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Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, reflexionó sobre la importancia de construir una Iglesia participativa, misionera y en salida, capaz de ayudarnos e inspirarnos a crear un mundo participativo que escuche los clamores, los deseos y las necesidades de la gente: «A veces hay que mirar al cielo, mirar al Sagrario, orar y estar en momentos especiales de recogimiento, pero no para quedarnos ahí. No somos católicos de sacristía, somos católicos, somos cristianos universales que entran en relación personal y social con los demás y reconstruyen los lazos destruidos de la humanidad y de nuestro país», dijo en la homilía de este VII Domingo de Pascua (leer homilía completa).

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos.

En el día que celebramos la Fiesta de la Solemnidad de la Ascensión del Señor, Monseñor Castillo recordó que Jesús incorpora como principio a toda la humanidad en la vida plena de Dios: «y por lo tanto, nos señala nuestro destino, que es gozar plenamente como seres humanos resucitados como Él de la gloria de Dios, para que todo el mundo creado, participando de esa gloria, pueda ser el reino prometido», agregó el prelado.

Comentando el Evangelio de Juan (17, 11-19), el Arzobispo destacó los signos palpables que tuvo el Señor durante los 40 días previos a su Ascensión para explicarle a sus discípulos acerca del Reino de Dios: «40 días es una cifra de crisis humana, de crisis espiritual, en donde no se sabe qué hacer, en donde se siente desesperación y no se sabe qué cosa hacer en concreto que pueda solucionar los problemas. En medio de los 40 días significa en medio de su crisis y de sus problemas, significa que Dios reina en la vida de Israel en medio de sus problemas», acotó.

¿Y qué cosa les anuncia el Señor? Que serán bautizados en el Espíritu para que ellos también anuncien el Evangelio. Jesús ve las cosas con mucha mayor profundidad y entiende que los problemas básicos de toda humanidad, sobre todo cuando se está en una crisis, es nutrirse del Espíritu de Dios.

Todos los católicos, todos los cristianos, los creyentes en Cristo en nuestro país, estamos llamados en este momento tan difícil a ser testigos del amor de Dios. Y ser testigos significa tener sensibilidad profunda, no solamente para ayudar al hermano concreto que necesita, sino también ayudar a todo el país que clama en el dolor por la marginación, la pobreza, el hambre, la falta de trabajo, la desesperación. El cristiano es una persona dinámica que, gracias al amor del Señor, permanece siendo fiel cada vez y aprendiendo a ser fiel.

«Hoy día el texto nos muestra que los discípulos estaban ‘plantados’ mirando al Señor y quedándose ahí petrificados, esclerotizados, fijados. Y aparecen dos hombres vestidos de blanco – que suponemos que tienen el nombre de Ángeles – y les dicen: “Galileos ¿Qué hacen allí, plantados mirando al cielo?”. Esto es sumamente importante porque, a veces pensamos que ser cristiano es solamente rezar. También es rezar, es mirar al cielo, es abrir el corazón al Señor, pero no solo eso, sino que hay que recibir el Espíritu. Uno mira y reza para recibir el Espíritu que le permite transformar su vida en una vida de amor para ser misionero», explicó Carlos Castillo.

Tenemos que ponernos de acuerdo y todos tenemos que participar. Ésa Iglesia participativa también debe ayudarnos a todos a inspirar un mundo participativo, en donde tengamos capacidad de escuchar los clamores, los deseos, las necesidades de la gente.

«Hoy día también, inspirados en ese texto, vamos a pedirle al Señor que ese Bautismo que hemos recibido todos en su mayoría y los que vendrán también en el Espíritu Santo, nos haga personas sensibles al amor de Dios en estas circunstancias y en todos los niveles: personal, familiar, barrial, social, y también en la política; de tal manera que en todos los niveles, con la inspiración del Señor, veamos lo más adecuado y justo, y sepamos actuar con sabiduría, con inteligencia, porque estamos llamados a un cristianismo con una inteligencia que brota del saber. Y el saber no es una cuestión solamente intelectual, ‘saber’ viene de sabor, y a veces, en este catolicismo anquilosado, estancado, petrificado, a veces hemos perdido el sabor», meditó el Arzobispo.

Antes de finalizar, Monseñor Castillo afirmó que Jesús no fue al cielo para desentenderse de nuestros problemas, sino para que, amándose con el Padre, pueda irradiar su amor a la humanidad. Y para explicar esto, recordó una imagen de La Trinidad que permanece en la Iglesia San Lázaro del Rímac:

«En la Iglesia de San Lázaro, de la cual fui párroco, hay una imagen de la Trinidad que no he encontrado en ninguna otra parte, en donde Jesús está sentado a la derecha del Padre, pero no sentado como el rey y su príncipe, sino están abrazándose, el Padre y el Hijo. Está sentado a la derecha, pero están sentados abrazándose, es decir, como signo de amor. Y de donde nace el Espíritu Santo que, luego, va bajar a nosotros. Es un cielo que permanece abierto y que permite, entonces, que la comunicación entre Dios y los seres humanos se dé fluidamente», resaltó el Obispo de Lima.

El Arzobispo de Lima reiteró que toda la humanidad está llamada a nutrirse del Espíritu de Jesús y seguir el mismo camino: «y quien todavía no cree, como dice en el Evangelio, de repente se condene, pero el Señor lo seguirá buscando para que pueda convertirse en el amor, cosa accesible a todo ser humano y posible para todos».

En el VI Domingo de Pascua, día en que también celebramos y recordamos a nuestras madres peruanas, el Arzobispo de Lima, Monseñor Carlos Castillo, hizo un contundente llamado a superar un catolicismo individualista que sólo piensa en sí mismo, en salvar su alma y es indiferente a la realidad, denigrando a todo aquel que no comparta el mismo pensamiento:

«Estamos llamados a entrar en el amor y escuchar los clamores de quien sufre, unirnos a él, tratar de comprender por qué suceden las cosas y no satanizar a nadie ni tampoco desearle la muerte. Dios no es terror, Dios no es miedo, Dios no es venganza, Dios no es juicio y dureza. Dios es un amor gratuito, generoso y generador de vida», reflexionó durante su homilía (leer transcripción).

Homilía de Monseñor Carlos Castillo – Transcripción

Refiriéndose al Evangelio de Juan (15, 9-17), que nos llama a amarnos los unos a los otros como el Señor nos ha amado, el Arzobispo Castillo recordó que Dios se ha revelado a través del amor, a través de su Hijo: «se emplea la palabra ‘mandamiento’ porque en la religión hebrea todo se hacía por medio de los mandamientos, pero aquí se trata de un mandamiento nuevo que, además de ser una orden, es un principio de vida, porque nos revela que nosotros por ser amados por Jesús, también somos Hijos de Dios desde la creación de nuestro ser», explicó.

«La humanidad es una ‘humanidad hija‘ – prosiguió Monseñor Carlos – lo más precioso que tiene la fe cristiana es que anuncia a las religiones del mundo y a toda la humanidad que Dios no es terror, Dios no es miedo, Dios no es venganza, Dios no es juicio y dureza. Dios es un amor gratuito, generoso y generador de vida. Gratuito porque no nos cobra por amarnos. Generoso porque es abundante, y además, Generador de vida, porque nos lo da a nosotros, para que nosotros también amemos como Él nos ama», acotó.

Escuchar los clamores de quien sufre sin ‘satanizar’ a nadie.

El Obispo de Lima señaló que la revelación de este nuevo mandamiento nos coloca como personas generadoras: «todos hemos nacido para generar vida, para tratarnos como hermanos, para no condenarnos mutuamente, para no juzgarnos sino para apreciarnos. Y todos sabemos que el Señor nos ama a todos porque Él ama como el Padre lo amó, y por lo tanto, todos somos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros».

Si cuando el niño se porta mal le decimos: ‘te mato’ – a veces, hay exageraciones del lenguaje, que nos hace decir cosas inapropiadas – eso destruye las relaciones por la costumbre de una sociedad en donde nos hemos tratado como siervos y como patrones. Y justamente eso es lo que viene a superar Jesús. Y una cosa seria es que no se note en nuestro cristianismo.

Parafraseando a César Delgado Barreto, Monseñor Carlos Castillo exhortó a que podamos superar ese tipo de catolicismo individualista que vive de espaldas a las periferias: «tenemos un catolicismo individualista que sólo quiere salvar su alma y que es indiferente a la realidad, y que en función de salvar su alma, solo piensa en sí mismo y, entonces, denigra contra todo aquel que no piense como él. Ese catolicismo tenemos que superar», precisó.

Estamos llamados a entrar en el amor y escuchar los clamores de quien sufre, unirnos a él, tratar de comprender por qué suceden las cosas y no satanizar a nadie ni tampoco desearle la muerte, que son cosas muy graves en el lenguaje nuestro y que pueden llevar al encono mayor y a la destrucción. Cuidemos no solamente nuestras expresiones, sino nuestras actitudes.

Carlos Castillo aclaró también que la amistad y la fraternidad no son sinónimos de ‘amigotes’ que arreglan las cosas debajo de la mesa: «tratémonos como amigos verdaderos, que significa decirnos las cosas y ayudarnos a corregirnos mutuamente, porque todos somos peruanos, todos somos hermanos – fratelli tutti como dice  el Santo Padre – y especialmente esto lo queremos reconocer en las madres que experimentan cómo es el Padre celestial, porque ellas mismas llevan en su ser a los hijos».

Hoy día que estamos todos frágiles, el Señor desarrolla mucho más su capacidad maternal con nosotros. Y justamente han sido las mamás, en estos dos años de Pandemia, que se han unido para poder dar de comer a sus hijos, para salvarlos de las situaciones difíciles.

El Monseñor Carlos también aseguró que, en medio de esta tragedia, está nuestro pueblo aprendiendo a amar: «como católicos debemos formar parte de esta gran corriente de amor que está surgiendo. Por eso, pedimos a Dios que nos ayude en ese camino y sigamos unidos al camino de las mamás para resucitar y tener vida, vida plena», finalizó.

En el Domingo V de Pascua, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, hizo un llamado a vivir un cristianismo capaz de superar la esterilidad para generar vida, lazos humanos, personas dignas y felices que inunden de felicidad a la humanidad: «Es necesario que, en el proceso de la vida de una persona, de una comunidad, de una familia, de un barrio, de una región o de un país, nos ayudemos mutuamente a arrancar aquellos frutos o aquellas ramas que no permiten la fecundidad(…) Y uno de los grandes problemas que tenemos, inclusive en la Iglesia, es el veneno de la esterilidad, de una Iglesia rutinaria que solamente repite las cosas, que no sabe vivir los acontecimientos de la historia, vivir y caminar con la historia», reflexionó. (leer homilía completa)

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo.

Comentando el Evangelio de Juan (15, 1-8), que narra la Parábola de la vid y las ramas, el Arzobispo indicó que el Señor nos prepara hacia la Pascua de Pentecostés comparándose con la imagen de la vid para alentarnos a comprender el camino de la resurrección y de la vida: «la vid es una planta, una enredadera con ramitas pequeñas que se llaman sarmientos. Para que un sarmiento dé fruto, necesita estar muy atada a todo el tronco y a toda la enredadera, porque de lo contrario, no le llega la savia del alimento que viene de la tierra, del agua y de la raíz», explicó.

Por eso decimos que Jesús es la vid, porque viene a traernos el ‘vino nuevo’ que alegra el corazón: «Dios vino para hacernos alegres, y para que en esa alegría aprendamos, reuniéndonos, la fuerza de la alegría, gozar plenamente de la fecundidad y de la abundancia», señaló Monseñor Carlos.

El objetivo de esta Parábola es ayudarnos a todos a comprender que ser cristiano no es ser una persona estéril, encerrada en sí misma, que se ahorra la comunicación y el fruto. Ser cristiano es superar la esterilidad con la fecundidad, generar vida, lazos humanos, relaciones, personas dignas, personas felices, inundar de felicidad a la humanidad.

Al recurrir a la imagen de la vid, Jesús también quiere explicarnos la importancia de los cuidados y los procesos que se tienen para que toda planta dé buenos frutos: «lo que quiere Jesús transmitirnos es el cuidado del Padre, ese cuidado sencillo que lo tenemos todos cuando nacemos, cuando nuestras madres nos acompañan, nos ‘apapachan’, nos reciben con alegría, nos ponen un nombre y hacen que seamos personas dignas, bellas, alegres, esperanzadas desde niños. Y que se puede interrumpir por el descuido, por la trivialidad, por la esterilidad de una vida encerrada en sí misma», manifestó el prelado.

Es necesario que, en el proceso de la vida de una persona, de una comunidad, de una familia, de un barrio, de una región o de un país, nos ayudemos mutuamente a arrancar aquellos frutos o aquellas ramas que no permiten la fecundidad.

Y para que seamos fecundos, Jesús nos pide que permanezcamos en Él, aseguró Carlos Castillo: «más que una orden, es una petición, es una recomendación profunda, un llamado profundo. A veces pensamos que Jesús es una especie de dictador que manda siempre las cosas. Jesús siempre sugiere algo que es para beneficio nuestro, y nos inspira por eso, porque en vez de mandar, Él se coloca en la misma actitud del Padre que cuida y que hace recomendaciones y consejos. Y el más grande consejo es: ‘permanezcan en mí y yo permaneceré en ustedes'».

Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Jesús, que viene a mostrarnos cuál es esa semejanza que podemos tener con Dios: el permanecer en el amor, atentos a desarrollar toda la capacidad de amar que tenemos.

El Arzobispo de Lima reiteró que Jesús nos invita a ahondar en las personas, a entrar en un camino de meditación para no hacer las cosas apuradas y derrochar esterilidad: «solamente la trivialidad, el no ahondar en Jesús, o el no ahondar también por parte de personas que no son tan creyentes, nos enferma. No se trata de ofrecer o hacer más cosas, sino hacer lo profundo que nos lleva a ser felices. Y es necesario que nos corrijamos, que el Señor nos ‘pode’ de las superficialidades, de las ligerezas, y sobre todo, de la frivolidad con que hemos tratado a nuestro país en este tiempo», precisó.

No hay desesperación que no pueda ser calmada por la meditación honda de lo que el Señor nos quiere revelar, el amor que todos llevamos dentro y que podemos realizar porque venimos de Él.

En ese sentido, Monseñor Castillo dijo que la preocupación de Jesús por la fecundidad se dirige al mundo y a la Iglesia: «no a un mundo estéril que lo único que hace es producir cosas en serie, eso puede ser interesante y útil, pero no estamos para producir, estamos para generar vida. Y eso requiere de parte de todos nosotros, convencernos de que, si la vida la vivimos infecundamente, estérilmente, no estamos siendo humanos ni tampoco cristianos. Y uno de los grandes problemas que tenemos, inclusive en la Iglesia, es el veneno de la esterilidad, de una Iglesia rutinaria que solamente repite las cosas, que no sabe vivir los acontecimientos de la historia y vivir y caminar con la historia», acotó.

Qué difícil es afirmar la generatividad en medio de tanta muerte y tanta destrucción, pero es posible hacerla porque la humanidad está necesitada de la fraternidad universal, de que seamos todos hermanos y entremos todos en el amor.

Por último, el Primado del Perú exhortó a que nos dejemos inspirar por el Señor para aprender juntos a salir de la superficialidad y de la frivolidad en la cual nos encontramos. También reconoció el rol fundamental de la ciencia en este tiempo de Pandemia:

«Tenemos en nuestras manos la posibilidad de ser fecundos y de hacer que un momento aciago se convierta en una gran oportunidad de vida para todos. Por eso, les quiero pedir a todos que vayamos a vacunarnos, no renunciemos a eso, la ciencia es importante, la ciencia ha hecho una labor fecunda e importantísima para ayudar a la gente. ¡Aprovechémosla! No le rehuyamos a una tarea necesaria para sanar. Y que así, en pronto tiempo, podamos empezar un nuevo camino para la humanidad», aseveró el Arzobispo.

Comentando el Evangelio de Juan (10, 11-18) que narra la Parábola del Buen Pastor, Monseñor Castillo recordó que nuestra misión como Iglesia y como Pueblo es que aprendamos a ser pastores los unos de los otros, especialmente todos aquellos que ocupan una responsabilidad como cristianos en el mundo: «todos los que cumplimos la misión de realizar la vocación pastoral, tenemos que seguir al Buen Pastor Jesús, que dio su vida y la da permanentemente por todos nosotros, por toda la humanidad, por todo su pueblo», comentó (leer homilía completa).

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo

El Obispo de Lima indicó que estamos llamados a seguir el camino del Buen Pastor, con mayor razón ahora que una nueva Pandemia nos aflige y nos interpela a ser más solidarios con los que menos tienen: «les agradecemos a todos la labor pastoral que estamos haciendo cuando nos unimos, como en esta nueva campaña ‘Perú da la mano’ que hemos iniciado y que ha tenido un eco muy grande en ustedes. Eso es lo que sentimos en ese tiempo, que estamos todos como Iglesia y como pueblo, aprendiendo a ser pastores los unos de los otros».

Hemos de ser un Pueblo de Pastores al servicio del pueblo peruano. Y eso es lo que necesitamos, sobre todo, para los tiempos que probablemente vendrán y que van a ser muy difíciles.

Pastores como Santo Toribio de Mogrovejo, a quien celebramos en el Perú este 27 de abril, nos enseñan la importancia de vivir cercanos a la gente en los tiempos de mayor incertidumbre y enfermedad, así lo reconoció el Arzobispo:

«Toribio no se quedó en su sillón, en la Catedral o en la Plaza de Armas, él salió a buscar a los pueblos indígenas para conocerlos, y con ellos desarrolló su labor pastoral de una manera impresionantemente dedicada, sensible, viviendo en situaciones adversas, de tal manera que hasta hoy se tiene la huella de Toribio en lugares tan alejados como Chachapoyas, como las serranías de Huaraz, como nuestros pueblos cercanos de la sierra y hasta en la selva», manifestó el prelado.

Inspirados en el Buen Pastor para construir una república participativa.

Santo Toribio también tuvo que afrontar la Pandemia de su época con una creatividad enorme, contó Monseñor Castillo: «cuando visitaba a los pueblos, iba recogiendo las demandas y las exigencias de la gente, e hizo muchísimos archivos y demandas que ellos tenían, las colocó en legajos y las tramitó en la corona para que se resolvieran los problemas. De ahí que muchas de las comunidades actuales tienen sus títulos de propiedad firmados por el propio rey. Y así, supo siempre defender los derechos de las personas marginadas, lejanas, esas ovejas que están lejanas y que deben formar parte de un solo rebaño y un solo Pastor», afirmó.

Carlos Castillo explicó que las situaciones difíciles y de emergencia son una oportunidad para que juntos, como una república participativa, pensemos en el bien común, ayudándonos mutuamente a construirnos como personas responsables: «No es una cuestión de que algunos dirijan todo y nosotros nos olvidemos de nuestra participación. El Papa Juan Pablo II decía que la Iglesia aprecia la democracia. Y la aprecia por dos motivos: porque recambia a los dirigentes y porque es posible ser controlada por el pueblo, por la gente», reflexionó.

Les pedimos a todos que, siguiendo el camino de Toribio, siguiendo el camino del Buen Pastor, conozcamos más nuestra realidad y decidamos juntos un tipo de relación nueva, en donde nuestra participación sea decisiva para la determinación de las decisiones.

En ese sentido, la vida de Toribio de Mogrovejo nos debe inspirar a actuar como él lo hizo: buscando a la gente para ver qué cosas decían, saber qué necesidades tenían y cómo se organizaban para el resurgimiento de la población peruana: «si hoy día tenemos otra vez una población indígena que ha crecido en nuestras provincias y que demanda muchas cosas, es porque Toribio tuvo el cuidado para que ellos se pudieran regenerar y renacer», subrayó Monseñor Carlos.

De nosotros, organizados, asociados, discutiendo, conversando y decidiendo juntos, depende nuestro futuro. Sea quien venga a dirigir nuestro país, lo importante es que nosotros podamos orientar los procesos desde la base de la sociedad.

El Arzobispo de Lima insistió en que el progreso de una sociedad no puede darse a costa de la destrucción de la vida de muchos, algo que se ha evidenciado y acentuado en esta Pandemia: «la petición que les hago como Pastor de nuestra Iglesia es que nos ayudemos mutuamente a organizarnos mejor, a vincularnos, a restablecer los lazos humanos, sociales, inclusive políticos, en sentido amplio, después veremos y siempre respetaremos la decisión que ustedes tomen. Porque la Iglesia no está para decirles voten por uno o por otro, la Iglesia está para que veamos el bien común de la sociedad».

«Que este lema del Señor: “Habrá un solo rebaño y un solo Pastor”, se pueda cumplir en nuestro país, y así podamos superar el tiempo de asalariados que tienen muchos dirigentes de nuestro país y en la propia Iglesia. No asalariados, sino pastores, y pastores que den la vida por sus ovejas, que den posibilidad nueva a esta Patria que amamos con todos los sectores, especialmente los más marginados, los que están lejos, los que el Señor quiere acercar», dijo Monseñor Castillo como reflexión final.

Santo Toribio de Mogrovejo.

En este III Domingo de Pascua, Monseñor Carlos Castillo reflexionó sobre la importancia de vivir un cristianismo de testigos, reconociendo las heridas que tenemos y las heridas de nuestro pueblo para encontrar a Jesús Resucitado: «El Señor, desde los pobres de nuestro país, desde las mujeres que trabajan diariamente, nos pide: “¿Tienen algo de comer?”. Y nosotros debemos estar disponibles para compartir lo que tenemos», comentó. (leer homilía completa)

Leer transcripción de homilía de Monseñor Castillo.

Desde el inicio de su homilía, el Arzobispo resaltó la importancia de las experiencias compartidas en nuestras vidas como una oportunidad para contar lo que sufrimos, lo que anhelamos y todo lo grande que puede ocurrir a pesar de la desdicha. Esto es lo que nos narra el Evangelio de Lucas (24, 35-48), cuando Jesús decide aparecerse a sus discípulos para alentarlos desde una nueva experiencia:

«Ã‰l se presenta en medio de ellos y les dice ‘Paz a ustedes’, pero los discípulos creen ver un fantasma. Esto es sumamente importante, porque a veces respondemos a las buenas noticias con miedo o prefiguraciones. Nosotros también, hoy día, estamos asustados y con muchas dudas en nuestro interior. Cada vez que estamos asustados y surgen dudas entre nosotros, hemos de hacer caso a Jesús y ‘mirar’ sus manos y sus pies», explicó Monseñor Carlos.

El Señor nos invita a ver nuestras propias heridas en medio de la confusión y el susto, para que, profundizando esas heridas, veamos las heridas de Jesús y veamos que está resucitando, ha resucitado y resucita en medio de nosotros.

Profundizar en nuestras heridas es una tarea complicada, porque normalmente huimos de las heridas, indicó el prelado: «en nuestro país tenemos una ‘grieta’ enorme. Necesitamos ‘ver’ dentro de la grieta, dentro del sepulcro, para encontrar la Resurrección, porque ahí están escondidas las causas, los problemas, los intereses, las ambiciones, las locuras, las pasiones, las ideologías y las cosas también que escondemos y que no queremos aceptar», acotó.

El Señor quiere que veamos nuestras heridas cara a cara, que entremos en ellas, porque Él es el herido resucitado, porque Él es el ‘agrietado’ resucitado. Y estamos todos llamados a ‘mirar’ la grieta para encontrar caminos de solución.

En otro momento, el Arzobispo de Lima explicó que, ante la alegría inmediata y el asombro de los discípulos, Jesús toma una actitud más honda. ¿Tienen algo de comer? – les pregunta el Señor: «también el Señor, hoy día, en nuestra grieta nacional, nos habla desde las heridas de las personas que se encuentran en los Andes, en la Selva, en nuestros pueblos jóvenes. Y su herida nos llama a verla y a restañarla diametralmente, profundamente, esa herida nacional, a través de nuestra actitud de reconocimiento de nuestras faltas y errores».

Monseñor Castillo afirmó que el Señor nos llama y nos interpela a través de los que más sufren para conducirnos a la esperanza de superar el hambre, la miseria, la injusticia y los dolores de marginación que tantos peruanos descartados sufren:

Cuando vivimos una tragedia o nos ponemos enormemente pesimistas, o nos hacemos de la ‘vista gorda’ y hacemos una felicidad falsa, frívola, tonta, el Señor nos pide que asumamos la herida para encontrar que allí está resucitando, y así nosotros podemos resucitar.

«La bendición de Dios está presente y quiere la bendición de todos que es la felicidad, pero ciertamente, entrando en lo profundo. No es una felicidad fácil, no es una bendición fácil, no es agua bendita sobre la gente solamente, es recrearnos como pueblo, renacer como pueblo», reiteró el Primado del Perú.

«Ser cristiano es ser testigo – prosiguió Carlos Castillo – Y ser testigo es reconocer las heridas que tenemos para rectificar los caminos que hemos recorrido. Si yo soy un violento, tengo que renunciar a la violencia. Si yo soy encerrado y vivo empecinado, tengo que cambiar. Y si yo tengo que responder a las exigencias de la justicia, tengo que enfrentar el problema y no evadirlo», recalcó.

En el Segundo Domingo de Pascua y de la Divina Misericordia, Monseñor Carlos Castillo hizo un llamado a ‘tocar’ y ‘ver’ las heridas de los que más sufren en esta Pandemia: «uno de los problemas más grandes que tenemos es la insensibilidad ante la herida ajena. Ahora que viene un periodo nuevo para nuestra historia, que ese periodo sea prometedor, y que con la contribución de la sensibilidad humana, mostrada por el Señor que nos dice: ‘Acércate Tomás y toca’, nosotros también podamos creer sin haber visto directamente, por el testimonio de los apóstoles, pero aprendiendo a ver con esos criterios, las heridas de Jesús en el mundo actual», reflexionó durante su homilía (leer homilía completa).

Leer transcripción de homilía – II Domingo de Pascua

Comentando el Evangelio de Juan (20, 19-31), que narra la incredulidad de Tomás, el Arzobispo de Lima explicó que Jesús toma la iniciativa de acercarse a sus discípulos para ayudarlos a vivir lo que significa el amor gratuito de Dios: «es eso lo que ocasionó que la Iglesia se reuniera, no el esfuerzo de todos los cristianos por hacer como una especie de confederación o asociación, sino el escuchar desde su corazón, profundamente, el llamado del Señor que los convoca nuevamente. Y eso se da por medio del Espíritu Santo», agregó.

El Espíritu es el que nos guía hacia la verdad. Y hoy día, que es un domingo muy importante para todos nosotros como peruanos, es necesario que nos dejemos inspirar por el Señor para tener la sensibilidad suficiente y la reflexión suficiente para hacer una decisión buena.

Monseñor Castillo señaló que, así como el Señor se aparece en medio del miedo de sus discípulos, también lo viene haciendo en medio de nuestras incertidumbres y dudas: «el Señor está en la herida, está allí donde estamos más débiles, más vulnerables, en todas las contrariedades y dificultades que se ocasionan a consecuencia de la Pandemia. No dudemos que el Señor está en medio de nuestras heridas y nuestros miedos, y desde ese reconocimiento de los miedos, el poder intentar apreciar al Señor, acogerlo por medio del Espíritu», acotó.

Una de las tareas más importantes de la fe cristiana de la Iglesia es contribuir a la unidad, de tal manera que los distintos puntos de vista sean compatibles, gracias a que hay una predisposición a dialogar y a ver qué hacer y qué es lo más adecuado y justo que necesitamos.

«El Señor sopla sobre sus discípulos y también sobre toda la Iglesia para que recibamos el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo está ligado al perdón: ‘Reciban el Espíritu Santo y a quienes ustedes perdonen sus pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedan retenidos’. No dice ‘a quienes no perdone’, sino dice retener – prosiguió el Arzobispo – y retener es una forma de educar, pero por un tiempo, de tal manera que así nosotros corregimos también. Son maneras que tenía la Iglesia para que, a través de la inspiración del Espíritu, todos crezcamos en la fe».

El Arzobispo de Lima indicó que la corrección es siempre temporal para ir logrando que crezcamos: «corregirnos y ayudarnos mutuamente como peruanos es lo que necesitamos en un momento difícil en que todos somos vulnerables, y tenemos que contribuir a la mejora de nuestra situación para ser un país lindo, un país donde reímos, cantamos, nos alegramos. Pero todavía tenemos que convertir en alegría el conjunto de la organización de nuestro país, y eso requiere mucha imaginación, la contribución de todos, unidos, el poder dialogar, entendernos entre nosotros y poder constituir una nación que se ama. Ésa es la visión cristiana de lo que deberíamos ser, pero la proponemos, no la imponemos, tratamos de que todos podamos ir, poco a poco, y comprendiendo este sentido profundo de la fe», precisó Carlos Castillo.

Actuar con el mismo amor con que actuó Jesús.

Por último, Monseñor Carlos reflexionó a partir de la figura de Tomás: «Ã©l también quería alegrarse como los que habían visto al Señor, por eso le costaba creer. Al igual que Tomás, nosotros también somos de los que no estuvimos, y somos llamados, entonces, a aprender a creer de otra manera».

Pero el Señor, quien está lejos, lo invita misericordiosamente a tocar sus heridas de amor, a entrar en la dinámica interna de su entrega generosa: «El Papa decía a los muchachos estos días que, cuando subió Jesús al cielo y ascendió, llevó un regalo. Los chicos se quedaron espantados. ¿Un regalo? Sí, sus heridas, sus heridas son su regalo. Tú me mandaste a amar, acá están los signos del amor», declaró el Monseñor.

Hemos de actuar siempre en las situaciones, con el mismo amor con que actuó Jesús, dando nuestra vida y ofreciéndola a los demás.

El Arzobispo de Lima reiteró que debemos aprender a creer y ver al Señor desde las experiencias que se derivan en su amor, como lo son nuestros mártires, nuestras madres que salen a trabajar y se exponen al contagio, nuestros canillitas, nuestros lustrabotas y personas que trabajan en la calle: «tenemos que tocar y ver esas heridas también. ‘Bienaventurados los que creen sin haber visto’ significa ‘sin haber visto la primera experiencia’, pero sí ver las otras experiencias de las heridas de la gente».

Que en esta jornada tomemos la decisión más oportuna y adecuada según nuestra conciencia. Y que nadie diga que ustedes, por hacer esa decisión, se merecen la excomunión o merecen el infierno, no es justo decir eso. Nosotros hacemos las decisiones de acuerdo a la voluntad de Dios, siempre inspirados, pero siempre en libertad. Si la libertad no existe, no hay ninguna manera de ser creyente, se tiene que ser libre para creer. Y la fe inspira y alienta la libertad de la persona.

¡Cristo ha resucitado! La Iglesia de Lima celebró este domingo la Pascua de Resurrección que presidió Monseñor Carlos Castillo: «la ayuda mutua, la hermandad que constituimos en la Iglesia, nos va sacando adelante, porque somos una comunidad, no somos un funcionariado ni somos una institución caduca, somos una institución flexible que va caminando juntos y que se ayuda en la hermandad y ayuda a la humanidad», reflexionó durante su homilía (leer homilía completa).

Homilía de Monseñor Carlos Castillo (descargar transcripción)

“¿Qué has visto de camino María en la mañana? ¡A mi Señor glorioso, la tumba abandonada!”. Esta afirmación que tenemos en la secuencia es un resultado de un largo camino de hondamiento que la Iglesia va a proclamar después de un cierto tiempo, cuando intente profundizar y comprender este misterio.

Nuestra fe en la resurrección demora, como demoró la primera Iglesia. Y no solamente demora desde los inicios de la fe, sino en la renovación permanente de nuestra fe en circunstancias distintas. Nos hemos debido habituar, justamente, a esta dinámica interna de la fe que requiere todo un proceso de profundización. Por eso, la primera Iglesia no nos dejó un conjunto de reglas para ser cristianos, no nos dejó un catecismo con todas las definiciones de todo lo que había ocurrido. Eso lo fuimos elaborando poco a poco, e inclusive, tiene que modificarse, porque son cosas que adaptan a cada tiempo el sentido que hemos vivido.

La Iglesia nos dejó una narración, un conjunto de narraciones, además, polifacético, 4 Evangelios. Y tenemos varias narraciones de lo que ocurrió, y en ellas se expresan los problemas que tuvo la primera Iglesia para comprender. Y en este Evangelio de Juan, del capítulo 20, se nos ayuda a ver cómo hay distintos modos de acercarse al misterio de la fe, y también distintos modos de ver lo que ha ocurrido y de creer.

Primero, María, va muy temprano, ve que la piedra ha sido quitada y echa a correr, desesperada. Aquí, los textos originales que nos dejó la Iglesia del Evangelio de Juan, dice claramente que “ella vio superficialmente”, empleó un verbo que -todos no tenemos porqué saberlo – pero que en griego se dice “Blepo”, que significa mirada superficial, mirada ligera.

Y por eso, María se emociona inmediatamente y se queda como sorprendida, y sale corriendo con una suposición. Cuando llega a los discípulos, les dice: “se han llevado el cadáver del Señor, se lo han robado y no sabemos dónde lo han puesto”. Es la desesperación de toda la Iglesia de no comprender lo que ha ocurrido, que es la primera cosa que la Iglesia vivió, para poder avanzar hacia la fe: dejarse conmocionar por el acontecimiento de la desaparición del cuerpo del Señor. Pero eso es muy importante, porque los miedos tienen algo de interesante: del miedo se puede pasar al misterio y del misterio a la hondura de conocimiento, se puede ir tratando de comprender. Es preferible aceptar nuestros miedos que decir: “no, no, no, ya todo está claro, simple y llanamente hay que aplicarlo y ya, automático, digital”, y no es así. La Iglesia vivió todo un drama de comprender lo que había pasado, y justamente, la Iglesia comprende poco a poco la Resurrección, porque el Señor se va explicando y ahondando, y uno puede, entonces, entender.

Cuando los discípulos corren, Juan no entra al sepulcro, porque él era sacerdote, y si era sacerdote se podía impurificar, y espera que entre otro, en este caso, Pedro. Otros dicen que es por respeto a Pedro, pero lo más importante es que él no quería “impurificarse” entrando a un sepulcro. Lo importante es que se asomó y vio desde lejos sin decir nada al respecto.

Luego llega a Pedro, y Pedro entra en el sepulcro, como anoche hemos visto a las mujeres entrar en el sepulcro. Y hace otra cosa, una mirada distinta: observó todo. El Evangelio emplea una palabra que nosotros usamos en castellano: “teoría”, o sea, Teorem, que significa; analizar las cosas, estudiarlas. ¿Por qué? Porque quiere comprender, evidentemente, pero está sorprendido, y como mayor, prefiere calcular un poco y ponderar un poco la situación. Y dice claramente acá el texto: “entró al sepulcro, observó las vendas en el suelo y el sudario con que habían cubierto la cabeza al Señor, no por el suelo y con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. También observar las cosas con ponderación es importante para la fe, es un paso, pero a su vez, no es toda la fe.

La fe, finalmente, no se explica racionalmente, para creer en la Resurrección se necesita un poco más, pero también se necesita comprender los signos que nos deja el Señor, sobre todo, el sudario dobladito, eso es lo que más sorprende. Y esto tiene que ver directamente con signos que hoy día nos permiten también caminar, cuando en la Iglesia vamos avanzando y hay muchos desórdenes, y hay ciertas cosas que están ordenaditas, bonitas, como las lindas comunidades que hoy día en las distintas parroquias y en las distintas casas, están viviendo la fe en forma novedosa, y van ordenando nuevas maneras de hacer y vivir en medio de este caos terrible en el que vivimos, obra de esta situación difícil.

Por último, entra el discípulo amado, conocido por todos nosotros como el discípulo amigo de Jesús, a quien más quería y que sabía “sentir con el Señor”, se había recostado en su pecho y había vivido intensamente todo su camino porque era su amigo del alma. Y así, entonces, dice que: “vio y creyó”. Este ‘vio’ es también distinto. Se dice con las mismas palabras que Jesús al inicio de la Pasión, en la última cena, cuando lavó los pies, dice al inicio: “sabiendo que había de pasar de este mundo al Padre, y sabiendo que todo estaba listo, se levantó y lavó los pies de sus discípulos”.

Sabiendo, comprendiendo, entendiendo, por eso, aquí es un ‘ver’ más profundo. Esa palabra en griego se dice ‘Eidem’, que significa comprender hondamente las cosas: “comprendió y creyó”.

Esto es sumamente importante, porque aquí vemos una evolución, y simultáneamente, tres maneras de tener fe, en donde todos estamos llamados a la más profunda, pero en donde no tenemos que preocuparnos de que tengamos la fe de Juan, apuradamente, porque eso es un largo proceso. Y digo esto porque a veces pensamos que, si soy creyente, debo hacer a, b, c, d, e… y eso está mal, porque no todo se puede hace simultáneamente y en todo momento, sino que es un camino difícil y debemos tratar de comprender que no somos perfectos, que el Señor nos va haciendo perfectos y nos va haciendo sus hijos y sus amigos íntimos.

Por eso, en esta mañana en que celebramos la alegría de la Resurrección, que no sea para nosotros un motivo para no reconocer nuestras diferentes maneras de acercarnos, nuestras debilidades, sino para que el Señor siga entrando en nosotros y pueda ayudarnos a comprender las cosas en lo más profundo, y para que, entonces, nuestra fe sea una fe profunda y fortalecida.

Y allí, entonces, una cosa muy importante. Decía el Papa Benedicto y la ha repetido varias veces el Papa Francisco: “la fe es una relación íntima, no es un conjunto de ideas que se tienen que afirmar”, es la comunicación viva del Señor a nuestra vida, en la cual, se evoluciona poco a poco hasta dar testimonio, como dice hoy día el Libro de los Hechos de los Apóstoles: “la fe se comunica a testigos, para que todos testimoniemos”. Y la fe verdadera es la que, poco a poco, va entendiendo, comprendiendo, calibrando, pero sobre todo, testimoniando, entregando la vida hasta la muerte y muerte de Cruz como el Señor, y como han hecho tantos hermanos nuestros que por su fe, han perdido la vida en este tiempo.

Por eso, hoy día, estamos alegres, la fe cristiana es alegría, pero no es una alegría facilona, es una alegría con razones hondas que no se repite todos los días igual, sino que se va avanzando y se va confrontando, y nos vamos ayudando los que tenemos una fe superficial con los que tienen una fe profunda, los que tienen una fe que se va acercando y va entendiendo algo, con los que no entienden nada y con lo que entienden más hondamente.

La ayuda mutua, la hermandad que constituimos en la Iglesia, nos va sacando adelante, porque somos una comunidad, no somos un funcionariado ni somos una institución caduca, somos una institución flexible que va caminando juntos y que se ayuda en la hermandad y ayuda a la humanidad.

Por esa misma razón, comprende también al no creyente, porque a veces no encuentra razones ni encuentra, en profundidad, las cosas porque son a veces terribles. Y a veces nosotros, los cristianos, por competir con el mundo y querer imponer las cosas, no nos entienden.

Hagamos lo posible porque el testimonio de Cristo Resucitado que resucitó por amor y nos quiere resucitados todos, también en ese mismo amor, pueda permitirnos ya, ahora, la vida eterna.

La palabra vida eterna, para lo cual nos ha llamado el Señor y el Evangelio de Juan subraya, no es ‘la otra vida’, es esta vida, vivida en el amor que se prolonga hasta la otra vida. Ya en esta vida podemos vivir eternamente porque vivimos en su amor y nos dejamos conducir por Él.

Hermanos y hermanas, “¿Qué has visto de camino en la mañana María? ¡A mi Señor glorioso, la tumba abandonada!”. Que esta manifestación de testimonio, nos ayude a todos decirlo desde el corazón, al nivel que podamos comprender.

Durante la Vigilia Pascual, Monseñor Carlos Castillo, meditó sobre el camino que hemos llevado en esta Semana Santa a partir de la Pandemia: «así como la muerte de Jesús fue injusta doblemente, hoy día sentimos y comprendemos más la muerte de Jesús, porque nos ha azotado una enfermedad que nosotros no hemos promovido, pero que, probablemente, ciertas fuerzas en el mundo, errores de la humanidad y pecados, han generado estos problemas. Al conducirnos por cierto individualismo, hemos creado del mundo un sepulcro, un panteón, un camposanto», resaltó en su homilía. (leer homilía completa).

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo

El Arzobispo de Lima señaló que en este tiempo tan duro y tan difícil, es necesario revisar nuestras vidas y que entremos en ‘nuestros sepulcros’ para esperar lo más nuevo: «vivamos abiertos para entrar en nosotros mismos, en los problemas de nuestro país, en este sepulcro en que se ha convertido el Perú, en este sepulcro en que se ha convertido el mundo», acotó.

Comentando el Evangelio de Marcos (16, 1-7), Monseñor Carlos remarcó la actitud de las mujeres que fueron a ver a Jesús en el sepulcro: «dice exactamente el texto que se asustaron, porque estamos acostumbrados a que todo es muerte y que no hay nada más que la muerte, y que solo que hacemos los ritos para embalsamar y para terminar».

Dios no nos creó para la muerte, Dios nos creó para Él, y por lo tanto, para la vida. Cuando penetramos nuestros ‘sepulcros’ y nos atrevemos a ‘bajar al sepulcro con las mujeres’, estamos, en cierto modo, con una pizca de apertura a recibir la novedad de Dios.

Una Iglesia que salga de su anquilosamiento.

Carlos Castillo explicó que ‘salir del sepulcro’ significa «una Iglesia que sale de su anquilosamiento, una Iglesia que sale de un concepto cíclico y cerrado de la vida, de una humanidad que ha perdido la fe, no porque no tenga religión, sino porque su religión se basa muchas veces en sus propios intereses y proyecciones que terminan en construir muerte».

Jesús ha venido a reparar nuestro ser con la esperanza, pero también a reparar nuestra fe para que sea un don y no una construcción nuestra.

Finalmente, el prelado hizo un llamado a redescubrir nuestra fe cristiana y renovar nuestra historia después de la experiencia vivida con Jesús: «conocimos a un Dios que no se bajó de la cruz para vengarse de sus enemigos, un Dios que no recrimina, que no maltrata, que no juzga, sino que ama, Él se ofrece para que no nos autocondenemos y aceptemos su amor», agregó.

Hemos de acoger al Señor en ‘nuestras Galileas’, en nuestros caminos distintos, en nuestras historias, en nuestros pueblos, en nuestras provincias, en nuestras zonas de la Selva, de la Sierra y de la Costa, donde hay más pobreza y necesidad, en las contrariedades de nuestras familias, en el dolor que sentimos por la enfermedad, en todos los esfuerzos que hacemos por identificar la Luz en medio de la oscuridad

«Este Dios nos abre caminos y nos hace esperar contra toda esperanza. Y esa esperanza está en la Resurrección, que no solamente es un acto que le tocó a Jesús, si no es la Resurrección de toda la humanidad y de toda la creación, para superar los límites y las trabas creadas por el pecado, por la intolerancia, por la indecencia, por el abuso y por la maldad», concluyó.

Desde la Iglesia de Las Nazarenas, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú presidió el Oficio de la Pasión del Señor de este Viernes Santo: «desde el dolor más extremo de la Cruz, le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacífica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país», reflexionó (leer homilía completa).

Leer homilía de Monseñor Carlos Castillo (transcripción)

Tras escuchar el relato de la Pasión (Juan 18, 1–19, 42), Monseñor Castillo resaltó las palabras con que inicia el Evangelio de Juan:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba orientada, dirigida hacia Dios. Y la Palabra era Dios y todo se hizo por ella y nada se hizo sin ella. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilló en medio de las tinieblas y las tinieblas no la reconocieron.

Ante esto, el Arzobispo dijo: «Jesús es la Palabra que se encarna en el corazón de la historia humana, de nuestras vidas, pero en especial, en la carne humana débil y en la carne de los débiles, (sarx) carne débil, sencilla, humilde, deshilachada, golpeada, maltratada. Y por eso, en lo más recóndito de todos nuestros sufrimientos, en primer lugar, está Aquel que se encarnó desde el inicio de su vida en la debilidad y en la pobreza».

Monseñor Castillo indicó que la Verdad más grande que Dios nos ha venido a revelar con Jesús, es que Él es el Hijo y existe un Padre que nos ama a todos: «la Verdad es siempre un camino que, inspirados, construimos juntos. En este camino podemos realizar nuestra condición de hijos-hermanos, cuando estamos dispuestos a amarnos como Dios nos ama, a vivir en el Espíritu que Él acaba de entregar, el Espíritu de hijos que nos hace hermanos los unos de los otros y nos revela lo que realmente somos: ser hijos del mismo Padre», agregó.

Una religión que se dedica a los juegos y a los amarres de intereses económicos, políticos, culturales, de fama, de exhibición y de frivolidad, es una religión que niega la Verdad.

El Obispo de Lima recalcó que Jesús ha venido para que todas las religiones aprendamos el camino de dar testimonio de la verdad más trascendente: «todos somos hijos en el Hijo, y hermanos los unos a los otros, y no tenemos derecho, desde nuestra más honda humanidad, a dividirnos estúpidamente, confrontándonos y “comiéndonos” unos a otros, despreciando especialmente a los débiles que nos sufren».

No hay Espíritu nuevo cuando polarizamos nuestra vida con acusaciones y mentiras, los unos contra los otros, y rompemos lo que somos: hermanos. Y si lo hacemos, porque somos pecadores, podemos repararlo abriendo el corazón, dejando que lo más hondo de nuestro ser, en donde mora el Señor, en lo más secreto de nuestras heridas y problemas, el Señor pueda hablar desde allí y convertirnos en testigos de la Verdad.

El Primado del Perú señaló que «el Señor tiene sed de que recurramos a Él, para que nos sacie con el agua viva de su amor y nos limpie la des-hermandad, la enemistad y la convierta en hermandad humana, mucho más en este tiempo en que, la Pandemia, nos ha invadido mundialmente, y a partir de lo cual, el Santo Padre Francisco ha escrito la Encíclica de la hermandad “Fratelli Tutti” (Todos Hermanos)»

Desde el dolor más extremo de la Cruz, desde lo más profundo y difícil que es aceptar que Dios acepta la muerte de su Hijo, nosotros le pedimos al Señor que nos haga beber de su Espíritu, para renacer a una forma de vivir diferente, pacifica, verdaderamente fraterna en la humanidad, en la Iglesia y en nuestro país, y para que ninguna religión y ninguna Iglesia sea testigo de la mentira, de la artimaña, de los enjuagues y de los amarres bajo la mesa, sino que sea una religión que transparente al Señor, que sea hermana y que sufra por y con todos los seres humanos, especialmente los mas maltratados y víctimas.

La noche de la Cena del Señor, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, presidió la Celebración Eucarística desde una Catedral solitaria, silenciosa y sin fieles, pero acompañada espiritualmente por todas las familias peruanas que se unieron para realizar, desde sus casas, el gesto del lavado de los pies: «Estamos llamados a aceptar el desafío de salir a anunciar el Evangelio en estas situaciones difíciles con una actitud auténtica de servicio», comentó durante su homilía (leer homilía completa).

Cena del Señor – Homilía de Monseñor Carlos Castillo (descargar transcripción)

El Arzobispo de Lima explicó que durante la cena con los discípulos, además de instituir la Eucaristía, Jesús tiene un gesto que sorprende a todos: se levanta de la mesa, se ciñe con una toalla, echa agua en una jofaina y se pone a lavarle los pies a sus discípulos: «este gesto inaugura el sacerdocio de Jesús y el sacerdocio ministerial, del cual depende todo el camino de la Iglesia futura, para promover con los apóstoles y luego con sus sucesores, la orientación de la vida de la Iglesia», añadió.

El gesto del lavado de los pies es un llamado a compartir el pan del cielo, dijo Monseñor Carlos, un llamado a compartir la sangre y el cuerpo del Señor para alimentar la fe del pueblo en su vida concreta, en sus caminos distintos: «Este es el día en que se inaugura el servicio profético de la evangelización de aquel que va caminando por el mundo anunciando el Evangelio, y que necesita, no solamente pastorear, no solamente santificar, sino anunciar sirviendo humildemente la vida de los pueblos».

El prelado indicó que el Señor ha venido a lavarnos los pies para que podamos comprender que este misterio de la autohumillación de Jesús, es el fundamento de nuestra existencia cristiana: «al recibir toda la Iglesia los tres ministerios, los tres carismas que todo cristiano recibe (sacerdote, profeta y rey), los vivamos como dones de Dios para servir y caminar con la gente y ayudarla. No son realidades que hay que monopolizar, sino que hay que compartir y hay que salir», expresó.

La salida de Jesús para el huerto de Getsemaní, y luego, para la Cruz, que también saldrá hacia el Padre en la Gloria, será la salida del servidor que siempre nos acompaña con su Palabra y peregrina con nosotros en la historia.

Carlos Castillo recordó que ser cristiano es dejarnos amar por el Señor, dejarnos lavar por el Señor, para tener la capacidad de lavarnos los unos a los otros para que podamos ser anunciadores del Evangelio: «por eso, se dice en una antigua expresión, que los evangelios se escribieron no con las manos, sino “con los pies”, porque fueron los cristianos caminando por el mundo que se dispersaron para llevar la Buena Noticia de que Dios es amor y solo amor».

Dirigir la Iglesia desde el servicio y no desde la posesión.

El Arzobispo de Lima remarcó el gesto de Jesús de lavar los pies de Pedro, para que no crea que dirigir la Iglesia es poseerla, si no es estar poseído por el amor de Dios: «el Espíritu de Dios es el que nos guía, el servicio es el que nos va conduciendo. Y por eso, nuestro ministerio siempre se renueva, porque como Dios siempre hace nuevas las cosas, en su compañía, nos permite siempre encontrar nuevas respuestas a los distintos problemas», acotó.

Estamos llamados a aceptar el desafío de salir a anunciar el Evangelio en estas situaciones difíciles con una actitud auténtica de servicio.

El Primado del Perú dijo que todos nuestros hermanos que ayudan y sirven humildemente en esta Pandemia son los «nuevos Cristos» que están surgiendo en el mundo: «ellos son de Dios, son de Cristo, porque viven y mueren como Jesús arriesgando la vida», enfatizó.

El acto infinito de amor del Señor por sus discípulos, sabiendo que le había llegado la hora, debe llevarnos a hacer ese signo diario que recuerde nuestra capacidad de amar y de servir, de ayudarnos a caminar, de prepararnos todos y organizarnos, desde nuestras familias, para poder marcar nuestras vidas con los gestos de Jesús.

Antes de culminar, Monseñor Castillo invitó a que todas las familias puedan imitar el gesto del lavado de pies desde sus casas: «Les pido que nos dispongamos con esos pequeños lavatorios de casa y con los niños, los papás, los hermanos, los jóvenes, los mayores, los abuelitos, nos dispongamos a lavarnos mutuamente los pies. Y nosotros todos aquí presentes, los vamos a acompañar a ustedes poniéndonos en la posición de quien lava los pies, de rodillas, para humildemente acompañarlos».

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