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Reabiertas tímidamente en mayo pasado tras el obligatorio cierre de un año a causa de la pandemia, Carlos Castillo Sánchez, gerente de ambas instituciones, comparte el ambicioso plan de relanzamiento para recobrar el tiempo (y el público) perdido. Para el Arzobispo Carlos Castillo Mattasoglio, ambos espacios no son solo un símbolo de fe, sino también de peruanidad e historia.

Escribe: Enrique Planas / El Comercio.

Estos son los meses en que uno debe andar con más cuidado por el Palacio Arzobispal. A fines del invierno es el tiempo que los insectos ponen sus huevos en los muebles, sin interesarles que el cedro de Nicaragua del que está hecho el ropero tenga 400 años. Si no se aplicara la especial atención que se acostumbra, en diciembre tendrían que vérselas con una proliferación de insectos. El público que visita a diario este museo de arte religioso no tiene por qué saberlo, pero es uno de esos detalles que preocupan al abogado Carlos Castillo Sánchez, gerente de dos museos centrales para nuestra ciudad, literalmente: La Catedral de Lima y el Museo del Palacio Arzobispal. Reabiertas tímidamente en mayo pasado tras el obligatorio cierre de un año a causa de la pandemia, Castillo tiene diseñado un ambicioso plan de relanzamiento para recobrar el tiempo (y el público) perdido.

Somos colombroños” le dijo el Arzobispo Carlos Castillo Mattasoglio en su primer día de trabajo, hace poco menos de dos meses. Sin embargo, el Primado del Perú y el ex presidente de Directorio en Emilima no solo comparten nombres y apellidos, sino un proyecto común para renovar las políticas de ambas instituciones, como museos abiertos a todo público. “Asumir este cargo resulta un reto”, afirma el funcionario. Una responsabilidad aceptada al identificarse con la personalidad del sacerdote diocesano, especialmente por tener una visión muy democrática del país. “Creí que podía aportar para darle una nueva mirada a los museos religiosos, los cuales son vistos como algo circunscrito solo a la fe. Y eso puede ser un prejuicio”, explica Castillo.

Un prejuicio porque además de su naturaleza original, tanto la Catedral de Lima como el Palacio Arzobispal son también templos para el arte y la historia del país. Por ello, conservando a su público especializado, para estas instituciones resulta clave replantearse una imagen más abierta para otros visitantes. “La Catedral no es solo un símbolo de fe, sino también de peruanidad. Es un testigo mudo de nuestra historia. Ha caído y se ha levantado. Con el nuevo arzobispo, tenemos la posibilidad de acercar los museos no solo a los feligreses y a los que profesamos la fe católica, sino convertirlo en un espacio que genere un sentimiento de identidad”, afirma.

“Hay muchas cosas por hacer”, explica Castillo. “En efecto, la pandemia atrasó mucho los trabajos de mantenimiento, el cuidado y la conservación. El Palacio Arzobispal posee preciosos muebles fechados desde el siglo XVI hasta el XIX, los cuales requieren un tratamiento especial. Son trabajos cotidianos que no se ven”, dice.

Un trabajo mucho más visible se enfoca en la recuperación de las visitas. Tras la reapertura en mayo, con mínima afluencia, ya a lo largo de setiembre se ve una mejora, alcanzando las cien personas diarias, la mitad que en la temporada prepandemia, desafiando incluso el necio cierre de la Plaza de Armas dictado por el Ejecutivo. El regreso del público es alentador, pues eso representan ingresos destinados al mantenimiento del espacio y los sueldos del personal, un equipo muy identificado con el espacio, y que en su mayoría trabajan en el palacio y la Catedral más de 30 años. “Cuando asumí el cargo, mi preocupación mayor era la seguridad de nuestro patrimonio tan valioso. Por eso instalamos nuevas cámaras, y reemplazamos los equipos de seguridad más antiguos. Sin embargo, la verdadera seguridad de ambos museos reposa en la gran confianza que representan los trabajadores antiguos”, afirma Castillo.

El tiempo perdido.

Durante el periodo de obligatorio cierre a causa de la pandemia, diferentes museos en Lima aprovecharon el tiempo para mirar hacia dentro, replantearse, reordenarse, hacer mejoras en sus instituciones y contenidos, Discutir su propio funcionamiento e incluso replantear su curaduría. Sin embargo, Castillo confiesa que muy poco pudo avanzarse en su institución. Sin embargo, tras la reapertura, se ha diseñado un plan de recuperación, conservación y limpieza. Asimismo, se ha proyectado una serie de vínculos con universidades y especialistas para trabajar nuevos guiones curatoriales, para generar un impacto en el visitante. Además de recuperar el tejido de socios estratégicos como el Ministerio de Cultura, Canatur, empresas de turismo e instituciones culturales.

Lo que sí se pudo avanzar en estos tiempos de puertas cerradas fue un trabajo en convenio con especialistas en ingeniería Civil de la Universidad Católica para estudiar el estado de las estructuras de la catedral. Como nos señala Castillo, Después de la década del 40 del siglo pasado, es sorprendente el comportamiento de ambos edificios luego de todos los terremotos y temblores que han sacudido la ciudad. “Gracias a estos trabajos hemos a conocer la tecnología de construcción utilizada para que los techos no fueran tan pesados, y cómo el uso de madera y de materiales más livianos como la quincha y el barro es muy conveniente. Sin embargo, este tipo de construcciones necesitan un mantenimiento permanente, pues suelen aparecen fisuras y filtraciones”, explica. Este diagnóstico especializado, que acabará en diciembre próximo, revelará el estado actual de las columnas, (unas de madera, otras de ladrillo y otras de adobe) para así, el próximo año, entrar a un trabajo de restauración y prevención.

Maqueta a escala de la Catedral de Lima, exhibida a la entrada del circuito. (Foto: ANTHONY RAMIREZ NIÑO DE GUZMAN)

El relanzamiento.

Si bien la reapertura de los espacios ya ha supuesto un enorme esfuerzo, Carlos Castillo prepara un relanzamiento de las instituciones que dirige. Sus expectativas son altas: una mayor afluencia de público siguiendo todas las medidas sanitarias, la realización de actividades como exposiciones, conferencias o presentaciones de libros. Hacer de la Catedral y del Palacio espacios abiertos para la investigación académica.

Como acciones puntuales para este relanzamiento se cuentan la capacitación especializada de los guías con apoyo de Promperu, abrir un nuevo ingreso por el Jirón Lampa, como respuesta al inconveniente del cierre de la Plaza de Armas, la renovación de los catálogos para visitantes y una modernización de la información, así como una nueva página web mucho más inmersiva. También se estudia lanzar una tienda de museo en la Catedral, con recuerdos y biblioteca. Cuando las condiciones sanitarias lo permitan, se abrirán visitas guiadas de noche, con varias rutas diseñadas.

Sumese a ellos iniciativas tan importantes como el diseño del logotipo del museo de la Catedral de Lima, el cual acaba de aprobarse internamente y se esperamos la aprobación del arzobispo para darlo a conocer. Asimismo, se busca que el Patio de los Naranjos se convierta en un espacio para la presentación de libros, y que preste servicio de cafetería para los visitantes.

Pero el cambio mayor tiene que ver con un replanteamiento del guion curatorial, un cambio profundo en la narrativa de ambos museos. En lo externo, se buscará corregir el desorden en la museografía de las exposiciones, que actualmente presentan diferentes estilos y conceptos, sin mantener una estructura clara. “Hay salas que están bien y otras no tienen ni un letrero”, lamenta Castillo, para quien la transformación más radical supone replantear el concepto de lo que se quiere transmitir con ambos museos. “Si bien la evangelización es el compromiso de la Iglesia, tenemos que pensar que estos museos son visitados por gente de toda fe y nacionalidad. Y un nuevo guion debe responder a eso” afirma el funcionario, quien espera ver hecha realidad la nueva propuesta de curaduría, trabajada con especialistas, para fines de febrero.

Otro aspecto que hace ver el giro en la administración del patrimonio artístico de la Iglesia Católica tiene que ver con las conversaciones iniciadas con la Dirección de Museos del Ministerio de cultura para inscribir a la Catedral y al Palacio Arzobispal dentro del Sistema Nacional de Museos, pasando por todo un proceso de inventario de sus colecciones. “El arzobispo me ha pedido que nos integremos a los demás museos. Esto no es solo patrimonio de la iglesia. Es un patrimonio nacional”, señala Castillo.

Vista desde la segunda planta del Palacio Arzobispal, desde donde pueden apreciarse sus características escaleras diseñadas por el arquitecto Ricardo Malachowski. (Foto: ANTHONY RAMIREZ NIÑO DE GUZMAN)

Dos instituciones con personalidad distinta.

Larga es la historia de la Catedral de Lima desde que Francisco Pizarro pusiera la primera piedra en 1535. Las crónicas cuentan que fue edificada en el lugar donde estuvo el adoratorio inca del puma inti y el palacio del príncipe cusqueño Sinchi Puma, descendiente directo de Sinchi Roca. La edificación de aquella primera iglesia se hizo bajo la advocación de Nuestra señora de la Asunción, y abrió sus puertas cinco años después. Establecido el Virreinato, en 1541 el Papa Paulo III emitió la bula que elevaba el pequeño templo a la categoría de catedral, la cual se empezó a construir al año siguiente, finalizada una década más tarde. Modesta y estrecha, pasó a tener como patrono a San Juan Evangelista. En 1564 el Arzobispo Jerónimo de Loayza decidió levantar un edificio suntuoso que rivalizara con la catedral de Sevilla, y se comienza una nueva construcción, cuyo trazo definitivo, a cabo del arquitecto Francisco Becerra, resultó en una iglesia de estilo renacentista, planta amplia y tres naves grandes y dos capillas laterales. Dos terremotos (en 1606 y 1609) devió soportar el proceso de construcción, hasta llegar a su fin en 1649. Un nuevo terremoto, en 1687, causó mucho daño a la catedral, pero fue el que sacudió Lima en 1746 la que la redujo a ruinas. Una nueva reconstrucción, dispuesta por el Virrey José Manso de Velasco, culminó en 1778, pero sus actuales torres campanario no llegaron a ser coronadas hasta 1797, concluidas por presbítero Matías Maestro.

Durante el agitado siglo XIX la catedral no recibió mayor mantenimiento, lo que la obligó a cerrar en 1893 a causa de su estado ruinoso, reinaugurándose cinco años más tarde, reconvertida en su interior. Nuevamente, en 1940 un nuevo terremoto le causaría daños de consideración lo que obligó a una total restauración dirigida por el arquitecto Emilio Harth-Terré. Desde 1991, la Catedral de Lima es considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad como parte del Centro Histórico de Lima.

Por su parte, el Palacio Arzobispal tiene su origen en la casa episcopal de la primera catedral y fue usado como sede del cabildo de Lima. Tradicional residencia del arzobispo, se desempeñó como sede administrativa de la Arquidiósesis de Lima, y en él se encontraban las oficinas administrativas del Arzobispado de Lima. Su edificación actual fue inaugurada a fines de 1924, durante el gobierno de Leguía. El palacio es considerado uno de los primeros ejemplos de estilo neocolonial en la arquitectura limeña, con el diseño del arquitecto polaco Ricardo de Jaxa Malachowski, quien se inspiró en el diseño del Palacio de Torre Tagle.

Dos construcciones contiguas pero con personalidades diferentes. La Catedral y su colección de arte cuyos estilos se fueron transformando a lo largo de cinco siglos. Y la colección del palacio arzobispal, basada en muebles y pinturas, corresponde a los objetos que tradicionalmente pertenecían a los arzobispos que lo habitaron, la capilla de la Virgen del Carmen, que rescató el interior de una iglesia colonial desaparecida, objetos de otras iglesias entregados en custodia, además de diversas donaciones de coleccionistas privados.

En la Catedral, entre su notable patrimonio cultural y artístico destacan los restos de Francisco Pizarro, y todos los hallazgos arqueológicos que rodean su descanso eterno. El coro, maravilla de la artesanía en madera, siempre luce impresionante. El público más joven, especialmente los niños, se apasiona por recorrer las tenebrosas e históricas criptas. Mientras que el Palacio Arzobispal sorprende por su exposición de iconografía mariana, sus muebles y sus artes decorativas. Y cómo no, su escalera diseñada por Malachowski, un espectáculo desde el punto de vista arquitectónico.

La especificidad de ambas instituciones obliga, como explica Castillo, a que ambas instituciones se dirijan respetando sus diferentes personalidades. “La Catedral es un espacio religioso, turístico y monumental. Tiene una carga histórica muy potente que va unida a la historia del país. Por su parte, el Palacio Arzobispal tiene un espíritu diferente. Además de su sentido religioso, está relacionado a las artes decorativas y a la arquitectura. Aún estamos definiendo la visión que queremos transmitir del Palacio Arzobispal”, añade.

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