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Desde el Santuario de Las Nazarenas y junto a la imagen del Señor de los Milagros, nuestra Arquidiócesis de Lima dio inicio a la fase de preparación para el Sínodo de los obispos. Durante la Celebración Eucarística, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, explicó que se ha querido inaugurar el proceso sinodal convocado por el Papa Francisco con el camino «procesional» que nuestro pueblo solía celebrar cada 18 de octubre, aprendiendo a caminar juntos y a ser hermanos de la gente: «La salida procesional que solíamos hacer en este día y que no podemos realizar por razones sanitarias, vamos a trasladarla al camino sinodal de salida en misión, para que todos podamos encontrarnos como hermanos con el mundo y ayudemos a la gente, a los pequeños, a los confundidos, ayudemos a reparar las heridas y enjugar sus lágrimas», destacó.

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo.

«Nos reunimos hoy, como lo hemos hecho siempre los días 18 de octubre de todos estos 370 años, porque queremos “cargar” con el Señor en nuestras vidas como Él cargó con nosotros, con nuestros pecados y nuestros males, con su solidaridad, porque Él bajó a la tierra para identificarnos con toda nuestra vida, con todos nuestros problemas», expresó el prelado al inicio de su homilía.

El Arzobispo de Lima explicó que en todos los pueblos del mundo se está viviendo una gran conmoción y un cambio de época que nos interpela: «Estamos avanzando, probablemente, a una nueva forma de vivir que no puede derivarse como consecuencia de la casualidad, porque si todo se deja a la casualidad, no decidimos el futuro que tendremos, no discerniremos ni escucharemos la voz del Espíritu para encontrar esa vida que vendrá. Y en medio de estas situaciones muy complejas de enfermedad, calentamiento global y crisis humana, estamos llamados a discernir aquellos signos interesantes que nos acercan a una humanidad hermana capaz de apoyarse, ayudarse, comprenderse y decidir juntos cómo queremos nuestro planeta».

El Señor vino para los pobres y para los pecadores, o sea, para los más frágiles. El cristianismo, la fe cristiana y la Iglesia, no son un grupo apartado de “puros” que le dicen a la gente: ¡Pecadores, ustedes merecen la condenación! El creyente, la Iglesia, está para salvar, para ayudar, para acompañar la vida del mundo, para comprender y aprender a sanar las heridas de todos.

Monseñor Castillo aseguró la Iglesia necesita escuchar los clamores de la gente para ponernos de acuerdo, de lo contrario, no podremos ser signo de esperanza para los demás.

En el año 2023 habrá la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, donde decidiremos las líneas principales a partir de un camino de escucha y diálogo con los niños, los jóvenes, las amas de casa, las personas con discapacidad, las personas confundidas, inclusive los ateos; porque si no escuchamos, nosotros no podremos responder adecuadamente.

Monseñor Carlos reiteró que debemos esforzarnos en hacer una humanidad fraterna, capaz de resolver juntos los grandes problemas del mundo: «Hemos rezado al Espíritu Santo para que nos acompañe en este camino sinodal, transformando lo que solíamos hacer cada 18 de octubre en situaciones normales: Primero se levanta la imagen del Señor de los Milagros, todos aplaudimos, empieza caminar y lo seguimos. El Señor va por nuestras calles bendiciendo a la ciudad, visitando, sobre todo, a los enfermos de los hospitales, teniendo compasión de nuestras debilidades. Nosotros también estamos llamados a seguir su ejemplo y tener una actitud en salida, siempre en misión», precisó.

Que el Señor se dé a nuestras vidas y lo acojamos para iniciar nuestro gran proceso sinodal con el aporte consciente y responsable de toda la Iglesia a nivel mundial.

«Las bases del verdadero poder son el servicio y el bien común, especialmente a los más necesitados. Y ése es el criterio para construir una Patria llena de esperanza y de alegría, aprendiendo a rectificar en el camino, aprendiendo a dar pasos y a construir nuevas relaciones con todos los que tienen buena voluntad». Con estas palabras de convocatoria a la concertación nacional, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, presidió la Celebración Eucarística en especial intención por la salud y el bienestar de nuestro país.

Junto a la imagen del Señor de los Milagros, la Misa por la Nación celebrada en el Santuario Las Nazarenas, contó con la presencia del Presidente de la República del Perú, Sr. José Pedro Castillo Terrones; la Presidenta del Poder Judicial, Dra. Elvia Barrios Alvarado; la Presidenta del Consejo de Ministros, Sra. Mirtha Vásquez; el Alcalde Metropolitano de Lima, Jorge Muñoz Wells, ministros de estado y congresistas de la República.

Homilía de Monseñor Carlos Castillo – Misa por la Nación (leer PDF)

Este año del Bicentenario de nuestra Independencia, celebramos el mes Morado, y allí el día de Oración por la Nación Peruana, esta vez bajo el lema “Hagamos grande nuestro Perú”.

Pedimos a nuestro Señor de los Milagros nos inspire para que la grandeza de nuestra Patria consista, sobre todo, en el don preciado de un corazón grande para amar, que se suscite en cada peruano y peruana, y en todos nosotros como pueblo verdaderamente libre, es decir, libre para amar y servir al bien común, en especial al bien de los mas débiles y marginados.

Pidámosle nos de aquel corazón misericordioso que Jesús, desde la cruz, aceptó la muerte, y no se quedó allí, como dijo nuestro Papa Francisco en el mensaje del año pasado, “por la fuerza de los clavos, sino por su infinita misericordia”, alejando de nosotros la imagen de un Dios que amenaza, y más bien, inaugurando en la humanidad la era del Dios Padre, dador de amor gratuito, por medio de su Hijo que entregó el Espíritu, gracias al cual comenzó hace más de 20 siglos la regeneración de la humanidad, como hija y para hacerse hermana por la fuerza de la fe.

Cuando murió Jesús en la Cruz, la vida de Israel no era fácil, como no lo es nuestra vida de hoy. Tampoco, hoy como ayer, en Jesús “no tenemos un sacerdote incapaz de padecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado”.

Su contribución más grande, lejos del sacerdocio de la Antigua alianza fue la ser plenamente sacerdote laico – laico viene de la palabra laós, que significa pueblo – es decir, donante en sacrificio de su vida por compasión y sensibilidad ante el sufrimiento ajeno de su pueblo.

No tiene pecado Jesús, pero eso no lo hace sentirse ni creerse superior, ni actúa mirando desde las alturas del poder y la gloria, con desprecio, la vida del pueblo debilitado, sino que desde dentro de él, sin arrogancia y sin vanidad, se inscribe para podernos acercar sin miedo a Él, confiados, porque nos ama, en especial a los más pequeños.

Podemos acudir alegres a este trono de la gracia que, paradójicamente, es su cruz, ese impresionante trono que levantamos y paseamos por nuestras calles en condiciones normales, y al que seguimos para alcanzar, no sólo el ser perdonados, sino también para recibir la capacidad de perdonar, de amar y tener sensibilidad misericordiosa con todos, y en especial servir a los que más sufren, como dice el texto de hoy, “para su auxilio oportuno”.

Nuestra humanidad peruana está fuertemente golpeada. Las tensiones de una época de crisis global que exacerba los ánimos y nos impulsan a creer machaconamente en nuestras ideas prefabricadas, en nuestros ínfimos y diminutos intereses de grupo, en nuestros mezquinos prejuicios y costumbres, proyectos, planes, ambiciones y estrategias, que nos hacen creernos posesores de la verdad, de la solución, de la luz, y de la salvación, y lo peor, nos impulsan a  imponernos con artimañas, manipulaciones, intrigas, maquinaciones, mentiras, agresiones, e incluso armas; contrastan con el amor del Señor.

En el Evangelio de hoy, los mismos discípulos de Jesús se pelean por colocarse primeros en el poder y se lo piden nada menos que al servidor de la humanidad…Pero como dice Jesús: “no saben lo que piden”.

No es cualquier petición, no es la petición propia de momentos normales en que reclamamos el derecho natural de ser reconocidos como personas dignas.

Los hijos de Zebedeo hacen una petición ambiciosa y desesperada, en medio de una típica situación dramática humana y social, para Jesús y para su pueblo: traman los poderosos, tramaban la muerte de Jesús y el fin de un camino esperanzador.

Las situaciones de crisis desesperan a las personas y desbocan las falsas o locas ilusiones. Y en estas situaciones, surgen deseos desmedidos: dicen los discípulos: “¡Queremos que nos concedas cualquier cosa que te pidamos!”

Jesús escucha lo que dicen, y se pone a su disposición, se abre a comprender la demanda. Cuando Jesús va a entender que sus propios discípulos han sustituido la belleza de la cercanía del Reino del amor, por la ambición del poder político, y por eso, es que desean si medida ser príncipes, y piden sentarse junto al Rey, uno a la derecha y otro a la izquierda, cuando Jesús comprende esto, lo hace porque sabe que en crisis dramáticas, curiosamente, nos emborracha, no el deseo de dignidad para todos, sino el deseo de poder desmedido, absoluto, y marginalizador. Nos creemos dioses. Y somos capaces de anteponer “mi” plan, “mi” ambición, “mi” primer lugar, “mi” programa, “mi” ideología, “mi” grupo, “mi” costumbre, “mi” prejuicio, “mi” carácter, “mi” odio, “mi” deseo, en lugar del bien de todos, y sobre todo, del bien de los mas humillados.

Las situaciones dramáticas, nos hacen perder la cabeza, porque hemos perdido el sentido, el corazón, y por ello también, las razones del corazón, hemos perdido lo elemental, la sabiduría que pedía Salomón a Dios y que estamos llamados también a pedir todos: “un corazón atento para realizar la justicia en tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal”.

Los discípulos no pedían este corazón inteligente, pedían con desesperación el poder por el poder.

…“¡No saben lo que piden!”. El primer lugar… para mi….¡No saben lo que piden!

Jesús, que ve la honda locura en que han entrado sus discípulos, los quiere ayudar. Quiere llevarlos al fondo del drama que está ocurriendo para que recapaciten, para que bajen a la realidad.

“¿Podrán beber el cáliz que me están preparando mis enemigos, y el bautismo de sangre que se me viene?”, dice el Señor. Y los vuelve a meter en el drama para que pisen tierra.

El “principio realidad” de lo que realmente acontece dramáticamente, y que tanto ama el Papa Francisco, es un principio para dejar de imaginarnos castillos en el aire, locas ilusiones que nos contaminan, mentiras que nos creemos a ciegas, pretensiones inalcanzables que perseguimos, abolengos que no tenemos, glorias que están solo en nuestra imaginación y amenazan nuestra sensibilidad, nuestra intuición, nuestra creatividad, nuestra poesía y capacidad critica, nuestra lucidez.

Así, en los momentos difíciles de las crisis dramáticas, nos creemos lo máximo, nos obcecamos y despreciamos a los demás. Pero Jesús nos baja de las nubes: ”¡No saben lo que piden!” ¡Han perdido el norte!

Ya en la realidad, caídos de su nube, Santiago y Juan confiesan su voluntad de seguirlo y responden: “podemos”, “podemos beber el cáliz”; “podemos bautizarnos con tu bautismo”. Pedro también le decía: “Te seguiré hasta la cárcel y la muerte”.

Ponen toda su confianza en sí mismos. Esto es solo una promesa sincera y una ilusión también – que a la larga se cumplió porque todos ellos murieron mártires – pero que en lo inmediato no se dio, porque abandonaron al Señor que decían seguir.

Jesús es respetuoso de la intención sincera que le declaran y no se las recrimina. Aquí solamente Jesús les advierte, en una previsión honda, que seguramente era verdad que lo acompañarían tarde o temprano en el sufrimiento solidario.

Pero Jesús desactiva lo mas importante: la loca ambición del poder por el poder, sin sentido y llena de ceguera. Les dice:“el lugar en que piden sentarse ya está reservado”, es decir, llegaron tarde. Y además les dice: “a mi no me toca concederlo, no está en mis manos….”, es decir, ¡Mala suerte!

Esta ironía de Jesús nos recuerda cómo la alegría permite abrir un nuevo camino. El Señor bromea con ellos para ir al fondo. Y Jesús desmonta nuestro afán desesperado porque quiere educarlos, educar a sus discípulos y educarnos a todos y a todas, y más a su Iglesia.

Jesús quiere que no perdamos el sentido de la realidad y nos dirijamos a donde es adecuado y justo ir. No a donde nuestras desesperadas ilusiones nos llevan, es decir, a la locura, al caos.

La cosa es seria porque los otros diez discípulos están en la misma loca ilusión: ¡Estaban indignados contra Santiago y Juan!”, típica disputa de poder. Propio de la situación de crisis dramática es el peligro de la locura generalizada. Y por ello, Jesús la desmonta, y en medio del momento crítico educa con paciencia:

“Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos, y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, pues el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, que sea su servidor. Y el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea esclavo de todos; que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por la multitud.”

El Señor no nos dice que no pretendamos ser los primeros, pero para servir y no para ser servido. Este camino que Jesús siguió en la Cruz nos sigue recorriendo hoy día en nuestros quehaceres diarios, especialmente en quienes tenemos responsabilidad en el país. Dejémonos interrogar y resucitar por las palabras de Jesús:

“No será así entre ustedes”, mucho más si somos creyentes, pero también eso va para todos. Las bases del verdadero poder son el servicio y el bien común, especialmente a los más necesitados. Y ése es el criterio para construir una Patria llena de esperanza y de alegría, aprendiendo a rectificar en el camino; aprendiendo a dar pasos y a construir nuevas relaciones con todos los que tienen buena voluntad, se irradia la sensibilidad que permite que tengamos un ancho corazón para servir, para amar y para reconstruir todas las heridas que todavía nos quedan en nuestro amado Perú, amado también por el Señor, con la generosidad del Señor de los Milagros.

Que Dios los bendiga, los acompañe y nos acompañe a todos. Amén.

En este Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo explicó que el Señor nos llama a seguir su camino de entrega generosa y gratuita en la Cruz, dejando nuestras mezquindades, tacañerías y egoísmos, dejando nuestra mentalidad de rico para salir en misión al servicio de los demás: «Es difícil que una persona ambiciosa que solamente se mira a sí misma, entre en el Reino, pero es posible entrar al Reino si es que nos dejamos llevar por la gracia de Dios que tiene la capacidad de que abramos los brazos, el corazón y nuestras manos para ayudar al otro. Vivir de acuerdo a esta generosidad gratuita con que Dios nos ha creado es aprender a ser cristianos», reflexionó en su homilía (leer transcripción).

Transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo.

Comentando el Evangelio de Marcos 10,17-30, que narra el diálogo entre Jesús y el hombre rico que buscaba alcanzar la vida eterna, el Arzobispo de Lima indicó que el Señor ha querido caminar con la humanidad para acompañarla, educarla con paciencia y entregarnos una sabiduría que permita cambiar las situaciones para realizar el Reino de Dios en esta tierra: «Ã©sa es nuestra misión, nuestra tarea, pero no es algo que dependa solo de nosotros, sino de cuánto Dios nos ilumine.

Recordando las palabras del Papa Francisco en el Ángelus de este domingo, Monseñor Carlos aseguró que la fe no es un deber, un hacer para tener, entendiendo que para alcanzar la vida eterna hay que hacer muchas cosas y esfuerzos grandes: «el problema grande es que la fe no depende de nosotros, sino que es un regalo que aceptamos y que nos dinamiza de acuerdo al don que recibimos. Es cierto que nuestra fe depende de nuestra participación, pero primero está el don de Dios que nos vuelve a nuestros orígenes, a la imagen que Dios depositó en nosotros: ser consecuencia de un acto de gracia, de bondad infinita que nos vuelve gratuitos y nos permite compartir nuestras vidas», expresó el prelado.

Uno de los grandes problemas humanos es tender a ser tacaños, porque necesitamos existir y nos preocupamos por nosotros mismos. Eso es razonable, pero llega un momento en el que podemos dejar de mirar más allá de nosotros mismos, y eso es imprudente, porque somos una comunidad y los demás tienen necesidades también. Requerimos, más bien, compartir, salir de nosotros mismos y abrirnos porque el Señor nos creó para el otro.

Acompañamos a Dios en procesión diaria con el hermano que viene a nosotros.

El Primado de la Iglesia peruana afirmó que pese a no haber procesiones en este mes morado por la Pandemia, nosotros podemos acompañar a Dios en procesión diaria con el hermano que viene a nosotros: «también acompañemos a los hijos, a los amigos, al barrio, al país, a los problemas que tenemos, y aprendamos a salir de nosotros mismos. No hay mejor manera de salir del egoísmo que uniendo y acogiendo en nosotros el don gratuito del Señor que viene en nuestra ayuda, el que nos ha creado y es nuestro Padre», destacó.

Hermanos y hermanas, no nos distanciemos de los orígenes que hemos tenido. Hagámonos, más bien, solidarios con todos aquellos que necesitan, porque todos nosotros somos también necesitados, y más vale hermanarnos que separarnos. 

«Â¿Cuánto de nuestra vida quiere depender de nosotros mismos y cuánto estamos dispuestos a que dependa realmente de Dios? ¿Cuánto es posible que, en cada uno de nosotros, podamos re-cuestionar todo el fundamento de una vida basada en el esfuerzo, pero que no es la última palabra de todo? Y por lo tanto, ¿Cuánto estamos dispuestos los que tenemos y los que no tenemos a cambiar nuestra mentalidad? Los que tenemos porque teniendo, lo acumulamos, lo concentramos en nosotros mismos y nos enriquecemos. Y los que no tenemos porque actuamos con mentalidad de rico y aspiramos a lo mismo: a tener y poseer, de tal manera que es un enfrentamiento permanente de todos contra todos por poseer, cuando en realidad todo lo que tenemos viene de un don que se comparte, un regalo», reflexionó el Arzobispo.

Todos estamos buscando la vida eterna, y no solamente para irnos a la otra vida, sino que esta vida tenga sentido. Y la vida eterna en el Evangelio es el amor, el amor sí es eterno, y el amor gratuito mucho más.

El Señor introduce la categoría del otro, la perspectiva del pobre.

La respuesta de Jesús al hombre rico es la propuesta de un camino de servicio y gran desprendimiento: dejar todo y compartirlo con los pobres. Al decir estas palabras, explica Monseñor Castillo, el Señor introduce en la vida de este hombre la categoría del otro, es decir, la percepción, la perspectiva del pobre. Por lo tanto, seguir el camino de Jesús es salir en misión para centrar nuestra vida en el corazón de los que más sufren: «Jesús lo invita al camino de seguirlo, pero que es seguirlo en el camino de su Cruz, de su entrega generosa, de su no mirarse a sí mismo, sino mirar el bien de los demás», acotó.

«Tenemos un país en donde hay abundancia permanente de pobres por siglos y seguimos teniendo mentalidad de rico, y eso es una cosa grave, no pensar que existen otros más allá de nosotros. Lo digo porque en los últimos meses hemos visto todo este clamor por un cambio en el país, y simultáneamente, hemos visto cómo la ciudad de Lima está concentrada más en una especie de distancia del país, pero no solamente esa distancia es de los sectores más ricos de Lima, también de los sectores pobres, porque cuando se tiene algo ya no se quiere dejar, y entonces pensamos que es mejor que otros no vengan porque nos hacen competencia», recalcó el Arzobispo de Lima.

Toda esta mentalidad egoísta y posesiva nos lleva a un problema muy grande: no da felicidad a todos, no da vida eterna, no da amor y alegría. Por eso, una experiencia profunda como la de Jesús, nos llama a la solidaridad antes de seguir al Señor. Esta capacidad de salir de uno mismo y de no ambicionar, sino de tener una visión más amplia, es la que está en las personas que han sido tocadas por la fe cristiana en nuestro país, como nuestras enfermeras, como cientos de personas anónimas y mártires de la Pandemia.

Desde este domingo 10 de octubre, la imagen del anda del Señor de los Milagros se expondrá en el Monasterio Las Nazarenas para reencontrarse con sus fieles después de dos años. Durante la ceremonia de apertura, Monseñor Carlos Castillo explicó que aunque no podamos reunirnos en procesión, el Señor sigue recorriendo las calles de nuestro pueblo a través del paso de nuestra vida diaria: «Toda nuestra ciudad se estremece y realiza en el corazón de su vida, de sus calles, de sus casas, una actitud de acompañamiento. Y acompañar al Señor es seguir el mismo camino que Él hizo: servir, cuidar, alentar, ayudar y dar esperanza», expresó el prelado.

Nuestro país está urgido de reconciliación, de reencuentro en torno a los problemas más álgidos que tenemos los peruanos y tienen relación con el hambre, la miseria, la injusticia, la enfermedad. Y para eso es que estamos en un camino de conversión.

«Cada año hemos acompañado al Señor de los Milagros, y en un día como este, lo levantábamos para que camine en nuestras calles» – prosiguió el Arzobispo de Lima – «Ahora somos nosotros que venimos a acompañarlo en una procesión personal para salir en misión y acompañar a los que sufren mayores dificultades, especialmente en la enfermedad. Y esto ocurre cuando somos penetrados hondamente por aquel amor que el Señor expresó en su entrega generosa en la Cruz. Podía haberse bajado de la Cruz – porque Él era inocente y murió por los culpables – pero no quiso hacerlo, porque en Dios no hay odio ni injusticia, no hay venganza ni arrogancia, ambición ni rivalidad, Dios suscita en nosotros su amor entregando a su Hijo y entregándonos su Espíritu».

Una procesión personal que nos inspire a salir en misión.

Monseñor Carlos aseguró que es necesario un cambio en nuestra actitud para solucionar los problemas de manera pacífica, teniendo un país estable que no permita que la pobreza siga desarrollándose como una epidemia peor que la Pandemia:

«El Señor viene en nuestra ayuda para alentar y fortalecer nuestra humanidad, porque somos todos hermanos y hermanas, Fratelli Tutti, como dice el Santo Padre. Y por primera vez en la historia de nuestra sociedad, tenemos una ocasión para que el gran cambio del Perú sea un cambio espiritual, con nuevos valores, con las actitudes del Señor, con su generosidad, con su paciencia, tratando de comprender que en el otro – por más que piense como piense y sienta como sienta – hay algo más grande: ser hijo de Dios, reflejo del amor del Padre, capaz de abrirse, de cambiar y de mejorar», resaltó el Primado del Perú.

«Cargar» al Señor de los Milagros con nuestras vidas.

El Arzobispo de Lima reiteró que todos estamos llamados a encontrarnos: «El Señor nos hace encontrarnos, el Espíritu de este amor difundido por nuestra ciudad, por siglos, tiene que dar fruto. Agarrémonos a su Espíritu y a su entrega generosa, y que la imagen nos recuerde lo más hondo que tenemos todos: hemos sido creados para amar como Él amó», precisó.

Ahora vamos a «cargar» al Señor con nuestras vidas, y después, cuando podamos repararnos de esta situación difícil, vamos a vivir la Liturgia de cargarlo ya por las calles, una vez que hemos cargado con todos los problemas que tenemos en el país y los hemos empezado a solucionar.

Finalmente, Monseñor Castillo saludó la iniciativa y la creatividad que tuvieron las hermanas Carmelitas y la Hermandad del Señor de los Milagros para vivir una procesión distinta: «esta será una procesión personal que nos permitirá contemplar el rostro del Señor y mantener una íntima relación de oración, pero que necesita también un proceso de conversión por nuestra parte para salir en misión y ser un milagro para los demás», acotó.

Como se recuerda, desde el 10 de octubre, la imagen del anda del Señor de los Milagros será expuesta dentro del Monasterio Las Nazarenas, en el Salón de Andas, hasta el 31 del mismo mes desde las 7:30 am hasta las 6:00 pm. En el horario indicado, los fieles podrán venerar la imagen del Señor de los Milagros ingresando por Avenida Tacna, siempre cumpliendo las medidas de distanciamiento y bioseguridad pertinentes.

En este Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo habló sobre la importancia de vivir la misión familiar propiciando la capacidad de ver más hondamente y saliendo de los entrampamientos, sin condenar ni excluir a nadie, y sobre todo, ayudando a que todas las personas vayan entendiendo, poco a poco, que el Dios gratuito mora en nosotros: «Volver a los principios es el camino que nos da la salvación, volver a recapacitar y desechar ideologías, ambiciones, rencores, entredichos, ir al fondo y empezar a hermanarnos para ayudar y servir a nuestro pueblo», dijo durante su homilía (leer transcripción).

No basta que los niños tengan a papá los lunes, miércoles y viernes; y a mamá los martes, jueves y sábados, no basta. En principio, los niños necesitan a su padre y a su madre, y necesitan construir lentamente, con paciencia, una familia que les permita vida.

Homilía de Monseñor Carlos Castillo – Leer transcripción.

Comentando el Evangelio de Marcos (10, 2-12), el Arzobispo de Lima afirmó que Jesús se indignó con sus discípulos por la actitud de rechazo y exclusión que tuvieron contra unos niños. «Jesús siempre interviene en las situaciones de una manera profunda, es decir, ir a los fundamentos de las cosas, no para sujetarnos a todos, «amarrarnos» y declarar a todo el que no hace eso un pecador empedernido que no tiene solución, sino para suscitar en nosotros una sabiduría que nos permita calibrar las cosas y ordenarlas según Dios. Por eso se indigna cuando ve que los pequeños no cuentan y no vamos al fondo de lo que está pasando», agregó.

Tenemos que discutir, misioneramente, cómo solucionar los problemas, porque se nos ha enredado la vida muchísimo. Y tenemos una necesidad urgente, porque los niños están en juego. Por eso el Señor no los espanta, al contrario, se indigna con sus discípulos y los llama.

«La muerte del Señor en la cruz y su entrega generosa, desinteresada y gratuita, para comprender que Dios es amor y solamente es amor, presupone que todos podemos amar como Dios ama. Dios tiene confianza de que todos sus hijos e hijas que Él ha creado, pueden vivir en el amor para el cual han sido hechos. Por eso todos somos hechos para adelante, todos tenemos ojos para contemplar la belleza del Otro, todos tenemos brazos para abrazar, boca para besar y tenemos la capacidad de entendernos, de arreglar las cosas con profundidad, más allá de las cosas o intereses inmediatos. Todos tenemos capacidad de entregar nuestra vida como el Señor la ha entregado, lo que pasa es que es difícil, y pese a ello, Dios nunca nos abandona, Él nos comprende, nos ayuda a que caminemos en su amor poco a poco hasta poder sintonizar en fidelidad con Él», indicó el prelado.

La Iglesia no está para condenar, sino para ayudar, para salir en misión.

Recordando la exhortación apostólica Amoris laetitia, Monseñor Carlos aseguró que la Iglesia no está para condenar a quien tiene problemas y complejas situaciones, sino para ayudar y salir en misión, de manera tal que toda familia que ha logrado avanzar en fidelidad, se convierta en misionera: «Esta misión es la de comunicar lo más profundo del Señor para que todos podamos ir, poco a poco, avanzando hacia allá. Y por más difícil que sea, siempre digamos que tenemos al Señor al lado que nos dice: Estás herido, no importa, Yo estoy contigo, vamos adelante, avanzando poquito a poco, con paciencia», acotó.

«Hemos visto cómo la exacerbación actual de hacer las cosas simplemente por el deseo inmediato, por el capricho y por los intereses inmediatos, inestabilizan al Perú. Toda sociedad, toda persona y toda comunidad, está llamada a recapacitar, a decir: ¿Esto es adecuado? ¿Es justo lo que estamos haciendo? ¿No  estaré poniendo solamente  mi interés sin ver que hay algo más importante que nos une a todos? Volver a los principios es el camino que nos da la salvación, volver a recapacitar y desechar ideologías, ambiciones, rencores, entredichos, ir al fondo y empezar a hermanarnos para ayudar y servir a nuestro pueblo», reflexionó el Arzobispo.

En otro momento, Monseñor Castillo recordó las palabras de Jesús: «Todo el que se hace pequeño participará del Reino de Dios» y «Ustedes también aprendan a ser pequeños para comunicar y anunciar el Reino». Esto quiere decir que todos tenemos entrada a ese Reino a pesar de nuestro pecado. Si avanzamos en las líneas del amor gratuito y si obedecemos los principios que nos quiso comunicar Dios a través de su Hijo – como los niños obedecen fielmente a sus papás- entonces seremos benditos y toda nuestra humanidad renacerá a un mundo nuevo, porque eso es lo que quiere Dios: que seamos felices y renazcamos a una forma nueva de vivir basada en aquello que San Paulo VI llamó ‘la civilización del amor’.

En la semana del turismo, el Arzobispo de Lima saludó a los representantes de la Cámara Nacional de Turismo (CANATUR) y a todas las personas que anuncian las maravillas del Señor creadas por el ser humano.

En este Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Monseñor Castillo hizo un importante llamado a tener un espíritu abierto para buscar los rastros de Dios en la vida de la gente, especialmente en los actos misericordiosos de las personas que muchas veces interpretan mejor la Palabra de Dios que nosotros como católicos: «No podemos excluir o despreciar a quien hace el bien sin conocer a Dios, no podemos creernos el “grupo exclusivo” que tiene la propiedad privada del catolicismo y de la fe cristiana(…) Ser de Cristo no es pertenecer oficialmente y tener un carnet, ser de Cristo es actuar misericordiosamente y vivir en la misericordia», reflexionó. (leer homilía completa)

Leer transcripción de homilía de Monseñor Castillo.

Comentando el Evangelio de Marcos (9:38-43, 45, 47-48), Monseñor Carlos explicó que el Señor recriminó la actitud de sus discípulos al prohibir que una persona expulsara demonios por el hecho de no pertenecer a su círculo cercano: «el Señor ha tenido que hacerlo de una manera muy profunda y fuerte. Él estaba preocupado por la entrada de una actitud en los discípulos que, finalmente, los llevaba a la parálisis, a la infecundidad, a la esterilidad de la fe», añadió el obispo.

No podemos excluir o despreciar a quien hace el bien sin conocer a Dios.

Esta reacción del Señor es una llamada de atención a la comunidad cristiana para que no se deje contagiar de la ‘levadura de los escribas y fariseos y de Herodes’, así lo manifestó el Arzobispo Castillo: «Y esa levadura siempre penetra a la Iglesia, es un peligro y es una tentación: creernos el ‘grupo exclusivo’, el grupo que tiene la propiedad privada del Señor, el grupo que cree tener el ‘reino’ y no hay otro ‘reino’ que ‘nosotros’, adueñándonos de nuestras costumbres e impidiendo que todo aquel que pueda actuar bien fuera de las fronteras de la Iglesia Católica, sea condenado», precisó.

En todo ser humano – por más malo que sea – hay una pizca de apertura y de búsqueda de la cual se puede partir, es cuestión de abrir los ojos.

Esa manera de pensar, explica Monseñor Carlos, es la que conduce a la destrucción de la Iglesia: «Si somos la Iglesia del Señor que ha venido a predicar el amor y que terminó en la Cruz, como dice el Papa, ‘no por la fuerza de los clavos, sino por su infinita misericordia’, no podemos permitirnos excluir o despreciar a quien hace el bien sin conocer a Dios».

Si nosotros no tenemos el espíritu abierto que permanentemente busca los rastros de Dios en la vida de la gente, en los actos misericordiosos que se adelantan a nosotros – y muchas veces interpretan mejor la Palabra de Dios que nosotros – entonces vamos a terminar destruyendo el Reino que está creciendo en medio de la gente.

El Arzobispo de Lima reiteró el llamado a superar la tentación de sentirnos sustitutos de Dios, es decir, crear grupos que se arrogan a la propiedad privada del catolicismo y de la fe cristiana para combatir a aquellos que piensan diferente: «Todos somos pecadores y todos estamos en proceso de conversión, ayudemos mutuamente a reconocernos, a limpiar nuestras heridas y a enjugar nuestras lágrimas».

«Hay una frase preciosa en el libro de José María Arguedas “Todas las Sangres”, en donde habla de la “kurku”, que es una jorobadita que no conoce a Dios, pero dice que cantaba tan lindo que no conociendo a Dios, por el modo de cantar dice “de Dios es”. Ser de Cristo no es pertenecer oficialmente y tener un carnet, ser de Cristo es actuar misericordiosamente y vivir en la misericordia. Y eso se puede ir haciendo más fuerte y más grande participando de la Iglesia y aprendiendo todas las grandes cosas que hemos vivido en la historia, así como todas las cosas y las enseñanzas de la tradición, del magisterio que debemos aprender, pero se empieza y se vive siempre en la misericordia, en la merced, porque si no se vive en la merced, entonces, no se es cristiano. Se es cristiano porque se es amado, no porque uno ama, sino porque uno es amado y, reconociendo la fuerza de su amor, la anuncia, es testigo, y así puede espantar demonios», señaló el Arzobispo Carlos Castillo.

Arzobispo de Lima: «Dice el Sacristán de San Pedro de Lahuaymarca: “no conociendo a Dios, de Dios es”. Ustedes hermanos y hermanas que están en la puerta de esta Iglesia y no han podido entrar, muchos de ustedes, quizás no conocen a Dios, pero son de Dios»

Centenario de la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de la Merced.

Al cumplirse el Centenario de la Coronación Canónica Pontificia de la Virgen de la Merced, el Arzobispo de Lima recordó la historia detrás de su advocación y su aparición a tres ilustres personajes: San Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced; al rey Jaime I de Aragón; y a San Raimundo de Peñafort, fraile dominico:

«La Virgen de la Merced, que nos ha acompañado y se ha repartirdo en tres personajes, entre laicos y religiosos, hizo posible que, regando la misericordia, todos pudieran encontrar al Señor, inclusive los que no conocen directamente a Dios. Por eso, hoy venimos a pedirle al Señor y a la Virgen que nos ayuden a hacer posible entre nosotros una vida distinta sobre la base de ofrecer nuestra Iglesia para que las cosas se reordenen, no para que se escondan los problemas, sino para afrontarlos con la Palabra, como nos ha enseñado el Señor, y que es posible a partir de reconocerla presente, no sólo en nosotros los católicos, sino en toda persona humana que tiene siempre un residuo de Hijo de Dios, porque todos hemos sido creados a su imagen y para ser semejantes a Él», expresó el prelado.

Antes de finalizar, Monseñor Castillo invocó una oración a la Virgen de la Merced: «Madre santa, ayúdanos a espantar todos los demonios que tenemos en nuestra patria, para que tú, por medio de tu merced, nos hagas salir de la cárcel de la violencia, del maltrato, de la injusticia y de la corrupción».

En este Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo hizo un llamado a superar esa visión salvaje de la vida que consiste en las ambiciones personales, compitiendo violentamente y entendiendo al otro como enemigo: «Todavía no tenemos estructuras servidoras, organización nacional servidora, mentalidad servidora, y para eso necesitamos promover una cultura de servicio y no de sirvientes, desde el primer lugar hasta el último, para estar disponibles a ayudar al Otro sin sacar ventaja o beneficio personal». (leer homilía completa)

Al cumplirse 100 años del nacimiento de Paulo Freire, padre de la pedagogía crítica, el Arzobispo Castillo destacó la misión educadora del reconocido pedagogo brasileño, que a través de ‘palabras generadoras’ de la vida cotidiana de la gente sencilla, estableció una educación integradora a partir del diálogo y el reconocimiento digno de las personas: «Su aporte a la educación y también a la Iglesia fue grande, porque estábamos habituados a una Iglesia que daba normas y hacía que la gente obedezca. Y lo que él hizo fue promover a las personas, a los pobres y a los sencillos, a los campesinos y a los que no sabían leer ni escribir», añadió.

Leer transcripción de homilía de Monseñor Castillo.

Comentando el Evangelio de Marcos (9, 30-37), el Arzobispo de Lima explicó que Jesús ha querido conversar íntimamente con sus discípulos para transmitirles algo que viene de lo más hondo de su ser: el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará.

«Estas cosas habían pasado con muchos profetas en la historia del pueblo de Israel, como ha pasado en nuestra historia peruana», indicó Monseñor Castillo, «tantos justos que han muerto por la Patria, tantas personas abandonadas por quienes gobernaban, cuántos héroes nacionales nuestros son actualmente mártires, porque fueron abandonados por quienes deberían haberlos ayudado».

En ese sentido, Jesús ubica a esas personas en su historia y recoge esta imagen del  Hijo del hombre, que también hace referencia a todo aquel que ha vivido de forma justa y no ha respondido con las mismas artimañas de los vengativos: «Jesús ha anunciado el Evangelio, Él decide ir al centro, a Jerusalén mismo – donde están quienes quieren matarlo – para anunciarles una novedad: Dios es amor y sólo amor. Él ha venido para poner como principio que el Hijo del hombre está para servir y no para ser servido», acotó el Arzobispo.

Esta situación de dolor y de injusticia también se vive en el día a día, cuando las personas son insultadas, ofendidas y agredidas, como es el caso de Alex Gensollen Vera Tudela, un joven de 38 años que esta semana perdió la vida en aparentes circunstancias de violencia en una tienda local de San Borja. «Esas cosas terribles nos suceden porque existe una actitud de encerramiento y codicia que nos impide ver al Otro, ver las necesidades de los demás», agregó el prelado.

Superar esa visión salvaje de la vida de ambición, competencia violenta y egoísmo.

En otro momento, Monseñor Castillo reflexionó sobre la actitud de los discípulos, quienes discutían sobre cuál de ellos sería el primero: «Cuando las ambiciones poseen a la gente nos olvidamos de los demás, actuamos en base a lo que es conveniente individualmente. ¿Quién es primero? ¿Quién es más fuerte que otro? ¿Quién es mi competidor para poder destruirlo? Esa visión salvaje de la vida en donde estamos todo el tiempo compitiendo casi violentamente, entendiendo al Otro como enemigo, es lo que el Señor quiere que superemos», precisó.

Para explicar eso, Jesús instruye a sus discípulos sobre la importancia de ser el primero, pero situándose sencillamente como servidores, sin buscar prestigios ni alardear, sino proponer maneras inventivas de anunciar el Evangelio del Señor en medio de nuestra vida cotidiana:

«Todos estamos llamados a seguir este camino. La insistente presencia de las personas que más han trabajado por nosotros en esta Pandemia, siempre requiere nuestro homenaje y nuestro agradecimiento, pero todavía no tenemos estructuras servidoras, organización nacional servidora, mentalidad servidora, y para eso necesitamos promover una cultura de servicio y no de sirvientes, desde el primer lugar hasta el último, para estar disponibles a ayudar al Otro sin sacar ventaja o beneficio personal», resaltó el Primado de la Iglesia peruana.

Dios nos llama desde el Otro, nos interpela.

El Arzobispo Carlos Castillo explicó el gesto que tuvo Jesús al colocar a un niño en medio de todos: «Los niños, en el tiempo de Jesús, no tenían  derechos, un niño era un ‘no humano’, porque al no tener derechos, se podía hacer lo que se quisiera con él. Un niño es puesto en el medio por Jesús para decir que todo creyente, todo verdadero discípulo del Señor, y todo ser humano, está llamado a acoger al ‘no persona’, al que es considerado sin derechos, al que es considerado ‘nada’. Y nadie tiene derecho de burlarse de él o decir improperios que destruyen su persona y la denigran. Todos somos humanos, todos  somos valiosos, todos somos necesarios, aquí nadie sobra», reiteró.

Por esa razón es que Jesús recibe al niño, lo abraza y nos recuerda que recibir a un pequeño, a un necesitado, a un pobre, a un niño, es recibir al mismo Dios: «Esto nos muestra que la identidad entre Dios y los pobres es fundamental, y esto tiene una importancia muy grande para nuestra fe, porque a veces creemos que Dios simplemente es ‘el que está arriba’. Dios ‘es el que está’ en el corazón de cada ser humano, especialmente en el ser humano herido, y por lo tanto, Dios llama desde el Otro, nos interpela».

En este Domingo XXIV de Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo acogió en la Catedral de Lima a las principales autoridades del Grupo Especial de Inteligencia del Perú (GEIN), al cumplirse 29 años de la histórica captura de Abimael Guzmán, cabecilla del grupo terrorista Sendero Luminoso: «Si ahora tenemos la posibilidad de una democracia, aún con sus problemas, es porque ustedes pusieron esa semilla de esperanza para el país. Ustedes son el fruto notorio que tenemos para continuar ese camino de esperanza que depositaron un domingo como hoy. Hagamos todos los esfuerzos para ser semillas de esperanza y ser un milagro para nuestro pueblo», reflexionó el Primado del Perú. (leer homilía completa)

Leer transcripción de homilía de Monseñor Carlos Castillo.

Comentando el Evangelio de Marcos (8,27-35), el Arzobispo de Lima explicó que la pregunta de Jesús hacia sus discípulos ‘¿Quién dice la gente que soy?’, se dirige hoy a todos nosotros como creyentes para aprender a reconocerlo en medio de la historia: «El pueblo sencillo decía que Jesús era Juan Bautista, Elías o uno de los profetas. Y esto es muy importante porque cuando el pueblo recordaba, comparaba las acciones, la vida de Jesús y su mensaje, con su pasado, y encontraba que lo más parecido eran estas personas que habían dado testimonio sirviendo con su palabra al Señor y dando la vida»

De la misma manera, en el Perú recordamos y reconocemos a tantas personas que dieron su vida, como Jesús, para ayudar a que nuestro pueblo repare sus heridas. Esto fue lo que sucedió con nuestros héroes y mártires que se entregaron con toda sinceridad y cariño por la vida de nuestro país: «estamos aquí ante ustedes, hermanos del GEIN, que nos han precedido en este ejemplo vivo de sacrificio para encontrar una solución a un problema gravísimo de nuestra historia», agregó el prelado.

Es importante que nosotros reconozcamos en nuestra historia – como el pueblo de Israel lo hacía en la suya – que el paso del Señor se da siempre en personas concretas que tratan de vivir con sinceridad su vida y su fe.

El Arzobispo de Lima aseguró que el Señor también se manifiesta en nuestra historia y en el dolor que sufre su pueblo: «Hay una frase en el libro del Qohelet que dice: ‘más vale sabiduría que fuerza…más vale sabiduría que armas de combate’. Y ustedes hermanos del GEIN, siendo de nuestra Policía Nacional, saben muy bien que el uso de armas sin la sabiduría no significan nada», resaltó.

Monseñor Castillo hizo un llamado a que aprendamos de la sabiduría y de la inteligencia del Grupo Especial de Inteligencia para resolver los problemas de nuestra sociedad: «Ustedes actuaron en silencio, se ayudaron mutuamente, se organizaron bien – inclusive con condiciones muy adversas, difíciles y con recursos limitados – pero nos dieron una lección de cómo se procede ante momentos difíciles, y a veces, de desesperación. Ustedes tuvieron la valentía, la ingeniosidad, la seriedad y la lectura profunda de lo que nos pasaba, para que un domingo como hoy, resucitáramos a una nueva vida. Ahí está el germen de nuestra democracia, ahí está el germen de nuestra esperanza».

Una verdadera fe cristiana que inspire la reflexión.

En otro momento, el Obispo de Lima explicó que cuando Jesús le dice a sus discípulos que el Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho, ellos tienen la tentación de pensar que esto no debe pasar nunca, porque para los discípulos, un verdadero Mesías es alguien triunfante, un portento de agresividad y destrucción. Por eso, es posible que nazcan en las personas deseos contradictorios e inclusive de rabias y venganzas. Pero el Señor corrige a Pedro, y esa corrección es para siempre: el rechazar en nosotros elementos vengativos que pueden sistematizarse ideológicamente y crear la enfermedad de la violencia sistemática.

Una verdadera fe cristiana inspira la reflexión, no se apura, no calcula, sabe leer la profundidad de las cosas y sabe actuar con oportunidad y justicia.

El Arzobispo Castillo afirmó que hoy todos estamos llamados a dejarnos conducir por el camino que el Señor ha venido a revelarnos: «Dios es amor  y todos nosotros hemos sido creados para amar y servir. No hemos sido creados para ufanarnos ni despreciar a nadie, sino para hermanar. Y eso supone también tener la inteligencia para corregir todos los abusos y aquellas cosas que algunas personas tentadas intentan hacer».

«Vamos a pedirle al Señor que podamos cargar con nuestra cruz, aceptar el sufrimiento, no gozar con el sufrimiento, sino aceptarlo para poder transformarlo en un seguimiento a Jesús y un seguimiento a todos aquellos que nos han enseñado que la vida se pierde y así se salva, que la vida se dona como un servicio y así se llega a la felicidad verdadera, no empecinándonos en nuestros propios intereses y en nuestras propias ideologías malsanas, sino abriendo el corazón y el pensamiento a aquello que es justo y necesario realizar», destacó Carlos Castillo.

Gracias hermanos del GEIN por su ejemplo, por su sabiduría, por su entrega generosa y por todo lo que hicieron por nosotros. Si ahora tenemos la posibilidad de una democracia, aún con sus problemas, es porque ustedes pusieron esa semilla. Ustedes son el fruto notorio que tenemos para continuar ese camino de esperanza que depositaron un domingo como hoy.

En una emotiva ceremonia, nuestra Arquidiócesis de Lima celebró con inmensa alegría la Ordenación Sacerdotal de nuestros hermanos del Seminario Santo Toribio de Mogrovejo: Javier Cusihuaman, Wesley Bravo, Bruno Yarleque, Luis Alberto Mora, Ronny Vicente y Martín Martínez.

La Celebración Eucarística fue presidida por Monseñor Carlos Castillo, quien aseguró que la Iglesia está para desviolentar a la humanidad, para hablarle con el corazón a nuestro pueblo y ayudar a que las personas entren en razón. El Arzobispo de Lima agradeció todo el camino de perseverancia, formación y misión que nuestros seis pastores han realizado en los últimos años, dando testimonio de un camino auténtico, de profundidad, de crecimiento espiritual y humano, pero principalmente, de una constancia en el Espíritu del Señor: «Este camino tiene en nosotros una vocación especial que es la de servir para que todos conozcan al Señor», agregó.

El Señor nos llama desde las entrañas de nuestra madre.

Monseñor Castillo explicó que «el Señor nos llama desde las entrañas de nuestra madre porque todos hemos nacido y hemos sido creados llamados a participar de la Gloria de Dios. Somos llamados a ser imagen y a ser semejantes a Dios, y por lo tanto, amar como Él nos ha amado, sobre todo, ese amor que ha mostrado en Cristo, pero también en la historia de su pueblo, en donde se manifestó de diversas maneras, con signos y con el más grande prodigio que es la entrega de su propio Hijo en la Cruz», señaló el prelado.

El Arzobispo comentó que los sacerdotes son servidores del camino del Señor que dan a conocer al Padre compartiendo sus vidas con los demás: «el camino de la fe no es impuesto, no es un camino de normas ni de costumbres, es un camino de crecimiento en el amor que requiere decidir el sacerdocio no solamente en esta ordenación, sino en cada decisión de vida que han de tomar, en cada palabra que han de decir, en cada circunstancia que van a tener que afrontar».

Llamados a saber comprender nuestra compleja humanidad.

El Primado de la Iglesia peruana afirmó que todo Pastor que quiera anunciar el amor de Dios debe saber comprender la compleja humanidad que estamos viviendo: «los cristianos, gracias al amor de Jesús, nos inspiramos constantemente a enfrentar cualquier tipo de problemas, de terrores, de violencias, de injusticias, de maltratos, de manías, de sinvergüencerías, de engreimientos. Si nos dejamos llevar siempre por el Espíritu del amor que el Señor nos ha dado, podemos llegar a comprender cuán poco somos los humanos y cuán grande es el destino que tenemos, porque entramos en lo más profundo de nosotros, reconocemos nuestros errores y pecados».

Prevalezcan en esa confianza íntima que nos permite sostener todo el camino que vamos a vivir, la cercanía a Dios en la oración especial celebrada y vivida en la Eucaristía, de la oración vivida a solas en el retiro, en la soledad, pero también vivida en la calle, en todas partes, como nos enseñaron nuestros padres, orientados hacia Dios, siempre preguntándole qué hacer, siempre haciendo posible el discernimiento y el esclarecimiento de las situaciones difíciles.

En otro momento, Monseñor Castillo reflexionó sobre la cercanía que debe tener un Pastor, íntimamente unido y consagrado a Dios, pero también cercano con su pueblo y con su obispo: «Esta cercanía necesita, sobre todo, de una enorme confianza y amistad, para ser pastores de todo un pueblo que requiere ser comprendido, reconocido, entendido, necesitado de esclarecer lo grande que somos. Será tarea nuestra en ese acercamiento, aprender a comprender las cosas complejas de nuestra historia, de nuestras relaciones, de nuestras vidas», acotó.

Aléjense del dinero y de las ambiciones de poder.

Finalmente, el Arzobispo de Lima recordó que todo Pastor debe acercarse a su propia historia y a las historias de nuestro pueblo que exigen una vivencia más honda. El prelado hizo un llamado a que los sacerdotes se alejen de las ambiciones de poder y de dinero: «La sencillez de vida, la entrega generosa de María que compartió su vida con Isabel para servirla y ayudarla, ése es el camino que nos queda para que seamos una generación distinta, novedosa, capaz de superar tantas barreras y problemas».

En el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo explicó que para anunciar el Reino de Dios hay que ser empáticos con la vida de la gente, hablar su mismo lenguaje y sentir: «Cuando hacemos algo que está a la altura del lenguaje de la gente, la gente empieza a entender al Señor. Y toda nuestra capacidad de amar está llamada a desarrollarse, y eso no se puede hacer sin escuchar y sin hablar. No podemos optar por un lenguaje exclusivo que solamente algunos sabios saben y que no tiene nada que ver con la vida diaria de todos», destacó el prelado. (leer homilía completa)

Nosotros tenemos una tarea única que es la fundamental de la Iglesia: anunciar al Padre celestial, anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Y cómo va a estar cerca si nosotros no escuchamos la Palabra y no la traducimos en todas las lenguas!

En otro momento, el Arzobispo de Lima agradeció la presencia de las doce familias representantes de los decanatos de nuestra Arquidiócesis: «es una gran alegría encontrar a todos ustedes aquí reunidos en esta Catedral que quiere ser siempre – así como sus casas – la casa de todos y de todas», sostuvo.

«Estamos llamados a comprender las diversas situaciones y lenguajes difíciles en los cuales se encuentra viviendo la familia. Tenemos mucha tarea, y eso requiere, por nuestra parte, más que sólo anunciar que hay un modelo único de familia, es decir, reconocer las situaciones para ir viendo cómo se llega a un nivel de comprensión y de amor dentro de los límites que tenemos hoy día en todo el mundo en la vida familiar, y que todos pueden sentir que Jesús no los abandona a pesar de que seamos muy distintos y haya muchos problemas», recalcó Carlos Castillo.

Leer transcripción de homilía de Monseñor Castillo

El Primado de la Iglesia peruana aseguró que uno de los problemas más serios que tenemos es que no sabemos escucharnos el uno al otro, y esto también ocurre en el corazón de nuestras familias: «a veces, (en la familia) transmitimos unas reglas sin tener consideración con las diferencias de situaciones de cada persona. Y el trajín de la vida nos ha ido haciendo que no tengamos  apertura a los demás. Sin embargo, esto ha ido mejorando ahora que nos hemos reunido en casa a pesar de la Pandemia. Lo mismo ocurre en nuestra Iglesia que estaba acostumbrada básicamente adoctrinar. Está bien, es una de sus tareas, pero también también tiene que escuchar».

En ese sentido, el Evangelio de Marcos (7, 31-37) nos presenta la situación de una persona sordomuda que sufre por no poder expresarse: «Eso tiene una importancia muy grande para nosotros porque el Señor ha venido justamente para transformar la vida del mundo, pero no para transformarla de cualquier manera, sino para realizar las cosas más importantes que nos inviten y nos hagan posible ser plenamente humanos. La gran felicidad del ser humano es realizar todo el proyecto que Dios ha tenido desde el principio: hacer que el ser humano pueda ser semejante a Dios, es decir, que pueda amar a manos llenas, gratuitamente, y para eso necesitamos escuchar a nuestro Dios que nos comunica su Palabra», reflexionó el Monseñor Carlos.

Gestos y detalles del Señor que nos invita a abrirnos a los demás.

Precisamente, el Evangelio de hoy presenta una serie de detalles que nos invitan a ver cómo aprendemos a abrirnos para ayudar a los otros. Así lo explicó nuestro Arzobispo Carlos Castillo:

En primer lugar, Jesús está pasando por una tierra que llamamos «cananea». Toda la zona de Israel, desde Tiro y Sidón – que es una zona pagana – se llama Canaán. Y en Canaán existía antes un pueblo que adoraba a unos dioses que se llamaban ‘Baales’, a los cuales se les rendía culto porque eran – como en la historia de nuestro pueblo – dioses del campo. El pueblo de Israel llegó ahí con Abraham y con los que vinieron después (cuando el pueblo regresó también a Canaán). Y uno de los problemas que tuvieron fue la idolatría a dioses paganos o dioses cananeos. Pese a ello, también tenían cosas interesantes, como por ejemplo, al cultivar la tierra y tener estos dioses, orientaban un poco su vida y lograban ciertos beneficios. Esto fue lo que sucedió en nuestra historia peruana con la cultura Wari, porque si los waris no hubieran aprendido a ‘domesticar’ a Wiracocha y al agua, entonces no se hubieran gestado los acueductos, y todas las ciudades en la sierra se hubieran derrumbado.

Por lo tanto, las religiones naturales que son del campo (y que se llaman por eso paganas), son religiones que tienen algo bueno qué aportar. Y el Evangelio de hoy nos dice que Jesús tiene en cuenta esta situación, y para corregir a su pueblo, incorpora algunos elementos ligados a esas religiones paganas para atender la demanda de las personas que le pedían que imponga sus manos sobre el sordomudo.

Es interesante que ni Lucas ni Mateo citen este texto, tal vez porque les pareció que para el público que ellos hablaban -que ya eran creyentes o eran de origen judío – no podía ser relevante, no podía ser importante explicar. ¿Por qué? Porque el Evangelio de Marcos se escribió justamente para los paganos, para los que no saben absolutamente nada del Dios de Israel, del Dios amor, del Dios Yahveh.

Y por lo tanto, para acercarse directamente, Jesús quiso hacer gestos que son sumamente importantes porque se usaban en el mundo pagano para resolver problemas. Se dice que el emperador Vespasiano usaba siempre la saliva para curar (y hay muchos casos de curanderos que hacían lo mismo). Jesús emplea estos elementos para transmitirle el amor de Dios en su lenguaje.

Y si bien es cierto que esa gente no hablaba arameo (“Effetá” es una palabra aramea), Jesús usa esta palabra unida a una serie de gestos: 1) Separa el sordomudo de toda la gente para llevarlo a un lugar apartado. 2) Mete sus dedos en los oídos. 3) Le toca la saliva con la lengua. 4) Mira al cielo. 5) Suspira. 6) Dice la palabra: Effetá.

A través de estos signos, entonces, podríamos decir que Jesús se hizo ‘medio curandero’ para que pudieran entender el amor de Dios, pero lo más importante es que logra no solamente impresionarlos, sino que ellos van a anunciarlo después, van a salir a anunciarlo a pesar de que Él les pide que no se lo digan a nadie.

Y esto es importante porque cuando hacemos algo que está a la altura del lenguaje de la gente, la gente empieza a entender al Señor. Y la labor nuestra es conocer a la gente y sentir como la gente.

Saber escucharnos y entendernos en nuestros lenguajes.

Por todo lo expuesto, el Evangelio de hoy debe suscitar en nosotros la capacidad de abrirnos a los demás para curarnos (como el hombre sordomudo), pero también para escuchar la Palabra, hablar y anunciar el Evangelio. Y para abrirnos al otro y entender sus necesidades, su sufrimiento y sus sentimientos, tenemos que conocer nuestros lenguajes, nuestras lenguas originarias.

Este es un problema que resuena con fuerza en el día que celebramos a la Mujer en los pueblos originarios: «muchas veces no podemos comunicarles el Evangelio porque nosotros nos hemos quedado en el nuestro, y pensamos que nuestra lengua es la mejor de todas. Y así como ellos pueden ser ignorantes muchas veces del castellano, nosotros también somos ignorantes de otras lenguas que tenemos que conocer, como el quechua, el aimara, el shipibo konibo, el ashaninka.  Somos un país multilingüe, multinacional, y tenemos que aprender a reconocerlo, a vivirlo, a sentirlo y a comunicarlo», explicó el Arzobispo de Lima.

Queremos que todas las personas sean libres, que todas las personas canten y vivan con alegría el amor de Dios que está para hacernos libres y no para encerrarnos en nosotros mismos.

Finalmente, recordando las palabras del Papa Francisco en el Ángelus de hoy, Monseñor Castillo reiteró que necesitamos superar ‘la sordera espiritual’ que nos encierra en nuestras ideas y nos impide escuchar lo razonable que pueda presentarme el otro: «Estamos ante el otro que nos dice: ‘tengo problemas, quiero compartir’. Invitémonos unos a otros a la actitud del Señor: a actuar, hablar, escuchar y hacer gestos que permitan que el otro nos comprenda».

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