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Monseñor Carlos Castillo explicó que el Señor no asciende para desentenderse de los problemas de la humanidad y de nuestra pobreza. Él nos acompaña y nos deja la misión de pregonar el Evangelio siguiendo los mismos signos de sencillez y esperanza que testimonió, signos que podemos rastrear desde la experiencia de amor maternal que hemos recibido.

Frente a la Virgen de la Evangelización, el Prelado ofreció la Eucaristía por todas nuestras madres que celebran su día: «Aprendamos de las actitudes tiernas, humanas y profundas que María enseñó a Jesús para hacer que toda la humanidad adquiera la capacidad de amar poco a poco», comentó en su homilía.

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El aliento que recibimos de nuestras madres es la inspiración que hoy nos permite comprender el misterio de la Ascensión del Señor. El Evangelio de hoy (Marcos 6,15-20), da cuenta de tres signos importantes del Señor en su encuentro con los discípulos, y que Monseñor Castillo ha querido asociar con el testimonio de amor gratuito y fecundo que recibimos de mamá.

El primer signo es la atención del Señor a sus discípulos, que se preocupa de orientar y acompañar a sus discípulos antes de su ascensión: «Hay una huella permanente de Jesús a través de las cosas que dice y las actitudes que tiene, y que le vienen de María. Orientó su mirada para que Él siempre supiera que ser humano es ser siempre entrañable y desarrollar en forma humana aquello que el Padre tiene en forma divina un amor eterno por nosotros», expresó.

Este signo viene acompañado de unas palabras: “Quien se bautiza y crea, se salvará. Quien se resiste a creer, se condenará”. El arzobispo de Lima señaló que el Señor no ha venido a condenarnos, sino que cada quien se autoexcluye de esa invitación que nos da. «El Señor siempre nos ama, no nos quita su amor. Y eso es lo que pasa con la mamá: la condición humana de la maternidad nos llama de corazón a siempre acoger a todos. Así es el amor de Dios, así es el amor de una madre», agregó.

Cuando Jesús asciende, no se va como a las nubes, se va al futuro, está abriéndonos caminos para que todos vayamos donde Él va. Y eso pasa también con las mamás que, con su amor, siempre nos guían.

El Señor también dice: “echarán demonios en mi nombre”. Este signo nos recuerda a todos los «demonios» que las mamás «echaron» de nosotros: «La mamá tiene tal amor por nosotros que nos conoce y nos sabe decir las cosas. Y, por lo tanto, nos permite salir de nuestros enredos y entrampamientos», precisó.

Traducir el Evangelio a las situaciones concretas

El Señor adelanta a sus discípulos que “hablarán en lenguas”. El obispo de Lima explicó que uno de los problemas que tenemos en la Iglesia es que, a veces, «hablamos una lengua que los demás no conocen ni entienden». Por eso, tenemos que traducir el Evangelio a las situaciones concretas. Y añadió: «La Iglesia, hoy día, es universal y habla todos los idiomas del mundo. Pero hay otro lenguaje aquí que es muy importante: el lenguaje del corazón, que es el que tiene la mamá y, a veces, puede no decir las cosas con palabras, pero con una sola mirada, con el lenguaje de la ternura ya sabemos lo que nos quiere decir».

Finalmente, el Señor nos dice: “Cogerán serpientes en sus manos”. Monseñor Castillo recordó la especial advocación del Papa Francisco por la Virgen Desatadora de Nudos: «Â¡Cuántos nudos nos hacemos los humanos! Ese nudo en el que está el Perú es una de las cosas más terribles que nosotros, gracias a María, podemos aprender a desatar, porque el cristiano está para desatar nudos, para coger serpientes y sacarlas del enredo para que se pongan en su lugar y no ‘piquen’ y no den’ venenos’ a nadie», afirmó.

Este Evangelio nos está hablando directamente de Jesús e indirectamente de la mamá que lo formó, de María. Y estos signos que nos ha dejado el Señor para los discípulos tienen una actualización muy concreta en nuestras vidas.

En el VI domingo de Pascua, Monseñor Carlos Castillo recordó que el Señor nos ama gratuitamente y nos llama «sus amigos» porque quiere compartir con nosotros la alegría del anuncio del Evangelio. «Que cada uno de nosotros, en su ser personal y todos como comunidad, despertemos a un signo de Iglesia que sea testimonio alegre de la íntima amistad con Dios», manifestó en su homilía.

Junto a la imagen del Señor del Costado, el arzobispo de Lima pidió superar aquellas costumbres de las religiones ancestrales que nos impiden ver que en Dios no hay temor, solo amor. También exhortó a dejar «las actitudes clericales» que generan miedo en la gente y no permiten continuar el camino de la Iglesia sinodal.

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En su comentario del Evangelio de hoy ( Jn 15, 9-17 ), Monseñor Castillo sostuvo que el Señor ha venido a este mundo para revelarnos que Dios es amor y sólo amor, y que en Él no hay odio, temor ni venganza porque es nuestro Padre. “Como el Padre me amó, así los he amado yo. Permanezcan en mi amor”, dice Jesús a sus discípulos.

«Todo el camino de Jesús en los evangelios es una preciosa muestra de lo que tenemos que seguir para ser hijos y hermanos. Sin embargo, a veces, en nuestro norte de comprensión nos sentimos tentados a creernos superiores a los demás», advirtió el Prelado. Para evitarlo, tenemos que superar las ambiciones, los intereses personales y los complejos que nos alejan del sentido de hermandad al que nos convoca el Señor.

Vivir un cristianismo de alegría, no de tristezas

“Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor”, nos recuerda hoy Jesús. Y esto va más allá del cumplimiento de una orden o mandato, se trata de dejarnos inspirar por el Señor para amar como Él nos ha amado, gratuitamente. Y en el amor no puede haber temor ni tristeza, sino la alegría plena de sentirnos amados por Dios.

Todo nuestro pueblo tiene esa sensación de que la misa no puede ser tan triste y estar calladitos. Si la misa no es una fiesta, no expresa la alegría que el Señor quiere para nosotros y dejamos de ser Iglesia.

El arzobispo de Lima agregó que, muchas veces, tenemos un cristianismo “de tristezas”. A veces, «pensamos que tenemos que flagelarnos mucho, golpearnos y tocarnos el pecho, en vez de apreciar todas las gracias que Dios nos ha dado, especialmente, la gracia de ser hijos y de ser hermanos para vivir en esa alegría permanente».

Nos quedan resquicios de las religiones ancestrales que se han infiltrado en la historia de la Iglesia y en la fe. Debemos dejar las actitudes clericales que generan miedo y desesperación en la gente. Tenemos que ayudarnos mutuamente a corregir eso para ser un pueblo de hermanos que se estiman.

Vivir la amistad íntima con Dios

Junto al mandamiento del amor, el Señor nos lleva a dar otro paso importante: «a la amistad íntima con Dios», pues, a la vez de ser hijos, «somos sus amigos», refirió el arzobispo.

“Ya no los llamo siervos, ya no los llamo esclavos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. A ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre”, dice el Señor. Por lo tanto, la Iglesia también tiene que ser la «Iglesia de los ‘patas’ del alma del Señor» – acotó el obispo de Lima – «y esta dimensión de amigos es fundamental para existir, porque el Señor la opone a la idea de servidumbre y a esa actitud de miedo a ser castigados por Dios».

Jesús tiene esa gran capacidad de siempre valorar y reconocer a sus discípulos. A veces, los resondra un poco, pero es para alentarlos. Y siempre lo hace con delicadeza.

Monseñor Carlos señaló que, cuando celebramos al Señor en la Liturgia, todos nos unimos con respeto y con igualdad porque «todos somos iguales en la realidad de hermanos y de hijos». El problema ocurre cuando prevalecen las jerarquías y nos sentimos «dioses» al pensar que nunca podemos equivocarnos y somos perfectos. «Â¡No es así! Somos hijos, somos hermanos. El único Dios es nuestro Padre, que envió a su Hijo para mostrarnos su rostro amoroso», recalcó.

El Papa ha recogido esa antigua tradición de llamarle a la Iglesia: Iglesia sinodal, porque sinodal significa caminamos juntos el camino hacia Dios porque todos somos iguales. 

Jóvenes de la Catequesis de Confirmación de la Parroquia «El Sagrario»

La Eucaristía de este VI domingo de Pascua contó con la participación de la comunidad del Señor del Costado, de la región de Cajamarca, en el marco de sus 350 años e inicio del año jubilar. También se hizo presente la comunidad parroquial de La Inmaculada (Chiclayo) y la Asociación de Ex Alumnos Bentinianos, con motivo del 73° Aniversario de la creación del colegio.

En la Misa participaron los acólitos de la Parroquia San Juan de la Cruz y el Coro de la Parroquia Señor De la divina Misericordia, de Surco.

En este V domingo de Pascua, Monseñor Carlos Castillo recordó que, permaneciendo en fidelidad al Señor y acogiéndonos a su Palabra, es posible generar juntos una Iglesia fecunda.

Acompañado de un grupo de representantes de las comunidades campesinas de Catacaos (Piura), el Primado del Perú pidió por todas las víctimas que sufren la injusticia y el maltrato: «En unidad con el Santo Padre, oramos por nuestros hermanos campesinos para que en sus luchas y esfuerzos, se pueda llegar a la justicia de su causa», sostuvo. También rezó por los heridos y fallecidos, así como las personas de buena voluntad y periodistas que acompañaron este proceso.

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Comentando el Evangelio de Juan (15, 1-8), que narra la Parábola sobre la vid y los sarmientos, el arzobispo de Lima explicó que, a través de esta imagen campesina, el Señor quiere que repensemos nuestras vidas desde la Palabra y encontremos nuevos caminos de respuesta a los problemas que tenemos.

El Señor nos pide: “Permanezcan unidos a la vid”. Él es esa vid verdadera que nos renueva con su Palabra, su Padre es el viñador y «todos estamos entroncados con Él, de tal manera que hemos de dar fruto». Por eso, la cuestión central que nos plantea Jesús es «si somos fecundos en la fe o no».

El Señor también nos dice: “Ustedes están limpios por la palabra que les he manifestado”. Aquí no está hablando de una limpieza superficial – explicó el Prelado – se trata de una limpieza en nuestra manera de actuar. El proceso de limpieza al que se refiere Jesús no es para mantener las apariencias y actuar como «muchas religiones tipo ‘ñapancha’ (detergente)», que están todo el día «lava que lava» para parecer ‘puros’. Este es un llamado profundo «a ser generadores de vida y entrar al camino de la fecundidad».

La esterilidad es la consecuencia de un cristianismo de costumbres que no se entronca con Jesús como las ramas a la vid.

El Primado del Perú reiteró que todos estamos llamados a dejarnos «limpiar por la Palabra», sobre todo, cuando tenemos alguna responsabilidad en la dirigencia del país y en la Iglesia. «La vida cristiana no es un culto aparte de la vida histórica, la vida cristiana vivifica la historia y la acompaña. Tengamos la misma dinámica del Espíritu de Jesús que nos llena de vida y nos hace crear y hacer cosas adecuadas y justas», acotó.

Generar fecundamente una respuesta a las necesidades de todos hace posible que, inspirándonos en Jesús, siempre tengamos imaginación y “una santidad inteligente”, como diría el Papa.

El arzobispo de Lima precisó que ser cristiano no significa que uno puede hacer lo que quiere. «Eso es una equivocación que necesitamos corregir», aseveró.

Defender la vida en todas sus formas

En otro momento, dirigiéndose a los representantes de la Comisión de Vida y Familia que esta semana vivieron la «Semana de la Cultura por la vida», Monseñor Carlos aseguró que la defensa de la vida no puede reducirse únicamente a la defensa del niño no nacido, sino que «debemos unirnos para defender la vida en todas sus formas, la vida de la sociedad, la defensa de una vida justa y la defensa de nuestra ecología».

«La lucha por la vida tiene tres dimensiones: personal, social y ecológica. Y esto es muy importante porque soñamos con tener una marcha por la vida en nuestra Iglesia, pero será siempre por todas las vidas: por las vidas de las mujeres que se asesinan tan fuertemente en la historia de nuestro país, por la vida de los campesinos, por la vida de las personas que sufren, por la vida de los enfermos», reflexionó.

La Eucaristía de este domingo V de Pascua fue concelebrada por el obispo auxiliar emérito de Valencia, Monseñor Javier Salinas.

En el IV domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, Monseñor Carlos Castillo recordó que todos estamos llamados a ser pastores enamorados de nuestra vocación. Para ello, el Señor nos invita a descubrir nuestra misión en la historia, desarrollando nuestras capacidades y la vocación que nos ha dado.

En su alocución al Evangelio de hoy (Jn 10, 11-18), Monseñor Castillo afirmó que hemos sido creados por el Padre para estar acompañados de Él y cumplir nuestra misión en la vida. Por eso, en el día que la Iglesia universal celebra la 61 Jornada Mundial de las Vocaciones, la figura del Buen Pastor nos ayuda a comprender que «Dios no abandona a sus ovejas y Él da la vida por ellas». Ése es el camino al que todos estamos invitados, siguiendo esa «intuición de una inspiración del Espíritu Santo» que nos llama a asumir nuestra historia y misión.

Jesús, el Buen Pastor, asume en su historia, su misión. Y se da cuenta de que es el Hijo de Dios y, por lo tanto, practica el ser hermano de todos nosotros.

El arzobispo de Lima indicó que la oración por las vocaciones no solo es para pedir por los sacerdotes, sino por todas las vocaciones en el mundo, para que podamos desarrollar nuestras capacidades y descubrir la vocación que nos ha dado Dios en el misterio de nuestra vida personal.

Sin embargo, a veces, corremos el riesgo de confundir vocación con el ejercicio de una profesión. «Tenemos a muchos profesionales en el Perú que tienen su título en Azángaro, fotocopia de una falsedad» – advirtió. «Quien verdaderamente es creyente, sobre todo, en un país cristiano como el nuestro, no puede hacer “finta”. Tiene que reconocer sus valores, sus límites, sus esperanzas, sus posibilidades, y hacer como lo que hizo Jesús: aprender a ser Pastor de una misión universal para toda la humanidad», reflexionó el Prelado.

Todos tenemos vocación de pastores

Monseñor Castillo señaló que el día del Buen Pastor y las vocaciones en el mundo es también una invitación que se extiende a todos los seres humanos, porque «todos tenemos vocación de pastores»:

«No podemos decir que solamente los sacerdotes son los que deben ser buenos pastores, sino también los ingenieros, los abogados, los comerciantes, los gobernantes… todos tenemos que ser pastores porque somos cristianos. Y eso implica la dedicación profunda, pensar las 24 horas del día en aquellas personas que tengo a mi cargo», sostuvo.

Es la misión la que hace a la Iglesia, y es la misión la que hace al pastor. Cuando las cosas se hacen por vocación, se hacen por amor.

El Buen Pastor, prosiguió el Primado del Perú, conoce a sus ovejas, «se compromete con su gente, con nosotros y nos dice con suma libertad: A mí mi vida nadie me la quita, yo la doy libremente, yo la entrego libremente

Estas palabras del Señor implican un compromiso de entrega generosa y gratuita de la vida, asumiendo su misión. Este fue también el camino de tantos mártires de la Pandemia, como nuestros médicos y enfermeras que, pudiendo haber huido para no contagiarse del Covid-19, primó en ellos la misión de servicio por los demás y entregaron sus vidas para salvar las nuestras.

A imagen de Toribio de Mogrovejo, obispo Pastor

En esta semana, nuestra Iglesia peruana celebrará la Fiesta de Santo Toribio, patrón de nuestra Arquidiócesis, cuyas reliquias se vienen exponiendo en Catedral de Lima a todo el público.

Monseñor Carlos explicó que Toribio fue un obispo pastor que ha «marcado el carisma específico de nuestra Iglesia de Lima», siempre pensando en sus ovejas, aprendiendo el quechua para anunciar el Evangelio a los pueblos, caminando a pie por ciudades enteras y acompañando a la gente.

A inspiración de Santo Toribio, todos estamos tratando de rehacernos porque tenemos que ser una Iglesia más disponible y más acompañante de toda la gente, como lo hizo el Señor, que es nuestro Pastor.

La Santa Misa de este domingo IV de Pascua contó con la participación del Colegio de Biólogos del Perú, la Congregación de Hermanos Maristas del Perú y el Coro de la Parroquia San Norberto. La Eucaristía fue concelebrada por Monseñor Javier Salinas, obispo auxiliar emérito de Valencia.

Llegado el III domingo de Pascua, el arzobispo de Lima pidió superar los «fantasmas» y las «alucinaciones» que nos convierten en «cristianos volátiles que viven ‘en las nubes’ y de espaldas a la realidad».

Junto a los jóvenes de la Vicaría de la Juventud y en el Día del Catequista, el Primado del Perú hizo un llamado a que seamos evangelizadores y testigos del Señor, asumiendo un cristianismo con sentido crítico y mirada profunda de las situaciones que nos interpelan.

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En su alusión al Evangelio de hoy (Lc 24, 35-48), Monseñor Castillo ha puesto especial énfasis en las dificultades de los discípulos para reconocer que el Señor había resucitado. Pese a haber compartido muchas experiencias con Jesús, ellos creen estar viendo un fantasma.

Esto también puede ocurrir con nosotros, explicó el obispo de Lima, cuando nos hacemos ideas distorsionadas de Dios y las adaptamos a nuestros intereses, lógicas y prejuicios. En el caso de los discípulos, las costumbres de seis siglos de gobierno sacerdotal les impedían ver más que una sola dirección. Estaban tan habituados a la ley que se les «coló» una pizca del pensamiento saduceo (los saduceos no creían en la Resurrección).

Este también es el «fantasma» al que todos nos enfrentamos cuando no logramos identificar al Señor en nuestra realidad. Y este problema se presenta, inclusive, dentro de la Iglesia: «Cuántas personas se quejan cuando decimos que el rostro del Señor está en los pobres: – ¡Cómo va a ser!, responden. – ¡Jesús es el Rey resucitado! Príncipe, el dominador de toda la tierra, ¡Cómo va a estar en la imagen del pobre!, se piensa». Cuando esto pasa, sostuvo Monseñor Castillo, hay un estancamiento, porque no se pude ver más allá de los ritos y la parsimonia.

En ese sentido, el Prelado ha recordado que la Misa es una fiesta que hay que celebrarla «ardientemente», como dice el Papa. Sin embargo, a veces, orientamos nuestra mirada a los adornos y «fingimos vivir la vida cristiana», evadiendo los problemas graves que requieren atención y respuesta.

Un cristianismo «aterrizado», no en las nubes

Para ser testigos del Señor Resucitado, por tanto, tenemos que vivir un cristianismo «aterrizado» que nos ayude a salir de los fantasmas y de aquella mentalidad que nos aleja del amor misericordioso de Dios, que se ha encarnado en nuestra humanidad para acompañarla y alentarla.

Un buen ejemplo de dar testimonio verdadero del Señor está en nuestras madres de las ollas comunes, capaces de auto-organizarse para evitar que el hambre se siga propagando en la ciudad. También está el caso de los sacerdotes y obispos de la selva, que viven su fe con sencillez para adaptar las celebraciones litúrgicas a la realidad de sus pueblos, desplazándose en canoas y, en algunos casos, hablando en las lenguas de los pueblos originarios.

Necesitamos ir al fondo de las cosas, tomar lo esencial de la fe, lo fundamental. No podemos ser cristianos volátiles que viven «en las nubes». El Señor nos hace cristianos «aterrizados» para actuar en la realidad.

No evadir nuestro cristianismo y afrontar los problemas

En otro momento, el arzobispo de Lima recordó que los cristianos no podemos desentendernos de las situaciones más urgentes, sobre todo, las que requieren justicia. Esto lo sabe muy bien el Papa Francisco, quien ha enviado un sentido mensaje de solidaridad a las comunidades campesinas de Catacaos, en Piura, afectadas por la expropiación sistemática de sus tierras.

Dice el Santo Padre:

A los miembros de las comunidades campesinas de Piura. Yo sé lo que les pasa a ustedes. Defiendan la tierra, no se la dejen robar. Gracias por lo que hacen. Yo desde aquí rezo por ustedes y les estoy cercano.

Con gusto les doy mi bendición en el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Coraje y adelante!

Las palabras del Papa, manifestó el Monseñor Castillo, nos enseñan cómo ser testigos del Señor, actuando como lo hizo Jesús para «bajar de todas las alucinaciones de poder que nos hacemos de la fe y son un insulto a la cristiandad».

La Eucaristía de este domingo en Catedral de Lima contó con la participación de los representantes, coordinadores y agentes pastorales de la Vicaría de la Juventud, quienes se congregaron en asamblea para elegir el lema de la Jornada Arquidiocesana de la Juventud 2024. También se hizo presente Monseñor Javier Salinas, obispo auxiliar emérito de Valencia; y el Padre Rodolfo Silva, recientemente nombrado vicario de la juventud de Lima.

El arzobispo de Lima ha recordado la advocación del Señor de la Divina Misericordia que se celebra en el II domingo de Pascua para explicar que el punto central de nuestra fe «es siempre la misericordia de Dios con nosotros», revelado a través de Jesús en la Cruz, que se anonadó por amor para regenerarnos a una vida nueva.

Leer transcripción de homilía – II domingo de Pascua

Monseñor Castillo aseguró que la vida durable y plena que nos invita a vivir el Señor se concreta en este mundo cuando hacemos un mundo más justo y nos preocupamos por el Otro: «A veces, se piensa que la vida eterna es la del “más allá”. Hay vida eterna cuando amamos como Jesús nos amó; hay vida eterna cuando somos justos», aseveró.

Jesús en la Cruz perdona, es decir, tiene misericordia. Y lo primero que hace cuando se presenta a sus discípulos es decirles: “Paz a ustedes”. No es una paz irénica ni abstracta, es una paz fundamentada en el amor misericordioso.

Haciendo eco de las palabras del Papa Francisco en el Ángelus de hoy, el Prelado sostuvo que la vida no se puede reducir a una «carrera frenética por gozar y poseer muchas cosas, acumular dinero y sentir emociones fuertes y nuevas». No es así como se tiene la vida porque, “siguiendo los caminos del placer y del poder, no se encuentra la felicidad. De hecho, quedan sin respuesta muchos aspectos de la existencia, como por ejemplo, el amor, las experiencias inevitables de dolor, las limitaciones y la muerte”. (Palabras del Papa en el Regina Cieli, 7 abril 2024).

El obispo de Lima afirmó que nuestro Dios es fecundo porque nos genera y regenera con su testimonio. Es el Dios que «se anonada para crearnos y para darnos a su Hijo, que se sacrifica por amor en la Cruz».

La única religión en donde Dios baja y se sacrifica por nosotros es la religión cristiana. Estamos llamados a seguir a Dios en ese camino, amando y compartiendo lo que somos, dejándonos llevar por el amor dado gratuitamente.

Monseñor Castillo indicó que el Dios que se anonadó y despedazó por nosotros quiere que «repensemos el modo en que vivimos» para que en nuestras iglesias y comunidades «alentemos esa capacidad de amar que hoy es urgente en el país». El Primado del Perú dijo que la indiferencia y frivolidad no son actitudes cristianas: «No importa cuántas jaculatorias, rezos y flagelaciones nos hagamos, si no nos preocupamos por el Otro, no agradamos al verdadero Dios que es amor», precisó.

El testimonio de la Comunidad de San’t Egidio

En otro momento, el arzobispo de Lima saludó al movimiento de San’t Egidio en el marco de su 56 aniversario de fundación: «la comunidad fundada por Andrea Ricardi ha contribuido a mejorar el mundo desde el servicio a los más necesitados, así como sus constantes gestos en favor de la Paz».

Es precisamente el servicio desinteresado y gratuito «el punto de partida en el Evangelio que nos invita a renovarnos». Y junto a San’t Egidio está presente toda la comunidad consistente de la Parroquia San Lázaro, con sus más de 460 años dedicados a acompañar a los más pobres de nuestra historia, a los leprosos y los indios.

La Santa Misa de este II domingo de Pascua contó con la presencia del obispo auxiliar emérito de Valencia, Monseñor Javier Salinas. También estuvo presente el Padre Frederic Comalat y el Padre Emerson Velaysosa.

Al llegar el Domingo de Resurrección, Monseñor Carlos Castillo manifestó que la Resurrección del Señor «nos reengendra y regenera hacia una vida nueva» en la que todos estamos llamados a «compartir y ayudarnos solidariamente para superar todas las injusticias, los males y las frivolidades que todavía nos acechan».

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En su alusión al Evangelio de hoy (Juan 20, 1-9), el arzobispo de Lima explicó que el paso del Señor por la historia de la humanidad ha supuesto una entrega de amor gratuito y sin medida, a tal punto que tuvo que «atravesar la tremenda hondura de la muerte». Este es un misterio que la Iglesia demoró en comprender y que se ejemplifica claramente en la actitud de María Magdalena y los discípulos que encuentran el sepulcro vacío.

Esta sorpresa nos deja una importante lección: cada vez que nos disponemos a ver la realidad cara a cara, más aún, en momentos oscuros, se produce el atisbo de algo interesante que puede ocurrir y nos ayuda a pensar, a profundizar nuestra fe:

«Si hay algo importante de la Resurrección es que nos moviliza, nos hace cristianos dinámicos y nos hace buscar al Señor, explicarnos las cosas, pensar y comprender poco a poco hasta encontrar una convicción de vida que nos permita seguir pese a todas las dificultades», reflexionó el Prelado.

Dios mismo quitó la piedra – ha dicho hoy el Santo Padre – para que todos pudiéramos acceder a la vida que viene como consecuencia de que se es amado y se ama.

Frente a la novedad de la Resurrección, Monseñor Castillo propuso una lectura sobre los modos de ver que tuvo María Magdalena, Simón Pedro y Juan:

Una primera mirada sincera, pero limitada

En primer lugar, María Magdalena echa a correr y va a contar a los discípulos que â€œse han llevado del sepulcro a nuestro Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Este modo de ver «es un intento sincero de buscar al Señor porque se moviliza y nos recuerda que la Iglesia debe estar en movimiento. Sin embargo, no deja de ser una mirada limitada».

El obispo de Lima aseguró que esta actitud de mirar superficialmente se presenta cuando no queremos ver más allá de lo que somos o nos creemos: «Vivimos de lo que pensamos, de nosotros, no de lo que somos. Y para vivir realmente de lo que debemos ser, primero, es necesario ver en qué situación estamos», acotó.

Solamente cuando vemos cara a cara la realidad, algo se puede suscitar de esperanza. Y si hay algo que caracteriza a la fe cristiana es el realismo, no la loca ilusión, no la imaginación vana, no el creerse nada, sino el partir humildemente de la realidad.

Observar con detalle, pero sin mayor profundidad

El segundo modo de ver es representado en la actitud de Pedro: entra al Sepulcro, observa con detalle todo lo ocurrido, se fija en las vendas, en el sudario y queda enigmatizado. «Es una segunda manera de ver, pero es una manera que el Señor suscita en Pedro para hacernos ver a todos que podemos ver distintas cosas y estar de distintas maneras, pero siempre hay un núcleo central que es el que vamos a encontrar».

Mirar con hondura y creer en el Señor.

Finalmente, está Juan, el discípulo amado, que vio y creyó. Juan ve lo signos y cree con hondura. «Hoy día, estamos invitados a ver nuestra realidad y a creer, porque hay signos diseminados en toda nuestra vida y nuestra historia que son como las vendas y como el sudario, y que en el sepulcro de nuestra historia están comenzando a ser signos de esperanza y de resurrección», ha recalcado el arzobispo.

Y entre estos signos de esperanza está el caso de las ollas comunes, que ha sido una luz de esperanza en medio de la tragedia de la Pandemia, y que ahora vuelve a clamar nuestra acción y solidaridad para impedir que el hambre continúe azotando a nuestra ciudad, especialmente, en los cerros de Lima, donde se han formado nuevas poblaciones.

Hoy, todos estamos en el punto de partida de nuestra “Galilea peruana”. Y esa Galilea nos exige, con el mismo amor con el que el Señor nos amó, continuar su camino y adentrarnos en lo más profundo de los males y ayudarnos, perdonarnos y curarnos de nuestras heridas.

La Misa de Resurrección, celebrada en Catedral de Lima, contó con la asistencia del obispo auxiliar emérito de Valencia, Monseñor Javier Salinas. También se hicieron presentes las sagradas imágenes de Nuestra Señora de la Alegría y Cristo Resucitado, llevadas en procesión por la Hermandad de la Santísima Virgen del Carmen.

Cientos de fieles se congregaron en los exteriores de la Catedral de Lima para participar comunitariamente de la Misa de Domingo de Ramos, presidida por nuestro arzobispo de Lima, Monseñor Carlos Castillo. Junto a sus obispos auxiliares, el Prelado hizo un llamado a «volver a las raíces de la fe cristiana» y dejarnos inspirar por el Señor, que pasa por nuestras vidas, nos interpela, nos llama, nos acompaña y resucita para recrear nuestro país.

«Que esta Semana Santa sea motivo para que todos nos adentremos hondamente y nos identifiquemos con el anonadamiento de Jesús, que permite siempre dar oportunidad al Otro sin apabullarlo ni destruirlo», comentó en la homilía.

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Monseñor Castillo explicó que el Domingo de Ramos marca el inicio del «camino definitivo de Jesús», que siempre caminó en el corazón de su pueblo «para servirlo y no para servirse de él». Y su entrada triunfal a Jerusalén no es sinónimo de poder, sino un signo de esperanza para la humanidad que nos recuerda que debemos ser «servidores gratuitos y sencillos».

La Semana Santa, sostuvo, es «para tomarnos en serio» y «entrar a lo profundo» en el misterio de la muerte y Resurrección de Jesús, que es el «fundamento de toda esperanza en medio de los males, las hambrunas, las crisis, las guerras y las ambiciones que tenemos los humanos».

El arzobispo de Lima exhortó a vivir estos días de reflexión con un sentido de gratitud y conversión, dejando de lado ese «criterio un poco frívolo» de repetir las cosas por costumbre, sin seguir hondamente el camino de Jesús y dejarnos tocar por Él. «Si una fe no es capaz de transformar nuestra comunidad cristiana es porque esa fe tiene algo de estéril y superficial, algo de frívola», reiteró.

Estamos llenos de problemas espirituales que repercuten en la sociedad. Ahora que hemos venido para caminar con el Señor, tomemos en serio las consecuencias de ser cristianos y hagamos lo posible por dejar que el Espíritu del Señor invada todos los aspectos de nuestra vida.

El Primado del Perú ha resaltado la importancia de dejarnos convertir por el Señor en «hombres y mujeres nuevos que aprendan a amar a manos llenas», respetando el bien común con que se erigió la constitución primera del país. «Recordemos que todo nuestro país es una Nación que está al servicio de toda la Patria, y nadie puede ser dueño de ella, ni usarla para la vileza de la corrupción y los intereses propios, sino que todos participamos en común para ayudarnos», precisó.

Pensar en el bien de todos y no en el de unos pocos, supone «aprender a renunciar a nuestros intereses» para «ver cara a cara los problemas», sin esconderlos, sino tratándolos para conseguir un consenso general de paz y amistad.

Volver a nuestra hermandad original

En otro momento, Monseñor Castillo hizo eco de las palabras del Papa Francisco en el Ángelus de esta mañana, con su llamado a «volver a nuestra hermandad original» y pidiendo el cese de la violencia en la martiriada Ucrania, el fin de la guerra entre Israel y Gaza, y condenando los atentados terroristas en Rusia.

El buen cristiano sabe que hay que insistir en la Paz, en volver a nuestra hermandad original para no cometer el pecado original de «comernos» la reflexión y actuar por instinto, sin pensar.

A ejemplo de Toribio de Mogrovejo

Monseñor Castillo ha querido recordar, en este Domingo de Ramos, el testimonio de vida de Toribio de Mogrovejo, santo peruano y segundo arzobispo de Lima de la historia del Perú, que hace 418 años murió en Zaña, en la casa de un indio. «Su muerte es un signo de Cristo en nuestra historia que marcó definitivamente la vida de la Iglesia. Toribio de Mogrovejo se peruanizó con nosotros y, por eso, es el patrón de todos los obispos de América», expresó.

En memoria de Monseñor Romero

El arzobispo de Lima también ha tenido presente en sus oraciones a Monseñor Óscar Romero, que «derramó su sangre, como Jesús,» y fue «asesinado en el Altar» por hablar con claridad y buscar la reconciliación del país, elevando su voz para decir que, ante una orden de matar, primero, debe primar la ley de Dios antes que la ley de los hombres.

Todos unidos, levantando nuestros ramos con alegría, caminemos hacia Jerusalén con Jesús para compartir el pan y la vida.

La Eucaristía de este Domingo de Ramos contó con la presencia de los obispos auxiliares de Lima: Monseñor Guillermo Elías, Monseñor Ricardo Rodríguez, Monseñor Juan José Salaverry, y Monseñor Guillermo Cornejo. También nos acompañó el Coro Arquidiocesano Juvenil de Lima.

A vísperas del Domingo de Ramos, la Basílica Catedral de Lima recibió la visita de las sagradas imágenes del Señor del Santuario de Santa Catalina y el Señor del Santuario de Santa Catalina.

En el V domingo de Cuaresma, Monseñor Carlos Castillo afirmó que el Señor ha venido a este mundo para mostrarnos que la verdadera gloria está en el compartir con los demás, donando nuestra vida por amor, como lo hizo Jesús en la Cruz. «Pidamos a Dios que nos llene de fecundidad y generatividad, sobre todo, a quienes estamos al frente de la dirigencia nacional, para que recordemos que estamos para servir y no servirnos del pueblo», aseveró. (leer homilía)

Al frente de la imagen del Señor Crucificado del Rímac, el arzobispo de Lima anunció que, durante esta Semana Santa y todo el tiempo de Pascua, las parroquias de nuestra jurisdicción se convertirán en centros de acopio para recibir las donaciones de víveres y menestras que se compartirán con las madres de las ollas comunes.

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Monseñor Castillo inició su homilía recordando la promesa de la nueva alianza que Dios comunica al profeta Jeremías (31, 31-34), alianza sellada por Jesús, que nos muestra el verdadero rostro de un Dios que nos acompaña y es generoso con la humanidad. Esta alianza no se basa en los holocaustos ni sacrificios, sino en el amor gratuito de un Padre capaz de perdonar nuestras culpas y errores.

Más de 20 siglos después, esta revelación de Dios con la humanidad todavía es difícil de comprender, sobre todo, cuando «nos hacemos imágenes de Dios» y corremos el riesgo de «endiosarnos» por tener un mínimo de poder. «A veces, nos formamos ideas de Dios que son a imagen y semejanza nuestra, pero que no son reflejo de la misericordia del Señor, dispuesto a dar su vida por amor», expresó el arzobispo.

Jesús, por tanto, acepta el camino de una condena injusta como consecuencia de ese anuncio de amor y perdón para liberarnos de «esta imagen terrorífica de un Dios vengativo que busca infundir el miedo y la destrucción del mundo». Dios quiere promovernos y ayudarnos a reconocer nuestros límites y pecados, y así comprender el misterio de que «solamente con el amor podemos ser plenamente humanos y felices».

En ese sentido, el Evangelio de hoy (Jn 12, 20-33), nos presenta a Jesús anunciando que «ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado», en alusión al difícil camino que le espera. Pero, ¿cómo es posible que, en el sufrimiento de la Cruz, se produzca la gloria? El Señor ha venido para mostrarnos que la «gloria se manifiesta en toda acción de entrega desinteresada y sacrificio de amor». Eso nos ha sido revelado por el «Dios crucificado, el Mesías ‘derrotado’ que amó al mundo hasta el extremo y dio su vida».

Si seguimos el mismo camino del Señor, quizás, no veremos muchos éxitos ni glorias inmediatas, pero veremos la gloria verdadera, que es la gloria del amor pleno de la felicidad.

Al acercarse la Semana Santa, el obispo de Lima explicó que «la gloria verdadera está en el compartir y dar», ayunando de todo aquello que nos impide desarrollarnos como país, de nuestras indiferencias y egoísmos. «No hay mejor ayuno que el poder compartir nuestro pan y ayunar», precisó.

La gloria verdadera es la fecundidad y la generatividad. Estemos dispuestos a cambiar, reconociendo que el Señor nos invita a servir desde esa gloriosa Cruz.

En otro momento, el Monseñor Castillo sostuvo que nuestra historia peruana también está repleta de tantos sacrificios por amor, desde los mártires que dieron su vida por nuestra Patria, hasta las madres de las ollas comunes que se sacan el pan de la boca para llevarles el alimento a sus hijos. Por eso, el Prelado hizo un llamado a la organización de todas las parroquias de Lima para generar espacios que sean centros de acopio de alimentos y apoyar a las ollas comunes de los cerros de la ciudad.

El Primado del Perú ofreció la Eucaristía de este V domingo de Cuaresma por el pueblo hermano de Haití, para que pueda recuperarse y reconstituir sus instituciones.

La Santa Misa en la Catedral de Lima contó con la presencia de la Hermandad del Señor Crucificado del Rímac, representantes de grupos de artesanos peruanos, representantes de la ex Guardia Republicana y el Coro Juvenil Arquidiocesano.

En el IV domingo de Cuaresma, Monseñor Carlos Castillo recordó que el Señor nos ama gratuitamente y quiere transformar nuestras vidas. «Intentemos mirar a Jesús, que se ha elevado para compartirse en Pan y vida. Él nos ama y nos transforma para salir a compartir el pan con los demás». (leer homilía completa)

Escuchando el clamor de nuestras madres de las ollas comunes, el arzobispo de Lima anunció que el camino restante de la Cuaresma y toda la Semana Santa estará dedicada a «compartir el pan y enfrentar la hambruna» que hay en las poblaciones marginales. El Prelado adelantó que todas las Parroquias de la Arquidiócesis se convertirán en centros de acopio para recibir donaciones de víveres y menestras.

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En su meditación sobre el Evangelio de Juan (3, 14-21), que narra el diálogo entre Jesús y Nicodemo, Monseñor Castillo hizo énfasis en las palabras del Señor: “Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”.

Esta imagen – explicó el obispo de Lima – representa el camino de conversión que estamos viviendo en este tiempo de Cuaresma: contemplar al Señor en la Eucaristía, alimentarnos de Él, que es el Pan vivo bajado del cielo, y dejarnos transformar para salir a compartir el pan con los demás.

Para ello, es necesario el reconocimiento de nuestros límites y pecados, especialmente, cuando somos indiferentes ante el sufrimiento del Otro: «A veces, pensamos que tenemos la salvación asegurada porque vamos mucho a Misa. La vida cristiana no es individual, sino que se manifiesta en la historia de nuestros pueblos, en el corazón de sus problemas».

Buscar soluciones democráticas a los urgentes problemas que nos agobian

Haciendo eco al pronunciamiento de los Obispos del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Peruana sobre la grave crisis política, el Prelado exhortó a que nuestras autoridades «dejen intereses particulares» y encuentren, a través del diálogo, una salida constitucional y democrática. «No se puede prescindir de un órgano constitucional tan importante como, en este caso, es la Junta Nacional de Justicia», refirió.

En nuestra condición de pastores y de ciudadanos, invocamos a nuestras autoridades a buscar soluciones eficaces a los urgentes problemas que agobian a nuestro pueblo: en su salud, en la educación, en las economías ilegales, en la destrucción de nuestra Amazonía, en la delincuencia, en el sicariato. Son problemas que nos tienen en permanente zozobra y afectan nuestra sociedad.

El Primado del Perú sostuvo que uno de los peores males que podemos vivir es incentivar el individualismo. Esta «tendencia a ver lo propio» y «no el interés de todo» se agrava más por la situación económica en que nos encontramos, donde el costo de vida crece y el hambre se multiplica.

«No es posible que, como Estado, se pretenda hacer un ‘metraje’ de la ayuda que se brinda a las ollas comunes por cada 500 m2. Tenemos cerros de cerros de nuevas poblaciones migrantes que necesitan ayuda y que se organizan para hacer su olla común. El Estado está llamado a solucionar y a responder al problema grande», manifestó.

La Iglesia, desde la fundación de la República, puso en la Constitución, a través de los sacerdotes que participaron en el primer congreso, que esta es una sociedad formada en una nación, formada por todos los pueblos y no pertenece a ninguna familia ni a ningún privilegiado. Todos nos debemos al bien común de la Patria.

Coro Arquidiocesano Juvenil de Lima

Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no

En otro momento, Monseñor Carlos adelantó que, «escuchando el clamor de nuestras hermanas de las ollas comunes», la Iglesia de Lima dedicará toda la Semana Santa a responder el problema de la hambruna en las poblaciones más marginales. Para ello, se ha dispuesto que todas las Parroquias de nuestra Arquidiócesis se conviertan en centros de acopio y reciban las donaciones de víveres y menestras que nuestro pueblo comparta. Todo lo reunido será distribuido por Cáritas Lima a las zonas de mayor necesidad de nuestra ciudad.

Hemos puesto como lema de la próxima Semana Santa: “Compartiendo, como Jesús, el pan y la vida, saciemos el hambre de nuestro pueblo”.

Esta iniciativa de la sociedad civil y de la Iglesia es una invocación a «movilizarnos para solucionar el hambre del pan» y no quedarnos quietos. Como dijo el Papa San Juan Pablo II: “Hambre de Dios, sí; hambre del pan, no”. Y como Iglesia de Lima tenemos que «dar un testimonio evangelizador» con el servicio y la entrega de nuestras vidas.

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