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En el inicio de esta Semana Santa, compartimos las palabras de meditación de nuestro Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Monseñor Carlos Castillo: “los invito cada día a hacer una pequeña meditación para iniciar cada día de la Semana Santa con los criterios de Jesús, dejándonos guiar por la mirada que Dios tiene de nuestra vida” – expresó.

“Nos preparamos para un camino profundo, nuevo, en medio de una situación terrible – dijo el Arzobispo de Lima – un camino a esa sobriedad inicial con que comenzó la fe cristiana hace más de dos mil años”.

Refiriéndose al Domingo de Ramos, Monseñor Castillo explicó que Jesús entró a Jerusalén montado en un burro: “no lo hizo como un rey poderoso, sino como un rey servidor, anunciado por los profetas como rey pobre y sencillo que alienta la vida de su pueblo”.

También leyó el texto del profeta Isaías, del Tercer Cántico del Siervo: “el Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento, cada mañana me abría el oído, para que escuche como los discípulos, el Señor me abrió el oído, yo no resistí ni me eché atrás”.

Hoy todo cristiano es un discípulo que escucha a su Señor para decir al abatido una palabra de aliento

El Obispo de Lima meditó sobre las nuevas maneras de actuar que debe tomar el cristiano ante los nuevos signos de los tiempos: “nos hemos acostumbrado a sacar una imagen en procesión para resolver las cosas. Es verdad que la imagen nos dice mucho y es algo importante, pero en este tiempo nuevo, adverso, difícil, necesitamos decir una palabra de aliento al abatido”.

Nuestra fe está siendo desafiada, no una fe que repite costumbres sino una fe que transmite el mensaje del Señor por medio de nuestro testimonio ¿Cuántas palabras de aliento requieren hoy todos los abatidos de nuestra patria y el mundo?

“Eso significa la Palabra de Dios – recuerda Monseñor Castillo – decir palabras verdaderas que reanimen y consuelen a las personas. Por eso Dios mandó a Jesús, porque Él era su Palabra, y esa Palabra está para decirnos: ‘yo no los abandono, yo siempre estoy con ustedes’ – resaltó.

Nuestra fe cristiana tiene un fundamento inamovible: nuestro Dios es Padre, y escogió a María como madre de Jesús para ser madre de la humanidad, porque Él quiere vivir  siempre como un Padre que nos genera, nos bendice y nos alienta

“Dios nos ha mandado a Jesús para ir superando nuestras imágenes de Dios temeroso o vengativo que podemos expresar en un momento de vacilación. El propio Jesús vivió momentos de dudas, como leemos en la lectura de Domingo de Ramos, ‘Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?’, porque Jesús asumió la propia duda humana, el propio sentir difícil de la humanidad, pero para mostrarnos que Él está con nosotros y pasa por nuestros problemas, introduciendo el ánimo y la esperanza” – comentó el Arzobispo de Lima.

La experiencia de nuestra fe cristiana, en este nuevo signo del tiempo, nos invita a vivirla con la intensidad del testigo que, creyendo en el Señor, escucha su Palabra y promueve la fuerza del Espíritu para levantar a los que están desalentados y regenerarnos en el amor

Finalmente, el Primado del Perú se unió al llamado del Papa Francisco a aprovechar este tiempo de pandemia para mirar y pensar cómo será el futuro adverso que nos espera: “tengamos fuerzas en el amor de Dios para imaginar cómo vamos a hacer para solucionar los problemas que vienen, con creatividad, con constancia y con fidelidad”.

Artículo escrito por el Padre Juan Bytton (Blog: La Palabra Encarnada)

Es cada vez menos frecuente, pero lo sigue siendo, escuchar que lo que estamos viviendo con esta pandemia del COVID 19 es un castigo de Dios. En la historia humana se constata infinidad de veces la relación entre tragedia y voluntad divina. Es algo muy marcado en el imaginario social, independientemente de las culturas y/o la diversidad de confesiones religiosas.

Haciendo un recorrido por la Biblia podemos pensar que esta idea de “maldición colectiva” tiene su origen en el relato conocido como las “10 plagas de Egipto” narrado en el libro del Éxodo capítulos del 7 al 12. Se trata del castigo de Dios que cae sobre un pueblo opresor (Egipto) el cual no deja en libertad a un pueblo sometido (Israel). Dios que ha prometido ser el protector de Israel decide castigar al Faraón de Egipto enviando estas plagas. Es tan fuerte este “juicio de Dios” que las tradiciones históricas (1 Samuel 5-6) y proféticas (Isaías 19; Jeremías 44; Ezequiel 29-32; Amós 4, 6-12) las recogen también.

Recordemos cuales son estas 10 plagas: el agua del Nilo se convierte en sangre; las ranas invaden el pueblo; los mosquitos en la ciudad; la invasión de moscas; la peste que mata a los animales; las úlceras en el pueblo; la feroz granizada; la invasión de langostas; las tinieblas; y la muerte de los primogénitos. La reacción del Faraón es diversa frente a cada una de ellas, pero finalmente su “corazón obstinado” impide dejar al pueblo de Israel irse. La décima plaga, la muerte del primogénito, es la más radical, porque pone en juego la vida de los inocentes y el futuro, y porque con ella no hay distinción de título ni de clase, morirá desde el hijo del Faraón hasta el hijo del preso en la cárcel. Frente a esta realidad el pueblo de Israel no sólo es dejado en libertad sino expulsado de Egipto. El reflejo de la realidad histórica y las prácticas rituales de la época han sido muy estudiados y difícilmente determinados con exactitud.

Este relato, solemne y armónicamente escrito, cuenta con tres estribillos cuya frecuente repetición nos muestra cuáles son las principales ideas que el autor quiere transmitir: “deja ir a mi pueblo para que me de culto”; “el corazón del Faraón se endureció”; y “en esto conocerás que yo soy el Señor”. Tres ideas que hablan de intención, actitud y resultado. El autor quiere evidenciar que todo acto humano tiene consecuencias y que la acción divina se interpreta estando atenta a éstas. Se trata de conocer el lenguaje de Dios a través de los acontecimientos humanos. El personaje del Faraón es un “tema” bíblico clásico: el mal. Esta realidad toma muchas formas a lo largo de las Escrituras, desde la serpiente (Génesis 3,1) pasando por “el príncipe de este mundo” (Juan 10, 11) hasta el Anticristo (1 Juan 2, 18). Su derrota es la victoria de Dios, es decir, la salvación del pueblo. La interpretación teológica de este drama toma en cuenta el lenguaje simbólico por el cual un pueblo quiere transmitir la presencia de Dios en su historia y dejar una lección capaz de ser interpretada y celebrada por las generaciones futuras.

El arte narrativo de las “10 plagas” logra que el mensaje prevalezca sobre la preocupación de reconstruir el pasado y por ello nos podemos ubicar en dos escenarios: 1. Se trató de desastres para el pueblo egipcio queriendo culpar a la presencia extranjera; 2. Se trató de hazañas de victoria del pueblo israelita que superó la adversidad. En definitiva, lo que está en juego es la libertad de un pueblo, no para volver a ser esclavo de algo o de alguien, sino para que sea totalmente libre y ponerse a disposición de aquellos por los que Dios los liberó: el sufriente, el vulnerable, el olvidado. “No oprimirás ni maltratarás al emigrante, porque ustedes fueron emigrantes en Egipto” (Éxodo 22, 20). Ser un pueblo “elegido” significa disponerse y confiar para construir un futuro que haga de la memoria, las lecciones aprendidas y la superación pilares de esperanza inquebrantables.

Digámoslo claro. Dios actúa en la historia, y cuando se vive una inesperada crisis letal no se puede hablar de un castigo divino, sino de asumir el momento como prueba de nuestra capacidad de reflejar las características del Dios que nos protege, un Dios de la vida, de la solidaridad, de la superación comunitaria del mal. Esto es evidente en la “décima plaga” asociada a la Pascua, es decir, al recuerdo del paso de Dios que salva al pueblo encerrado por el miedo en una noche inhóspita. Al igual que dicha plaga, estamos ante una realidad que pone en evidencia nuestra fragilidad humana y nuestras profundas brechas sociales, por ello pone a prueba nuestra capacidad de salir adelante juntos y la conciencia de actuar por el bien común, lo verdaderamente esencial en la vida. En estos días, nos confrontamos con esa soledad que se convierte en solidaridad cuando salimos de los lugares que nos encierran en el más puro egoísmo y mirada estrecha, y nos afincamos en la unión de un mismo sentir: la construcción de una sociedad que garantice el derecho a la vida, a la salud, a la justicia y a la paz.

Hoy estamos ante una pandemia y en tiempo de prueba. La solución está en la misma raíz de la palabra griega que define este momento: pan = todo – demos = pueblo. Es tarea de “todo el pueblo” hacer historia por su capacidad científica y empática de sentirse como tal cuando hace de la crisis oportunidad de nueva humanidad. La solución está en nuestras manos y nosotros en las manos del Dios de la historia que “ha vencido a la muerte y sacó a la luz la vida” (2 Tim 1, 10).

Artículo escrito por el Padre Luis Sarmiento, Vicario de la Comisión de Vida y Familia

Parece que todo está dicho, las redes y todo tipo de medios informan entre auténticos  y desacertados aportes lo que transcurre en nuestra realidad , por otro lado se nos recuerda quiénes somos, qué clase de nación y de lo que podemos ser capaces.

Es cierto que somos un país diferente, que sabemos ser una voz cuando entonamos “Contigo Perú”, que sabemos ser solidarios en diversas tragedias como en la más reciente en Villa El Salvador que nos lleva a pensar que eso podía suceder en cualquier barrio de nuestra ciudad, que no cerramos los ojos antes situaciones desconcertantes, que  nos hemos llenado de miedo ante una calle Tarata explosionada para recién comprender la nefasta ideología terrorista. Es cierto que cada acontecimiento vivido nos da una lectura que nos debe mover a actuar. Somos un país ensantado que quiere creer.

Creer no es solamente saber que hay un Dios providente, que no es indiferente, que es un Dios cercano y próximo que hace un camino en cada historia, como la tuya y la mía, que nos guarda con su misericordia.

Las circunstancias en que vivimos no solamente es noticia, es el escenario de nuestras existencias  porque sí nos toca, nos mueve, nos pone frente ante nuestros miedos, nos obliga a tomar postura. Estamos frente a un enemigo invisible que no se las guarda nada, que ha aprovechado nuestra libre individualidad, que crece geométricamente, que mata a los más vulnerables, que alimenta nuestros temores.

Nuestra postura no se reduce solo a encerrarnos para contribuir con el aislamiento social, no es tan solo cumplir con una obligación, no nos están atando de manos y pies, no nos han quitado nuestras iglesias, no nos pueden  quitar las ganas de vivir. Esta es nuestra oportunidad para darnos cuenta que no vivimos en una cárcel, que nuestra casa es más que eso, es una Iglesia que está por construir, que es una familia, que a pesar de sus circunstancias,  podemos compartir nuestros miedos y esperanzas, que podemos fortalecer nuestras ilusiones, que cada encuentro en la mesa no es solamente para partir el pan, sino para compartir, para crecer, fortalecer el vínculo, para hacer creíble la presencia de Dios en medio de nuestra casa.

Tenemos la oportunidad de no perder tiempo en nuestras cosas sino en invertirlos en los momentos que acrecentamos la unidad, que nosotros mismos nos hemos quitado, para preparar nuestra liturgia en medio de lo cotidiano, en santificar la convivencia en medio de malas noticias. En la Asamblea Sinodal despertamos a una Iglesia que sabe ponerse en camino, que acoge, escucha y acompaña.

Este tiempo de cuaresma es especial para cada uno de nosotros, es tiempo para juntos, como Iglesia, vivamos este desierto con la esperanza puesta en el Señor que se hace compañero de camino, que nos invita a hacer el camino del Triduo Pascual, para morir y sobre todo a resucitar con nuestras familias y nuestras comunidades en unidad con Él.

En una entrevista vía Skype concedida al periodista español Jordi Évole, el Papa Francisco destaca que tiene esperanza en que la crisis por coronavirus “enseñe” a los “pueblos para revisar sus vidas”: “Vamos a salir mejores. Menos, por supuesto, muchos quedan en el camino y será duro, pero tengo fe”.

“Yo tengo esperanza en la humanidad, tengo esperanza en los hombres y en las mujeres de esta humanidad, tengo esperanza en los pueblos. Tengo mucha esperanza. Pueblos que van a tomar de esta crisis enseñanza para revisar sus vidas. Vamos a salir mejores. Menos, por supuesto, muchos quedarán en el camino y será duro. Pero tengo fe, vamos a salir mejores”, reflexiona el papa Francisco en Lo de Évole sobre el coronavirus.

Jordi Évole cuenta al papa cómo “muchas empresas están despidiendo a muchísimos trabajadores” por la crisis del coronavirus, algo que no gusta nada al pontífice, quien destaca que “las soluciones concretas las tiene que buscar cada uno en cada situación, pero ciertamente, ‘el sálvese quien pueda no es solución’“.

Por ello, el papa pide a los empresarios que no despidan a sus trabajadores: “Una empresa que despide para salvarse no es una solución. En este momento más que despedir, hay que acoger y hacer sentir que hay una sociedad solidaria. Son los grandes gestos que hacen falta ahora”.

Por otro lado, en una situación como la crisis por coronavirus, Jordi Évole pregunta al papa si “se pueden tener crisis de fe”; “¿Hasta un papa puede poner en duda la existencia de Dios?”.

El Papa confiesa que, aunque en este momento no, en su vida sí recuerda haber tenido sus “dudas de fe”“He tenido mis crisis de fe y las he resuelto por la gracia de Dios. Pero nadie se salva del camino común de la gente, que es el mejor camino, el más seguro, el concreto. Y eso nos hace bien a todos”.