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Seamos anunciadores del amor y la misericordia de Dios

«Estamos alegres porque el Señor misericordioso nos ha reunido nuevamente, y así renovamos este camino acentuando este aspecto central de nuestra fe, la misericordia», fueron las primeras palabras del Arzobispo de Lima Carlos Castillo, quien presidió la Santa Misa en el Santuario Arquidiocesano ‘Señor de la Divina Misericordia’.

El Papa nos dice «Dios se llama misericordia», y San Lucas dice «Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso». Es por eso que Jesús es el «revelador de la misericordia del Padre, y como cristianos debemos llenar de misericordia este mundo«.

Cristo está en el corazón de nuestros miedos

En el atardecer del primer día de la semana, los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús entró y se puso en medio.

Este gesto del Señor «es muy importante«, señala Monseñor Castillo, «porque hoy en día tenemos muchos miedos e incertidumbres, y el Señor viene a colocarse en el corazón de nuestros miedos«.

Para tener misericordia hay que estar en medio de los problemas para solucionarlos con la inspiración del Señor en el amor.

¿Y qué hace el Señor cuando se coloca en medio de sus discípulos? Los tranquiliza y les dice: ‘Paz a ustedes’. Es decir, «comunica una paz que viene de la misericordia, que se produce y genera como consecuencia del amor. Y para que estén llenos de la misericordia de Dios les enseña las manos y el costado, los signos de su muerte, una muerte que se produjo por amor», agregó.

Jesús asumió conscientemente la muerte para darnos un mensaje fundamental: «Dios es amor y no se venga de sus enemigos. Quiere convertir a todos a un camino nuevo de vida, quiere rehacer esta vida y que renazca en el amor»

«Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo»

«Segundo aspecto importante«, apunta Castillo. «El Señor quiere que diariamente practiquemos la misericordia a través de los gestos que él ha hecho». Así como el Padre lo envío a anunciar el amor, «nosotros también seamos anunciadores, partícipes del amor del Padre, porque Jesús comparte su misión, nos hace misericordiosos para ejercerla sobre la gente»

«A quienes le perdonen los pecados le quedan perdonados. A quienes se los retengan les queden retenidos»

«¿Qué significa retener?» pregunta Monseñor Castillo. «Se dan cuenta que Jesús no dijo ¿A quiénes no les perdonen, no se les perdonan?» No dice eso ¿verdad? Porque estaría enseñando la venganza».

El Señor nos enseña que una obra de misericordia «es la educación, corregir al que se equivoca«. Y por esa razón, «el Señor nos dice que aprendamos a perdonar», un aprendizaje que se hace más difícil cuando tenemos que perdonar a alguien que nos ha hecho un daño.

¿Cómo vamos a hacer para afrontar estas dificultades? Jesús tuvo la capacidad de perdonar e irradiar el perdón como la «fórmula fundamental para poder vivir como cristianos«, porque tenía que «personificar y transparentar al mismo Dios misericordioso«.

Nos queda como tarea perdonar y retener, pero retener por un tiempo: «A veces hay que retener para que una persona se de cuenta que hay algo serio, que no es un juego. No es cuestión de perdonar fácilmente, sino que hay que saber perdonar para ayudar a que las personas recapaciten«, reflexionó el Arzobispo de Lima.

«Todas las riñas, problemas de corrupción y maltratos en nuestro país son un desafío a nuestra fe, porque somos un país católico y no hemos profundizado en que ese catolicismo tiene que cambiar nuestro país. Es un desafío y lo vamos a aceptar, pero no se cambia a la fuerza, sino con pedagogía», añadió.

La Pastoral de la oreja

Decía el profesor Julio Cotler, un gran sociólogo peruano, que el gran problema que tiene el Perú es la falta de experiencias compartidas. «Acá estamos mezclados pero no nos escuchamos«, comenta Monseñor Castillo, «nos chineamos, nos choleamos, nos gringeamos, y esto no acaba nunca«.

¿Qué podemos hacer? «Apreciar, no despreciar. Esa es la pedagogía de la misericordia que sabe comprender. Entre perdonar y retener tenemos que comprender, y nuestra tarea es comprender las cosas antes de juzgar«.

«En el fondo, muchos de los problemas que ocurren hoy se deben a que nadie en sus problemas, conflictos y miedos es escuchado. Entonces tenemos que ser la Pastoral de la oreja«.

Por eso, para hacer nuestras vidas llenas de una vida humana digna, «debemos luchar todos para que la dignidad que ya hemos conseguido sea compartida con otros. Todos somos vulnerables, débiles, y nuestro pueblo debe estar unido en la comprensión mutua para ayudarnos a salir de los problemas. La mejor manera de salir de los problemas es escuchar como hace al Señor al escuchar el argumento de Tomás.

Pastoral de la oreja para implantar la misericordia en la tierra, para entendernos y ayudar a las personas que no pueden salir de sus problemas.

Si el cristiano no es capaz de argumentar y ver la manera de acompañar los procesos de la gente, «entonces nuestro cristianismo es mudo». El Señor nos ha dado la Palabra para que aprendamos a «hablar palabras de Dios a la gente y alentarla. Estamos para levantar a la gente».

Creer viendo lo contrario

Tomás, incrédulo de la resurrección de Cristo, no entendía lo que acontecía. Si no ve no tiene experiencia, y por lo tanto, no cree. El Señor comprende los argumentos de Tomás y se presenta para mostrarles sus manos y costado.

«Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto».

«Podemos decir que hay tres tipos de cristianos» señala Castillo. Están los que creen habiendo visto, «los apóstoles». Están los que creen sin ver, «que somos nosotros porque creemos en el testimonio de los apóstoles»; pero hay un tercer grupo donde está la «gente más sencilla que inclusive sufriendo cree en el Señor, los que creen viendo lo contrario, viendo el mal testimonio de los cristianos. Y eso es un milagro del Señor».

En este mundo que tiene una «serie de enredos y pensamiento de todo tipo» – añade – «no podemos hablar de la verdad atropellando: ‘Como todos somos católicos y tenemos la verdad, el que no está con nosotros está contra nosotros’, y hacemos división. En vez de ser factor de esperanza producimos más división en el país».

«Esto se ha escrito para que crean que Jesús es el mesías y para que creyendo tengan vida en su nombre»

Esta última expresión en el evangelio es muy importante porque «a veces pensamos que la vida que nos trae el Señor es solamente una vida para el alma», pero es en realidad un mensaje para que «se instale en el medio de nuestras vidas la alegría, la esperanza y la paz. Para que nuestra vida toda resucite, y seamos plenas personas capaces de amar y ser felices», concluyó.