para que seamos agentes de la misericordia, haya paz, comprensión y aprecio, porque todos, buenos o malos, tenemos el espíritu de Dios para crecer juntos«, concluyó el Arzobispo de Lima.