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Semana Santa

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No está aquí ¡Ha resucitado! Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, presidió la misa del Domingo de Resurrección junto a Monseñor Guillermo Elías, en una celebración a puertas cerradas y televisada por los principales medios católicos del país. “En un día como hoy desde ese sepulcro de muerte, renació la Iglesia y comprendió con hondura que el Reino de Dios estaba más cerca de lo que pensaban” – comentó.

En una homilía compartida, Monseñor Elías, Obispo Auxiliar de Lima explicó que la “resurrección es el núcleo de nuestra fe, por consiguiente, la pauta de nuestro comportamiento, nuestro estilo de vida”.

En medio de esta situación, creer en la resurrección del Señor, significará ser testigos de la vida, ser testigos del resucitado

“Que vivamos la alegría de la Pascua, que hoy la anunciemos en esta situación compleja, que los papás le transmitan la alegría de la Pascua a sus hijos, que los esposos se la transmitan entre ellos, que los vecinos, que los hermanos nos trasmitamos la vida de formas diferentes a como lo hiciéramos antes, pero que la fuerza del resucitado nos acompañe” – señaló Monseñor Elías.

Mons. Castillo: Despertar a la esperanza superando la ceguera

Una Iglesia que empieza a amanecer, después de la noche oscura de la muerte de Jesús es una Iglesia que ha caminado mucho con Él durante toda su vida, y sabe que si debe seguir caminando, deberá reencontrarlo en cada oscuridad, tiniebla o situación de muerte. Hoy, esa es también nuestra noche oscura nueva y dura, la de una pandemia que nos asedia en un mundo global detenido, donde los mas pobres sufren y todos gravemente estamos amenazados. Pero si procedemos como la Iglesia de Juan encontraremos una luz.

La Iglesia de Juan escribe su Evangelio alrededor de los años 90 de la era cristiana. Habían pasado ya 60 años de la muerte y resurrección de Jesús, y después de esa tremenda y esperanzadora experiencia fundadora, las comunidades que continuaron su camino de fe por obra del Espíritu Santo, debieron afrontar sucesivamente otras situaciones trágicas: poco después de Jesús, el reinado de Calígula que se declara Dios, del 66 al 70 ocurrió la invasión de Tito a Jerusalén y fue destruido el templo, la dispersión de los judíos de cuyas sinagogas participan los cristianos, la persecución a los cristianos por varios emperadores, la expulsión de los cristianos de la sinagoga en los años 90 al 100.

La Iglesia de Juan no veía y no sabía a dónde ir, estaba ciega y desalojada. No veía ni podía entrar en el Reino de Dios, se sentía en una oscuridad total y fuera del reino que Jesús anunció.

Por ello, cuando vemos en este texto a María acercar al lugar donde supone que hay que buscar al Señor, pensando que incluso ese lugar de muerte podría ser un buen lugar para vivir el dolor en que se encontraba la Iglesia, se desespera porque “se lo han llevado y no sabemos dónde lo han puesto”. María no sabe que el “dónde” es el mismo Jesús, y la desesperación aún no le permite verlo y ver esta nueva realidad que es la búsqueda desesperada de toda la Iglesia, sonámbula, perdida, sin templo ni culto, ni norte, ni sentido, y ahora sin Jesús, solo sepulcro vacío: ¿Será a caso ese el lugar que buscaban?

María ve (blepo) que la piedra ha sido sacada. Este ver es un ver todavía superficial. Es la primera reacción de toda la Iglesia de Juan ante la tragedia que padece, empezar a ver desde la ceguera, pero solo superficialmente. Algo un poquito mejor que el no ver nada. Pero es un ver mínimo para salir corriendo a dar una alarma de robo a los discípulos.

Los discípulos corren y llega Juan, también “blepea”, es decir, ve con cierta superficialidad, desde fuera, no desde dentro.

Pedro, en cambio, llega y da un verdadero paso: entra en el sepulcro de veras, y no ve (blepo) sino teorein, o sea mira observando todo, de modo que distingue algo extraño, mientras las vendas están tiradas, en la cabecera, el sudario esta dobladito. Este ver, es observar. Pedro ha observado algo raro, pero todavía no es el ver mas profundo. No queda en la superficie, es desde dentro, constata pero no comprende qué pasa.

La última entrada es la de Juan, quien como parte de esta comunidad creyente está listo por la intimidad profunda con Jesús, su amigo, el discípulo amado. Dice el texto dos cosas “vio y creyó”, pero para creer firmemente y permanecer en la fe, como recuerda todo el Evangelio, se necesita un ver mas hondo todavía, por eso la palabra griega que usa es eiden, vio no solo observando sino apreciando y desde allí comprendiendo, equivale a “contempló y creyó”. No basta ver superficial o complejamente, hay que leer los signos con actitud contemplativa dejando que el Señor nos hable desde esos signos.

Fue desde ese día que la comunidad de Juan pudo renovar radicalmente su fe, porque renació de lo alto de la cruz del crucificado, para poder ver y entrar en el reino, el cual no veía y del cual estaba desalojada. A partir de aquí, la comunidad empieza el camino del testimonio, no pretendiendo identificar el culto o el lugar donde está Dios, sino asumiendo en su ser a Jesús para ser sus testigos, dejándose reengendrar de Jesús, apreciando y comprendiendo que cuando hay muerte se nos da el signo del Señor que vive, y cuando creemos esto comenzamos un camino inédito de creatividad que comienza con el enigma y termina con el testimonio. De aquí surgieron los adoradores en espíritu y en verdad.

Hoy que vemos el signo de la muerte arrasar con nuestras sociedades, y nuestras iglesias, es el momento de renovar nuestra fe desde el despojo y el desalojo, desde el miedo y la incertidumbre, desde el sepulcro que contemplado, es mas bien un útero que nos da a luz. Por ello, Jesús había dicho en el capítulo 16 de Juan que cuando la mujer está encinta tiene miedo porque se acercan los dolores, pero cuando nace el niño se alegra, porque un nuevo hombre le ha nacido al mundo.

En un día como hoy desde ese sepulcro de muerte, renació la Iglesia y comprendió con hondura que el Reino de Dios estaba más cerca de lo que pensaban.

Todo día de adversidad que pasa, es un día más para renacer de lo alto de la cruz, del agua y del espíritu, así superaremos nuestra ceguera y nuestro desalojo. Solo moraremos en la misión de Jesús que comenzamos a vivir esas 4 de la tarde. Y veremos al Señor en cada signo de adversidad para anunciarlo sin desfallecer.

Hay una canción que aprendí en Cerro de Pasco que se entonaba con un cierto dolor pero en el fondo con una gran esperanza, se decía que las lagrimas pueden servir de encanto para resucitar. Solo que el autor no quiere que su amada llore, que no sufra, que acepte la tragedia. Pero al final reclama otra vez la esperanza en medio de la tristeza, solo quiere despertar. Nosotros estamos también así, quisiéramos despertar de esta pesadilla, pero creo que es mejor que, entre otras cosas, lloremos con los que lloran, así resucitaremos como la Iglesia de Juan y de María Magdalena:

Cuando me vaya, cuando me ausente
Tendrás presente de no llorar
Porque tu llanto sirve de encanto,
capaz de muerto, resucitar.

Si por mi tumba pasas un día,
de mi agonía te acordarás
Solo te pido, vidita mía
No hay que sufrir, no hay que llorar

Dicen que la vida es sueño,
que todos quieren soñar,
sueño yo cosas tan tristes
que quisiera despertar.

Despertemos pues hermanos en medio del dolor y la agonía. Contemplemos a fondo todas las muertes y dolores de esta pandemia, que allí esta muriendo Jesús, pero también está naciendo una humanidad nueva si somos solidarios.  De la muerte y del sepulcro, Jesús, asumiendo esta y todas las tragedias y muertes, nos da la esperanza de que la última palabra no la tiene la muerte sino el Señor de la vida, que nos impulsa a esperar contra toda esperanza. Y nos llama a detener la epidemia que crece por el mundo a “30 minutos por segundo”. Hay hermanos y hermanas, todavía, muchísimo que hacer.