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Semana Santa

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En el Santuario de Las Nazarenas, se llevó a cabo el tradicional Sermón de las Siete Palabras, con la participación de los sacerdotes de nuestra Arquidiócesis de Lima. A continuación compartimos las frases más destacadas de este Viernes Santo.

Primera Palabra: «Padre, perdónalos porque no saben lo que haces»

Reflexión del Padre César Oré

La primera palabra de Jesús en la Cruz es una invocación a Dios, es una súplica, pero no por sí mismo, sino por los demás. Él es el inocente que se inmola, el sentenciado injustamente con la complicidad de aquellos que tenían que buscar la verdad y la justicia, aquel que calla y no se atrinchera ante sus verdugos, ni tampoco se victimiza.

El rostro de Dios que Jesucristo nos muestra, no es el de un Dios vengativo y justiciero, de un Dios lejano e imponente; es el Dios cercano que se deja ver en los gestos sencillos de amor verdadero, de ternura, de solidaridad, de compasión y de perdón; y que hemos podido ver a lo largo de estos tiempos difíciles que nos toca afrontar.

Aún nos conmueve el dolor humano por el fallecimiento de nuestros seres queridos a lo largo de esta Pandemia, así como las imágenes desgarradoras del sufrimiento producido por la guerra, el desentendimiento, la falta de posibilidades para el desarrollo de los pueblos, el hambre, la miseria, la enfermedad, la desolación, el abandono, la injusticia, la corrupción, la desesperación y el olvido.

Jesucristo no “utiliza” a Dios, ni el nombre de Dios para invocar una violencia que venga de lo alto, como sí se lo insinuaron en un momento algunos de sus discípulos: “Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?” (cfr. Lc 9,54).

No se puede utilizar la religión para justificar la violencia en el mundo, no se puede pretender utilizar a Dios para justificar el odio y la muerte, que tanto vemos a nuestro paso, signos de inhumanidad, signos de oscuridad, de ceguera; no se puede pretender utilizar a Dios para los propios fines y conveniencias: Dios no se presta al juego de la destrucción de sus hijos y de sus creaturas, de aquello que en su bondad nos ha sido confiado.

Una religión sin corazón, sin amor y perdón, es una religión sin Dios, pues “el nombre de Dios es misericordia” (Papa Francisco); el Dios de Jesucristo, el Padre, es misericordia. Jesucristo se abraza a la Cruz tan fuertemente en la entrega generosa de su vida que no puede hacer otra cosa que perdonar viviendo lo que ha aprendido y visto en el Padre, en su Padre.

El perdón que Dios ofrece es gratuito y transformante. Es mucho por lo cual tenemos que pedir perdón a Dios por nuestros pecados, nuestras fallas y limitaciones; somos frágiles sostenidos por Dios y estamos puestos en sus manos.

Vivamos este Viernes Santo como día de perdón desde la profundidad de la vida cristiana que hemos recibido y que quiere ser fecunda a través del perdón, el amor y la misericordia.

Segunda Palabra: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Reflexión del Padre Arturo Alcos.

El buen ladrón le dice: «Jesús, acuérdate de mi cuando entres a tu Reino». En el lenguaje de la Biblia, este verbo, acuérdate, tiene una fuerza particular porque es una palabra de certeza y de confianza. Y ante este pedido, Jesús le responde: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

El Señor decidió mirar con misericordia a un hombre que había cometido muchos pecados, un asesino, revoltoso. Pero este buen ladrón tuvo 4 cosas:

En primer lugar, se reconoció pecador como un gran ejemplo de conversión. Dimas sabe que la vida de los tres se va de un modo inexorable. El buen ladrón recuerda la Justicia divina, muy superior a la justicia humana, y como es lógico le invade el temor. Por eso le invita al arrepentimiento al otro ladrón; diciéndole: ¿Ni siquiera estando en el suplicio temes a Dios?

En segundo lugar, el buen ladrón comprende que sólo perdona de verdad el que ama. Y Jesús, en su primera palabra, perdonaba a los que le clavaron al madero. No pide un alivio para el dolor que padece, sino el consuelo del nuevo Reino que Jesús había instaurado.

En tercer lugar, el buen ladrón supo defender a Cristo. Y defender a Cristo significa defender la vida y la dignidad de la persona. La Iglesia Católica proclama que la vida humana es sagrada. Tenemos que defender la vida desde el primer instante de su concepción, hasta el último aliento. Creemos que toda persona tiene un valor inestimable, que las personas son más importantes que las cosas y que la medida de cada institución se basa en si amenaza o acrecienta la vida y la dignidad de la persona humana. Por lo tanto, toda persona tiene un derecho fundamental a la vida y un derecho a todo lo necesario para vivir con decencia.

Finalmente, el buen ladrón supo sufrir y aceptó morir: «Esto me toca a mi porque me lo merezco», es decir, aceptó lo que le correspondía en lugar de proferir insultos como el otro ladrón, renunciando a pelear contra Jesús. Ya en esta vida, la mayor felicidad se consigue en la amistad, porque el ser humano es esencialmente amoroso. En el cielo, la amistad plena y feliz, se da con Jesús Dios y Hombre verdadero, con Dios Padre, con Dios Espíritu Santo, con la Virgen Santísima y con todos los santos. Que asi sea. Que Dios los bendiga.

Tercera Palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre»

Reflexión del Padre Víctor Soliz.

El Señor ha querido fijar su mirada en el discípulo amado y María. ¿Quién es ese discípulo amado? Nos dice la tradición que es el apóstol Juan, pero en realidad ese discípulo amado, esa discípula amada, somos tú y yo hoy día.

¿Estamos recibiendo a María como nuestra madre? ¿La aceptamos como nuestra? Ella, asume en ese momento junto a Jesús, la voluntad del Padre Dios para que se involucre en el misterio de lo que está sucediendo. Y María quiere enseñarnos a ser discípulos de Cristo en cada momento y en cada circunstancia.

Hoy estamos llamados a seguir a Jesus, a seguir a María, a dejarnos inspirar por su Espíritu, a sentir cada palabra del Evangelio y llenar nuestro corazón de alegría. Como buena discípula, María meditaba todo lo que decía y hacía Jesús. En sus actitudes, hay que aprender de sus gestos, hay que aprender de sus palabras.

Cuarta Palabra: «Â¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

Reflexión del Padre Jaime Llamas.

En mayor o menor medida, todos comprendemos lo que es la soledad o el abandono, así como los efectos que eso puede llegar a tener en una persona. Cuántas profundas heridas a causa del abandono, cuántas vidas heridas por el egoísmo y la indiferencia. Es doloroso constatar que aún hay padres que abandonan a sus hijos, o hijos que abandonan a sus padres ancianos o en necesidad. Es duro reconocer que, en nuestra sociedad, hay tantos que son descartados y a los que a veces no prestamos atención ni ayudamos. Y nuestras indiferencias llevan a algunas personas a dudar de Dios o a sentirse abandonados de Él.

En labios de Jesús la frase: “Elí. Elí, lamá sabaktaní” que traducimos como “Dios mío, Dios mío. ¿por qué me has abandonado?” no es una frase que manifieste falta de fe, ni mucho menos una ofensa a Dios. Hay que considerar que, por una parte, el Señor Jesús expresa el sentimiento que lo embarga en ese momento, con ese dolor físico y moral indescriptibles, pues estaba cargando con las culpas de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero también con esta frase, representa a la humanidad sufriente y abre para ella una perspectiva de esperanza.

Por ello, no dudemos ni reneguemos de Dios en la tribulación. Más provecho espiritual sacaríamos al tomar conciencia de las muchas veces que los seres humanos abandonamos a Jesús para ir tras falsos dioses. En verdad, cuántas veces sustituimos a Dios al hacernos ídolos: el dinero, el desenfreno, el hedonismo, etc. Esa toma de conciencia de nuestros abandonos a Dios puede ser el inicio de una sincera conversión. En la Cruz, Jesús también experimentó nuestros injustos abandonos, sin embargo, nos sigue amando hasta el extremo y llamando a volver a Él.

Quinta Palabra: «Tengo Sed»

Reflexión del Padre Dionicio Alberca.

No se trata simplemente de la sed de un hombre crucificado que está a punto de morir, sino del último deseo del Dios hecho hombre, la Palabra hecha carne que puso su moral entre nosotros. Jesús tiene sed de hacer de este mundo el Reino de Dios, Él tiene sed de restablecer la comunión con Dios y la comunión entre los seres humanos.

Se ha exigido tantas veces – y se continúa exigiendo – que todos se laven las manos para no ser contagiados por el Covid-19, pero mucha gente no tiene agua para satisfacer sus necesidades básicas, y tiene que comprar el agua a precios exorbitantes. Nuestro pueblo tiene sed de un clamor que lamentablemente aún no es atendido, pero también hay otros tipos de sed que están a niveles más profundos y que se ignoran en todos los ámbitos de la vida.

Ante la crisis política, económica y moral, tenemos sed de bienestar, sed de justicia frente a una cultura del descarte y de tanta desigualdades, sed de paz en un mundo que se desangra por la violencia y la guerra, sed de asistencia médica gratuita y de calidad, sed de vivir con la dignidad de ser seres humanos e hijos de Dios.

Es necesario discernir los tipos de sed que tenemos como sociedad y como Iglesia de Lima. Todos tenemos sed de alegría, tratamos de evitar el vinagre de la amargura del odio y del rencor. Y para ello, es necesario hacer el discernimiento de la realidad para descubrir la voluntad de Dios. ¿Qué nos pide el Señor ante las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblo? La sed de Jesús nos compromete a satisfacer la sed de nuestro pueblo sufrido.

Sexta Palabra: «Todo está cumplido»

Reflexión de Fray Rafael Hurtado.

La muerte de Jesús representa también un acto de amor y de amistad por nosotros, especialmente por sus predilectos, los pobres, los excluidos, los migrantes, los pecadores. Elevado en la Cruz, Jesús muere amando, obedeciendo y confiando en la voluntad de Aquel que le ha enviado.

Al término de su vida, Jesús entendió que debía morir para dar vida, entregándolo todo para ganarnos a todos y confiar en su Santa obediencia a la voluntad del Padre. Jesús nos enseña que vivir no significa pasar por encima de los obstáculos, ni mucho menos al término de nuestra existencia, ganando el mundo entero con todas sus apetencias. La confirmación de nuestra misión en la vida, como en la de Jesús, consistirá aún aceptar la vida del Padre eterno.

Jesús cargó el pecado del mundo sobre sus hombros, y las faltas humanas cayeron sobre su cuerpo. Por eso, la plenitud y la consumación de nuestro Señor Jesucristo fue el amor total y completo que nos dio y dejó al mundo entero.

Con sus últimas palabras, Jesús nos ofrece la continuidad de su misión en clave de minoridad y salvación. Él nos insiste en despertar del sueño torpe e ilusorio al que la modernidad individualista y egoísta nos inducey fuerza a creer. Ahora es tiempo de consumar nuestra misión siguiendo a Jesús.

Séptima Palabra: «Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu»

Reflexión del Padre César Mesinas.

Con su última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, el Señor está afirmando que ha cumplido con su misión, ha hecho lo que tenía que hacer y cumplido con el encargo que el Padre le dio. El Señor ha dado la vida por todos, ha muerto por el bien de todos, y ahora, se dispone en las manos del Padre.

El Señor, a través del sacrificio de su vida, nos ha dejado muchas enseñanzas. Nosotros estamos llamados a aprender a ser como Jesús, a imitar sus gestos y sus actitudes, a recorrer sus mismos caminos, a ir de pueblo en pueblo para anunciar el Evangelio.

La respuesta de Jesús antes de su muerte, debe ser también la nuestra. Algún día nos tocará partir, porque todos tendremos que morir, no sabemos cuándo, unos antes, otros después, algún día tendremos que dejar esta historia. Lo mejor que nos podría pasar es que, cuando salgamos de este mundo hacia el encuentro con el Padre, podamos decirle al Señor, a nuestro Padre Dios: “¡Misión cumplida!”, porque en la rendición de cuentas nos van a preguntar qué hemos hecho con nuestra vida. No nos van a preguntar cuánta plata teníamos o qué ropa usábamos, la pregunta principal girará en torno a lo que hemos hecho en esta vida, cuánto hemos hamado y si hemos logrado cumplir con nuestra misión en el mundo.

Que esta Semana Santa nos ayude a todos a crecer como cristianos y a ser más efectivos en el cumplimiento de la misión que nos toca realizar. Amén. 

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