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En la homilía de este I Domingo de Cuaresma, los dos nuevos obispos auxiliares de Lima, Monseñor Cornejo y Monseñor Salaverry, hicieron un llamado a vivir un tiempo de conversión y perdón para rehacer la vida de nuestro país y de nuestra Iglesia.

Monseñor Salaverry: el Espíritu del Señor nos conduce incluso en medio de la dificultad.

Monseñor Juan José Salaverry inició la homilía recordando que la Cuaresma es un tiempo fuerte de preparación para nuestra vida: «esta Cuaresma es muy especial porque, en lugar de tener solamente el sentido penitencial y cultural, también es un tiempo rico para fortalecernos en la fe, para beber de la fuente de la esperanza y que nosotros sepamos prodigar en la caridad, tres virtudes que el Papa Francisco ha señalado en su Carta sobre la Cuaresma«, precisó.

Comentando el Evangelio de Marcos (1, 12-15), Salaverry explicó que, en estos tiempos de sufrimiento y abandono, necesitamos dejarnos llevar por el mismo Espíritu que impulsó a Jesús a retirarse cuarenta días en el desierto: «ese Espíritu mueve nuestra fe y nos conduce, incluso a la dificultad, al diluvio y al desierto, para poder fortalecer nuestra vida y nuestra experiencia de Dios», resaltó.

Aún en la experiencia del desierto, que representa a un lugar de sequedad e infecundidad, se encuentra la voluntad de Dios de rehacer y regenerar la humanidad, reflexionó el obispo auxiliar de Lima:

Necesitamos volver a la experiencia del desierto para crecer en la fe, para crecer en esa experiencia de Dios que nos ayuda a fortalecer nuestra vida y nos ayuda a decir no a las tentaciones.

Monseñor Juan José exhortó a que no perdamos el horizonte y seamos fuertes ante la tentación: «si en algún momento caemos, pidamos perdón y levantémonos para rehacer nuestra vida frente a esas caídas, abiertos a la misericordia de Dios que quiere ‘llevarnos al desierto’ para poder acercarnos al misterio de la vida que es el misterio del amor de Dios», reflexionó.

Monseñor Cornejo: Saber levantarnos de la tentación y pedir perdón.

Por su parte, Monseñor Guillermo Cornejo indicó que, a través del Evangelio de hoy, Jesús nos invita a vivir un proceso de conversión y a saber vivir con la tentación: «qué cercano nos viene el tema de la tentación en estos momentos, porque Jesucristo siendo Dios, recibió la tentación – prosiguió el obispo – renunciar a la tentación se nos hace muy difícil, pero también debemos tener la fortaleza para saber levantarnos de la tentación y pedir perdón».

Cornejo explicó que una forma de superar la tentación es aprendiendo a compartir, a ‘orar en el desierto’ como lo hizo Jesús: «es tiempo de conversión, es tiempo de cambiar, es tiempo de mejorar nuestra Iglesia, es tiempo de mejorar nuestra sociedad, es tiempo de mejorar nuestra patria, nuestro Perú», señaló.

Si no hemos superado la tentación, acerquémonos a todo el pueblo y seamos sinceros. Pidamos perdón con toda honestidad, ésa es la forma de cómo podemos vivir el Reino.

En otro momento, el obispo auxiliar dijo que la Pandemia nos ha interpelado profundamente, experimentando como Iglesia y como país una conversión total y permanente, una conversión personal, social y pastoral: «este es el momento de pedir perdón por nuestros errores y comenzar una nueva vida en el nombre del Señor», agregó.

En la Celebración del Miércoles de Ceniza, el Arzobispo de Lima hizo un llamado a superar nuestros intereses y ambiciones personales, actitudes no cristianas que sustituyen el bien común por el bien individual. Monseñor Carlos Castillo también pidió que, como Iglesia, evitemos centrarnos únicamente en los ritos y las formas exteriores que generan «una religión que es pura cáscara».

En el inicio del Tiempo de Cuaresma, las familias peruanas participaron desde casa preparando sus propias cenizas para impartirlas entre todos sus miembros: «unidos a todas las familias en sus casas, empecemos este camino de conversión partiendo del amor de Dios que nos transforma, nos hace semejantes a Él y limpia nuestros pecados. Solo cuando reconocemos nuestro pecado y le pedimos perdón al Señor como a nuestro pueblo, puede comenzar un tiempo de esperanza», comentó Monseñor Castillo al inicio de su homilía.

El prelado explicó que este Tiempo de Cuaresma es un camino de conversión eclesial, personal y social para recuperar la esperanza en medio de la desilusión, especialmente en estos momentos de indignación nacional al conocerse que cientos de altos funcionarios y sus familiares se adelantaron en secreto al proceso de inmunización: «hoy el Evangelio nos advierte que debemos cuidarnos de practicar nuestra propia justicia delante de los hombres. Practicar nuestra propia justicia es lo que hacemos cuando reaccionamos de forma inmediata a las cosas y sustituimos el bien de los demás por el nuestro», añadió.

En una Iglesia y en un pueblo peruano mayoritariamente creyente, es duro sentir que todavía persiste actitudes no cristianas, pensando en el interés y la ambición personal.

En ese sentido, el Evangelio de Mateo (6, 1-6. 16-18), nos propone actuar con prudencia y humildad, aprendiendo a vivir en lo secreto, porque Dios está presente en los escondidos de la historia: los que más sufren.

Nuestra caridad silenciosa, nuestra oración secreta, nuestro ayuno discreto y sencillo, sin muchos enredos ni ritos enredados, nos remite al Dios escondido en lo secreto, que se revela entonces con esperanza a la humanidad, porque está identificado con los que son silenciados en este mundo, con los que están escondidos, con los que no queremos ver o les quitamos bienes para enriquecernos.

El Tiempo de Cuaresma es una oportunidad para reconocer nuestros límites e identificarnos con los ‘escondidos de esta historia’, con los que sufren en silencio y en secreto: «hoy hay tantas personas que nos interpelan con un clamor impresionante en el país, como una campana que no queremos escuchar y que la llenamos del estruendo de los gritos de las ventas y las posesiones, la posesión del oxígeno, la posición del poder político», expresó el Arzobispo.

Monseñor Castillo indicó que el Señor nos invita a actuar en secreto para orar y asumir «nuestra condición solidaria con la humanidad sufriente», no para «tener privilegios, hacer cosas indebidas o burlarse de la gente. Tenemos que compartir nuestras fragilidades humanas y dar una mano», subrayó.

La Cuaresma es un tiempo para identificarnos con Aquel que murió en silencio y en el secreto de un pueblo perdido. A partir de lo secreto y lo profundo, el Señor anuncia a la humanidad que la esperanza está en ese don de vida sencilla que viene de los que más sufren como Él.

Finalmente, el Arzobispo exhortó a todas las personas vacunadas en secreto antes que las poblaciones en riesgo y grupos prioritarios, que reconozcan el mal hecho por el bienestar del país: «necesitamos rehacernos de tanta insolidaridad y falta de humanidad. Tenemos que desarrollar en nosotros entrañas de misericordia, no podemos pisotear a nuestro pueblo», acotó el prelado.

No hay nada más grande para el ser humano que, reconociendo sus límites y sus faltas, empieza a entender que el Otro también es alguien necesitado.


Comentando el Evangelio de Marcos (1, 40-45), que narra la sanación de un leproso de la enfermedad y la exclusión, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, destacó la actitud que tiene el Señor para acogernos y compartir el milagro de su amor: «los milagros son signo del amor de Dios, un amor que suscita en nosotros la capacidad de ser un milagro para los demás. La voluntad irreversible de Dios es que nosotros nos amemos, por eso, Dios no ha mandado la Pandemia, Él sufre con nosotros y quiere que la superemos haciendo de nosotros, fuente inagotable de milagros», dijo durante la homilía de este VI Domingo del Tiempo Ordinario.

El primer milagro: la sanación del enfermo.

El Arzobispo también hizo hincapié en la actitud del enfermo, quien decide acercarse a Jesús humilde y sencillamente para apelar a su libertad de decisión: «no le dice – ¡Tienes que limpiarme! – le dice – Si tú deseas, si es posible para ti, límpiame – Y el Señor responde con varios gestos, porque quiere darnos sus dones y formas de actuar para transformar nuestras vidas y hacer cosas totalmente novedosas y distintas», explicó.

El Señor responde con signos de misericordia y compasión, «se le remecieron las entrañas porque nos ama», manifestó Carlos Castillo, «Ã‰l está permanentemente y es el Dios en la historia, en los sufrimientos, en las dificultades. Por eso, hoy también está en medio de nosotros, en medio de la Pandemia».

Aunque hoy no podemos acercarnos y tocarnos como el Señor para expresar nuestro afecto, estamos llamados a mantener la misma disposición hacia el Otro, así lo aseguró Monseñor Carlos: «nuestra cultura está marcada por esa actitud de cercanía porque Jesús ha ‘tocado’ nuestras vidas para resucitarnos, levantarnos y darnos ánimo. La voluntad irreversible de Dios es que nosotros nos amemos, por eso, Dios no ha mandado la Pandemia, Él sufre con nosotros y quiere que la superemos haciendo de nosotros, fuente inagotable de milagros», recalcó.

¿Y cómo podemos ser un milagro para los demás? Imitando los gestos del Señor, que se mete en nosotros para suscitar la capacidad de ser un milagro para otros: «esto es lo que ha ocurrido con este precioso milagro que han tenido nuestros hermanos de Chile, donando 40 toneladas de oxígeno. Díganme si eso no es un lindo milagro», reflexionó el Arzobispo.

El segundo milagro: ser restaurado ante la sociedad.

Al primer milagro de la curación, le sigue un segundo: el Señor está preocupado por la salud social del leproso, quiere que se restaure ante la sociedad y deje de ser visto como ‘impuro’. Esta es una actitud que debe primar, sobre todo, en nuestra Iglesia, enfatizó Monseñor Castillo: «es necesario acoger y acompañar a las personas para que no vivan en la desesperación, acercarnos para afrontar las nuevas ‘lepras’ que hay en el mundo e impedir esta cadena tremenda de muertes que estamos viviendo», puntualizó.

Y una manera de acercarse es pensando en todas las personas que se encuentran en primera línea en la lucha contra la Pandemia, preocupándonos porque reciban la vacuna y puedan sentirse restauradas: «gracias a la vacuna, todos vamos a ser incluidos poco a poco. Tenemos que respetar, moral y éticamente, que primero deben ser los de primera línea y no los privilegiados», subrayó el prelado.

Por lo tanto, la actitud restauradora del Señor se concentra en la restauración de las relaciones humanas y en la inclusión de las personas.

El tercer milagro: «salió y se puso a pregonarlo».

Pese a las indicaciones del Señor, el leproso tiene una alegría profunda que lo inspira a anunciar al Señor en todas partes. Sin saberlo, este hombre fue uno de los primeros en salir a evangelizar desde la base del pueblo, en el corazón de la gente sencilla, demostrando que Dios promueve la vida en todos sus niveles.

«Jesús ha generado, a partir de este nuevo milagro, un hombre libre, que salió a anunciar la alegría del Evangelio y la grandeza de los signos del amor de Dios por todo el mundo. Y el Señor ha venido para que nos sanemos y nos limpiemos por su amor, para que nos integremos a la sociedad y vivamos en paz y en amistad», expresó Monseñor Carlos.

Finalmente, el testimonio del leproso provocó que las personas acudan al Señor desde todas partes. Ante ello, el Señor asume el riesgo de la fama antes que juzgar, reprochar o impedir el actuar libre del leproso. Jesús decide quedarse en lugares aislados para convertirse, de algún modo, en un ‘leproso’ solitario y apartado. He aquí la grandeza del amor de Dios hasta en el mínimo gesto de sus decisiones.

Las lecturas de este V Domingo del Tiempo Ordinario nos recuerdan cómo nació la primera Iglesia: en las casas. Por eso, Monseñor Carlos Castillo nos invita a hacer de nuestras casas los ‘hospitales de campaña’ que eviten la propagación del coronavirus, asumiendo una actitud misionera y en salida para atender a las personas, como lo hizo el Señor.

El Arzobispo de Lima también se mostró optimista ante la llegada del primer lote de vacunas contra el Covid-19 a nuestro país: «esas vacunas son producto de inteligencia, del estudio, de la ciencia, y la ciencia no es incompatible con la vida del ser humano.

Al inicio de su homilía, Monseñor Castillo recordó las palabras de Job (7, 1-4. 6-7): ‘¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días se acercan a su fin, sin esperanza, con la rapidez de una lanza de telar. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha’.

«Esta situación extrema de Job, la viven nuestros enfermos el día de hoy, y por eso, nos unimos en oración solidariamente, porque todos sentimos el paso de esta enfermedad que afecta al mundo y a nuestras familias diariamente», expresó el Arzobispo.

En ese sentido, el Evangelio de Marcos (1, 29-39), nos ayuda a comprender la actitud misionera y solidaria de Jesús en medio de las dificultades: después de salir de la Sinagoga, el Señor acude a la casa de Simón y Andrés para curar a los enfermos, incluyendo la suegra de Simón: «Jesús no quiere petrificarse en una ley establecida – añade Monseñor Carlos – el Señor nos enseña la libertad respecto a la ley para hacer las cosas de acuerdo a las exigencias profundas de la vida».

Las petrificaciones espantan a la persona, porque la hunden en la legalización, en costumbres que no permiten que la persona se exprese, fluya y desarrolle todas sus potencialidades.

Por otro lado, toma gran importancia que Jesús llegue a una casa pequeña del pueblo campesino de Cafarnaúm, un signo que nos recuerda cómo nació la primera Iglesia, saliendo de las formalidades religiosas para vivirse en las casas y en la calles: «hoy también estamos en las casas curando a mucha gente, porque nuestras casas son los pre-hospitales que necesitamos para cuidarnos unos a otros y ayudarnos», indicó el prelado.

El Señor no cura por magia, cura por amor.

Monseñor Castillo hizo hincapié en el gesto de ternura del Señor para curar a la suegra de Pedro: la tomó de la mano y la levantó, dice el Evangelio. «nosotros también nos levantaremos de la cama y saldremos airosos ante las enfermedades, si practicamos los mismos gestos de amor del Señor, que suscitan sabiduría e inteligencia para encontrar soluciones».

¿De dónde saca Jesús fuerzas para curar? De la oración íntima. El Señor no cura por magia, es el amor el que suscita las curaciones, y todos los seres humanos tenemos la capacidad de entrar en lo profundo, de comprender que el amor nos humaniza y nos ayuda a todos.

Ya de madrugada, narra el Evangelio, Jesús salió a orar a un lugar solitario. Pero un Pedro más interesado en convertir su casa en un centro de atracción, le pide volver. Ante esto, el Señor le recuerda que ha venido para predicar y anunciar el Evangelio a los pueblos, no para permanecer petrificado en un solo lugar: «Jesús quiere una experiencia de fe que cure a la gente. Y esto es muy importante, porque, a veces, en nuestras costumbres religiosas, hemos visto historias en donde los religiosos sirven para alimentar cierta fama de cierta santidad y manipular a los demás. Eso no cura, hermanos, eso enferma», explicó el Monseñor Carlos.

Todos somos un ‘hospital de campaña’.

A través de todos estos signos, el Señor nos llama a volver al fundamento de la primera Iglesia, para hacer de nuestras casas y de nuestra Iglesia, un ‘hospital de campaña’, ligera de equipaje y sin mucho enredo, como dice el Papa Francisco.

«No solamente cada casa, sino el conjunto de la Iglesia, todos somos un ‘hospital de campaña’ que vamos a construir juntos. Tenemos que salir a atender misioneramente a las personas, como lo hizo el Señor. Y finalmente, orar íntimamente, de forma personal y comunitaria», precisó Carlos Castillo.

«Confinados, pero no derrotados», así iniciamos este IV Domingo del Tiempo Ordinario, con el penoso retorno a una cuarentena para frenar la segunda ola de contagios en el Perú. En la Misa Televisada de hoy, Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, hizo un llamado a avivar nuestra inteligencia para enfrentar esta situación con diálogo, ánimo y profundidad: «Jesús quiere la vida de la persona, no su muerte. Él no quiere que hayan sinagogas o lugares de culto para petrificar a la gente. La Iglesia, las comunidades religiosas y cristianas, las comunidades de fe, son para promover a las personas, no para llenarlas de reglas o encerrarlas», reflexionó en su homilía.

Comentando el Evangelio de Marcos (1, 21-28), Monseñor Castillo explicó que el Señor tiene un primer signo importante al acudir a Cafarnaúm, un pueblo campesino muy sencillo de Israel. Como segundo signo, el día sábado Jesús se puso a enseñar en la Sinagoga, un espacio de reunión y encuentro para comentar la Biblia; sin embargo, con el tiempo los escribas comenzaron a interpretar la ley para su beneficio, priorizando el cumplimiento estricto de las normas.

En medio de esta situación ocurre un problema: hay una persona endemoniada, y ni los escribas ni los jefes de la Sinagoga se han dado cuenta: «esto es un problema serio – afirma el Arzobispo – porque a veces tenemos situaciones graves en nuestras Iglesias y no nos damos cuenta, vivimos indiferentes ante ellas, poniendo el acento en cosas nimias y no en lo fundamental».

El Señor viene para liberarnos y regenerarnos.

El ‘espíritu inmundo’ que poseía al hombre es, en realidad, un espíritu encarcelado, una persona encarcelada que está en la Sinagoga cumpliendo las normas, pero permanece inmóvil ni habla. Dice el Evangelio que cuando Jesús llega, el hombre se pone a gritar, en otras palabras, «la presencia sola de Jesús permite que una persona que está encerrada empiece a salir. Por lo tanto, el acto de autoridad del Señor es un acto de liberación, de profundidad», añadió Monseñor Castillo.

Liberar es suscitar en la persona la capacidad de volverse sujeto, de nacer, es un acto generativo. Y Jesús liberaba con autoridad, no como los escribas con sus interpretaciones legalistas y leguleyas, que lo único que hacen es encarcelar más, y por tanto, ‘demonizar’ más a las personas.

En ese sentido, ante las nuevas medidas de confinamiento por el surgimiento de una segunda ola, Monseñor Carlos Castillo señaló que debemos seguir estas reglas y entenderlas de corazón: «la mejor manera de comprender la justeza de una ley es considerar su espíritu, aquello que nos permita surgir, de tal manera que, si una ley es realmente opresora, no puede ser obedecida, pero si una ley se efectúa en favor de la vida humana, tenemos que acogerla», indicó.

Jesús quiere la vida de la persona y no su muerte. Él no quiere que hayan sinagogas o lugares de culto para petrificar a la gente. La Iglesia, las comunidades religiosas y cristianas, las comunidades de fe, son para promover a las personas, no para llenarlas de reglas o encerrarlas.

Jesús sabe identificar dónde está el problema y actúa inmediatamente para liberar al hombre endemoniado: «El Señor ha venido, entonces, para recrearnos, para regenerarnos y reconstruirnos. Todo lo que sea ‘liberar’ es cristiano, y eso significa también que sepamos recoger la tradición más actualizada de nuestra fe que ha realizado el Concilio Vaticano II, para abrir al mundo a una nueva dimensión considerando todo lo positivo que tenemos como humanidad», expresó el prelado.

Jesús nos da su Palabra para promovernos, para avivar nuestra inteligencia. La fe cristiana se situó en el corazón de la vida de los hebreos como un acento en la palabra más que en la ley. La Palabra es más grande que la ley, y por eso, tiene que saberse interpretar y orientar con ánimo, dialogando.

En el Domingo de la Palabra, día instituido por el Papa Francisco, Monseñor Carlos Castillo presidió la Celebración Eucarística desde la Basílica Catedral de Lima: «el mismo culto que se da a la Eucaristía, debe dársele a la Palabra, porque la Eucaristía es el signo de la Palabra encarnada, Jesús instituyó la Eucaristía como expresión de su encuentro, de su presencia entre nosotros», comentó al inicio de su homilía.

La Iglesia está para auxiliar al hermano, ahí están las nuevas ‘catedrales’ del mundo, las nuevas Iglesias preciosas, en los hospitales, en las zonas del Covid, en las camas UCI, allí están los nuevos templos del país y del mundo. Y desde ellos, vamos a reconstruir una Iglesia que, ante todo, es solidaridad, cariño, cercanía, esfuerzo humano de servir.

Dijo en su Homilía.

El Domingo de la Palabra nos recuerda que todo se hizo por medio de la Palabra y nadie se ha hecho sin ella, así lo manifestó el Arzobispo de Lima: «Todo lo que existe es la Palabra de Dios plasmada en la creación, en el ser humano, en el hombre, en la mujer. Por eso, el ser humano es Palabra, necesita expresarse para vivir su fe, para vivir su proceso y el camino de su vocación».

En ese sentido, el Evangelio de Marcos (1, 14-20), nos da luces sobre lo fundamental que es la Palabra en tiempos de incertidumbre: El Señor llamó a sus discípulos después de conocer que Juan Bautista había sido arrestado, es decir, no se amilanó por este hecho trágico, sino que se preparó para anunciar la esperanza: «El Señor nos llama en el tiempo y en el momento oportuno, cuando hay situaciones difíciles, y por eso, lo propio de la fe cristiana es esclarecer las situaciones confusas con la Palabra», indicó el prelado.

«Hoy también afrontamos una situación compleja por la llegada de una segunda ola – prosiguió el Arzobispo – y tenemos que hacer un esfuerzo para redoblar, entre nosotros, nuestra unidad y colaboración mutua para encontrar soluciones».

Escuchar la voz del Señor para empezar nuestra conversión.

En el Evangelio de hoy, el Señor también anuncia que el Reino de Dios está cerca. Pero ¿Cómo puede estar cerca en medio de la tragedia que vivimos? Monseñor Carlos Castillo responde: «Cuando afloja la vida, cuando la situación es dura, todos empezamos a recapacitar, a reconocer nuestros pecados y límites, a convertirnos. Por eso, para convertirnos no necesitamos tantos esfuerzos, planeando nuestros cambios con muchos arrepentimientos, flagelaciones o gritos. Ante todo, tenemos que escuchar la voz del Señor que nos habla en el tiempo oportuno. Es posible que ahora sea la ocasión, el Kairós, el momento propicio para hermanarnos», subrayó.

Aún viviendo la peor crisis de la historia de la humanidad, a punto de que se quiebre este mundo por el daño ecológico y la enfermedad, estamos desafiados a colaborar juntos con inteligencia, desde la sinodalidad, en diálogo fecundo con el mundo para pensar en una solución:

Cuando se emprende el estilo sinodal, ese estilo comunitario, conversamos, hablamos, permitimos que todo el mundo tenga opinión y participe. Y ¿Quién tiene más palabra cuando todo el mundo participa? Los pobres, las víctimas, los que sufren la situación de exclusión, que saben cómo proceder y cómo salir de situaciones adversas, porque han vivido toda la vida así.

Entonces, cuando el Señor nos dice que el Reino está cerca, se refiere a todos los que se acercan a los que sufren, como los voluntarios, los enfermeros, los servidores: «ellos son el signo que tenemos para que la Iglesia sea distinta. La Iglesia está para auxiliar al hermano, ahí están las nuevas ‘catedrales’ del mundo, las nuevas Iglesias preciosas, en los hospitales, en las zonas del Covid, en las camas UCI, allí están los nuevos templos del país y del mundo. Y desde ellos, vamos a reconstruir una Iglesia que, ante todo, es solidaridad, cariño, cercanía y esfuerzo humano de servir», reflexionó el Arzobispo.

Todos somos discípulos y misioneros en salida.

En otro momento, Monseñor Castillo aseguró que debemos preparar el camino para la próxima Asamblea Eclesial que se celebrará en todo el continente del 21 al 28 de noviembre: «Todos somos discípulos y misioneros en salida, los curas, las monjas, los seminaristas, los diáconos y los laicos. Todos tenemos la Palabra de Dios que, en esta situación difícil, necesita expresarse a través de nuestras iniciativas. La Iglesia Latinoamericana puede aportar a todo el mundo y demostrar que, conversando las cosas se arreglan, porque se recoge todas las iniciativas».

Dice el Evangelio que los discípulos dejaron todo para seguir a Jesús. Ellos se llenaron con las palabras de gracia del Señor, porque su Palabra es aliento y fuerza: «también nosotros dejémonos amar por el Señor, tratemos de vivir inspirados con iniciativas, pensando en el Otro, saliendo de nosotros mismos, organizándonos como pueblo para contrarrestar todos los males que existen ahora», precisó el Monseñor Carlos.

El Reino de Dios, o sea, la fuerza gobernante de Dios, está cerca, no para tomar el poder de un gobierno, sino para suscitar, desde el pueblo, esta cadena de relaciones que permite reconstruir nuestros vínculos a través de la amistad.

El Arzobispo de Lima concluyó su homilía recordando que los católicos «no estamos para condenar al mundo, sino para anunciar el amor, y que desde ese amor sobreabundante, se ahoguen todas las cosas malas que existen. Jesús lo creía firmemente, por eso, cuando llegó el momento culminante, prefirió hacer un acto de amor y no bajarse de la Cruz, para mostrarnos que Dios nos ama y no nos abandona jamás».

En el II Domingo del Tiempo Ordinario, Monseñor Carlos Castillo presidió la Celebración Eucarística en la Basílica Catedral de Lima: «Ser cristiano es un llamado a la sabiduría profunda, al discernimiento, a actuar según lo que el amor de Dios nos puede indicar en cada situación», comentó en su homilía.

Comentando el Evangelio de Juan (1, 35-42), el Arzobispo explicó que, detrás de la expresión de Juan Bautista: ‘ese es el Cordero de Dios’, en alusión a Jesús, esconde la histórica promesa de que, de la estirpe de David, nacería un siervo sencillo que pudiera ayudar a la gente desde el corazón de sus sufrimientos:

«Jesús es el Cordero de Dios, esa persona dócil que obedece y actúa según la voluntad de Dios en la historia, y que finalmente entregará su vida y se mantendrá en la cruz, no por la fuerza de los clavos sino por su misericordia, como dijo el Papa Francisco en su Saludo por el Mes Morado», señaló Carlos Castillo.

El Señor nos llama a participar de la experiencia de su amor.

Al ser abordado por los discípulos que lo seguían, Jesús hace una pregunta: ‘¿A quién buscan?’. Estas palabras expresan la preocupación del Señor por nuestras búsquedas, es una pregunta para discernir y esclarecer qué buscamos, especialmente en este camino al Bicentenario: «Es importante que sepamos reconocer que estamos en una situación nueva, en una búsqueda nueva que solo podremos resolver si contemplamos al Señor en el Evangelio, siguiendo no solo sus enseñanzas, sino sus gestos y sus palabras», acotó el Arzobispo de Lima.

Ante la pregunta de los discípulos: ‘¿Dónde vives?’, el Señor invita a sus discípulos a seguirlo para ver cómo actúa: «los invita a ellos y a nosotros, es decir, los invita a participar de su experiencia», añadió Monseñor Carlos.

La fe es la relación personal y comunitaria con el Señor. Ser creyente es encontrar al Señor a pesar de que no notamos su presencia, es aprender a discernir su voluntad y hacerla.

Monseñor Carlos afirmó que una fe madura y responsable es una fe que sabe discernir en medio de las dificultades: «en el Salmo 39 hemos cantado: ‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído. Entonces yo digo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. El Señor ha entrado en nosotros, pero tenemos que seguir buscándolo y tenemos que ver la manera de discernir y ver dónde está su voluntad en cada situación», reflexionó.

Ser cristiano es un llamado a la sabiduría profunda, al discernimiento, a actuar según lo que el amor de Dios nos puede indicar en cada situación, y eso requiere un pequeño esfuerzo de todos, porque el Señor ha querido que la reflexión sea patrimonio universal de la humanidad, especialmente entre los más pobres.

Finalmente, Monseñor Castillo hizo un llamado a recordar cómo fuimos llamados por primera vez al encuentro personal y comunitario con el Señor: «preparémonos, desde la huella honda que nos dejó el Señor, para encontrar el rostro de Jesús en nuestra realidad», concluyó.

En la Solemnidad del Bautismo del Señor, Monseñor Carlos Castillo presidió la Celebración Eucarística en la Basílica Catedral de Lima: «al recordar nuestro bautismo, tenemos la alegría de volver a nuestros inicios, donde comenzó algo nuevo en nuestra historia personal, pero también se renovó el deseo de una historia humana y social distinta», expresó al inicio de su homilía.

Refiriéndose al Evangelio de Marcos (1, 7-11), el Arzobispo de Lima explicó que, a través del acontecimiento del Bautismo de Jesús, ocurre un signo de esperanza para la humanidad: «los cielos se rasgan y se ‘abre’ la esperanza, porque Jesús, que viene de parte de Dios, ha asumido nuestra vida y Él es el portador de la esperanza. Por eso, cada vez que uno de nosotros es bautizado, renovamos que también somos portadores de la esperanza de Jesús», resaltó.

El Señor decide bautizarse, no porque tenga pecado, sino por su hermandad con los seres humanos: «Jesús se bautiza para alentar a todos aquellos que, en medio del mundo, reconocen sus límites, y desde esos límites, empiezan a recrear este mundo surcado de locas ilusiones, ambiciones, desconcierto y desesperación», acotó Monseñor Carlos.

La fe cristiana no es solo individual, también es social.

Durante los años previos al Bautizo, Jesús se dedicó a conocer la realidad, haciendo una lectura de los signos de los tiempos. Frente a la fuerte crisis que se vivía en Israel, había un grupo liderado por Juan Bautista que optó por una revisión de la vida y una aceptación del pecado como el punto de partida para mejorar las cosas: «el grupo de Juan Bautista quiere convertirse para reconocer el límite y no contribuir al daño de Israel. Reconocer las faltas es parte de un proceso que denominamos ‘purificación’, y por eso, tenemos que discernir y buscar en qué lugares está apareciendo algo interesante, qué ‘cielos se están abriendo’, dónde se está forjando la esperanza de nuestro pueblo y el ánimo de conversión», expresó el Arzobispo.

Jesús, entonces, decide unirse al grupo de Juan Bautista y hace la fila junto a los pecadores para enseñarnos que la fe cristiana no es solo individual, también es social, requiere de nuestra unidad para salvarnos juntos: «el Señor no quiere que la gente buena se separe, sino que sea semilla fecunda para hacer que el amor se irradie. El Señor no ha venido a crear una Iglesia de ‘puros’ o de separados», indicó Monseñor Castillo.

«Jesús nos enseña pedagógicamente que es insuficiente el Bautismo de Juan. Se necesita ser bautizado en el amor, y por eso, el Señor se mezcla entre los pecadores y se mete al lodo. En esta tragedia mundial que vivimos, tenemos miles de voluntarios anónimos que, silenciosamente, han estado haciendo el Bautismo, enlodándose con los enfermos, e inclusive, muriendo por ellos», reflexionó el Arzobispo de Lima.

Tenemos que apoyar la capacidad de amar que existe en el ser humano, porque Dios es amor, Él hace posible que el mundo se regenere a una nueva vida y renazca, porque cuando la fuerza de su Espíritu mora en cada persona, la inspira y la impulsa, la alegra, la suscita y la resucita.

Monseñor Castillo reiteró que la fe cristiana es una fe que piensa, discierne, se cuestiona como María y reflexiona. La Palabra nos permite razonar, crecer y madurar; y en Jesús está la Palabra viva que nos inspira y nos acompaña, Él ha cambiado el signo de un Bautismo de pureza por uno de servicio y de amor: «el Señor nos ama y nos da la oportunidad de darnos su amor, nos da la misión de hermanar a la humanidad por medio de su amor, dejando que nuestra vida se deje guiar por el Espíritu y vaya creciendo y madurando», añadió.

«Que recordando nuestro Bautismo, caminemos profundamente en el Señor y podamos recoger lo más lindo que tenemos para darlo a los demás», concluyó.

Al celebrarse la Epifanía del Señor, Monseñor Carlos Castillo explicó que, así como los Magos buscaron al Niño Jesús para adorarlo, nosotros también estamos llamados a encontrarlo en el rostro de los pobres y los sencillos, porque la llegada de Cristo al mundo nos enseña que Dios es de los pobres.

«Adoremos hoy al Señor a través del servicio, acompañando a todos los que sufren la Pandemia, pero también a todos los que sufren la pobreza, que tienen ausencia de trabajo, que viven desolados, que viven solos y necesitados, especialmente a nuestros niños y a los más pequeños de este mundo y de esta ciudad de Lima», dijo el Arzobispo.

En ese sentido, el Evangelio de Mateo (2, 1-12), nos da luces de la situación en que nació el Niño Jesús, que además de nacer en el corazón de una ciudad pobre, también se enfrentaba a las ambiciones personales del Rey Herodes, que «temblaba ante la posibilidad de la aparición de alguien que sea una alternativa de búsqueda nueva para renovar la vida de los israelitas, para hacer justicia en la humanidad y llenarla de amor».

Buscar la nueva estrella que guíe nuestras vidas hacia el Señor.

A diferencia de Herodes, los Magos son buscadores de estrellas, intérpretes del cielo con una visión abierta del mundo y de la realidad: «hoy estamos llamados a la búsqueda de algo nuevo en el mundo, de una nueva estrella que sea como la guía de nuestras vidas hacia el Señor y podamos guiar a toda la humanidad en un sentido distinto al egoísmo», reflexionó el Primado del Perú.

Y haciendo alusión a las palabras del Papa Francisco durante la Celebración de la 54 Jornada Mundial de la Paz, Monseñor Carlos recordó que no podemos hablar de paz mientras no cuidemos a los demás, especialmente a los más frágiles: «no habrá verdadera paz mientras en el mundo no se establezcan relaciones de hermandad, capaces de ayudarnos mutuamente con delicadeza», acotó.

La Iglesia ha de recrecer nuevamente y redefinirse.

En otro momento, el Arzobispo de Lima explicó los signos que se esconden en los regalos de los Magos: «en los regalos está incluida la misión que Dios da a Jesús, pero simultáneamente, la misión que estos buscadores sienten que debe tener ese niño para los pueblos de la tierra: el oro que es para el gobernante; el incienso que es para el altar, para Dios; y la mirra que es para el profeta que anuncia el Evangelio y muere por anunciar el Evangelio», indicó.

Jesús toma estos tres signos, y a lo largo de su vida, gobierna anunciando el Evangelio con amor: «Jesús ha venido para todos, no solamente para algunos, inclusive para los más pecadores, los más revoltosos y los más enredados. Él ha venido para ayudarnos a salir adelante y encontrar todo lo bello que tiene nuestra humanidad, ha venido a darnos vida, para reparar las heridas», precisó Carlos Castillo.

La Iglesia ha de recrecer nuevamente y redefinirse para volver a abrirse a los demás pueblos, porque hay cosas que no se pueden predicar si es que no cambiamos también nosotros.

«Que encomendados a los Reyes Magos, estemos dispuestos a poder abrir nuestros brazos a todos los que son lejanos. Que Dios nos bendiga, nos haga anchos de visión y nos haga ver las maravillas que hay en el mundo, porque en la diversidad de culturas, de búsquedas, hay algo bueno en todos los seres humanos», meditó Monseñor Carlos.

Monseñor Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, presidió la Celebración Eucarística de este Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario desde la Basílica Catedral de Lima: «El Señor quiere que entonemos con Él en todas las formas posibles, porque Él no nos condena, sino nos convoca, nos acompaña y nos convierte», reflexionó.

Comentando el Evangelio de Mateo (22,1-14), el Arzobispo explicó que Jesús se dirige a los sumos sacerdotes y ancianos a través de una nueva parábola. El Señor nos dice que todos estamos invitados a un camino de conversión para hallar una salida a los problemas juntos: «Jesús persiste en la invitación, persiste en convocar a todos, malos y buenos, para que todos quepamos en este camino del Reino de Dios, para que todos entremos en este camino de conversión», señaló.

«Este tiempo de retiro ha querido ser también, para octubre, en medio de la situación difícil, el equivalente a lo que es nuestra procesión del Señor de los Milagros, en donde todos estamos invitados a esta gran convocatoria de un Señor que acoge a todos, que no discrimina y que nos llama a vivir esta dimensión de alegría», añadió Monseñor Castillo.

Convocados por el Señor a vivir en hermandad y fraternidad.

Esta convocatoria del Señor a aprender a hermanarnos es la misma que el Papa ha reflejado en su encíclica ‘Fratelli Tutti’, y que nuestro Arzobispo ha comentado ampliamente (leer reflexión): «de lo que se trata es que podamos salir juntos de las cosas, viendo más allá de los prejuicios, de las barreras. La fraternidad aprende a apreciar el valor de ser hermanos, el valor de estar juntos y la alegría de festejar», indicó.

El Señor quiere que entonemos con Él en todas las formas posibles, porque Él no nos condena, sino nos convoca, nos acompaña y nos convierte.

En la parábola del banquete nupcial, el Evangelio de Mateo da cuenta de un grupo de personas que decidió no aceptar la gratuidad de la invitación: «es decir, no se dejaron llevar por la gracia – explica el Obispo de Lima – esto indigna al rey, porque siente que éstas personas están bloqueadas y eligen reafirmarse en su bloqueo, se emperrechinan en no acoger la maravilla que se les está presentando, son aguafiestas recalcitrantes», dijo.

Revestirse de la misericordia de Dios, gracia que salva.

En otro momento, el texto de hoy menciona a una persona que no está vestida con el traje de fiesta y es expulsada a las tinieblas. ¿Cómo se explica esto? El Papa Francisco lo explica con claridad en el Ángelus de esta mañana: El rey, que representa a Dios Padre en la parábola, pone, sin embargo, una condición: llevar el traje de boda, que simboliza “la misericordia que Dios nos da gratuitamente, su gracia, pues sin ella no se puede dar un paso en la vida cristiana. Por ese motivo, no basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que abrirse a un camino de conversión que cambie el corazón», resaltó Francisco.

Para Monseñor Castillo es importante que sepamos reconocer la invitación del Señor sin distinción, lo que significa que todos tenemos la oportunidad de transformarnos poco a poco: «la invitación del Señor no consiste simplemente en asistir, sino estar en sintonía con Dios, estar a tono con la alegría, la fraternidad y la amistad», reiteró.

Estar en sintonía con la fuerza amorosa del Señor que acoge a todos.

En ese sentido, la apertura del Señor sobrepasa nuestras capacidad de entendimiento, nuestra visión, a veces algo estrecha, sobre el cumplimiento estricto de las reglas sin ningún tipo de discernimiento o criterio de la realidad: «puede ocurrir que no puedes participar de la misa porque tienes necesidad, una dificultad o un pariente en casa que atender, pero en ese servicio estás actuando en sintonía con la fuerza amorosa del Señor que acoge a todos. Desde los distintos lugares en donde estamos, allí también está la gracia presente», acotó el Primado del Perú.

¿Están en falta nuestros hermanos de la selva que navegan en canoas por no asistir a misa cuando no hay sacerdotes? Se preguntó el Arzobispo: «entrar al Reino de Dios es entrar en el amor gratuito de Dios, inventando una forma para siempre estar llenos de su fuerza, unidos festejando y alegrándonos».

«Vamos a pedirle al Señor que nos de la capacidad de buscar a los que no han sido invitados, para que sepamos acoger especialmente a los más pobres y sencillos, de modo tal que nadie se sienta excluido o sienta que no hay tarea que hacer, para que nadie sienta que el Señor lo ha abandonado, sino que suscita en nosotros, con su Espíritu, la esperanza de servir, ayudar a los demás y vivir alegremente todos como hermanos», manifestó el Arzobispo de Lima.

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