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El Sermón de las 7 Palabras, pronunciado en el Santuario Las Nazarenas, ha congregado a cientos de fieles de nuestra ciudad, quienes llegaron hasta el corazón de nuestra capital para acompañar al Cristo Crucificado representado en la histórica imagen del Señor de los Milagros.

A continuación, compartimos las reflexiones más destacadas de los siete predicadores del Sermón:

Primera palabra:
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»

Monseñor Carlos Castillo, arzobispo de Lima y Primado del Perú

Estamos ante el Señor Jesús apenas crucificado. El Evangelio de Lucas nos cuenta todo lo que estaba ocurriendo ante Jesús, unas acciones sin sentido, absurdas, o echar a suerte su túnica, como hacerle muecas y desafiarlo a demostrarles que es Dios y Rey, pero Jesús se ha adelantado ante esa estrategia de muerte con la estrategia del perdón anticipado, no la venganza, no la revancha, más bien, la abundante generosidad de su amor gratuito. 

El amor de un Dios diferente, el Dios Padre que nos ha creado, que nos considera sus hijos, que trata de comprendernos y disculparnos para ayudarnos a emprender y aprender a ser hijos y hermanos. En efecto, miremos estas acciones sin sentido:

¿Lo crucifican injustamente, solo por haber puesto el dedo en la llaga de los comportamientos de los poderosos? Su palabra clara de denuncia de los males, y de haber ofrecido la salida de misericordia como único camino para salir de los males que perpetraban en nombre de Dios contra toda aquella «gente que estaba mirando».

A los sacerdotes y al poder romano, la predicación y la Palabra de Jesús siempre les resultó incómodo porque hizo tomar conciencia a la gente sencilla de la injusticia de los magistrados, y la convocó a un Reino de amor, de justicia, de verdad y de paz. Esa gente sencilla, que lo había acompañado hasta el final, con su silencio profundo, es muy diferente a la de los que le hacen muecas a Jesús en son de burla, incluso, invitan a que «demuestre» su poder salvándose a sí mismo.

Esta es una tentación, la de parecerse y ser como el Dios que construyeron con sus manos los sacerdotes de Israel y que también construyeron los romanos. Lo habían construido ellos y lo adoraban porque pensaban solamente en sí mismos, en un Dios reflejo de su egoísmo.

Los magistrados sacerdotes habían ya renegado del Dios creador y de su amor misericordioso. No creían en Yahvé, el Dios que está siempre amando al ser humano y que se revela en Jesús como el Padre. Por ello, quieren que Jesús sólo le rinda culto a su «dios», al «dios dinero» de un templo que genera muerte y que no tiene misericordia, solo poder arbitrario.

Pero Jesús es un Rey diferente, que gobierna por medio de la fuerza irresistible del amor gratuito. Y, por eso, su oración, ante esa vergonzosa y abusiva imagen de burla y de desprecio, ante la última tentación, es persistir en su vocación y misión.

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Resuenan una vez más en nuestros oídos las palabras del Papa Francisco que, en su mensaje por el Mes Morado, nos recordó que el Señor de los Milagros está crucificado, no por las fuerzas de los clavos, sino por la fuerza de su amor.

Te damos gracias, Jesús, por habernos revelado al Dios Padre. Gracias por darnos tu Espíritu para comprender y dejarnos llevar por Él. Gracias por curar nuestras heridas, consecuencia del egoísmo, la frivolidad, la vanidad, el desprecio, la envidia, la ambición sin límites. Tú nos muestras un amor gratuito que nos regenera, que nos recrea, adentrándonos e inspirándonos para encontrar en esta Patria creyente una manera de traducir tu perdón en proyectos humanos para que todos resucitemos en nuestro país a una vida amorosa como la tuya.

Gracias por todas las iniciativas que inspiras en todo lo que se deja llevar por tu amor y nos abren renovados caminos, especialmente, en los últimos tiempos. Gracias por las señoras de las ollas comunes y su solidaridad contra el hambre; gracias por los jóvenes alegres y solidarios que bailan en las plazas con esperanza, a pesar de todo lo que han sufrido; por los voluntarios que no dejan de animar y servir a tantas personas necesitadas; por las comunidades cristianas y humanas que persisten en el bien común; por los magistrados probos que reafirman el orden jurídico justo de nuestra Patria y no se dejan tentar por la corrupción; por los que anchan las bases humanas de la democracia en nuestra sociedad, para hacerla verdaderamente humana y al servicio de todos.

Gracias, Jesús Santo, porque nos diste al Padre para aprender a ser hijos, y nos diste tu Espíritu para seguir abriendo esperanza en nuestra humanidad.

Segunda Palabra:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

Padre Roy Cutire

Cuando un ser querido estaba por partir ya a la presencia de Dios, antiguamente, la familia se reunía alrededor de la persona y estaban atentos a lo que iba a decir, a sus últimas palabras. Eso es lo que el día de hoy estamos haciendo, es nuestro Señor Jesucristo el que está en la Cruz, diciéndonos estas últimas palabras para que las acojamos en nuestro corazón y la llevemos a la práctica.

En este pasaje está Cristo en la Cruz, pero tanto a su derecha como a su izquierda, están dos malhechores, dos ladrones; uno reclamará y se quejará; el otro, reconocerá su falta y dirá: “nosotros merecemos esto”. El primero renegará más con eso, va a maldecir, va a renegar de su propia vida y, como está descontento, lleno de ira, también querrá que los demás pasen por lo que él está pasando. 

En nuestra vida es el Señor el que nos muestra que la Cruz nos puede elevar o nos puede hundir. Cuando llega la Cruz a nuestra vida, podemos nosotros acogerla y nos elevará, o bien, podemos rechazarla y quejarnos. Son dos maneras de elegir la Cruz cuando llegue a nuestra vida.

Hoy, el Señor nos invita a acoger la Cruz y abrazarla. ¿Queremos seguir al Señor? Tenemos que hacer ese proceso y seguirlo no solamente aquí, sino a la vida nueva a la que nos invita. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, dice el Señor.

Hay muchas personas que quieren llegar al cielo, pero esa no es la meta, la meta no solamente es llegar al cielo. La meta es estar con Dios, porque Él nos ha creado para sí. Somos creados para Dios, somos capaces de Dios, somos de Dios.

Por eso, si tenemos a Dios, lo tenemos todo. No solamente aspiremos al cielo, aspiremos a estar con Dios. En este día, le damos gracias a nuestra Madre Santísima que está al pie de la Cruz, acompañando al Señor. Que nos unamos a ella también para seguir escuchando esas palabras que calen en nuestro corazón y podamos llevarlo por práctica, ejecutando y amando también a los demás.

Tercera Palabra:
«Mujer, he aquí a tu hijo. He aquí a tu madre»

Padre Rodolfo Luna

Esta tarde, Cristo del Calvario, siento urgencia de hacer silencio para escuchar tu voz, frágil y firme, dirigida a tu Madre y al discípulo amado. Me vuelvo a la hora de tu crucifixión, y voy repasando los demás momentos de tu vida.

Ahora, le diriges una última palabra: “Madre, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”. Desde siempre, la Iglesia ha guardado con delicada ternura estas palabras tuyas, y las ha conservado como tesoro y herencia porque en ella vemos el comienzo de la Iglesia, el lugar que ocupa María en ella y, sobre todo, el estilo de Iglesia que quieres seamos.

Por eso, esta escena que contemplamos es una escena de revelación. En ella vemos la manera cómo la Iglesia Madre ha de relacionarse con el creyente hijo, y cómo su maternidad es universal con toda la humanidad, de la que está llamada a ser servidora. Del mismo modo, en esta escena contemplamos la manera cómo el hijo creyente ha de relacionarse con la Iglesia Madre. 

Señor Jesús, que viviendo en comunión con tu Iglesia, vayamos creciendo como hijos hasta tener tu estatura, esa que se revela en el madero de la Cruz. Y en ese camino de crecimiento, tu Madre, María, la del Calvario, nos acompañe como Madre de la Iglesia peregrina hasta la hora de nuestra comunión plena contigo, la hora eterna en el cielo.

Cuarta Palabra:
«Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?»

Padre César Mesinas

Esta exclamación desde lo alto del madero revela la profunda angustia y agonía que Jesús experimentó en ese momento terrible de la crucifixión. La dolorosa oración en Getsemaní, la traición de Judas, el cruel maltrato, los golpes, la corona de espinas, la flagelación, el peso de la Cruz, las burlas de la gente, la sangre derramada, la dificultad para respirar… El Señor es llevado al límite de sus fuerzas.

Jesús agoniza, y en ese momento de extremo sufrimiento dice con potente voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es un momento profundo de oración, en plena agonía. Jesús vive y experimenta en carne propia las emociones y limitaciones humanas, incluyendo el sentirse abandonado y desamparado de todos.

Esta cuarta palabra nos muestra, pues, que Jesús vivió y compartió plenamente nuestra condición humana con todas sus luchas, problemas y sufrimientos. Se hizo solidario con todos y mostró su amor preferencial por los más débiles y por todos los que sufren.

Cuando Jesús pronuncia estas palabras, es consciente de cuál es su misión. Su presencia en la historia responde a un objetivo por parte de Dios: la salvación de la humanidad. Él ha venido a enseñarnos cómo debemos vivir en la historia, para eso predica el Evangelio. Nos enseña cuál es el camino que nos lleva a la salvación, pero Jesús sabe que Él ha venido a dar la vida en el árbol de la Cruz.

Cuando nos llegue el momento de vivir situaciones dificilísimas en las que sentimos que nos encontramos solos, desamparados, abandonados, cuando sentimos que ya no podemos más, debemos ser conscientes de que Dios está con nosotros. Él nunca nos abandona, Él nos sostiene y nos acompaña por los caminos azarosos de la vida. 

Quinta Palabra:
«Tengo sed»

Padre Rodolfo Silva

La sed de Jesús es una sed espantosa. No ha comido ni bebido nada desde la noche anterior. Las terribles torturas y la pérdida de sangre por la flagelación, por la coronación de espinas, por llevar la Cruz a cuesta, han generado una gran sed en nuestro Señor.

En efecto, la sed del Señor solo se calma con nuestro amor, y un amor compasivo es consolado cuando en su nombre nos inclinamos sobre la miseria de los demás. En la actualidad, Jesús sigue gritando al mundo: “Tengo sed”, y el mundo sigue como aquel soldado que, en vez de darle agua, le da vinagre, y el vinagre de la indiferencia.

En su “Tengo sed” podemos escuchar la voz de todos los que sufren, el grito escondido de aquellos pequeños inocentes que sufren a causa de la violencia, la súplica angustiada de los pobres que no tienen qué comer, las víctimas de las guerras que son obligados a dejar su casa y emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo.

En el mundo hay una gran sed en toda la humanidad. Lamentablemente, muchas veces, tratamos de calmar esa sed con muchas otras cosas que no la van a calmar:  dinero, poder, placer, consumos desmedidos, la opulencia, deseo de pasarla siempre bien y de sólo disfrutar el momento. Todas estas cosas no nos permiten ver con claridad que ninguna de ellas nos va a quitar esa sed que tenemos, porque en realidad nosotros, en lo más profundo de nuestro ser, tenemos sed de vida, tenemos sed de amor, tenemos sed de Dios.

No seamos indiferentes, no cerremos los ojos, no demos vuelta la mirada, miremos a ese Cristo que nos sigue gritando en cada uno de nuestros hermanos: “Tengo sed”.

Sexta Palabra:
«Todo está consumado»

Padre Marco Martínez

Hoy, viendo a Cristo crucificado, el Señor de los Milagros, preguntémonos: ¿Qué estoy haciendo ante los problemas sociales que atentan contra la vida del hombre en nuestro país? ¿Qué estoy haciendo frente al hambre, la poca e ineficiente atención para la salud, la falta de oportunidades de trabajos dignos? ¿Qué hacemos ante la violencia en general, ante la falta de techo para un hogar, ante la injusticia y la corrupción? No seamos indiferentes ante hechos que van en contra de la voluntad de Dios y dañan la dignidad de la persona humana. 

Escuchando a Dios, también tenemos que aprender a escuchar al hermano, en especial, al que más sufre; escucharnos entre nosotros mismos como Dios nos escucha. Dejemos de lado los prejuicios, las ideologías, las formas, las costumbres, las tradiciones y todo aquello que nos impide amarnos y ayudarnos de verdad.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos habla hoy desde la Cruz, desde esta imagen del Señor de los Milagros. Tenemos que seguir al Señor identificándonos con Él, haciendo su voluntad, perdonando, acompañando a los que más sufren, a los pobres y a los enfermos.

Si vivimos como Cristo en el tiempo que nos concede estar en la tierra, haciendo siempre la voluntad de Dios, entonces, al final de nuestras vidas, en el momento en que nos encontremos cara a cara con Él, vamos a poder decir como Cristo en la Cruz, con un grito de victoria: “Todo está cumplido”. He hecho en la tierra lo que tenía que hacer. 

Séptima Palabra:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»

Padre Tomás Garván

La palabra de Jesús en la Cruz fue expresión de su oración. Jesús murió rezando, pasó estos momentos duros, difíciles, ese tránsito de la vida a la muerte, muy unido a Dios, confiando plenamente en Él. Así entendemos que la muerte de Jesús en la Cruz no fue solo una injusticia, no fue solo una cosa política, el Señor nos mostró que confiaba plenamente en su Padre, Él hizo un acto de suprema confianza y se arrojó a los brazos de su Padre y libremente entregó su vida.

Jesús nos enseña a confiar en Dios, tiene confianza a aquel que logra superar el temor, el miedo, que es una cosa muy presente en nuestras vidas, un sentimiento muy común. Jesús quiso ayudarnos a entender que debemos confiar en el Padre y nunca tener miedo.

Quien confía en Dios, como nos enseñó Jesús en la Cruz, experimenta una especial serenidad. Hagamos ese propósito hoy, Viernes Santo: pasar los momentos duros de nuestra vida – que necesariamente sucederán – confiando en Dios, sin perder la esperanza, abandonándonos en los brazos de nuestro Padre.

Seamos fuertes, si amamos al Señor y reconocemos que Él nos ama, no tenemos porqué temer a las cosas que puedan suceder. Dediquemos un tiempo diario para la oración, la contemplación. No dejemos esos momentos privilegiados que son capaces de devolvernos la serenidad, la paz, porque son momentos en donde volvemos a reconocer que somos amados por Dios, no porque nosotros le demos algo, sino porque Él es bueno. 

Jesús murió manifestando su confianza en su Padre. Nosotros, también, en los momentos duros y críticos de nuestra vida, pongamos nuestra confianza en nuestro Padre Dios que nos ama y nos cuida.

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