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En este domingo XXV del Tiempo Ordinario, Monseñor Castillo inició su homilía destacando las palabras del profeta Isaías (55, 6-9), quien nos recuerda que los caminos de Dios no son nuestros caminos: “el Padre se ha revelado en Jesucristo para que podamos, con alegría y esperanza, vivir sus caminos en los nuestros, y hacer posible que nuestra humanidad pueda crecer y hacerse grande, sobre todo grande de corazón, grande de misericordia, amor y justicia”, añadió.

En ese sentido, el Evangelio de Mateo (20,1-16), expresa la intención del Señor de enseñar a sus discípulos cómo es el Reino de los Cielos a través de parábolas: “a veces pensamos que el Reino es el cielo o algo para el futuro, nos olvidamos que el Reino de los Cielos lo ha revelado Dios para ser un anticipo de ello aquí en la tierra”.

Dios no está encerrado en sí mismo, es abierto y suscita la relación con la gente.

El Arzobispo señaló que estamos llamados a seguir el camino, el aliento y la propuesta del Señor, que nos inspira para poder actuar aquí y ahora: “Jesús irrumpe en nuestro camino, nos abre la mente y el corazón. En el Evangelio de hoy, Dios aparece en la figura de un contratista que busca gente para trabajar, Dios aparece como Aquel que sale, no un Dios que está encerrado en sí mismo, sino un Dios abierto que se comunica, suscita la relación con la gente, la busca en sus situaciones concretas”.

En esta búsqueda se encuentra distinto tipo de gente; los agraciados que encuentran trabajo inmediatamente, los que no tienen trabajo, y los marginados. El dueño de la viña pacta un acuerdo con todos los grupos y los llama para darles trabajo y pagarles lo justo: “lo interesante es que no todos trabajan la misma cantidad de tiempo, y sin embargo, el contratista les paga a todos igual. Esto nos cuesta entenderlo, porque nosotros decimos: ‘a cada uno según su esfuerzo’, y por lo tanto, para recibir una paga tienes que merecértelo. Aquí es ‘a cada uno según su necesidad’, y no se merece, simple y llanamente se dona”, agregó Monseñor Carlos.

El Don de Dios es gratuito, y en la Iglesia tenemos que habituarnos a vivir de la gratuidad y no del merecimiento. Por eso, Dios sale a caminar y a buscar a la gente, para integrarla a una experiencia definitiva del Reino de los Cielos aquí en la tierra, y eso es posible si es que vivimos, observamos y contemplamos lo generoso, lo misericordioso, lo gratuito que es nuestro Dios.

La Iglesia se coloca en el mundo como signo de la gratuitad de Dios.

“El signo más hondo de la gratuitad de Dios es la muerte de Jesús en la cruz por todos, manifestó el Arzobispo, y por eso, la Iglesia se coloca en el mundo como signo de la gratuidad de Dios, y tenemos que resolver el problema de ponerle precio a todo lo que hacemos. O somos signo de gratuidad y de generosidad de Dios, o entonces no alentamos a la gente”.

Dios es gratis. Dios no cuesta, y por eso, la Iglesia está llamada a acoger, especialmente a los que nadie cuenta, a los que este mundo considera “sobra”, hay que irlos a buscar, llamarlos a integrarse a un camino generoso y gratuito, porque todos podemos ser signos de la gratuidad de Dios.

Este camino es también un aprendizaje, una oportunidad para resolver las situaciones límites que vivimos como país, dejando de lado los intereses, las mezquindades y las tacañerías: “quizás nos demoramos demasiado en resolver las cosas porque siempre estamos pensando en cuánto cuesta o qué ventaja puedo sacar, pero recordemos que el Señor está trabajando en lo escondido, nuestros caminos no son sus caminos, Él va haciendo sus caminos en nosotros”, afirmó el Arzobispo.

En memoria de Alicia Maguiña.

Antes de dar la bendición final, Monseñor Castillo recordó uno de los poemas de nuestra compositora criolla Alicia Maguiña, quien falleció el pasado 14 de septiembre a los 81 años. Y dice así:

Todo me habla de ti:
la noche, el sol, el mar
la rosa, el alhelí
y el viento al canturrear

Aquellas calles que
contigo recorrí,
y el rosario de cuentas…
todo me habla de ti

Los peces para el mar,
para el jardín la flor,
la miel para la abeja
y para mi tu amor

Ay, ay, ay, pero,
la campana y su tañer,
el cielo con su color;
todo, mi dulce querer,
todo repite tu amor.

El lirio con su candor,
la paloma, el colibrí,
el rio con su rumor…
todo me habla de ti.

“A este Dios que está metido en nuestra vida, y que a veces no lo encontramos, no lo reconocemos, pero está presente, le pedimos que nos de su bendición para que podamos reconocerlo y alegrarnos como nos alegró el corazón nuestra hermana Alicia Maguiña, maravillosa como tantas mujeres lindas que tenemos en nuestro país”, resaltó Monseñor Castillo.

Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, presidió la Celebración Eucarística de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario: “El Señor nos pone ante una situación límite que requiere una enorme capacidad de repensar todo lo que somos, especialmente en los momentos difíciles en que estamos, en donde el perdón es una manera de ayudarnos mutuamente, no solamente a perdonar, sino a saber perdonar para educar, para poder construirnos como país, como personas, como pueblo que sabe hacer las cosas con proporción y justicia”, reflexionó.

“En estas semanas, los evangelios de Mateo nos han ayudado a reflexionar sobre cómo la vida interna de la comunidad tiene que ser una vida basada en la corrección mutua, en el perdón, en el amor misericordioso de Dios”, expresó Monseñor Castillo al inicio de su homilía.

En ese sentido, el discípulo Pedro ha sido parte de este proceso, madurando en el camino. Por eso, el Evangelio de Mateo (18,21-35) plantea, a través de Pedro, un tema difícil como el perdón: “muchas veces no perdonamos porque hemos sido maltratados, sentimos un deseo de justicia que puede convertirse luego en un deseo de venganza, y podemos quitarle la proporción a nuestro comportamiento y desesperarnos”, señaló el Arzobispo.

El Señor persiste en perdonar, promover y recrear.

Ante la pregunta del discípulo: ‘Si mi hermano me ofende ¿Cuántas veces le tengo que perdonar?’, Jesús ofrece una respuesta que supera las expectativas de Pedro, porque quiere ensanchar su fe, enseñarle a no vivir estrecha ni mezquinamente. La expresión ‘hasta setenta veces siete’, es un símbolo para comprender que debemos perdonar incansable y extremadamente.

Ciertamente esto resulta muy difícil para nosotros, pero Monseñor Castillo recuerda que “el fundamento de todo está en que tenemos un Dios que nos creó por amor, y cuando nos recrea por Jesús, persiste en el don”.

El perdón es persistir en donarse, persistir en promovernos, persistir en recrearnos, porque cuando hay perdón todos nos recreamos, renacemos, porque somos liberados de un peso, y entonces podemos caminar tranquilos.

Es tan difícil caminar por la vida cargando el peso de nuestras culpas, y por ello, el Señor viene a enseñarnos que el Reino de los Cielos no está en la estratosfera, manifiesta el Arzobispo de Lima: “el Reino de Dios se precipita en la tierra, para que al final nos reencontremos plenamente con Dios mismo, mientras tanto, en esta tierra estamos llamados a vivir profundamente con un corazón ensanchado”.

Considerar al otro y tener comprensión de la situación para perdonar.

En la Parábola del rey misericordioso, Monseñor Castillo explicó que la deuda es perdonada debido a dos actitudes importantes: “en primer lugar, el rey se compadece al ver el dolor del deudor; pero también hay una cuestión de realismo, pues era imposible que una persona pueda pagar esa cantidad”, agregó.

Pero la compasión no es un mero sentimiento, es una afección, aclara el Primado del Perú: “la compasión es tener comprensión de la situación, tener consideración del otro, tener consideración de dónde estamos, para resolver las cosas con cordura, con capacidad de ver qué es lo más conveniente, lo más adecuado, lo más justo”.

Todos podemos aprender a perdonarnos, eso pertenece a toda la sociedad, y cuando hay errores o delitos tienen que investigarse y juzgarse, pero podemos también tener el ancho corazón de comprender las cosas de otra manera, y no azuzar las aguas para finalmente destruirnos.

En ese modo de comprender la compasión es posible tener “comprensión profunda de las cosas, para ver dónde hay que ayudar, y ésa es la actitud de este rey, que siendo una deuda grandísima es capaz de desprenderse, capaz de generar algo nuevo para este hombre”, resaltó Carlos Castillo.

Todos hemos sido creados y reafirmados en el perdón.

A pesar de la actitud misericordiosa del rey, el deudor eligió actuar con mezquindad, sintiéndose ahora acreedor, juzgando y maltratando a quien le debía un monto insignificante en comparación con la deuda que le fue perdonada: “permanece como un niño caprichoso que no ha aprendido del don recibido”, actitud con la que se niega a comprender la situación del otro, algo que nos ocurre muy a menudo: “¡Qué niños nos quedamos! ¡Qué egoístas aprendemos a ser muchas veces! Es hora de restañar heridas, comprendiendo que las situaciones no pueden resolverse con locura, sino con visión grande, con visión ancha”, dijo el Arzobispo.

Todos podemos perdonarnos porque todos hemos sido creados perdonados, reafirmados en el perdón por medio de Jesús, que no se bajó de la cruz, sino que persistió en su amor, dándose a manos llenas a nosotros, incluso mediante su propia muerte, no se vengó, porque es un Dios que no está fijándose permanentemente en nuestras culpas, no está acusando, sino que tiene apertura, ancho corazón, ancha visión de las cosas, no mezquina, es un Dios generoso, magnánimo, longánimo, abierto, capaz de comprender y de promover.  

“El Señor pone a Pedro ante el Reino de Dios, ante el camino grande que tenemos que seguir todos, ante el bien común, ante ese país rumbo al bicentenario que soñamos, y que nos necesita para contribuir a hacerlo humanamente grande”, subrayó Monseñor Castillo.

“Hermanos y hermanas, que la anchura de corazón de Dios, que sabe reconocer que todos podemos tener una oportunidad, nos llene a nosotros, y que la razón para actuar sea proporcionalmente y sin locuras, sin desesperación”, concluyó Monseñor Castillo.

Monseñor Carlos Castillo presidió la Celebración Eucarística de este domingo 30 de agosto, Solemnidad de Santa Rosa de Lima. El Arzobispo presentó las intenciones de las cuatro mil cartas que se enviaron en la última semana, y al término de la Misa Televisada, arrojó las cartas al Pozo de los deseos de Santa Rosa: “Le pido a todos los peruanos con el ejemplo y la fuerza de Rosa, con su espíritu, todos seamos partícipes del valor que llevamos adentro, ese tesoro escondido que hay en cada uno de nosotros, lo compartamos y empecemos a romper todas las cosas que nos impiden”, reflexionó el Arzobispo.

Monseñor Castillo inició su homilía expresando que, en Rosa de Lima, el Señor sembró en nuestra historia nacional un árbol frondoso que fue creciendo como el grano de mostaza, para luego acogernos a todos en sus ramas y sentir su presencia en medio de nuestra vida, de nuestra sociedad y del mundo.

“Se ha hecho tan grande este árbol llamado Rosa de Lima que, siendo una semilla insignificante, se abrió al camino del Señor desde muy pequeña, y ahora es tan grande que en todas partes del mundo es conocida, apreciada”, resaltó el Obispo de Lima.

Rosa brilla de esperanza para una humanidad que necesita ser solidaria

El Arzobispo puso mucho énfasis en el contexto histórico de Rosa de Lima, quien vivió entre los siglos XVI y XVII: “durante este tiempo, el Perú empezó a crecer de forma económica, de tal manera que los minerales de Potosí, de Cerro de Pasco y de Quives se conocían en el mundo. En medio de toda esta riqueza y la fascinación de los bienes, Rosa nos ha mostrado que los pobres del Perú son el verdadero oro del Perú, porque ella irradió, con su sencillez y entrega generosa, el verdadero valor en el mundo de los pobres”.

En una sociedad donde la riqueza fascinó y desarrolló un mundo global enormemente depredador, que olvidó la salud de las personas, hoy también Rosa de Lima vibra y brilla de esperanza para una humanidad que necesita ser solidaria como ella lo fue.

Rosa se identificó en lo más hondo y duro que vivió Jesús.

Monseñor Carlos explicó que Rosa, desde muy pequeña, “sintió la presencia de Jesús gracias a los relatos de su abuela Isabel. Rosa comprendió lo más hondo que puede tener un ser humano: ser hijo de Dios, y eso significa que tenemos a Cristo crucificado dentro. En todas nuestras desdichas y dolores, en nuestros enredos y locas ilusiones, está Jesús escondido. Es por eso que Santa Rosa supo identificarse en Cristo, en el Jesús que vivió Santa Catalina de Siena, y quiso ser como ella”, añadió.

El Arzobispo recalcó que Rosa se identificó con la cruz del Señor, a tal punto que los sacrificios que hacía venían de “un enamoramiento profundo de lo que significa el amor de Jesús, que siendo Hijo de Dios, comprendió sensiblemente el dolor humano y entregó su vida por nosotros”.

Rosa aprendió a reconocer a Jesús en la historia.

Fue en Quives donde Rosa conoció de cerca el sufrimiento de la gente, y por eso, en los sueños de ella hay una sombra recóndita del amado, de Jesús, quien esta vez aparece como un cantero, como un trabajador minero. Lo mismo sucedió con las costuras y origamis que realizaba, retratando una vida ‘atravesada’ por el amor generoso de Jesús, además de otros signos del mundo campesino y minero.

“A los 12 años, después de ser confirmada, Rosa decide: o Dios o el dinero, y elige a Dios por encima de la riqueza, por eso se dedicó a cultivar las virtudes que permiten hacer crecer al ser humano”, acotó Carlos Castillo.

Rosa se recogió profundamente para entender el sentido de este mundo, se concentró en vivir como Jesús, aprendiendo a reconocerlo en la historia.

En ese sentido, son muchos los gestos que enaltecen a Rosa, ya sea porque le pidió a su papá hacer de la sala de su casa un pequeño centro hospitalario para atender a los enfermos de la ciudad, atender a indios y negros, atender a mujeres de origen africano que no tenían dónde dar a luz, y muchos otros casos más.

Monseñor Castillo hizo un llamado a dejarnos inspirar por la vida de Rosa de Lima, para que renazca nuestro país, para que el Perú sea una partecita del cielo, de tal manera que ya el Reino de Dios lo vivamos acá: “eso es posible si nos dejamos llevar por el Espíritu del Señor, por Jesús que vibra, mora, alienta y arde en nosotros de amor”.

“Hagamos un proceso de recapacitación muy profundo porque a veces banalizamos las cosas, eso que llamamos las locas ilusiones, y a lo que renunció Rosa desde el primer momento de su vida. Separarnos de las cosas del mundo no significa destruir lo bueno, sino aquello que nos destruye. Esa es la frivolidad, el tomar las cosas superficialmente, pasajeramente cuando está la responsabilidad por el otro y uno mismo. Ya han visto en esta desgracia que ocurrió, ha sido tan difícil. Nosotros debemos rechazar lo absurdo y reconocer lo bueno”, expresó Monseñor.

“La Iglesia se cimienta sobre una persona débil y humana como Pedro, que se deja llevar por el Espíritu, porque en medio de nuestro pecado, el Señor aviva el ser más profundo que Él ha creado”, es la reflexión que nos deja el Arzobispo de Lima, Monseñor Carlos Castillo, en este XXI Domingo del Tiempo Ordinario.

Durante su homilía, Monseñor Castillo explicó que, ante tanta tragedia vivida, es comprensible que nos preguntemos ‘¿Dónde estás Señor?’, pero Él siempre está con nosotros, porque es Yahvé, “el Dios viviente, y por lo tanto, no nos abandona jamás, siempre está presente y hace posible que cada uno de nosotros estemos atentos al camino del Señor”, indicó.

“Hemos visto cómo la loca ilusión hace crear tragedias como la que hemos vivido anoche”, manifestó el prelado en alusión al lamentable fallecimiento de 13 jóvenes en una fiesta clandestina en una discoteca y durante el Toque de Queda, “hoy estamos muy tristes porque a la muerte de tanta gente, se agregan muertes absurdas. Tenemos que ayudarnos a entendernos y a salir de nosotros mismos, pero a curar todos esos maquillajes y desesperaciones, esos apuros que impiden que lo más profundo de nuestro ser salga”, precisó.

La fe es una relación íntima entre la Trinidad y nosotros.

El Arzobispo recordó que, aunque el Señor nos acompaña siempre, a veces “nos es difícil expresarlo, y además vivir de acuerdo a lo que expresamos, por eso, las reacciones inmediatas hacen posible que nosotros podamos desesperarnos, hay una serie de barreras y de tapas, de maquillajes que se han colocado en nuestro ser que no permiten que se pueda expresar con sencillez y claridad nuestra relación con el Señor, pero la fe es sobre todo, una relación íntima entre personas, entre la persona de Dios y la persona de nosotros, entre la Trinidad y nosotros, entre la comunidad que se llama Dios , que es una comunidad de vida, de alegría y de esperanza”.

En ese sentido, en el Evangelio de Mateo (16, 13-20), se muestra la intención de Jesús de dialogar con sus discípulos, y que ellos puedan expresarse para sacar lo mejor que tienen: “cuando Dios dice que quiere nuestra salvación, cuando Jesús viene para salvarnos, quiere decir que en nosotros hay algo que ha sembrado Él, que viene desde nuestro ser mismo y es revalorado, cultivado, gracias a los Sacramentos y a la Palabra de Dios”, agregó el Primado del Perú.

El Señor quiere que nosotros salgamos y seamos nosotros mismos, no una ficción de nosotros mismos. Madurar es expresar lo más profundo de nosotros, aprender a hacer las cosas de acuerdo a la voluntad de Dios, ese ser que es amor también porque somos producto del amor, somos consecuencia de un Dios que nos ama. 

Llamados a sentirnos hijos amados de Dios.

Jesús está alegre, dice el Arzobispo, porque finalmente Pedro ha dicho las palabras correctas, ya no ve un fantasma, ahora ha respondido claramente: ‘Tú eres el Hijo del Dios viviente, tú eres el Cristo, el Mesías, Aquel que tiene el Espíritu de Dios y que nosotros estamos conociendo vivamente, y estamos contentos de estar contigo’.

¿Por qué ha dicho eso Pedro? Porque Jesús “se ha mostrado como hermano, y así ha mostrado ser el Hijo de Dios, que nos llama a todos también a sentirnos hijos, no a sentirnos anónimos, no a sentirnos cosas, sino a sentirnos hermanos de los demás, solidarios con los demás, eso es lo que significa afirmar que Jesucristo es Hijo de Dios, que hay un solo Padre y que todos somos hermanos”, subrayó Monseñor Carlos.

La fe es una comunicación vivencial con nuestro Señor.

Las palabras de Pedro, por lo tanto, son expresiones que salen del corazón, y del mismo modo, el Arzobispo recuerda que estamos llamados a “tener una religión que salga del corazón, que salga de las entrañas, que salga de los riñones, de lo más profundo de nuestro ser, no una fe superficial en donde lo único que hay son leyes, ritos, afirmaciones conceptuales, no, la fe es una comunicación vivencial, existencial, total con Jesús, y por nuestra fe el Señor alienta nuestra humanidad, no la destruye, no la desprecia, al contrario, la enriquece, la alienta”.

Pedro se ha dejado llevar por el Espíritu, y la Iglesia se cimienta sobre una persona débil y humana que se deja llevar por el Espíritu, porque en medio de nuestro pecado, el Señor aviva el ser más profundo que Él ha creado.

Por último, Monseñor Castillo hizo un llamado a descubrir cómo está Dios presente en nosotros: “en silencio, profundicemos qué le decimos nosotros a ese Dios que nos ha mandado a su Hijo, qué le decimos sobre quién es. Que Jesús crezca en nosotros y podamos hacer una sociedad de hermanos que se aman, porque estamos llamados a vivir de la profunda realidad del amor que Dios nos ha dado, somos sus hijos, seamos hijos, hermanos, porque un solo Padre nos ha mandado ese Hijo para alentarnos, para estar escondido en medio de nosotros, revelándose poco a poco en medio de nuestras tragedias”.

“Hago un llamado a escuchar el clamor de la fe ancha de nuestro pueblo, que quiere una sociedad mejor, una capacidad solidaria más grande, especialmente de todos aquellos que tienen poder y posibilidades, no solamente poder económico, no solamente poder político, sino el poder del conocimiento, el poder de la invención, la fuerza de la juventud”, es la reflexión de Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, en este XX Domingo del Tiempo Ordinario.

Durante su homilía, Monseñor Castillo dio una importante referencia histórica sobre la región de Tiro y de Sidón que visita Jesús y que narra el Evangelio de Mateo (15,21-28): “estas regiones pertenecen a una zona dedicada básicamente a la pesca y al comercio. La gente de esta región trataba muy mal a los campesinos y los pescadores de Galilea, pagándoles muy poco por sus productos. Por eso los hebreos los llamaban ‘perros’, porque ‘les comían’ sus productos bajándoles los precios”, indicó.

El “rechazo” de Jesús a la mujer de Canaán.

Gran parte de la pobreza del norte de Israel se debía a estas malas relaciones comerciales, resalta el Arzobispo, y por eso, la presencia de la mujer cananea que provenía de esta región y seguía Jesús, despertó ciertas resistencias.

“Sin embargo, esta mujer empieza a ver en Jesús lo que es ese Dios, que se fija en los que sufren desdichas, pobreza, vulnerabilidad, estas fragilidades humanas que ahora se nos presentan tan claramente en nuestra situación actual, y por eso, con una actitud muy profunda, ella le pide compasión”, explicó el prelado.

El Señor rechaza tres veces la petición de diferentes maneras: primero no la escucha, después rechaza el pedido de sus discípulos que pretendían zafarse de ella, y finalmente, ante el clamor de la mujer cananea, Jesús reitera su rechazo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los perros”.

Pero la respuesta de la mujer es muy profunda, afirma el Arzobispo Carlos: “ella acepta que su pueblo ha maltratado a Israel, se pone en una situación sencilla de reconocimiento y va mucho más al fondo”.

La anchura de fe nos hace cambiar.

Ante la respuesta de la mujer cananea, Jesús valora su fe, una fe ancha, una fe de calidad y no de cantidad, una fe que no se calcula: “esta mujer tiene una fe capaz de superar las fronteras, como es Dios, como lo hemos leído en el profeta Isaías (56,1.6-7), el Dios que hace justicia abriéndose a todos los pueblos de la tierra, y lo hemos cantado en el Salmo (66,2-3.5.6.8): ‘A Dios den gracias todos los pueblos, que todos los pueblos alaben al Señor’, porque Dios ha venido no solo para Israel sino para toda la humanidad”, precisó Monseñor Castillo.

Jesús, sabiendo que una de sus misiones es defender la dignidad de la persona humana, se da cuenta que hay otra persona que está sufriendo, y admirando la fe de la mujer cananea, cambia. Si el Señor cambió ¿Por qué nosotros no podemos cambiar siendo pecadores?

“Esto es muy importante porque, ante las situaciones difíciles que vivimos, difícilmente cambiamos, señala el Arzobispo, tenemos costumbres que se han metido en nuestra tradición de los últimos años. Por ejemplo, si tengo el oligopolio del oxígeno, entonces no cambio nada, al contrario, gano un montón de plata y me enriquezco a costa de los demás, no importa que la gente sufra. Ésa es una costumbre que se ha metido, es una ideología, y la salud se ha convertido en un negocio permanente. No es posible que haya una concentración tan grande entre poca gente de un bien que es para todos, inclusive cuando alguien quiere resolver el problema, hay una serie de impedimentos burocráticos”.

Anchar nuestra capacidad solidaria para resucitar al Perú.

El Primado del Perú reiteró su llamado a organizarnos como sociedad y como Iglesia para cambiar la situación que afrontamos: “no basta con que el Estado ‘papá’ haga todo, la sociedad civil, las organizaciones populares, los comedores, la gente de bien, la gente que tiene condiciones económicas, todos tenemos que ayudarnos e invertir. Estamos en un extremo de sufrimiento, y nuestra religión, nuestra fe, es para enfrentar los sufrimientos, para resucitar al Perú y resucitarlo ahora, y eso requiere de todos nosotros inteligencia”.

Necesitamos la misma fe de la mujer cananea que reclama que cambiemos, que escuchemos el clamor, que inventemos mil formas de unirnos para solucionar las cosas.

Monseñor Castillo exhortó a que actuemos de forma inteligente, siguiendo el ejemplo y la iniciativa de otros pueblos que han sabido organizarse: “hay que aprovechar todas las cosas que puedan ser útiles para que nosotros podamos responder, y así podamos decirle al Señor que nos ayude, que nos socorra, y Él nos podrá decir: Que se haga como desean los peruanos”.

El Señor quiere una fe diferente, una fe cualitativamente diferente, una intimidad profunda de confianza que nos hace recuperar nuestras capacidades, todas esas capacidades que tenemos en nuestra historia que podemos verter hoy para hacer mejor nuestro papel y nuestra tarea como sociedad civil, como católicos y como cristianos. 

“Que las iniciativas que vamos a realizar en este tiempo próximo, puedan ayudar a resucitar al Perú ahora, resucitar, que también significa volver a suscitar las grandes cosas de nuestra historia que hoy necesitamos para salir de los entrampamientos y dificultades de nuestra Nación en formación”, expresó.

“Hagamos posible que nuestra vida sea transparencia del Señor desde las cosas elementales, simples, sin espasmos, sin atormentarnos, sino aprendiendo a caminar sobre las aguas tormentosas de la mano del Señor, no solos, porque nos hundimos”. Fue la reflexión de Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, en este Domingo XIX del Tiempo Ordinario.

Al inicio de su homilía, Monseñor Castillo expresó su pesar por la partida de dos grandes hombres, Monseñor Pedro Casaldaliga, obispo defensor de la Amazonía en Brasil; y el Padre Miguel Ángel Simón Manrique, reconocido en el Rímac por su noble corazón solidario: “la entrega de ellos por los más pobres nos da a todos ejemplo y fuerza para vivir y esperanza para seguir caminando”, resaltó el prelado.

Tiempo para pensar las cosas, ordenarlas y disponernos al Señor.

Comentando el Evangelio de Mateo (14, 22-33), Monseñor Carlos Castillo explicó que las situaciones de desgracia que vivimos son como una tempestad, y al igual que los discípulos, es posible entrar en desesperación, enredos y temores, pero en medio de la dificultad, el Señor hace sentir su ayuda porque está escondido con nosotros.

El Arzobispo de Lima habló sobre el gesto delicado que tuvo Jesús al despedir a la gente: “este gesto es propio de quien ha venido a mostrarnos a Dios Padre, por medio de signos delicados y sencillos que le permiten a la gente seguir caminando”, añadió.

Otro momento importante que narra el Evangelio de Mateo ocurre cuando el Señor va a un lugar solitario y entra en el silencio de Dios para orar largamente toda la noche: “en esa meditación, Jesús se encuentra con su Padre y adquiere las fuerzas que necesita. Nosotros también podemos encontrar al Señor orando, y hoy tenemos la oportunidad de tomarnos el tiempo para recogernos y pensar las cosas, ordenarlas y disponernos a que el Espíritu entre en nosotros”.

Aprender a caminar sobre las aguas tormentosas para abrir una brecha de esperanza.

Al producirse la tempestad, los discípulos entran en desesperación, pero el Señor resuelve las cosas caminando sobre las aguas. ¿Qué significa esto? Monseñor Castillo explica que “la tarea del cristiano, simbólicamente hablando, es aprender a caminar sobre las aguas tormentosas, ésa es la misión del cristiano, de la Iglesia, aprender en medio de las situaciones difíciles a ir abriendo una brecha de confianza, de esperanza, pero desde lo profundo, de lo que acontece, no desde lo inmediato”.

Pero los discípulos no reconocen a Jesús como amigo, lo desconocen y creen ver a un fantasma: “nosotros también, en estas circunstancias, podemos desconocer al Señor a través de la convulsión de estos días. Es muy curioso que nosotros somos un país de católicos, pero estamos convulsionados y reaccionamos a las situaciones por impulso, hay distintas reacciones espasmódicas que vemos a diario, pensando en el interés individual y olvidando el bien común”, precisó el Arzobispo.

Cuando nos sentimos atormentados queremos reaccionar recurriendo a los fantasmas del pasado. Israel también tenía este problema, habían sido habituados a un Dios que daba miedo, imponía reglas y vigilaba. Mediante Jesús, Israel recién está conociendo a Dios como amor, y por eso, les cuesta mucho salir de sus imágenes anteriores.

Aprender a ver la realidad y las nuevas situaciones.

Y refiriéndose a la aglomeración de hinchas en los exteriores de un partido de fútbol, el Obispo de Lima reiteró que no podemos actuar “como si fuera el mismo tiempo del pasado, pensando que vivimos en una situación totalmente distinta a la que en realidad estamos viviendo. Vemos nuestros fantasmas antiguos, pensando que podemos cantar y celebrar vivamente en las calles como si no pasara nada”.

Nuestras formas de vivir, de pensar y de reaccionar están volviéndose obsoletas, estamos en una situación nueva que nos exige, pero no sabemos situarnos ante ella, no queremos ver la realidad.

“Es urgente que nosotros aprendamos a espantar los fantasmas para ver nuestra realidad concreta y aceptarla, aceptar que somos vulnerables y que no tenemos todo en nuestras manos, y de allí partir para encontrar un nuevo camino, porque en el fondo de las situaciones difíciles está el Señor”, recalcó Monseñor Carlos.

Identificar a Jesús escondido para retomar el camino de la vida.

El Arzobispo hizo un llamado a construir juntos una nueva forma de vida responsable, aprender a identificar a Jesús que se esconde en nuestra realidad, para inventar un nuevo modo de vivir de acuerdo al deseo y la necesidad de vida que todos tenemos.

No es cuestión de repetir el pasado, hay que reencontrar al Señor cada vez, porque Él vive y se está revelando permanentemente. Se reveló definitivamente en Jesús, pero sigue irradiando su capacidad de revelarse y mostrarse a nosotros en cada circunstancia.

Finalmente, Monseñor Castillo recordó la importancia de que haya un consenso nacional por el bien de todos los peruanos: “o nos salvamos todos porque estamos en la misma barca, o nos hundimos todos, pero de ninguna manera nos vamos a salvar solos”, subrayó.

“Cada vez que nosotros estamos ante una nueva situación, hacemos el mismo camino de la primera Iglesia, salir de nuestra indiferencia actual para ver cómo abrimos los ojos[…] El Señor viene a ayudar a sus propios discípulos para salir de esa situación, porque su fuerza generosa es inextinguible en la historia de la humanidad”, indicó Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, durante la homilía de este XVIII Domingo del Tiempo Ordinario en la Basílica Catedral de Lima.

Comentando el Evangelio de Mateo (14, 13-21), que narra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Monseñor Castillo señaló: “Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se retira para pensar este hecho trágico, como nosotros ante cualquier muerte o dolor, nosotros nos recogemos para entender, pensar y profundizar. Pero la gente lo sigue, y cuando desembarca y regresó de este momento de retiro, el Señor ve con profundidad lo que estaba pasando, es decir, comprendiendo el problema de fondo. Cuando vemos con el corazón, vemos en profundidad lo que pasa y no hacemos una mirada superficial”, expresó.

¿Y qué es lo que ve el Señor? A una multitud que le remece las entrañas y necesitaba ser curada: “así Jesús siente hondamente un remecimiento ante lo que ve, como nosotros lo sentimos ahora, todos estamos muy consternados, y al igual que el Señor, estamos llamados a curar nuestras heridas”.

Estar atentos y mirar profundamente para comprometernos con el dolor ajeno.

Así como el Señor se comprometió con aquella multitud que lo remeció, nosotros también debemos estar “atentos y mirar profundamente, para comprometernos con el dolor ajeno, tarea difícil. Todos tenemos que ayudarnos y hacer lo que podemos desde donde estamos”.

Mirar las cosas como lo hace Jesús “nos hace comprender las cosas de otro modo, cambiar nuestra manera de vivir, sobre todo sintiendo compasión y haciendo algo, lo que sea por curar, por levantar, por animar”.

El Arzobispo de Lima también destacó un segundo momento en el Evangelio de hoy: se hace tarde y los discípulos, que todavía son inexpertos y un poco indiferentes, le piden al Señor que despida a la multitud, en otras palabras: que se las arreglen, vayan a los poblados y compren para comer: “esta es una cosa muy interesante, la relación entre la indiferencia y el comprar. Eso nos pasa a veces, como todo se piensa que se compra y se vende, y no es producto de una relación profunda, entonces pensamos también que no es necesario mirar muy a fondo”.

Cada vez que nosotros estamos ante una nueva situación, hacemos el mismo camino de la primera Iglesia, salir de nuestra indiferencia actual para ver cómo abrimos los ojos.

El cálculo es otro criterio de los discípulos ante la multitud: ‘No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados’, narra el Evangelista Mateo. Sobre esto, Monseñor Carlos explicó que a veces “nosotros también somos compradores, calculadores y mezquinos, pero el Señor viene a ayudar a sus propios discípulos para salir de esa situación, porque su fuerza generosa es inextinguible en la historia de la humanidad”.

El Señor nos educa en amor y gratuidad.

El Señor, en vez de recriminar a sus discípulos por su actitud, decide educarlos: “esto es lindo porque quiere decir que sigue educándonos con su Palabra, y por eso, el rol de la Palabra profética en la Iglesia y en el mundo es fundamental”, dijo el Primado del Perú.

El milagro de la multiplicación de los panes es la consecuencia del gesto gratuito del Señor: “Todo milagro no es una magia, manifiesta el Arzobispo, es un signo de gratuidad, de generosidad de Dios, y, por lo tanto, ese es el fundamento de la vida para que nuestros problemas se resuelvan. Necesitamos unir nuestra apertura al don de Dios gratuito, a su amor inquebrantable, y a la capacidad nuestra de aceptar eso, siendo dones gratuitos para los demás, regalos para los demás”.

Cuando no se calcula sino que se actúa generosamente, siempre sobra, en cambio, cuando se calcula, siempre falta, la tacañería nos hace ajustar. Nosotros tenemos que salir de ese enredo, y el Señor quiere que nos liberemos del enredo de no compartir, sobre todo en este momento difícil que tenemos.

“Que Dios bendiga a todo nuestro pueblo, y que este mes de agosto, nos sirva a todos para ser más gratuitos y generosos para que haya dignidad y justicia para nuestro pueblo”, concluyó.

En el marco del Primer Centenario de la Basílica de María Auxiliadora, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, presidió la Celebración Eucarística de este Domingo XVII del Tiempo Ordinario, junto a sus obispos auxiliares y los padres salesianos: “debemos centrarnos en Cristo, enamorarnos y entregarnos a Él decididamente, en una opción preferencial por los últimos que amó Jesús, y eso nos permitirá redefinir nuestras búsquedas de perlas, de tesoros y de jugosas inversiones, para abrirlas al servicio de las personas que sufren”, comentó durante la homilía.

Refiriéndose al Evangelio de Mateo (13, 44-52), Monseñor Castillo explicó que, cuando Jesús dice que el Reino de los Cielos es como un tesoro escondido, está hablando del “amor de Dios que se hace fuerza reinante en el mundo”, es un Dios escondido que se revela “desde lo más recóndito de la vida y de la historia del mundo”.

En ese sentido, el Señor siempre usa comparaciones humanas, “para representar la grandeza del amor que nos ha traído del Padre, para que toda nuestra vida se vuelva a enderezar hacia ese bien común al cual todos debemos marchar, y que la doctrina social de la Iglesia siempre ha recordado”.

Renovar los lazos sociales con aquellos que son marginados y desechados.

Y dirigiéndose a la comunidad salesiana, añadió: “cuando se construyó este templo, la Basílica de María Auxiliadora, los salesianos estaban con los escondidos de este mundo, con los jóvenes, con los trabajadores, con la gente sencilla que busca un oficio, y trataron de servirlos y acompañarlos. Por eso, hoy agradecemos a Don Bosco todo el esfuerzo de renovar los lazos en medio de la sociedad, especialmente con aquellos que siempre son marginados y desechados”.

María es el auxilio inagotable, que ya desde siglos como devoción, acompañó a quienes necesitaban la ayuda, y que Don Bosco supo recoger para irradiar desde este templo, la experiencia de amor de Dios que todos necesitamos tener para salvarnos. 

Centrarnos en Jesús para vivir el camino del amor.

“El Reino de Dios se expande silenciosamente como un tesoro escondido, y requiere que nosotros, así como ponemos la pasión en las perlas finas y en los tesoros, nos centremos, fundamentalmente, en el tesoro escondido más grande que es Jesús, que nos mostró y nos dio su Espíritu para que vivamos el camino del amor, como Él lo vivió en el silencio de la cruz”, recalcó el Arzobispo de Lima.

El Señor no nos impide buscar apasionadamente perlas finas y tesoros, pero se pone como ejemplo para que, encontrando el Reino de los Cielos en el amor, redefinamos nuestras pasiones y ambiciones.

“Sería lindo que todos nosotros, que compartimos el pan cada día en nuestra casa, y queremos alimentarnos para fortalecernos y defendernos del Coronavirus, separemos una buena parte de lo que tenemos para compartirlo con quien no lo tiene. Estamos viviendo una situación dura pero linda a la vez, porque tenemos muchos ejemplos en nuestro país donde se comparte, inclusive cuando a uno le falta el pan de la boca”, afirmó Monseñor Castillo.

El Reino de Dios crece porque somos solidarios.

El Primado del Perú reiteró la importancia de vivir en el amor de Dios, compartiendo todo aquello que buscamos ambiciosamente, “para que redefinidos, no como ambiciosos sino como esperanzados, hagamos posible que haya paz y tranquilidad en la vida de todos: de las mujeres que son perseguidas y asesinadas; de los jóvenes que tratan de progresar; y en los trabajadores que tienen necesidad de estabilidad y la han perdido”.

Hemos de ayudarnos, mutuamente, a que el Reino de Dios crezca porque somos solidarios, y para eso necesitamos la sabiduría, un cristianismo sabio que tenga un corazón inteligente. No hay que negar la pasión, no hay que negar la sensibilidad, pero hay que orientarla, para hacerla capaz de realizar lo que Jesús vino a hacer en esta tierra, y desde lo escondido, transformarnos con delicadeza y profundidad. 

“Que Dios bendiga la vida de los salesianos, el ejemplo que han dado, y que podamos continuar su misión en nuestra arquidiócesis, en esencial con los más jóvenes, que son los que tendrán el futuro en sus manos, y a quienes debemos ayudar para que ese futuro sea de paz, de solidaridad, de justicia y de amor, aún cuando estamos en la adversidad, en la pandemia, en el dolor y en el desastre. Que Dios nos ayude en este camino y María sobre todo nos auxilie”, finalizó.

Monseñor Guillermo Elías, estuvo presente en el inicio de un nuevo año de estudios en el Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII. En compañía de sacerdotes y religiosos, el Obispo Auxiliar de Lima explicó que el sentido de acudir a un centro de formación es para “descubrir el ser y el obrar de Dios, que quiere llenar nuestro corazón y lo quiere llenar de consuelo y de esperanza, porque no basta con conocer el corazón de Dios, sino percibir la intencionalidad de Dios para conmigo y para con mis hermanos”.

“Conocer a Dios no es solamente llenarnos de información – prosiguió – la información que recibimos es una oportunidad para capacitarnos teóricamente y ponerla en práctica a través de las experiencias de nuestras vidas”.

Monseñor Guillermo recordó que Jesús nos exhorta a compartir la misericordia que recibimos de Dios, de tal manera que debemos aplicar todos nuestros conocimientos para actuar en favor del otro y compadecernos de quienes más sufren.

Aprendemos para ser instrumentos de Dios

En otro momento, el Obispo Auxiliar hizo un llamado a la reflexión para organizar nuestra vida en este año partiendo de la voluntad de Dios: “¿Qué quiere Dios de mi vida este año? ¿A que me enfrentó? – preguntó Monseñor Elías – no solamente tenemos que enfocarnos en el estudio y la investigación, sino que debemos aprovechar todos los dones y prepararnos para ser un instrumento de Dios”.

“Que podamos entender, vivir y consolidar nuestra disponibilidad al servicio del Señor, y que todos los conocimientos que vamos a adquirir nos vuelvan instrumentos de Dios, desde la unidad, la humildad y la realidad de nuestra existencia” – concluyó.

“Hay personas que han enceguecido el corazón de tal manera que más les importa el bolsillo que el hermano. Hoy el Señor nos pide más proximidad y acompañamiento” – fueron las palabras que rescató Monseñor Ricardo Rodríguez, Obispo Auxiliar de Lima, durante la Celebración Eucarística en acción de gracias por el 68 aniversario de la Clínica San Juan de Dios.

“Para alcanzar la vida eterna Dios nos pide amar a nuestro prójimo – comentó Monseñor Rodríguez – el Señor no habla de una vida eterna lejana o posterior a la muerte, Él nos dice que amando a nuestro prójimo y haciendo las cosas hoy, aquí, podemos recibir la vida eterna”.

El desafío de entender la humanidad

Dirigiéndose a las autoridades y miembros de la Clínica San Juan de Dios, Monseñor Rodríguez indicó que “en una institución como ésta que busca atenuar y entender el dolor, es necesario entender también la humanidad, descubrir la proximidad del hermano, del que sufre y necesita ser escuchado”.

Hay personas que han enceguecido el corazón de tal manera que más les importa el bolsillo que el hermano. Hoy el Señor nos pide más proximidad y acompañamiento

Por último, el Obispo Auxiliar de Lima hizo un llamado a “llevar a Jesús a los demás, con nuestras manos y pies, sirviendo a los más desvalidos sin buscar el aplauso, sino anteponiendo nuestra humanidad. Yo los invito a poner su humanidad en la vida diaria y en las cosas sencillas, porque es ahí donde se esconde Dios” – finalizó.